Capítulo 39 — Espuma, amanecer y una pregunta necesaria
Y a habían pasado casi dos horas desde que se habían separado junto al lago.
Francis intentó concentrarse en la llamada con su padre. Después revisó algunos correos en el despacho, abrió un libro en el salón, caminó por la galería que daba al jardín.
Nada funcionaba, la casa estaba demasiado silenciosa.
Se pasó una mano por la nuca.
Mili había pedido espacio. Y él había decidido respetarlo. Pero ¿cuánto espacio era espacio?
¿Una hora? ¿Dos? ¿Todo el día?
La duda empezó a girarle en la cabeza con una insistencia cada vez más incómoda.
Tomó el teléfono. Por un momento pensó en escribirle a Luc. Escribió incluso la primera línea.
Oye, Luc…
Se imaginó a su amigo leyendo el mensaje y levantando una ceja. Soltó el aire.
—Dios… qué penoso.
Borró el mensaje de inmediato. La verdad era que no tenía ni idea de qué estaba haciendo. No había estado en una situación así con otra mujer.
Apoyó las manos sobre el escritorio y cerró los ojos un momento. Algunas frases de Mili volvieron a su cabeza. No te atrevas a compararte. Eso es desilusionante.
Hizo una mueca. Tal vez estaba enfadada. Tal vez estaba dolida.
El recuerdo de la conversación con Santiago había vuelto a su cabeza. Tal vez tenía miedo.
La idea lo atravesó de pronto. Y con ella apareció otra sensación aún más incómoda. La necesidad de verla.
Nunca había sentido algo así. Nunca había tenido tantas ganas de acercarse a alguien que, solo unas horas antes, le había dicho cosas duras a la cara.
Incluso había algo ligeramente humillante en esa sensación. No le importaba.
No podía ignorarla. Necesitaba verla. Estar cerca. Tenerla cerca.
Acariciarle la mano. Algo. Necesitaba saber si ella seguía allí… en el mismo lugar que él.
Otra vez esa sensación en el pecho, pensó. Se llevó la mano al cuello. Necesitaba aire.
—Esto es ridículo.
Pero aun así se levantó. Salió del despacho y comenzó a recorrer la casa.
Pasó primero por el living. Después por la galería. Nada.
Finalmente encontró a la ama de llaves cerca de la cocina acomodando unas flores.
—Margaret—preguntó—. ¿Has visto a Mili?
La mujer sonrió con discreción.
—Sí, señor. Fue a la sala de sauna y jacuzzi.
Francis asintió.
Y mientras caminaba hacia el pasillo que llevaba al spa, notó algo que no esperaba.
Estaba nervioso. Golpeó suavemente la puerta. Al no recibir respuesta, abrió.
El vapor escapó hacia el pasillo. Se quedó un momento en el umbral.
Mili estaba bajo el agua, completamente sumergida. El cabello flotando alrededor de su rostro. Los ojos cerrados.
Francis no anunció su presencia. La observó.
Había algo en verla así, quieta, intentando acallar lo que él le había puesto en la cabeza, que le apretó algo en el pecho que no supo nombrar.
Cuando ella emergió y abrió los ojos, tardó un segundo en verlo.
Luego sonrió.
Era pequeña esa sonrisa. Pero era una sonrisa. Francis apoyó un hombro en el marco de la puerta.
—Perdona la intrusión.
—No interrumpes nada útil. No conseguí tener nada claro aún —respondió ella.
Silencio breve.
—¿Esa bella mente tiene muchos pensamientos?
—Está repleta. Debería enviar varios a la papelera.
Francis asintió despacio. Sonrió levemente. La miró un momento más de lo necesario.
Mili lo sostuvo y su mente se activó nuevamente.
Verlo ahí parado en el umbral, sintió la urgencia física antes de que pudiera anticiparla — esa necesidad del cuerpo que llega antes que la razón.
Hoy sabía que podía tomar ciertos permisos sin romperse.
Y quería gozar de ese nuevo estado sin culparse de eso.
—Ya que estás aquí —dijo finalmente—, estás invitado a entrar. Si quieres.
Francis no se movió de inmediato.
La sorpresa fue genuina y completa.
Había caminado hasta allí sin saber qué iba a encontrar. Enojo, quizás. O ese silencio frío que ella construía cuando algo la lastimaba. Se había preparado para cualquiera de las dos cosas.
No para esto.
Mili lo observaba desde el agua con esa calma nueva, completamente dueña del momento. Y él entendió de golpe lo que estaba pasando. Le estaba abriendo una puerta. Pero era la puerta que ella controlaba. La que siempre había controlado.
Caminó despacio hacia el borde del jacuzzi y se sentó.
La miró.
—¿Eso significa que estamos en paz?
—No —dijo ella—. Significa que me estoy dando permiso de no pensar cada paso como algo definitivo. Por ahora.
Francis no respondió inmediatamente.
Había algo en esa honestidad, en que ella lo dijera así sin disfrazarlo, que lo movilizó. No pudo ocultar que no lo esperaba.
—Te he sorprendido —dijo ella, con una leve sonrisa ante su silencio.
—Sí, otra vez—. Admitió él.
Una pausa.
—Podría justificarme. Eres el hombre más guapo con el que he estado —añadió Mili, mirándolo fijo—. Lo que no simplifica nada.
Francis soltó una risa corta. Negó levemente con la cabeza.
Introdujo una mano en el agua. La dejó quieta sobre su rodilla.
—Eso lo sé usar —murmuró—. Siempre lo supe. Pero no era lo que venía a buscar.
—¿Y qué viniste a buscar?
Francis le acarició suavemente la pierna.
No tenía una respuesta construida. Y por primera vez en mucho tiempo no intentó fabricar una.
—No sé. Sentí la necesidad de verte. Tenerte cerca. Saber cómo estabas.
Dejó que sus palabras flotaran en el aire.
—Saber cuánto tiempo era "el tiempo" que querías.
Mili no respondió inmediatamente.
Lo observó.
No era el Francis que conocía, el que siempre tenía el paso siguiente calculado. Era uno que había golpeado su puerta sin saber qué iba a encontrar del otro lado. Y aun así, ahí estaba, sin ninguna armadura.
Eso no se fingía.
—Me gustaría que entres —dijo en voz baja.
Sus ojos hablaron por él. Francis detuvo las caricias, y se levantó lentamente y se desnudó sin apartar los ojos de ella. Entró al agua. El calor los envolvió a los dos.
Se sentó frente a ella.
Mili se acercó y se acomodó encima de él. Sus manos encontraron sus hombros. Las de él, su cintura.
Apoyaron la frente uno contra el otro. Se quedaron así un momento. Quietos. Respirándose.
Había necesidad. Mucha. Pero también algo más debajo que ninguno de los dos, por sus propios motivos, se atrevía a nombrar todavía.
Francis le recorrió la espalda con la yema de los dedos despacio. Sin apuro. Sin objetivo más que ese. Como quien dice estoy acá sin necesitar palabras para decirlo.
Mili cerró los ojos un segundo.
Él la conocía lo suficiente para saber que ella estaba esperando que algo cambiara. Que él tomara la iniciativa y volviera a ser el Francis que siempre supo manejar estas situaciones sin que le costaran nada.
Pero esta vez no podía. Porque esta vez le costaba todo.
La besó en el hombro. En el cuello. Sin prisa. Sus manos seguían moviéndose por su espalda, memorizando.
Mili sintió la diferencia. No era urgencia. Era otra cosa. Algo más expuesto. Más al borde.
Lo atrajo hacia ella. Se encontraron. Y cuando sus cuerpos se unieron, ninguno cerró los ojos. Se miraron intensamente.
Como si los dos necesitaran ver que el otro seguía ahí.
El ritmo fue lento al principio. Casi doloroso de tan quieto. Las manos de él en su espalda sosteniéndola, las de ella en su cuello aferrándose.
En algún momento ella volvió a apoyar la frente en la suya y cerró los ojos.
Él no. La contemplaba. Lo que sentía era tan enorme que no sabía dónde ponerlo. Nunca había tenido que buscar ese lugar antes. Nunca había necesitado buscarlo.
El ritmo cambió solo. Más cercano. Más urgente. Hasta que el cuerpo de ella tembló.
Y el de él, apenas después. Luego la calma.
El vapor alrededor. El sonido del agua. Las respiraciones acomodándose despacio.
Francis apoyó la frente en su hombro.
No dijo nada. Ella tampoco.
Después de un momento largo, Mili habló en voz baja.
—Francis.
—Dime.
—Lo que necesito ahora es bastante simple. Saber que serás sincero conmigo.
Él levantó la cabeza. Le tomó la cara con una mano. La miró.
Pensó en decirle muchas cosas. Todo lo que llevaba meses sin poder decirle. Todo lo que había sentido estas últimas semanas. Todo lo que no sabía cómo ser pero que estaba dispuesto a aprender si ella le daba la oportunidad.
No dijo nada de eso.
Porque la conocía. Sabía que las palabras grandes la alejarían más de lo que la acercarían. Asintió.
Y la besó.