Capítulo 38 - La cabalgata de confesiones #3
—¿Seguro? —Lo miró fijamente —. ¿Entonces por qué? ¿Te golpeó en el ego? ¿Pensaste que Santiago sí era una competencia?
Francis entrecerró los ojos, desconcertado. Mili continuó, ahora con una mezcla de ironía y enojo.
—Dios... te conozco. No te gusta perder. Y creo que verme con él fue exactamente eso para ti. —Una pausa—. Perder. ¿Eso fue lo que te trajo de vuelta? ¿Viniste a validar que seguía aquí para ti?
El peso de eso quedó entre los dos.
—Porque ayer en el coche me dijiste que estabas seguro de que yo iba a estar en tu vida.
Lo miró con dureza.
—Y ahora me dices que si Santiago no aparecía… no estarías aquí.
Una pausa.
—Eso es lo que me estás diciendo entre líneas, Francis.
Su voz se le entrecortó.
—¿Y sabes qué es lo que más odio de todo esto?
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Que me hayas dado en estos tres meses por sentada.
—Dios mío, Mili… —dijo levantando bastante la voz— ¿por sentada?... Nunca nada en mi vida estuvo tan incierto.
—No fue por eso —continuó él—. Fue por miedo.
Ella levantó la vista rápidamente hacia él. Francis se pasó la mano por el pelo y caminó de un lado a otro hablando más rápido de lo que podía controlar.
—Fue porque me di cuenta de que me estaba demorando demasiado.
La miró.
—De que había tomado una mala decisión dejándote todo ese tiempo sin saber por qué me había ido ni qué estaba pasando.
El peso de eso quedó entre los dos.
—Y si ibas a volver con él —añadió— quería que lo supieras. Aunque ahora lo esté diciendo y no sé si te es suficiente.
Soltó el aire. Estaba agotado. Mili no dijo nada, pero había distancia en sus ojos enrojecidos.
Francis notó el cambio y trató de volver a un terreno conciliador.
—Mili, entiendo que me equivoqué en irme en silencio, que te recuerde cuando él se fue, pero…
Mili soltó una pequeña risa irónica.
—No. —Movió la cabeza mirando para abajo—. No te atrevas a compararte.
Ninguno habló.
Francis se quedó quieto un segundo. Se le congeló la mirada. Luego giró la cabeza. Pateó una piedra del suelo.
—Tienes razón. —Su voz salió más dura—. No debería compararme.
Francis volvió a mirarla. El aire entre los dos se tensó.
—Porque hay una gran diferencia entre él y yo. Cuando él se fue sabía exactamente qué lugar ocupaba en tu vida.
Mili no respondió. Francis bajó un poco la voz.
—Yo no.
La miró con gravedad.
—Y escuchándote… tampoco estoy seguro de saberlo ahora. Porque me estás mirando con varios ojos a la vez.
Mili frunció levemente el ceño.
—Me estás juzgando como si hubiera sido tu pareja… pero cuando me fui éramos amigos.
Francis continuó:
—Eso significa que todavía estoy ocupando varios lugares distintos en tu vida.
Una pausa.
—Y puedo sostenerlo… pero me gustaría tener las cosas un poco más claras.
Francis la miró fijamente.
—Porque yo sí sé lo que quiero… Pero tengo bastante claro que tú todavía no lo sabes.
Mili apretó los labios. Y después de unos minutos de silencio fue ella la primera en hablar.
—Creo que los dos necesitamos algo de espacio. Preferiría volver.
La cara de él fue de agobio y algo de tristeza.
—¿Quieres que salgamos ahora? Aviso para que no nos preparen el almuerzo.
Mili se puso rígida.
—No me refería a volver a Londres. Me refería a que nos demos un momento aquí, en la casa de campo.
Él asintió. Sus gestos se aflojaron.
Mili agregó de manera filosa:
—Yo no me iría. Yo no resuelvo así las cosas.
Ella se giró y comenzó a caminar hacia los caballos. Había comenzado a llover. Francis, unos pasos atrás, echó la cabeza hacia atrás mirando el cielo unos segundos antes de seguirla.
El camino de vuelta fue en silencio. El aire se sentía más frío.
Cuando llegaron a la casa, Francis le explicó que podía ir a donde deseara.
Recordándole los espacios de la casa: la biblioteca, la piscina climatizada, el jacuzzi y el sauna en una de las alas a su disposición. Él se quedaría en el despacho, ya que tenía que atender una llamada con su padre.
Se acercó despacio y buscó su mano. La acarició. Milagros apenas lo miró.
Ella entró en la casa. Él la siguió y se fue hacia el despacho.
Milagros se preparó un té, tomó unos scones y se sentó junto a una de las grandes ventanas de la biblioteca mirando el jardín.
Pero su cabeza seguía llena de pensamientos. Después de un largo rato intentando acallarlos, decidió buscar el jacuzzi.
Cuando entró en la habitación se quedó inmóvil. Era un pequeño spa de piedra y madera, con grandes ventanales que dejaban ver el paisaje otoñal. El jacuzzi era enorme y ocupaba el centro de la sala.
Se acercó despacio y lo encendió. Comenzó a llenarse lentamente mientras el vapor empezaba a humedecer el ambiente.
Dejó la ropa sobre una silla y se metió despacio en el agua caliente. El alivio fue inmediato.
Las burbujas relajaron su cuerpo, aún tenso por la conversación.
Cerró los ojos. Se sumergió completamente bajo el agua. Y escuchó solo el sonido amortiguado de las burbujas estallando alrededor.
Intentaba acallar su cabeza. Pero una pregunta seguía flotando en algún rincón de su mente: ¿Había alguna posibilidad de que esto saliera bien?