Cadáver El Monstruo de Nueve Cabezas 1
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Cadáver El Monstruo de Nueve Cabezas

Cadáver El Monstruo de Nueve Cabezas

Por Maximiliano Barrientos, Lucilla Grossman, Lola Ancira, Giovanna Rivero

© inepub.com

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La niña está arrodillada al lado de la puerta izquierda del Mercedes, amontona vidrio molido en sus manos y se los lleva a la boca. Devora con avidez. La sangre desciende formando hilos por sus comisuras.

¿Tu nombre?, digo.

Sigue devorando, no me ha oído, no me ve. Se atora y tose, pero eso no la detiene. Hay belleza en la deformación ocasionada por el choque entre el Mercedes y el Jaguar, siguen siendo autos pero también son otra cosa: una metamorfosis que no se termina de consumar.

Husmeo en el interior del Mercedes, no hay cuerpos.

Tampoco manchas de sangre ni rastro humano.

Es la maquinaria en su soledad soberana.

Todo tan nuevo, recién salido de fábrica.

En el Jaguar encuentro una peluca sobre el asiento del chofer.

Azul, el pelo parece real, no tiene esa textura plástica.

Al tocarla la electricidad recorre los huesos de mis manos.

Abro y cierro los dedos. La luz se desliza por el vello de los antebrazos, morosa y expansiva.

Veo el entramado de venas y la pequeña cicatriz en el pulgar.

La niña se ha subido al capó del Mercedes, está en cuclillas. Tiene sangre en el mentón y en las mejillas. Es un animal salvaje, hermoso. Sus ojos atraviesan mi cuerpo pero no puede verme. Tose y escupe vidrio molido.

¿Dónde están tus padres?, digo.

Canta. En otro idioma. Es una voz de mujer vieja, no proviene de su cuerpo. Está cargada de una tristeza antigua que cruzó a generaciones enteras.

*

Cuando ocurre la desconexión hay unos segundos de total oscuridad y luego una especie de caída, un vértigo que ocurre sin la necesidad de que me haya desplazado a ninguna parte.

Caigo en el cuerpo. Me quito los cables y me pongo de pie.

Siempre que sucede el despertar, el estómago se revuelve, el reflujo incendia el esófago y se acumula en la garganta.

Toso. La náusea es una sensación de plenitud que me cuesta apaciguar.

A veces vomito, pero desde hace algún tiempo consigo controlarlo.

Sudor frío, ese es el segundo síntoma: en la nuca, en las manos, en el camino de las vértebras. Los temblores acontecen segundos más tarde. Me crujen los dientes, tengo que cerrar una mano en mis mandíbulas para dejar de escucharlos.

Descalzo, me aproximo a la recámara contigua donde se encuentra el cuerpo de lo que denominamos Agente CXXL1.

Tiene el rostro quemado, le amputaron las dos piernas tras el accidente.

Está en un coma profundo desde hace seis meses, cuando decretaron que ya no había forma de reanimarlo le propusieron a la familia comprar lo que quedaba de la actividad cerebral para el programa Turismo Biológico, el nombre que emplearon para definir a esta experiencia, la invasión en los sedimentos neurológicos de hombres y de mujeres que perdieron la vida por accidentes.

El proyecto aún es secreto, en tres meses lo harán público.

No lo veas como si todavía fuera una persona, dice Mariela, que se aproxima hacia la ventana.

Es una de las científicas encargadas de supervisarme.

Como ella hay una decena que trabaja con nosotros, los denominados Exploradores, ya que incursionamos en el bloque de información que aún subyace en esos cerebros.

Somos los conejillos de Indias de esta locura.

La conocí hace diez años en Cancún, yo me acababa de divorciar y ella se tomaba unos días libres antes de viajar a Suiza para hacer su doctorado en Neurotecnología Aplicada.

Lo intentamos pero no funcionó. Volví a Los Ángeles y seguí con mi vida.

Apenas algunas llamadas y unos pocos mensajes desde entonces. Hasta ahora.

¿Por qué crees que es así como lo percibo?, digo.

Porque te conozco, dice. ¿Algún cambio?

Esta vez se puso a cantar. Una canción en un idioma que me pareció japonés.

¿La misma niña?

Sí.

Veo lo que queda del cuerpo atravesado por cables.

Media decena de pantallas monitorean las actividades cerebrales.

En otras cápsulas hay Agentes en condiciones similares a las de CXXL1.

Recuerdo estas palabras de McGunn el primer día que firmamos y nos presentó como equipo: “ya no son más cuerpos, acostúmbrense a pensarlos como lugares, así les resultará más fácil”.

Lugares, pienso.

¿Y sigue sin establecer contacto con vos?, dice Mariela.

Me miró, pero fue como si no estuviera allí. Como si fuera invisible. Miraba a algo detrás de mí.

Estamos trabajando en una nueva droga que hará que la experiencia resulte menos violenta, dice.

No creo que lleguemos a tiempo. No estaremos listos para lanzarlo al público. Necesitamos al menos un año más.

Mariela mira al personal de la compañía: científicos monitorean a los Exploradores que siguen conectados a estos lugares. Todos trabajan en silencio.

La compañía se comprometió en lanzarlo al mercado a fines del verano, no podemos atrasarnos, dice.

No creo que nos dé, digo, pero lo que pienso es esto: ¿cuándo adquirió esa retórica corporativa que la asemeja a McGunn?

¿Cuándo se alejó de la muchacha que conocí en esa época tan caótica de mi vida?

¿Cuándo se transformó en esta mujer ambiciosa y calculadora?

Se saca los lentes y es ahí cuando la veo joven, resabios de aquellos años aparecen como destellos que contradicen todo lo que acabo de pensar acerca de ella, acerca de en quien se ha convertido.

No te corresponde ese tipo de opiniones, dice. Limitate a llenar el informe.

Agente CXXL5

Dos perros salen a mi encuentro. Corro por donde ellos corren, en la sala de una casa inmensa, pero también por el jardín, ya que brincan por las ventanas.

Un pastor alemán que tiene un ojo blanco desentierra una botella de tequila.

La sostengo. El Dorado , leo en la etiqueta.

Una mujer cocina, veo su cabeza por una de las ventanas. Cuando me aproximo, se voltea y sonríe.

Regresaste, dice.

Los perros ladran, se revuelcan en el pasto. El pastor alemán queda encima del otro, que es de una raza que no consigo identificar.

¿Ves qué linda quedó?, dice la mujer. Hace veinte años la vendimos porque tu padre quebró. Aquí naciste. Ahora no nos vamos a tener que ir a ninguna parte.

Me confunde con el lugar. Yo hago turismo en lo que antes era su hijo. Esa idea me provoca tristeza. Luego pienso: ella es su hijo, ella es una emanación de la actividad cerebral a la que quedó reducido.

¿Quién sos?, digo.

Me cuesta hablar, la voz es distorsionada, como si me hubieran arrancado las cuerdas vocales y colocado unas de fibra. Improviso un diálogo para buscar una reacción.

Todos los perros que tuviste y que murieron los enterramos acá. Cuando acabe de hacer la comida van a resucitar, dice.

Miro la decoración que cuelga de las paredes: cuadros de pintores coloniales, máscaras cuya procedencia me resulta imposible identificar, un traje cosido con harapos.

Está enmarcado y colgado encima de la chimenea junto a un letrero que dice “El último aparapita”.

En otras exploraciones la mujer no aparecía, me quedaba en el jardín, con los perros.

Ya va a estar la comida, dice, y continúa cortando cebollas y pimentones. Fríe pescado en la sartén. Las escamas están en un basurero, son doradas, emiten una luz fosforescente, violeta, como si estuvieran recorridas por finos hilos de neones.

La mujer tiene menos de cuarenta. Me da la espalda y sigue en lo suyo a pesar de que volví a llamarla. Mi voz persiste en esa tonalidad metálica, proviene de un dispositivo instalado en mi garganta.

Subo por unas gradas hasta llegar a una habitación que tiene pósters de muscle cars de los 60 y 70, y uno de la película Bullitt : ahí aparece Steve McQueen apoyado en un Mustang Fastback , sostiene un arma.

En las puertas del clóset escribieron con aerosol verde “Soñé que la velocidad quemaba mis ojos”.

El perro de raza indefinida entra en la habitación a las carreras y me olfatea los pies.

Le acaricio la cabeza y en vez de tocar algo suave y peludo toco algo duro y filoso: alambres, cables.

Retiro mi mano, al revisarla no encuentro nada fuera de lo normal: el entramado de venas, la curvatura de las uñas, la pequeña cicatriz en el reverso del pulgar, la marca que me quedó cuando me hice un corte al pelar una naranja.

Destapo la botella de tequila, bebo. El líquido se acumula en mi garganta, no me emborracha.

Vacío parte en el rostro del perro, se sacude y ladra.

Río. Las cosas de la habitación flotan en el aire, ascienden y giran a mi alrededor.

Zapatos, una guitarra eléctrica, una antigua consola de Nintendo, un televisor, discos, medias, cuadernos con anotaciones.

El perro y yo seguimos en el piso. Ladra, huye por la puerta.

Salite, déjame solo, dice la voz de un hombre.

*

El despertar es violento. Antes de alcanzar a sacarme los cables, vomito. Es un líquido espeso, verde, que contiene restos de la sopa de espárragos que comí dos horas atrás desatendiendo las normas previas a una exploración.

Me duele la cabeza, me zumban los oídos.

Mariela me llama pero no consigo oír sus palabras.

Por los movimientos de sus labios sé que pronuncia mi nombre, pero lo único que escucho es un zumbido.

Dos científicos me observan a cierta distancia, pero no se acercan a prestar ayuda.

Al ver que estoy estable, siguen revisando datos en sus tablets.

¿Estás bien?, dice Mariela, y es lo primero que escucho cuando el zumbido desaparece.

Asiento.

Mirá lo que hiciste, dice, y señala la inmundicia que tengo adherida al pecho.

Doy unos pasos y me acerco a la ventanilla para ver a CXXL5.

Sabe que lo visito, digo.

Mariela se queda atónita al constatar que no bromeo. Chequea en su tablet mis signos vitales, busca anomalías en los niveles de la bioquímica.

Sabe que lo invado, digo.

Imposible, dice. Son muertos con restos de actividad cerebral. No tienen conciencia. No tienen ningún yo, nada que se le parezca.