Cada paso me condujo a ti Capítulo 36.1 - Entre lo que fue y lo que viene
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Capítulo 36.1 - Entre lo que fue y lo que viene

S alieron de la cocina y avanzaron hacia el pasillo. Milagros iba delante, señalando algunas cosas de la obra mientras hablaba con entusiasmo de lo que todavía faltaba terminar.

El pasillo era amplio, blanco, lleno de luz.

De pronto su teléfono vibró en la mano. Mili miró la pantalla y frunció el ceño.

—Perdón… es Caroline. Creo que es urgente.

Se apartó unos pasos de ellos y caminó hacia el ventanal del fondo del pasillo. Desde allí se veía el jardín todavía iluminado con los últimos minutos de luz de la tarde. Se llevó el teléfono al oído y empezó a hablar en voz baja, casi como si estuviera compartiendo un secreto.

Francis y Santiago se quedaron atrás.

Francis se apoyó junto a una de las paredes, todavía con el abrigo largo sobre el traje claro, las manos hundidas en los bolsillos.

En la pared opuesta estaba Santiago, con jeans y un pulóver de lana gris.

En uno de los nudillos tenía un resto de pintura blanca y una pequeña mancha seca en el costado del pantalón, como si hubiera estado revisando algo de la obra hacía apenas unos minutos.

Parecía completamente natural en ese lugar.

Durante unos segundos ninguno habló.

Ambos miraban a Milagros mientras se alejaba hacia el ventanal.

Un obrero apareció desde la cocina con un plano enrollado. Santiago lo revisó un momento y respondió algo breve.

Francis apenas había seguido ese intercambio. Su mirada volvió instintivamente hacia el fondo del pasillo, como si todo lo demás perdiera peso cuando ella estaba cerca.

Milagros seguía de espaldas, con el teléfono en la mano.

Pero en ese instante se dio vuelta, como queriendo comprobar la distancia que había entre ella y los dos hombres que habían quedado atrás.

Lo encontró mirándola.

Le sonrió, un poco nerviosa.

Francis no cambió de postura, pero su expresión se suavizó con una leve sonrisa.

Milagros volvió a girarse enseguida, apartándose el pelo hacia un lado mientras retomaba la conversación, caminando despacio frente al ventanal.

Santiago alcanzó a ver ese intercambio mientras terminaba de explicar algo del plano. No le pasó desapercibido. Pero una pequeña sonrisa se le escapó.

Cuando el operario se marchó, el pasillo volvió a quedar en calma.

Santiago regresó a su lugar junto a la pared, cruzó los brazos y miró a Francis de reojo por un instante, evaluándolo.

—Si me lo permites… Me gustaría decirte algo.

Francis no cambió la posición de su cuerpo contra la pared; solo giró la cabeza hacia él, con el ceño levemente fruncido.

Santi alternaba su mirada con Francis y Milagros.

—No te conozco más que por lo que ella me contó… Pero sí la conozco mucho a ella. Y te puedo decir algo.

Hizo una pausa breve.

—Tiene miedo.

A Francis se le tensó la mandíbula y ahora si, volteó el cuerpo hacia él.

Santiago no cambió su postura. Seguía apoyado contra la pared medio de costado.

—Ha perdido demasiado en esta vida —continuó—. Y cuando algo le importa de verdad, avanza con cuidado. Es su manera de protegerse.

Miró un segundo hacia el ventanal. Milagros seguía hablando en voz baja.

Río con ironía y volvió a mirarlo.

—Cuando te mira… lo hace de una forma que reconozco.

Francis aguantó la mirada con firmeza.

—Porque solía mirarme así.

El silencio volvió a tensarse entre los dos.

Los ojos de Francis se entornaron un poco más.

Santiago lo notó, pero apenas giró la cabeza, como si no le diera demasiada importancia.

—¿Sabes? Cuando se siente a salvo… es maravillosa. Y estoy bastante seguro de que todavía no has visto ni la mitad de lo que es.

A Francis no le gustó aquello. Giro completamente su cuerpo hacia el. Dio un pequeño paso hacia delante, aunque seguía con las manos en los bolsillos.

—¿Y qué quieres tú con ella? —preguntó.

Santi le sostuvo la mirada.

—Nada.

La respuesta fue simple.

—Lo nuestro está cerrado. Desde mucho antes de que aparecieras tú.

Se acomodó contra la pared. Levantó los hombros como sacándole peso al asunto.

—Solo quiero que sea feliz. Se lo merece.

Una breve pausa.

—Es fuerte… pero también es vulnerable. Si la lastimas, lo lamentarás.

Francis reguló su postura. Entendió que no había desafío en sus palabras.

Asintió lentamente.

Suspiró, mirando hacia el ventanal. Sus ojos en ella.

—Puedo entender que me digas eso. Pero no creo que necesite que nadie la proteja. Me ha demostrado que sabe hacerlo sola.

Se tomó un momento. Volvió a fijar los ojos en él.

—Y conmigo no tiene que defenderse. No deseo lastimarla.

Santiago lo observó sin decir nada.

Francis continuó:

—Entiendo lo que tuvieron. Si hoy puedes hablarme así, sin resentimiento… eso habla de quién es ella.

Lo miró fijo. Con reconocimiento.

—Y de lo que elige.

El silencio volvió a caer entre los dos.

—No necesito saber nada más sobre su pasado. Me importa lo que viene.

Su voz bajó.

—Y si me elige… voy a estar a la altura de lo que merece.

Santiago sostuvo su mirada un segundo más y asintió.

En ese instante Milagros se dio vuelta desde el ventanal. Algo en su gesto la hizo cortar la llamada y empezar a caminar de regreso hacia ellos.

Guardó el teléfono mientras se acercaba.

—Perdón… Se alargó la llamada.

Su mirada pasó de uno a otro.

—¿Todo bien?

—Todo perfecto —respondieron casi al mismo tiempo, asintiendo.

Milagros pareció aceptar la respuesta.

—Bueno, ¿hacemos un recorrido? – dijo entusiasmada.

Recorrieron algunos espacios más de la casa. Luego de unos minutos Santiago se excusó diciendo que quería dejar unas últimas indicaciones.

Milagros asintió y siguió caminando con Francis.

Cuando terminaron el recorrido y regresaron hacia la entrada, Francis aprovechó el momento.

—Cuando te dije que tenía un plan… Pensaba en ir ahora a la casa de campo. Está a una hora de aquí... Podemos pasar la noche allí… y quedarnos mañana si quieres.

Milagros lo miró un segundo, evaluándolo.

—Sí… me encantaría.

Llegaron hasta la puerta.

Francis se detuvo y la miró con calma tomándole la mano y acariciándola.

—¿Quieres despedirte?

Milagros lo miró con ternura, y asintió.

—Sí.

Francis sostuvo su mirada un segundo más.

—Te espero afuera.

Y salió primero.