Cada paso me condujo a ti Capítulo 40 - El camino de vuelta
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Capítulo 40 - El camino de vuelta

C omieron tarde, ya pasado el mediodía. El personal había dejado todo preparado y luego desaparecido con esa discreción silenciosa que parecía natural en los Brixton.

La tensión seguía ahí. Pero había cambiado de forma.

Ya no era la del lago, filosa e imposible de ignorar. Era otra cosa. Más cautelosa. Más cansada. Como si ambos hubieran entendido que no podían seguir empujándola de un lado a otro sin terminar enfrentándola.

Hablaron poco durante la comida.

Algunas frases sueltas. Comentarios mínimos. La calma rara que queda después de una tormenta emocional demasiado grande, y que aún amenaza con volverse a desatar.

Cuando terminaron, Francis la llevó por uno de los pasillos del ala este. Las paredes estaban cubiertas de fotografías familiares antiguas, ordenadas casi cronológicamente.

Cinco generaciones de Brixton observando desde marcos impecables.

Mili se detuvo frente a una fotografía grande.

—¿Ese eres tú? —preguntó.

—Sí. Tengo 10 años. Debería haberla actualizado.

En la imagen había un niño, demasiado serio para su edad, aunque con algo travieso escondido en la mirada.

Una curva suave se instaló en los labios de Mili.

—No sé por qué sospecho que el hecho de que no lo hayan hecho es por tu madre.

Él soltó una risa baja asintiendo con algo de sorpresa en sus ojos.

—Mi padre lo intentó una vez. Solo una.

Ella siguió observando el retrato unos segundos más.

Las facciones. La postura. La forma en que todos los hombres de la familia parecían compartir la misma manera de mirar.

—Buenos genes los Brixton… —murmuró.

Francis la miró entonces.

—Le hubieras caído muy bien a mi abuelo.

La suavidad de su voz hizo que ella levantara la vista.

Y por un segundo el silencio volvió a tensarse entre ellos.

Hasta que Mili miró la hora.

—Se nos va a hacer tarde…

—Sí. Además, mañana vuelo temprano.

Ella asintió despacio.

Recogieron las cosas y, poco después, estaban nuevamente en el coche.

Ya había oscurecido.

La carretera avanzaba bajo las luces tenues del camino mientras una melodía tranquila sonaba de fondo.

Francis condujo varios minutos antes de hablar.

—Sé que esta conversación no es ideal para un coche… —dijo al fin, mirándola apenas de reojo— pero mañana me voy a Suiza y me gustaría irme teniendo un poco más de claridad de cómo te sientes respecto a… nosotros.

Mili no respondió enseguida. Esa frase dejó en evidencia algo que había observado de él.

Francis parecía haber nacido sabiendo dirigir todo lo que tocaba.

Pero con ella nunca hacía eso. Con ella siempre le dejaba espacio para decidir dónde quería pararse.

La tensión en los hombros de él terminó de confirmárselo.

Mili respiró hondo.

—Antes de responderte eso… creo que necesito entender bien qué pasa con Steph ahora que pude procesar todo.

Francis asintió despacio.

—Cuando me fui dejamos varias propuestas sobre la mesa. Ella aceptó una antes de que volviera a Londres… pero todavía no se firmó nada. Faltan definir algunos números y cerrar el acuerdo final. Después de eso no debería poder usar el material, ni hablar públicamente de nosotros.

Hizo una pausa breve.

—Voy a trabajar desde Suiza esta semana para resolverlo de una vez. Ella estará allí por trabajo.

Mili bajó la vista un segundo.

—Bueno… Me gustaría ayudarte con lo que se acuerde como compensación económica.

Francis giró la cabeza hacia ella, claramente sorprendido.

—No es necesario.

—No te lo ofrezco porque crea que lo necesitas —aclaró con calma—. Lo hago porque, de alguna manera, esto también nos involucra a los dos. Y si el acuerdo nos incluye a ambos… creo que sería correcto.

Francis la observó unos segundos antes de volver la vista a la carretera.

Algo en su expresión se suavizó. Asintió varias veces, procesando la propuesta. Sonrió un segundo antes de contestar.

—Lo pensaré.

Hubo un silencio breve.

Mili miró hacia afuera.

—Mira, Francis… Sé que no soy sencilla con algunas cosas. Pero creo que entiendes por qué.

Él no interrumpió.

—Hoy no tengo demasiadas respuestas claras. Solo sé que dimos algunos pasos más… y que me gustaría que siguiéramos así.

Observó el paisaje. Y de reojo a él.

—Volver a ser solo amigos sería bastante complicado a esta altura.

Eso hizo que algo mínimo cambiara en la expresión de él.

Muy apenas.

—No necesito ponerle un nombre a esto todavía… Me gustaría darme algo más de tiempo. Ver cómo nos movemos en esta nueva realidad.

Bajó la vista un instante.

—Pero no quiero poner condiciones, otra vez, sin estar segura de que estás bien con eso. ¿Qué piensas?

Francis aflojó los hombros y asintió lentamente.

Sin presión. Sin decepción visible.

Solo escuchándola.

—Que si es lo que necesitas… Que sí Mili, estoy bien con eso.

Le tomó la mano y se la besó con dulzura.

Y quizás eso fue lo que terminó de tranquilizarla.

—¿Y con los medios? ¿Cómo deberíamos cuidarnos con todo eso? —preguntó ella.

Francis ladeó la cabeza a un lado, como si hubiera esperado exactamente esa pregunta.

—Creo que, por un tiempo, ser cuidadosos haría las cosas más sencillas. No ocultarnos… pero tampoco exponernos. Nuestro entorno puede saberlo, si así lo deseas. El resto no necesita una historia.

—Me parece bien.

No hubo más que eso.

Él no le pidió más de lo que ella podía darle. Y ella agradeció, en silencio, que él tampoco necesitara más palabras de las que ya se habían dicho.

Llegaron a Londres con la ciudad ya encendida.

Cuando el coche se detuvo frente a su edificio, Francis bajó primero y le abrió la puerta. Subieron juntos en silencio.

Dentro del apartamento, se quedaron en el hall de ingreso. Mili dejó el bolso sobre una silla de la entrada y se giró.

Él ya estaba cerca.

Le tomó la cara con una mano y la besó despacio. Sin urgencia. Con el cuidado de alguien que ya no necesitaba precipitarlo todo.

Cuando se separó, la miró un segundo más de lo necesario.

Mili le sostuvo la mirada.

—Avísame cuando llegues.

Una sonrisa breve cruzó la cara de Francis.

—Eso no lo hacía nunca.

—Ya sé. Por eso te lo pido.

A Francis le brilló algo en los ojos.

—Lo haré. —dijo como sellando un nuevo pacto entre los dos.

Y salió.

Mili lo vio alejarse desde la ventana.

Y por primera vez en mucho tiempo, la incertidumbre no se sentía como una duda. Se sentía como algo que valía la pena esperar.