Cada paso me condujo a ti Capítulo 36.2 — El adiós
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Capítulo 36.2 — El adiós

(Milagros)

C aminé hacia la cocina. Santi estaba con el móvil en la mano, escribiendo algo.

Levantó la vista.

—Me espera afuera —le dije—. Vine a despedirme.

Santi guardó silencio un instante. Entendió enseguida lo que significaba.

—Te voy a tener que confesar algo —dijo al fin, con una media sonrisa—. No me caía bien. Hasta hoy.

Lo sabía. No hacía falta que me lo dijera, pero fingí sorpresa.

—¿En serio?

Asintió con un gesto serio.

—Sí. Y aunque me dijiste que no tienes claro qué va a pasar o qué quieres… al menos me parece alguien con buenas intenciones.

Sentí un nudo en el estómago.

—No sé si quiero saber qué han hablado hoy —murmuré, bajando la mirada—. Pero gracias por decirlo.

Él exhaló despacio, bajando un poco la vista antes de volver a clavar sus ojos en los míos.

—Creo que, más allá de cuando salgas en alguna revista, ahora que eres famosa, esta es la última vez que te voy a tener enfrente —dijo con una gracia apenas forzada—. No creo que el destino nos vuelva a cruzar.

Miró alrededor de la casa y luego volvió a mirarme.

—Sabes… doy por hecho que la vida se encargará de hacerte lo suficientemente feliz como lo mereces.

Sentí un ardor detrás de los ojos y tragué saliva. Estaba a punto de llorar, pero él movió la cabeza.

—No llores. Estás en un momento precioso de tu vida. Y yo también lo estoy. Me alegra que podamos despedirnos así. Que la vida nos haya dado una revancha y que hoy este adiós sepa a final… uno en paz.

Lo abracé fuerte, con un nudo en la garganta. No era solo a él a quien le decía adiós; era a ese nosotros, a la versión de mí misma que había existido con él.

—Gracias, Santi —casi no me salían las palabras—. Por volver, por este proyecto —dije señalando la casa—, por todo.

Soltó el aire despacio.

—Dejaste la vara muy alta en mi vida —susurré contra su hombro—. Y te agradezco también por eso. Eres una persona increíble.

Él me sostuvo unos segundos más y respondió con una ternura serena.

—Gracias por decirlo. Qué decirte, Mimi… tú definitivamente fuiste un antes y un después.

Cuando lo miró de frente, vio que a él también se le habían llenado los ojos de lágrimas. Le apretó las manos. Sonrió en medio igualmente.

—Me alegra que podamos cerrar así. Creo que nuestra historia se merecía este final.

Solo pude asentir. Le di un beso en la mejilla. Nos miramos por última vez. Y me di vuelta, dejando atrás esa vida.

Soltó el aire despacio en la puerta antes de abrirla, recompuesta. Porque afuera estaba mi presente… y quería habitarlo.

Francis me esperaba, erguido, con las manos en los bolsillos. Cuando me vio salir dio un paso hacia mí y me tendió la mano. Bajamos juntos la escalera y, al abrirme la puerta del coche, sus ojos se detuvieron en mí.

—No te lo había dicho —dijo, con una sonrisa contenida—. Estás preciosa.

Me ruboricé sin poder evitarlo y le devolví la sonrisa antes de entrar al coche.

—Gracias.

Arrancó con calma. Apenas dejamos atrás la calle, su mano buscó mi rodilla. El gesto fue tierno, pero también me encendió. Sentí un cosquilleo subir por mi piel, nervios que no recordaba.

—Si quieres, pasamos por tu apartamento para que recojas algo de ropa —dijo, sin apartar la vista del camino, pero acariciando suavemente mi pierna, como si no quisiera dejar de estar en contacto.

—Sí, me parece bien.

Preparé un bolso rápido y volví a su encuentro. Cuando lo vi, me cayó de golpe algo que había mantenido cuidadosamente fuera de foco: lo sexy que me parecía. Y de repente entendí el esfuerzo que había hecho, sin reconocérmelo a mí misma, para mantener todo dentro de los límites de la amistad.

Subimos al coche y retomamos la ruta. Notaba cómo me miraba de reojo, como si intentara disimularlo. Al final no resistí.

—¿Por qué me miras tanto? —pregunté con una sonrisa—. Te noto raro. ¿Pasó algo?

Francis sonrió, pero se le tensaron los dedos en el volante.

—No. Al contrario. Es que… no puedo creer que por fin estemos yendo a la casa de campo.

Sonreí.

—A mí me hace mucha ilusión conocerla.

Me buscó la mano y me la tomó. La acarició despacio, con el pulgar, sin apartar los ojos del camino.

Él sonrió de la nada.

—Se me vino a la mente tu cara de hoy por la mañana. —Giró brevemente hacia mí—. Ese gesto entre duda y sorpresa… me recordó al día que te conocí. Con esa toalla diminuta.

Hice una mueca de indignación.

—Siempre se me olvida tu prodigiosa memoria.

—Útil a veces —dijo él—. Incómoda otras. Porque no sé si debería confesar que esa imagen volvió muchas veces a mi cabeza. Incluso en sueños.

Contuve la respiración un segundo. Su mano me acarició levemente y luego volvió al volante. Miré por la ventana, extrañando la sensación templada que había dejado sobre mi piel.

Francis tamborileó los dedos en el volante contento, en su mundo.

—Y ¿Sabes? cuando esa extraña casualidad de la vida nos encontró en el banco… en el momento que saliste de esa oficina rogué que sintieras la misma necesidad que yo… que quisieras volver a verme. Que ese no hubiera sido nuestro último encuentro.

Me miró un segundo con picardía.

—Y aunque te di mi tarjeta con esa intención… no me escribiste.

Sonrió, moviendo la cabeza.

—Te voy a admitir que me cabreó y me encantó en partes iguales. Pero en ese momento todavía no te conocía tanto. Hoy me alegro de cómo todo fue dándose.

Me quedé suspendida en ese pensamiento, un poco más seria.

Francis levantó las cejas con una sonrisa de lado, como quien queda expuesto sin haberlo planeado.

—Perdón. Quizás dije demasiado.

Hice un pequeño gesto de negación. Volví a mirar por la ventana, con el corazón golpeándome en el pecho. Era demasiado para ese día.

Él, que me conocía lo suficiente para leerme, no dijo nada más. Pero, de pronto, algo cálido me revolvió el estómago… y no pude evitar sonreír.

Me apretó la mano una vez. Y siguió conduciendo.