Cada paso me condujo a ti Capítulo 38 - La cabalgata de confesiones
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Capítulo 38 - La cabalgata de confesiones

M ilagros despertó lentamente. Durante unos segundos no supo muy bien dónde estaba. Ni siquiera qué día era. Cuando cayó en la cuenta de que era domingo, todo lo vivido durante las últimas cuarenta y ocho horas regresó en pequeñas ráfagas desordenadas.

¿Habían sido dos días… o una vida?

La luz tenue se filtraba por las cortinas y el aroma húmedo del jardín se colaba por la ventana. Aún se sentía el olor a madera quemada mezclado con la tierra mojada por el rocío. Se incorporó ligeramente.

Pensó en la noche anterior y un pequeño vuelco le sacudió el estómago. La chimenea. La música. Las copas de vino. Su cabeza recostada sobre las piernas de Francis. Y después… la noche se borraba.

Estaba sola en la cama. Una media sonrisa apareció en su rostro. Debió haber sido él quien la cargó hasta allí.

Se levantó despacio y se acercó a la ventana. El cielo estaba cerrado, gris, y el aire parecía más frío que la noche anterior. Se alegró de haber traído varias opciones abrigadas.

Tomó su móvil que encontró sobre la mesilla. Había un mensaje de Caroline.

Arrugó la frente al abrir el enlace que su amiga le había enviado.

El titular hablaba de la posible adquisición de una importante entidad financiera en Estados Unidos por parte de Brixton International Bank. Pero el artículo no se detenía solo en lo económico.

A medida que avanzaba en la lectura, el tono cambiaba.

El texto mencionaba que el perfil público de Francis había vuelto a aparecer junto a Stephanie, lo que alimentaba rumores de reconciliación.

Algunos medios incluso hablaban de un posible compromiso entre ambos y sugerían que la expansión del banco en Estados Unidos podría implicar que Francis se instalara allí para liderar el proyecto.

Milagros volvió a leer el párrafo. Sabía perfectamente cómo funcionaban esos portales. Aun así, una frase quedó resonando en su cabeza. Instalarse en Estados Unidos.

Caroline había escrito debajo del enlace:

Sé que muchas de estas noticias no suelen ser verdad… ¿Has hablado con él?

Mili simplemente le respondió.

No hemos hablado aún. Gracias por avisarme.

La verdad es que no sé nada de esto… pero hoy tendremos que hablar.

Dejó el teléfono sobre la cama. Había imaginado que Francis no la había llevado allí por casualidad. Que lo que buscaba era intimidad, tiempo, una especie de burbuja para poder hablar con calma… Pero tal vez también tenía que explicarle algo más de lo que ella ya suponía.

Soltó el aire despacio. El ánimo, sin querer, se le desplomó un poco.

Se duchó y bajó a la cocina. La mesa estaba preparada con esmero: café recién hecho, pan, mantequilla, mermeladas, crema y una bandeja de scones aún tibios.

Un pequeño ramo de flores descansaba junto a la ventana.

Desde allí se veía el jardín trasero extendiéndose casi sin límites.

A lo lejos, una piscina cubierta aparecía entre los árboles.

Milagros miró alrededor.

—¿Francis?

No hubo respuesta. Se sirvió café y desayunó sola.

Cuando terminó, caminó hacia el hall principal.

La entrada de doble puerta estaba cerrada.

Pero al asomarse a la ventana lateral del jardín de la entrada, lo vio.

Francis caminaba por la grava hablando por teléfono.

Se movía despacio de un lado a otro, con una mano en el bolsillo del abrigo.

Había algo serio en su expresión. Asumió que no era una conversación de su agrado. Otra punzada. Un déjà vu.

Cuando él escuchó la puerta abrirse, levantó la vista. Sus ojos se encontraron. Terminó la llamada y guardó el teléfono. Milagros bajó los escalones del pórtico. Llevaba unos jeans, botas de cuero marrones, un suéter de lana amplio y un abrigo largo color caramelo que el viento movía ligeramente.

Francis la observó un segundo antes de sonreír. Pero ella alcanzó a notar una tensión leve en su expresión. Se abrazó a sí misma. La conversación iba a suceder.

Francis se acercó.

—Buenos días.

Le besó la frente primero, tomándole las mejillas suavemente, y luego rozó sus labios con los de ella, con cierta cautela.

—¿Dormiste bien?

—Sí.

—¿Desayunaste?

—Sí.

Francis la miró unos segundos. Notó las respuestas en monosílabos.

—¿Te gustaría ver los establos?

Señaló hacia el bosque.

—Hay un lago precioso detrás. Podemos cabalgar un rato… y hablar.

Ella asintió despacio.

—Está bien.

Cuando él se giró, ella tomó aire lentamente para mantener la calma.

Caminaron hacia los establos. El crujido de las hojas secas y el viento frío entre los árboles era lo único que se escuchaba. Francis le mostró los caballos.

—Ese es el mío.

Milagros se acercó al box y lo acarició.

—Es precioso.

—Se llama Atlas. Mi abuelo me lo regaló cuando cumplí dieciocho.

El pelaje negro brillaba incluso bajo la luz gris del otoño. Un caballo blanco levantó apenas la cabeza al verla.

—¿Y esta?

—Pepper —respondió Francis—. Era de mi madre. Es tranquila.

La yegua acercó el hocico hacia la mano de Mili.

—Hola, preciosa… —murmuró ella con una pequeña sonrisa.

—¿Prefieres que te lleve o quieres cabalgar sola?

—Sola.

Salieron despacio por el sendero. Milagros sobre Pepper y Francis montando a Atlas unos pasos más adelante. Después de unos minutos el paisaje se abrió hacia el lago. Allí, junto a la orilla, una pérgola cubierta de enredaderas protegía un viejo sillón hamaca de madera blanca.

Francis desmontó primero y ayudó a Mili a bajar. Dejaron los caballos atados junto al sendero, en una vieja barra de madera. Francis entró primero en la pérgola y sacudió algunas hojas del asiento. Se acomodaron mirando el agua.

Mili jugaba con sus dedos.

—Es hermoso este lugar.

—Lo es —respondió él—. Era el sitio favorito de mi madre. Pasábamos muchas tardes aquí. Ella leía y yo jugaba con algún primo… aunque casi siempre era con Luc que venía a pasar el día con su familia.

—Debiste ser muy feliz aquí.

—Sí.

Una pausa larga.

Francis soltó el aire despacio.

—Mili…

—Quieres que hablemos.

—Sí.

La miró con gravedad.

—Necesito contarte lo que pasó en estos últimos meses. Sobre todo, porque no está cerrado.

Milagros dudó un instante.

—Entonces… la noticia también tiene que ver con eso.

—¿Qué noticia?

Ella sacó el teléfono y le mostró el titular. Francis lo leyó.

—La compra del banco es real —dijo finalmente—. Y probablemente lidere parte del proyecto.

Le devolvió el teléfono.

—Pero eso no significa que vaya a mudarme a Estados Unidos. Ni que quiera hacerlo.

La miró con firmeza.

—Y lo de Steph… claramente es mentira.

Mili asintió esperando que la explicación continuara. Él tomó aire despacio.

—En mi cabeza sonaba bastante claro lo que iba a decir… pero ahora no sé por dónde empezar.

Se quedó mirando el lago y luego levantó la vista.

—Creo que debería comenzar pidiendo disculpas por cómo sucedió todo.

—Francis… —le apoyó la mano en su pierna con cuidado un segundo—. No quiero interrumpirte.

Se acomodó un poco en el asiento.

—Agradezco las disculpas. —Se llevó un mechón de pelo detrás de la oreja—. Pero estoy aquí, ¿no? Dejé que pasaran cosas. No son las disculpas lo que necesito. Quiero que podamos hablar tranquilos.

Lo miró.

—Explícame lo que tienes que explicarme. No vine a pelear.

Francis la observó contenido. Apretó los labios. Entendió que lo que ella imaginaba que iba a decirle era algo mucho más simple.

Exhaló y bajó la mirada un instante.

—Bien. Entonces tengo que empezar por Steph.

El nombre cayó entre los dos.

—La conocí hace bastantes años. En una etapa bastante distinta de mi vida.

Miró el lago un instante.

—En ese momento yo era exactamente lo que todos esperaban que fuera. La promesa perfecta para mi familia, para el banco… para todo el mundo.

Apretó los labios por un momento.

—Y terminé buscando lugares donde no tuviera que ser eso.

Ninguno habló.

—Lugares no tan correctos. Había fiestas. Alcohol. Excesos. Gente con demasiado dinero y muy pocas consecuencias. Steph apareció ahí.

La miró un instante de reojo.

—Al principio era simplemente una más. Después, cuando mi exposición pública empezó a crecer y algunos escándalos comenzaron a circular, se volvió una figura conveniente.

Mili levantó las cejas.

—¿Conveniente?

—Estratégica, si prefieres. La prensa compró la historia y socialmente la gente parecía bastante encantada con la idea de nosotros dos. Aunque la relación, en realidad, no existiera.

La miró directamente.

—Yo no veía solo a Steph. Y ella lo sabía.

Mili apretó los labios despacio. Ninguno habló.

—Nada de todo eso me enorgullece.

Miró otra vez el lago.

—Y, sinceramente, me hubiera gustado no tener que explicártelo nunca. No porque quiera ocultarlo.

Movió la cabeza con los labios apretados.

—Simplemente… no siento que esa versión me represente realmente.

Hizo una pausa.

—Pero sin entender esa parte, no ibas a entender nada de lo que pasó después.

Miró el agua otra vez.

—Porque lo que yo no sabía era que, en muchos de esos encuentros, ella había ido acumulando material.

—¿Qué quieres decir?

—Fotos, videos y conversaciones...

Se detuvo en ella.

—Material suficiente como para construir la narrativa que deseara contar.

Mili se movió incómoda.

—El día que el caos se desató, cuando apareció la primera noticia vinculándote conmigo —continuó él—, cuando ya estábamos en casa de mis padres con los abogados, recibí un mensaje.

—¿De ella?

—Un número desconocido. Pero sabía que era ella.

El peso de eso quedó entre los dos.

—Era una amenaza.

Mili parpadeó.

—¿En qué sentido?

Francis dudó un segundo.

—Decía que podía destruirme públicamente.

La miró.

—Y que si yo te elegía… también te lo haría a ti. Pensé que estaba exagerando. Pero en los siguientes mensajes me dejó claro que no tenía intenciones de ser amable con tu imagen si yo la rechazaba.

El aire entre los dos se tensó.

Mili entrecerró los ojos.

Se levantó y caminó unos pasos.

—¿Y qué hiciste? —preguntó finalmente.

Francis suspiró.

—Negociar.

Mili lo escuchaba con los ojos entrecerrados, con los brazos cruzados.