Cada paso me condujo a ti Capítulo 41 - Reencuentro con amigas
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Capítulo 41 - Reencuentro con amigas

E l brunch elegido por Sophie estaba en una calle tranquila de Chelsea, una de esas cafeterías luminosas donde los domingos parecían diseñados para quedarse horas conversando.

Las mesas de mármol claro reflejaban la luz que entraba por los ventanales y el murmullo suave del lugar hacía que todo se sintiera cómodo, íntimo.

Era la anteúltima semana de octubre y el frío había llegado antes de lo habitual ese año, con esa firmeza seca que anuncia que el otoño ya no va a ceder.

Había pasado una semana desde la vuelta del campo, pero las tres juntas todavía no habían logrado coincidir.

Caroline había estado fuera en Estados Unidos uniendo trabajo y placer.

Por eso, cuando finalmente se encontraron frente al café, el saludo fue largo y ruidoso.

—¡Por fin las tres juntas! —dijo Caroline abrazándola con fuerza.

—No saben las ganas que tenía de verlas —añadió Sophie sumándose al abrazo.

Se sentaron riendo.

—Pongámonos al día —dijo Sophie enseguida—. ¿Cómo está Elizabeth?

Caroline sonrió y sacó el teléfono.

—Está enorme. No para de gatear por todos lados. Vivo en estado de alerta constante.

Las dos sonrieron con ternura mientras veían algunas fotos más.

Cuando finalmente pidieron los cafés y los dejaron sobre la mesa, Sophie apoyó los codos y miró a Mili con una sonrisa peligrosa.

—Bueno.

Mili levantó la vista.

—Empieza a hablar —dijo Sophie.

Caroline se rió.

—Por favor, necesito romance.

—Además —añadió Sophie—, Luc sabe muchísimo más de esta historia que nosotras. Y eso me parece ilegal.

Mili arqueó una ceja.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque el lunes pasado Francis lo llamó. Luc me miró de reojo, como si quisiera asegurarse de que no escuchaba, y se fue al despacho.

Milagros sonrió.

—Entenderán con esto que le pregunté. Pero Luc es una tumba. Maldita lealtad masculina —dijo Sophie, poniendo cara de enojo—. Así que habla.

Mili suspiró, pero sonrió.

—¿Por dónde empiezo…?

Se acomodó en la silla.

Sophie se adelantó.

—Por el bar. Caroline, no te imaginas. Fue cine.

Movió las manos como si abriera una ventana y se inclinó hacia adelante.

—Lo vimos llegar antes de que él nos viera. O eso creímos.

Mili sonrió y continuó con el relato.

—Tardó en hacer contacto. Un buen rato. Y yo lo ignoré, que ya es mucho decir. Pero antes de acercarse decidió escribirme… y en esos mensajes ya no había nada de lo que habíamos sido hasta ese momento. Ningún rastro de la distancia que los dos habíamos mantenido durante meses.

Hizo una pausa.

—Fue un juego de palabras directo, absolutamente deliberado.

Caroline abrió los ojos ansiosa.

—¿Y? ¿Cómo te sentiste?

—Y lo disfruté. —Sonrió sin disculparse—. Porque yo estaba lista para que las cosas pasaran.

—Y él estaba decidido —murmuró Caroline.

Sophie sonrió. Mili la miró con los ojos entrecerrados, recordando la escena.

—¿Qué te dijo cuándo se acercó y te reíste tanto? Me había olvidado de preguntarte.

Sophie se inclinó hacia adelante.

—Que si te dejaba irte con él… iba a dejar que Luc le ganara cinco partidos de tenis seguidos.

Mili se mordió los labios y rió.

Sophie levantó los hombros.

—Le dije que la decisión era tuya… pero que igual me debía esos partidos.

Las tres rieron.

Cuando el momento se calmó, Mili continuó.

—Luego, en el coche, la tensión era imposible. Cuando llegamos a su casa… yo ya no estaba en el mismo lugar que una hora antes. Algo se había acomodado en mí durante ese viaje. O quizás se había desacomodado. No sé bien cómo explicarlo.

—No hace falta —dijo Caroline suavemente.

—Sabía que él quería hablar —continuó Mili, bajando los hombros levemente—. Lo veía en su cara. Pero yo no quería respuestas en ese momento. Y la charla que tuvimos en el campo me confirmó algo: si hubiéramos hablado esa noche… todo se habría enfriado.

Caroline añadió con picardía:

—Por lo que decidiste saltarte las explicaciones. Había tensión acumulada que destensar.

Las tres rieron otra vez.

Mili respiró hondo.

—Sí… con una frase le dejé en claro que no quería esa conversación en ese momento. Y él lo comprendió.

—Muy bien Francis. No me defraudó. —dijo Caroline.

Sophie miró a Caroline negando y revoleando los ojos. Mili sonrió al ver a sus amigas tan opuestas en emociones, escuchándola atentamente.

—Y, chicas, no sé muy bien cómo explicarlo… pero la conexión física fue impresionante.

Sophie silbó.

—Eso no me sorprende.

—A mí sí —dijo Mili, seria—. No es que no esperaba que el sexo fuera bueno. Es que fue más que eso. No sé. No esperaba que fuera así.

Caroline y Sophie se miraron de reojo con complicidad. Mili estaba revolviendo el café.

—A la mañana siguiente volvió a pasar… pero luego él tuvo que irse pronto por un compromiso. Eso nos dio algo de distancia y perspectiva. Y después de que me llamaras, Sophie, me escribió Santi.

El tono cambió.

—¿Fue muy duro? —preguntó Caroline suavemente.

Mili tardó un segundo.

—Fue un cierre real. Para los dos. Bonito, incluso.

—¿Bonito?

—Sí. Lloramos. Pero fue un buen adiós.

Bajó la mirada.

—Pero en medio de todo eso llegó Francis. Y tenerlos a los dos ahí fue absolutamente desbordante.

—En ese momento me llamaste, Caroline —continuó—. Y eso me separó un instante. Los dejé solos.

—Puedo imaginarlo. Idílico. Tu pasado… y tu futuro en la misma escena —dijo Caroline, suspirando.

—No tuve tiempo de pensar en nada. Tenía demasiados nervios encima. Pero sé que hablaron, porque Santi me dijo después que ya no le caía mal —rió—. Y eso, extrañamente, me dio una sensación de paz enorme. Como si un buen amigo te diera su bendición.

—Si te dijo eso, Francis le habrá dado buena impresión —dijo Caroline—, porque Santi, con su ética y su sentido del deber, es difícil de impresionar.

—Lo sé. Y quizás fue algo mutuo, porque luego Francis me preguntó si quería despedirme… y nos dejó solos.

Sophie abrió los ojos.

—Cuánta madurez de los dos. Santiago seguramente le dejó claro que no era competencia.

Mili frunció el ceño.

—No lo había pensado así.

Caroline sonrió.

—Tiene sentido.

—La despedida fue el adiós que nos merecíamos —dijo Mili en voz baja.

Caroline asintió despacio.

—Me alegra tanto. Se lo merecían los dos. Eso no pasa muchas veces.

Mili continuó.

—Después de eso, Francis propuso ir a la casa de campo.

—¿Cuál de todas? ¿La que está a una hora de aquí? —preguntó Sophie.

—Sí. Esa. Creo.

—Fuimos una vez con Luc cuando los abuelos aún vivían. Es bellísima.

Mili se rió.

—Yo pensaba que era una casita. Cuando la vi era enorme. Evidentemente sigo impresionándome por estas cosas.

Las tres rieron.

—No te desvíes del relato por favor —pidió Caroline.

—Bueno… En fin… allí todo se volvió más cercano —continuó Mili—. Más abrazos espontáneos. Éramos nosotros dos, pero con la libertad de tocarnos. Y por eso lo sentí más íntimo. Después de cenar prendimos el tocadiscos. Me pidió que eligiera un disco.

Hizo una pausa.

—Elegí uno al azar. Y se imaginarán que, como todo lo que me ha pasado con él, justo elegí uno con mucha carga emocional —suspiró—. La canción que comenzó a sonar se llamaba "Unforgettable".

Sophie levantó la cabeza.

—No lo puedo creer. ¿Es la que bailaban sus abuelos? Yo viví esa escena.

Mili asintió con sorpresa real en sus ojos.

—Sí, esa misma. Bailamos despacio, cerca de la chimenea. Y cuando terminó la canción me dijo: "Gracias por dejarme estar en tu vida".

Caroline se llevó la mano al pecho.

—Qué hermoso, Mili.

Sophie estaba pensativa.

—Es muy bonito… —suspiró—. No sé si debería decirte esto ahora.

Pero me acuerdo de ese momento por dos cosas.

Primero, porque cuando el abuelo sacó a bailar a su abuela, pensé qué hermoso que dos personas se amen así por tanto tiempo.

Pero lo que más me impactó fue ver a Francis en ese momento.

Vi en sus ojos algo que no esperaba. Ternura.

O algo más. Algo que pensé que no tenía.

Miró a Caroline y luego a Mili.

—Y esa misma mirada se la vi después contigo. La primera vez que lo descubrí fue en aquella terraza, cuando contaste que ver una aurora boreal era algo pendiente, un sueño de tus padres. Te estaba mirando así. Con esos ojos sin hielo. Me quedó grabado el momento.

Se rió.

—Y cuando vio que lo había descubierto… me mantuvo la mirada un segundo, como pidiendo clemencia. Y luego apartó la vista.

Mili tragó saliva. Sintió un vuelco idéntico al de aquella mañana en la cocina con Emily, como si el pasado se reescribiera ante sus ojos.

—¿En serio? Eso fue hace muchos meses.

Sophie asintió.

Caroline miró a las dos y sonrió, con esa calma de quien lleva tiempo sabiendo algo.

—Sophie y yo lo veíamos —dijo—. Pero como ustedes insistían tanto con lo de la amistad… no queríamos agregar ruido donde ustedes no lo veían.

—Exacto. No tenía sentido decir nada que no sumara —añadió Sophie.

Mili asintió.

Caroline fue la que volvió a tomar la palabra:

—Así que, por favor… cuéntanos qué pasó después.

—No es tan sencillo como se ve desde afuera —dijo Mili, mirando la ventana—. Sí, al día siguiente hablamos.

—¿Te explicó todo? —preguntó Caroline.

—Sí.

Giró la cucharita en la taza. Les fue contando despacio: los cruces, las respuestas, el enojo contenido de él, la frustración, el casi llanto. Lo de Stephanie. Las amenazas. Los abogados. La escalada. La decisión de alejarse para protegerlos a los dos.

Hizo una pausa.

—En un momento la conversación se tensó. Me dijo que quizás la forma en que se había ido me recordaba a cómo terminó lo mío con Santiago. Le dije que no podía compararse. Quise explicarme… pero antes de que pudiera decir algo más, me soltó algo que no esperaba.

Bajó la vista.

—Me dijo que claro que no podía compararse. Porque la diferencia era que Santiago sí sabía qué lugar ocupaba en mi vida cuando se fue.

Silencio.

—Y él no.

Las dos se quedaron quietas.

—No supe qué responderle. Sentí su frustración. Nada de lo que se me ocurrió me pareció suficiente en ese momento.

Sophie y Caroline se miraron un segundo.

No dijeron nada.

Mili siguió hablando, como si no hubiera notado esa mirada. O como si hubiera preferido no notarla.

—Aunque creo que tiene una buena defensa —dijo soltando el aire Sophie—. Igual estaría cabreada.

—Yo me hubiera derretido —añadió Caroline—. ¿Al menos se besaron ahí?

—No.

—¿¡No!?

—Le pedí tiempo. Pensó que quería irme de la casa.

—¿Y?

—Le dije que no. Que yo no soy de las que se van.

Sophie hizo una pequeña reverencia.

—Eres mi ídola.

—Después de un buen rato sin saber qué hacer… me fui al jacuzzi. Necesitaba estar sola.

—¿Y? —dijo Caroline.

—Cuando apareció… se quedó en el umbral de la puerta, estaba contrariado como si no supiera qué decir o qué hacer. No entró.

—¿Francis Brixton sin estrategia? —dijo Sophie.

—Sí. —Mili sonrió —. Entonces lo invité a entrar.

Caroline abrió los ojos.

—No puedo creerlo.

—Chicas… mi cuerpo ya había avanzado. Mi cabeza decía "no es el momento", pero mi cuerpo decía "goza".

—¿Y quién ganó? —preguntó Sophie.

Mili sonrió con picardía, lo que sus amigas entendieron perfectamente.

—Pero noté que él tampoco estaba seguro de entrar. Y cuando lo hizo… lo que pasó fue muy distinto a lo anterior. Él ya no parecía ser quien yo conocía. Fue otra cosa.

Caroline suspiró.

—O sea que tú tuviste sexo con él… pero él te hizo el amor.

Sophie empezó a aplaudir despacio.

—Esto cada vez se pone mejor.

—No es tan así —protestó Mili.

—Claro que sí —respondió Sophie—. Eres el karma de ese hombre. La venganza de tantos corazones rotos.

Miró hacia arriba.

—Gracias, Dios, por enviarle a Milagros a ese hombre.

Caroline y Sophie rieron. Mili solo sonrió procesando las palabras. Luego suspiró.

Pasó la mirada de una a otra. Tardó un segundo más de lo habitual antes de hablar.

—Es que yo no quiero ser su karma. No quiero no poder leer lo que le está pasando… Sé que desde afuera todo parece bastante claro —dijo—. Y no es que yo no vea nada de lo que ustedes ven.

Giró la cucharita en la taza sin mirarlas.

—Pero a mí no me alcanza eso hoy.

Sophie frunció el ceño levemente.

—¿Qué querés decir?

Mili respiró hondo.

—Que, aunque él hiciera una gran declaración de amor mañana… tampoco me sería suficiente.

Las dos se quedaron en silencio.

—No porque no me importe —aclaró enseguida—. Todo lo contrario. Porque lo que yo siento cuando estoy con él… —hizo una pausa, como buscando las palabras justas— Las palabras chicas no me van a sacar ese miedo.

Caroline la miró con cuidado.

—¿Entonces qué necesitarías?

—Tiempo —dijo Mili—. Actos. Presencia. Confianza en lo que esto es. Ver que esto no se convierte en un agujero negro para mí.

Bajó la vista.

—Porque si me dejo caer del todo con él… no sé si estaría lista para lo que eso significa. Y tampoco sé si estaría lista para el golpe si sale mal.

Silencio.

—Quizás piensen que soy una cobarde.

—Nadie piensa eso —dijo Caroline de inmediato.

Sophie negó despacio.

—Todo lo contrario. Estás siendo honesta contigo. Eso no es cobardía.

Mili apretó los labios.

—No lo sé… —murmuró—. Necesito que sea real. No solo bonito. Por eso mantengo fuertes los escudos.

Caroline le apretó la mano. Despacio. Y la miró con una sonrisa suave, casi tierna.

—Mili cuando uno puede explicar así lo que siente… es porque los escudos no estarían funcionando del todo, aunque no puedas verlo.

Mili abrió la boca para responder.

Y no dijo nada.

Solo sonrió.

Pidieron la cuenta entre bromas. Hablaron de la boda, de cosas triviales. La charla se volvió más liviana.

Cuando salieron del local, el frío londinense las recibió con un soplo húmedo.

Fue entonces cuando el móvil de Mili vibró.

Lo vio y sintió un estremecimiento dulce.

Francis:

Hola, bonita. Te extraño mucho. Estoy por volar a Londres. Deseo verte. Dales un saludo a las chicas — seguro me criticaron bastante. Especialmente Sophie.

Mili se los mostró a ellas, y Sophie negó con la cabeza, pero sonrió.

—Qué insoportable… y qué oportuno.

Caroline suspiró como si estuviera viendo una película romántica.

Otro mensaje entró.

Si no tienes planes… ¿te parece si te busco para cenar en tu casa o la mía? O, si prefieres, podemos salir. Como tú quieras.

Mili sintió el calor subirle al cuerpo.

Escribió sin esconder la sonrisa.

Mili:

No tengo planes. Las chicas te envían saludos. Cenemos en mi casa. Nos vemos esta noche. ♥

Las tres se miraron.

Sophie sonrió con resignación cariñosa. Caroline aplaudió en silencio.

Y Mili, mientras guardaba el teléfono, pensó que quizás eso era todo lo que podía hacer por ahora.

Caminar despacio.

Sin plan.

Y confiar en que, si era real, iba a sostenerse solo.