Cada paso me condujo a ti Capítulo 37 — La casa del campo
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Capítulo 37 — La casa del campo

L a carretera se fue estrechando a medida que dejaban atrás la ciudad.

El otoño había convertido las tardes en algo breve; la luz se retiraba temprano, cubriendo el camino de sombras azuladas mucho antes de que llegara la noche.

Unas nubes habían irrumpido sobre lo que había sido una tarde soleada y algunas gotas caían sobre el parabrisas, permitiendo que el olor a tierra mojada se colara por las ventanas.

Afuera, los campos a ambos lados de la ruta eran una sombra oscura, y el aire había bajado varios grados desde que dejaron Londres atrás.

Cuando Francis redujo la velocidad, un gran portón de hierro se abrió lentamente frente a ellos. El coche avanzó por un camino largo bordeado de árboles altos. Las ramas desnudas del otoño formaban un túnel sobre la grava húmeda, y pequeñas farolas iluminaban el sendero a intervalos regulares.

Mili miraba por la ventanilla.

—¿Todo esto es parte de la propiedad? —preguntó finalmente.

—Sí —respondió Francis con naturalidad—. La propiedad lleva generaciones en mi familia. Desde 1700, para ser exactos.

Miró hacia adelante.

—Mis bisabuelos vivían aquí. Con el tiempo quedó más como refugio de campo.

El coche giró en una última curva. Y entonces la casa apareció frente a ellos. La fachada larga de ladrillo rojo estaba iluminada por farolas exteriores que resaltaban las ventanas blancas y las chimeneas altas que se recortaban contra el cielo oscuro.

Mili se quedó observándola unos segundos.

—Wow…

No era exactamente lo que había imaginado. Era mucho más.

Francis detuvo el coche frente a la entrada.

—Me había imaginado algo más pequeño.

Francis giró la cabeza hacia ella.

—¿Más pequeño? ¿No te gusta?

—No, no es eso —respondió enseguida, confundida por su pregunta—. Me encanta.

Miró nuevamente la casa.

—Es impresionante.

Francis sonrió.

—Y muy acogedora. Ya verás.

En su cabeza no pudo evitar reírse con lo de muy acogedora. Había imaginado una pequeña casa de campo. Y estaban llegando a algo que parecía un hotel.

Francis apagó el motor y ambos bajaron del coche. El aire frío del campo los envolvió de inmediato. Él rodeó el coche y le ofreció la mano. Mili la tomó con una pequeña sonrisa mientras miraba nuevamente la casa.

En ese momento la puerta principal se abrió. Un hombre y una mujer salieron a recibirlos.

—Buenas noches, señor Brixton —dijo el hombre con una leve inclinación de cabeza—. Estábamos esperándolos.

Tomó las maletas del coche con naturalidad.

—La cena estará lista cuando quieran.

Mili se detuvo un segundo, observándolo todo.

No era algo completamente nuevo para ella.

Ya había empezado a habitar ese mundo, el de Francis y el de su entorno, un mundo al que también pertenecían varias de sus amigas.

Sabía que funcionaba gracias a muchas manos silenciosas, casi invisibles, que colaboraban para que todo luciera siempre impecable.

No era algo que le molestara. Simplemente era un contraste que podía notar con facilidad. Quizás porque ella no había crecido en un lugar donde todo eso se diera por sentado.

Se aferró a su mano y suspiró casi imperceptiblemente.

Entraron a la casa. El interior estaba cálido. El olor a madera y chimenea llenaba el hall mientras una luz suave iluminaba las paredes revestidas de paneles oscuros.

—Espero que el viaje no haya sido demasiado largo —dijo la mujer con amabilidad.

—Ha sido perfecto —respondió Francis—. Gracias, Margaret.

Los dejaron solos. Francis la miró.

—¿Te hago un recorrido rápido antes de cenar?

—Me encantaría.

Recorrieron la planta baja con calma. Cada habitación tenía algo que contar: cuadros de familia, muebles que habían sobrevivido generaciones, pequeños objetos que hablaban de una historia larga y ordenada. Mili iba mirando todo con una atención callada.

Hasta que entraron a la biblioteca. Se detuvo en el umbral.

Las paredes estaban cubiertas de estanterías de madera oscura llenas de libros, del suelo hasta el techo.

Una escalera de mano corría sobre un riel de bronce.

En el centro había dos sillones de cuero frente a una chimenea pequeña que crepitaba suavemente.

—Es impresionante —murmuró.

Francis apoyó una mano en uno de los estantes.

—Los leí todos.

Mili giró la cabeza hacia él y lo miró con los ojos entrecerrados, mostrando su escepticismo.

—Eso es imposible.

Francis levantó una ceja.

—Ponme a prueba.

Ella recorrió los lomos de los libros y sacó uno al azar.

—A ver… este.

Francis apenas miró la portada.

—The Remains of the Day. Ishiguro. Del 89. Se trata de un mayordomo inglés…

Mili tomó otro.

—¿Y este?

—Brideshead Revisited. Waugh. Publicado en el 45.

Ella empezó a reír.

—No puede ser.

Sacó otro más.

—Great Expectations. Dickens. Del 61. ¿Quieres el argumento también… o te basta con admitir que tengo razón?

—Me rindo —dijo ella riendo—. Me rindo completamente. No me voy a acostumbrar nunca a ese superpoder.

Francis se encogió de hombros.

—Te acostumbrarás. Ya nadie en mi entorno lo tiene presente cuando memorizo algo.

Mili lo miraba con una expresión que no intentó disimular.

—Me gusta cuando me miras así —dijo él.

Ella sonrió y se acercó.

—¿Cómo?

—Como si te gustara de verdad.

Mili le pasó los brazos por los hombros, posó la mirada un segundo en sus labios… y lo besó. Un beso sentido, dulce, que decía mucho más de lo que ella quería reconocer.

Cenaron con calma en el comedor. Hablaron de libros, música y lugares que querían conocer. Debatieron durante varios minutos sobre una novela que Francis adoraba y que Mili consideraba aburrida. Ninguno cedió demasiado. Terminaron riéndose de la testarudez del otro.

Después de cenar, Mili dejó la copa sobre la mesa y deslizó los ojos por el espacio.

—¿Te molestaría si volvemos un rato al salón? Me gustaba estar junto a la chimenea… aunque ya casi no se vea el jardín.

—Claro.

Entraron nuevamente al salón mientras seguían conversando sin prisa.

En un momento Francis pareció recordar algo.

Se acercó a una sección del paneleado de madera oscura y abrió una pequeña puerta que, cerrada, parecía parte de la pared.

Detrás apareció un espacio estrecho lleno de discos.

Filas de vinilos ocupaban las estanterías.

Mili se quedó mirando, sorprendida. Mientras ella observaba los discos, Francis sacó con cuidado un tocadiscos antiguo de una repisa. Mili lo vio y sonrió.

—¿Ese es el famoso tocadiscos?

Francis levantó la vista hacia ella, reconociendo que recordaba la anécdota que una vez le había contado.

—Sí.

Pasó la mano por la madera.

—¿Y funciona?

—Claro. ¿Quieres escuchar algo?

Mili lo miró con una sonrisa divertida.

—Primero muéstrame esa firma que le habías hecho.

Francis arqueó una ceja.

—No puedo creer que te acuerdes de eso.

Ella se encogió de hombros.

—No eres el único con buena memoria. —Se acercó un poco más—. No recuerdo todos los detalles de la historia… pero me acuerdo de lo importante. Era de tus bisabuelos, ¿no? Algo así como… cien años.

Francis sonrió.

—Más o menos.

Mili siguió hablando, pensativa.

—Y tu abuelo lo había modernizado. Creo que quería regalárselo a un primo suyo, pero tú no querías que se lo llevaran de la casa porque te gustaba escuchar música aquí con tu abuela.

Francis empezó a reír.

—La versión resumida es bastante exacta.

Giró el tocadiscos con cuidado. En un costado de la caja de madera, torcidas y profundas, estaban las letras grabadas.

Francis Brixton.

—¿Lo hiciste con una navaja? —preguntó Mili.

—Con un cortaplumas —respondió él.

Ella se agachó para mirar mejor.

—¿Y no lo borraron?

Francis movió la cabeza con una sonrisa.

—Mi abuelo estaba furioso conmigo… pero mi abuela lo convenció de dejarlo así.

Pasó el dedo por el nombre grabado.

—Así que ahora es mío. Más allá del desastre que hice en la madera.

Mili sonrió. Francis hizo un gesto hacia los discos.

—Elige el que quieras.

Mili pasó la mano por las carátulas como si eligiera a ciegas. Cerró los ojos un segundo.

—Este.

Sacó el disco. Francis miró la portada… y sonrió.

—Uno de los favoritos de mi abuela.

Mili levantó la mirada.

—¿Ah sí?

—Sí. De hecho, siempre que sonaba la primera canción obligaba a mi abuelo a bailar con ella.

Sonrió con el recuerdo. Colocó el vinilo sobre el tocadiscos. La aguja cayó suavemente. Y Unforgettable, de Nat King Cole, comenzó a sonar.

Francis le tendió la mano con una leve reverencia.

—¿Bailas?

Mili arqueó una ceja.

—Espero que no me pidas un baile protocolar inglés.

—Sé algunos —dijo él con una sonrisa—. Pero en realidad solo quería una excusa para abrazarte.

Mili asintió con dulzura y le tomó la mano. Bailaron despacio frente a la chimenea. Francis tarareó suavemente la melodía con el mentón apoyado sobre su cabeza. Mili descansaba sobre su hombro mientras se balanceaban suavemente.

Ella levantó la mirada. Él la observó con demasiada intensidad. Apoyó su frente contra la de ella durante unos segundos. Luego la besó. Un beso lento. Tranquilo.

Cuando la canción terminó no se separaron enseguida. Se quedaron unos segundos más, moviéndose lentamente. Francis le sostuvo la barbilla con suavidad y volvió a besarla.

—Gracias —murmuró él.

—¿Por qué?

—Por dejarme entrar en tu vida.

Ella sonrió. Y lo besó otra vez.

Volvieron al sofá. La música siguió sonando mientras las copas se vaciaban despacio. Mili terminó recostándose, apoyando la cabeza sobre las piernas de Francis. Él comenzó a acariciarle el cabello.

—Es una casa hermosa —dijo ella después de un rato.

—Mis abuelos vivieron aquí una temporada breve antes de morir. Pero durante muchos años fue una casa de verano. Veníamos con mis primos y mis tíos maternos. Como no había más familia por parte de los Brixton, mis abuelos siempre invitaban a otras personas para compartir aquí…

—Debe haber sido increíble.

—Lo era.

Mili levantó un poco la cabeza.

—¿Vivirías en esta casa?

—No lo sé, quizás. Pero por los viajes y la empresa hoy lo veo poco conveniente. ¿Y tú?

—Bueno, no es que sea una opción para mí —hizo una pausa como pensando seriamente—, pero si tuviera algo así y fuera madre lo pensaría. Hijos corriendo por aquí.

Francis miró el espacio y sonrió.

—O sea que no has renunciado a ese sueño aún…

Milagros, que estaba bastante adormilada ya por el vino y el cansancio, apenas se giró con los ojos entrecerrados.

—¿Cómo sabes que era mi sueño?

Él señaló su sien con un dedo.

—Todo lo que me importa… queda aquí.

Hizo una pequeña pausa.

—Lo comentó Caroline una noche que cenamos con su bebé y tú no lo negaste. También lo repetiste cuando miramos una película una noche…y la protagonista estaba embarazada y me dijiste que nunca sabrías qué se siente.

Mili tenía los ojos cerrados. Francis pensó que se había dormido. Pero ella resopló suavemente y preguntó:

—Sí lo deseo, pero lo veo muy lejos. ¿Tú querrías ser padre?

Bostezó y se reacomodó en su regazo. Francis la miró.

—Supongo que con la persona correcta… uno lo quiere todo.

Ella asintió despacio, ya medio dormida.

—Serías un buen padre.

Francis se inclinó y le besó la frente.

—¿Lo crees de verdad? —preguntó en voz baja.

Pero Mili ya no respondió. Francis la miró unos segundos, como si quisiera recordar exactamente ese momento. Luego la levantó con cuidado entre sus brazos y la llevó al dormitorio. La dejó sobre la cama, apartó un mechón de cabello de su rostro y la tapó.

Se recostó a su lado, mirando la luz de la luna entrar por la ventana. Sabía que al día siguiente tendría que hablar. Que no podía seguir postergándolo. Giró de nuevo hacia ella y la vio dormir profundamente.

Y rogó, en silencio, que todo saliera bien cuando llegara ese momento.