Cada paso me condujo a ti Capítulo 38 - La cabalgata de confesiones #2
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Capítulo 38 - La cabalgata de confesiones #2

—Los abogados organizaron varios encuentros. Intentamos cerrar un acuerdo para que todo ese material desapareciera y ella se mantuviera al margen. Que no pudiera publicar nada ni nombrarme en público. Y por supuesto tampoco a ti. No está firmado el acuerdo final.

Mili arrugó la frente. Francis estaba inclinado hacia delante, con los codos sobre las rodillas y las manos en el mentón. Mili se llevó una mano a la cara un segundo.

—Esto… —dijo finalmente—. Esto no era lo que me imaginaba.

Movió la cabeza. Empezó a caminar de un lado a otro. Luego se detuvo con las manos en las caderas, mirando hacia arriba.

—Fantástico.

Soltó una risa irónica.

—Esto es fantástico.

Lo miró.

—Yo en mi casa tomando el té…

Hizo un gesto amplio con la mano.

—Y tú haciendo de héroe sin decirme ni una palabra.

Se volvió un segundo.

—Qué bien empieza esto.

Francis tomó aire. Parecía más preparado para ese enojo que para la calma anterior. Su voz salió más controlada.

—No fue así, Mili.

Francis la miró.

—No estaba jugando a ser un héroe.

Movió la cabeza.

—Eso lo había causado yo. Era mi caos.

—No. —Ella se volvió de inmediato—. Puede que lo hayas causado tú. Pero las amenazas eran para los dos.

Señaló entre los dos. Su voz subió un poco.

—Estábamos incluidos los dos.

Francis sostuvo su mirada.

—Jamás hubiera dejado que nada te pasara. ¿De verdad crees que iba a permitir que todo eso te alcanzara por culpa mía? Me aseguré de que nadie pudiera tocarte. De tener a la mejor gente manejándolo. No pensaba dejar que pagaras mis errores.

Mili movió la cabeza.

—No me es suficiente eso, Francis.

Lo miró fijo.

—¿Seguro que no me dejaste afuera porque pensaste que yo no iba a saber gestionar algo así…? Que este mundo… al final, no es el mío. Que yo no sé moverme en él como tú. ¿Por eso pensaste que tenías que hacerlo solo?

Francis levantó la cabeza de inmediato, indignado y sorprendido.

—¡No! ¿De qué hablas?

Mili volvió a caminar, más despacio ahora.

Francis se levantó. La miró con firmeza. Pero la voz no le salió tan firme.

—Lo único que traté de hacer fue proteger tu mundo. Tu empresa, tu apellido, tu imagen. A ti.

Su voz bajó.

—No iba a dejar que el escrutinio público te arrasara. Ya los vi hacerlo con mi familia. No iba a permitir que te arrastraran a ti también.

Buscó sus ojos para que entendiera y se señaló a sí mismo.

—Por mi desorden. Por mis irresponsabilidades.

Mili tenía el pulso disparado. Necesitaba un respiro. Se dio vuelta a mirar el lago otra vez, buscando que le entrara el aire.

Ninguno habló. Francis dio un paso hacia ella. Pequeño. Mili se giró nuevamente y lo miró. Habló más despacio.

—Sigo sin entender algo.

Él esperó.

—¿Por qué desapareciste así? ¿Por qué no me dijiste nada? Y sobre todo… ¿por qué cambiaste el número sin avisarme?

Francis la miró primero con asombro y soltó el aire despacio.

—Pensé que lo había dejado claro cuando me despedí en el departamento, que lo iba hacer —dudó un segundo pensando en sus palabras—. Quizás no literalmente. De todas maneras, no hubiera evitado tu enojo.

Hizo una pausa breve.

—Yo sabía que no podría estar en contacto contigo sin perder un poco el control de todo.

Ninguno habló. Bajó la cabeza mientras se removía el pelo.

—Pensé que sería menos tiempo Mili.

Ella arrugó la frente.

—¿Menos cuánto?

—Dos semanas. Un mes, como mucho.

—Pasaron tres meses. Tres.

Lo miró con una frialdad que no había mostrado antes.

—Y mientras, estabas tomando decisiones sobre mi vida.

Se giró un segundo para tomar aire y cambió de tono.

—Yo pensé que habíamos construido una confianza, un código entre los dos. Hubiera esperado que me tuvieras en cuenta. Esto es desilusionante.

Francis se mordió el labio inferior y se acercó un paso más.

—¿Desilusionante…? Uff.

Levantó las manos un poco, como un pequeño aplauso que llevó a sus labios.

—¿Sabes qué pasa, Mili?

La miró con una mezcla de cansancio y enojo.

—Que tú me estás respondiendo desde un lugar muy gris.

Ella entrecerró levemente los ojos.

—Me estás diciendo que esperabas algo distinto de mí. Que esperabas que actuara como compañero, que tomara decisiones contigo…

Hizo una pausa.

—Pero durante todo este tiempo también dejaste muy claro lo que éramos. Y lo que no querías que fuéramos.

Se escuchó el ruido de las hojas moviéndose, dejando en evidencia el silencio sepulcral que cayó entre ellos.

—Ese código que tú acabas de nombrar siempre estuvo —continuó—. Y yo siempre lo respeté. Porque quizás me he equivocado en la forma de irme, pero estaba tratando de que tú, que no querías vinculación conmigo, no te vieras arrastrada a eso.

Bajó la mirada un instante. Mili cruzó los brazos. Se abrazó un momento. No podía responder nada a eso.

—Hace un momento dijiste que todavía no está cerrado.

—No lo está.

Ninguno habló.

—Entonces… —dijo ella— ¿por qué volviste?

Francis dudó apenas.

—Cuando te vi con Santiago.

Mili cerró los ojos un segundo.

—Francis…

Su nombre salió en un pequeño suspiro de frustración.

—No me digas que volviste por celos.

Francis movió la cabeza de inmediato.

La miró fijo.

—No volví por celos.

Hizo una pausa.