Cada paso me condujo a ti Capítulo 42 - La cena del reencuentro
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Capítulo 42 - La cena del reencuentro

M ili se tomó más tiempo del habitual. Primero se duchó.

Dejó que el agua le bajara un poco la intensidad que llevaba encima desde hacía días.

Se secó el pelo con calma y se lo recogió apenas, dejando algunos mechones sueltos.

Eligió unos pendientes pequeños, discretos, y se maquilló sin apuro.

Se perfumó con ese perfume con notas avainilladas y florales que sabía que a él le gustaba.

Se quedó un segundo frente al espejo.

Pensó, casi con ironía, que aquello era lo más parecido a una primera cita que habían tenido.

Una bastante particular.

Sabía exactamente cómo le gustaba el café, qué rutina tenía por las mañanas, cómo se movía en silencio cuando todavía no hablaban… y, aun así, esto era otra cosa.

Había tenido con él el mejor sexo de su vida. Y recién ahora, de alguna manera, estaban teniendo una cita.

No por eso estaba menos nerviosa.

Al contrario.

Se le aceleró un poco el pulso.

Eligió un vestido al cuerpo, elegante sin ser exagerado, que la hacía sentirse cómoda y, al mismo tiempo, consciente de sí misma. Se puso unos zapatos que acompañaban sin robar protagonismo.

Se miró una vez más.

Y salió.

La comida ya estaba casi lista. Solo faltaba darle el último calor.

Cuando recibió su mensaje, se acercó a la puerta y se asomó.

Lo vio. Estaba al otro lado de la vereda, apoyado contra el coche, con una postura relajada que no terminaba de serlo del todo. Tenía una pequeña bolsa en la mano y tamborileaba distraídamente los dedos contra ella. La mirada, perdida en algún punto.

Se quedó mirándolo sin hacer ningún movimiento. Había algo en esa imagen que la detuvo.

Entonces él giró la cabeza.

Y se encontraron con la mirada.

La expresión se le iluminó por completo. La sonrisa le llegó directo a los ojos, limpia, abierta, sin filtro. Más allá del cansancio que todavía se le notaba en la cara. Más allá del viaje. Más allá de todo.

Estaba ahí, para ella.

Mili sintió el impacto físico. Un pequeño salto en el pecho.

—Respira… —se dijo.

Abrió la puerta. Francis ya venía hacia ella.

Entraron.

Mili cerró la puerta detrás de ellos.

Le dio un beso casi tímido, con una suavidad que tenía algo de cuidado.

Se quedaron en el hall.

—No podía venir con las manos vacías… —murmuró él, entregando la bolsa.

Ella sonrió.

—Claro que podías.

Él negó levemente.

—No pude evitarlo.

—Gracias… —dijo ella y dio un paso adelante con la bolsa en la mano.

—¿No lo vas a abrir? —preguntó él, con una media sonrisa que no lograba esconder del todo la ansiedad.

Mili rió bajo.

—Sí… perdón.

Abrió la bolsa, sacó la caja y la sostuvo un segundo antes de levantar la tapa. Cuando la abrió, reconoció enseguida la firma.

No era un lugar al que uno entrara por impulso. Aun así, no fue eso lo que la detuvo.

Dentro había un collar con un dije de mariposa, pequeña, delicada, con apenas unos diamantes que captaban la luz sin imponerse.

Mili sonrió.

—Es precioso…

Francis exhaló.

—Quería traerte algo… —dijo—. No tenía muy claro qué… hasta que lo vi.

Hizo una pausa leve.

—Me pareció muy tú.

Mili mantuvo la mirada. Una emoción pequeña se desplazó adentro.

—¿Me dejas ponértelo? —preguntó él.

Ella asintió.

Se giró.

Francis se acercó y le apartó el cabello despacio. El gesto dejó su cuello completamente expuesto y, al hacerlo, sus dedos rozaron su piel y Mili se estremeció.

Acomodó la cadena con calma. El contacto fue lento, consciente.

Cerró el broche. Y no se apartó. Inclinó la cabeza y apoyó los labios sobre su cuello.

Un beso breve, pero cargado. Mili cerró los ojos.

El aire cambió.

Se giró entonces, sin romper del todo la cercanía, y mientras lo miraba su mano subió por el brazo de él, sosteniéndolo, acercándolo apenas.

Quedaron muy cerca.

—Tienes cara de cansado… —dijo—. Supongo que fue una semana difícil.

Él sostuvo su mirada.

—Lo fue… —respondió—. Pero lo más difícil fue tenerte lejos.

Ella subió la mano hasta su cara y lo acarició con suavidad.

Él la sostuvo, la apretó suavemente y se la llevó a la boca. Le dio un beso breve, y no apartó los ojos de ella. Como si estuviera midiendo cada paso.

No era distancia. Era cautela.

Avanzó hacia el comedor, pero al girarse lo encontró recorriendo el lugar con la mirada.

Mili lo miró con una sonrisa leve.

—¿Lo conoces? Es de tu familia, pero…

—Tenemos muchas propiedades —dijo él—. Este particularmente no lo conocía.

Ella asintió, satisfecha.

—¿Te lo muestro?

Él la siguió sin apuro. Fue un recorrido corto, tranquilo. Francis observó los detalles con esa atención silenciosa que tenía cuando algo genuinamente le interesaba.

—¿Estás contenta aquí? —preguntó.

—Mucho —dijo ella—. Es distinto al de Hyde Park. Allí estaba más cerca de la oficina… y a ti. Las vistas también eran bonitas. Pero esto se parece más a una casa. No tengo vecinos, hay una sola entrada, un jardín pequeño… y enfrente está Hampstead Heath. Tiene unos atardeceres preciosos.

Francis recorrió el lugar una vez más con la mirada y asintió despacio.

—Te queda bien el lugar.

—Sí, estoy muy bien… —le sonrió dulcemente—. Preparé la cena. ¿Te apetece comer ya?

Él sonrió.

—Tengo mucha hambre…

Ella lo miró, divertida.

Cenaron despacio.

La conversación fue ligera al principio: el viaje, la semana, pequeñas cosas. Él comió con esa concentración silenciosa de quien lleva días comiendo mal y de prisa. Ella lo notó y no dijo nada. Solo le sirvió más.

Cuando terminaron y quedaron los platos vacíos y las copas a medias, Francis apoyó los codos en la mesa.

—Esta semana se cerró todo —dijo—. Quería contarte los detalles en persona.

Mili asintió despacio. Lo había intuido. Durante los días anteriores él había sido más transparente de lo que esperaba: mensajes cortos pero concretos, sin dejarla afuera. Sabía que había reuniones. Sabía que avanzaba. No sabía el resultado final.

Y eso, esta vez, había sido suficiente para no angustiarse.

—Te escucho —dijo.

Francis explicó despacio: el acuerdo, las cláusulas, el material recuperado, la penalización económica. Habló con la claridad de quien ya procesó todo y ahora solo necesita que la otra persona también lo tenga.

Cuando terminó, Mili tardó un segundo.

—Vincent estuvo en la reunión final. Me avisó que lo contactaron tus abogados.

Él asintió.

—Les pedí que lo convocaran. Pero también le pedí que no te dijera nada antes de que pudiera contártelo yo.

No había más explicación que dar. Ella no necesitaba más.

Algo en su expresión se alivió. Era un gesto pequeño. Casi invisible.

Pero era exactamente lo que necesitaba ver.

—¿Qué piensas? —preguntó él.

Mili giró la copa despacio entre los dedos.

—Que te agradezco que lo hayas gestionado —dijo—. Y que esta vez lo hiciste distinto.

Hizo una pausa.

—Pero necesito que de ahora en adelante lo que nos afecte a los dos me lo cuentes. No al final. En el proceso.

Francis asintió sin dudar.

—Te lo prometo.

Ella lo miró.

—No lo digo como reclamo —aclaró—. Lo digo porque si esto va a ser algo que continúe, no puedo estar afuera de lo que te pasa, de lo que nos compromete.

Él sostuvo eso un segundo.

—Lo entiendo —dijo—. Y tienes razón.

Se reclinó hacia atrás.

—Este caos que viste… no es necesariamente el mío. Fue una versión de mí que no quiero repetir.

Hizo una pausa breve.

Francis se acercó un poco más.

—En fin… —dijo, más bajo—. Lo importante era contártelo. Antes de seguir… con lo nuestro.

Lo nuestro.

La frase cayó entre ellos, inevitable, real.

Ninguno apartó la mirada.

El silencio entre ellos ya no tenía tensión. Era otra cosa.

Hizo una pausa breve, como si algo acabara de ocurrírsele.

—Yo tengo una propiedad en The City. Hace casi un año que no voy… —sonrió—. De hecho, la última vez fue la noche en que terminé durmiendo en tu habitación de huéspedes.

Mili levantó una ceja, divertida.

Él continuó, esta vez un poco más serio.

—Con algunos cambios podría ser un lugar cómodo para nosotros. Tiene acceso por cochera privada, ascensor exclusivo… prácticamente no hay contacto con vecinos.

La miró antes de continuar.

—Pensé que quizá podría darnos un poco más de tranquilidad. Y que este lugar siga siendo completamente tuyo, sin llamar la atención de los periodistas, bueno de nadie.

—Solo mientras nosotros queramos mantener esto en privado —aclaró él enseguida—. No quiero que sientas que tienes que esconderte.

—La verdad… Me agrada la idea de proteger este espacio.

Él asintió, sin más.

—Entonces lo arreglamos.

Mili le tendió la mano sobre la mesa.

Él la tomó. Y no la soltó.

—Te extrañé estos días —dijo él, más bajo, con una mirada dulce—. Mucho más de lo que admití por mensaje.

—Y yo a ti —respondió Mili—. Aunque te noté demasiado serio.

Francis negó, sin apartar los ojos.

—No. Solo quería cerrar lo pendiente antes de estar aquí. No quería volver sin tenerlo resuelto. No quería que fuera un motivo para que dudaras.

Pasaron al salón y se acomodaron cómodos en el sofá.

Él deslizó el pulgar sobre su mano. Despacio. Como si estuviera pensando en voz alta a través del gesto.

—¿Me permites tenerte cerca?

Mili lo miró con el ceño fruncido un segundo antes de responder.

—Ya estás cerca, Francis.

Él no apartó los ojos.

—Todos los días, Mili.

El silencio que siguió fue del tipo de silencio que pide que no lo rompas demasiado rápido.

Ella vio la pregunta real detrás de las palabras. Sin etiquetas, sin promesas grandes. Solo eso: todos los días.

Y algo en ella, que había estado muy quieto y muy firme durante mucho tiempo, cedió apenas.

No se derrumbó.

Cedió. Como cede una puerta que alguien empuja con cuidado.

Asintió despacio.

Y entonces él la besó.

El beso no tenía urgencia ni miedo ni explicaciones pendientes.

Era un beso que inauguraba algo.

Un inicio verdadero.

Se quedaron abrazados en el sillón, envueltos en penumbra. El tiempo avanzaba con suavidad, como si supiera que esa noche debía guardar silencio.

Fue entonces cuando Francis la miró de una forma distinta, cargada de algo que parecía más que deseo.

—Mili… —dijo con cuidado—. Hay algo que quería preguntarte. No es urgente, pero prefiero decirlo ahora.

Ella levantó la vista, tranquila.

—Dime.

Él respiró hondo.

—Mi madre me dijo que, si yo quería… te invitara a pasar la Navidad con nosotros —dijo con una sonrisa leve, esa que le suavizaba el rostro—.

Le caíste bien. Mucho. Y le haría ilusión que estuvieras.

Para mi sorpresa, mi padre también dejó entrever que le gustaría que vinieras.

Saben que no tienes familia aquí en Londres.

Mili sintió un nudo dulce en el pecho.

Él continuó con delicadeza:

—Van a estar mis abuelos, un tío, un par de primos. Lo sé… puede ser bastante. Una fecha cargada. Si te resulta demasiado, lo entendería por completo.

Alzó la mirada, sincero, casi vulnerable.

—Sin ánimos de presionarte —dijo despacio—. Tampoco tienes que decidir ahora. Pero quería dejar en claro que, más allá del deseo de mis padres, también es el mío. Me gustaría que me acompañaras.

Mili lo miró con una ternura que casi le temblaba en los ojos.

—Es una hermosa idea —respondió con calma—. Me gustaría ir. Tengo que organizar algunas cosas… pero sí. Quiero pasar la Navidad contigo y tu familia.

Él sonrió y algo se distendió en los hombros.

—Me alegra escucharlo —murmuró.

No hubo más palabras grandes.

No las necesitaban.

Lo físico se hizo presente. Y entre caricias, besos y abrazos, sellaron algo más. Ya no estaban sobreviviendo al pasado.

Estaban, por fin, empezando un futuro.