Cada paso me condujo a ti Capítulo 35 – Lo que ya no puedo negar
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Capítulo 35 – Lo que ya no puedo negar

(Francis)

No había nada que mirar. Aun así, mis ojos se demoraron en ese vacío, buscando un poco de quietud en mi mente.

Podría decir que me sentía feliz. Que todo estaba exactamente donde debía estar. Pero no sería verdad. No del todo. Nunca me gustaron los grises. Y, sin embargo, allí estaba yo, sentado en medio del más perfecto de todos.

Solté un quejido bajo intentando liberar la frustración y apoyé la frente contra el volante durante unos segundos.

¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Realmente me estaba yendo? Después de lo vivido anoche. Después de esta mañana.

Apreté los labios con indignación. Sin una conversación. Sin aclarar nada.

Quizá ella no lo necesitaba. Así lo había percibido al final: estaba tranquila. Y aunque eso me hizo sonreír, también me incomodó. Me removí en el asiento, levantando la vista.

¿Y si ella estaba bien con esto? A mí me sabía a poco.

La idea de separarme —aunque fueran unas horas— me dejaba una inquietud extraña bajo la piel. Tendría que haberle dicho algo anoche.

Me reí solo al recordar el momento exacto en que, parado en la ventana, iba a soltar un discurso…

y mis palabras se deshicieron con su mirada.

Ella estaba decidida. Tenía el control. Y no quería hablar.

Sus ojos, su cuerpo, decían más que cualquier frase.

Había visto esa mirada tantas veces; estaba acostumbrado.

Pero eran sus ojos. Era un regalo. Me bastó para tirar por la borda la charla.

Volví a soltar el aire con frustración. Miré el reloj y sabía que tenía que irme. No estaba muy lejos, pero aun así apreté un poco más el acelerador al salir.

Tamborileé los dedos en el volante y sonreí un segundo, con una certeza que ya no podía negar. Ya no había vuelta atrás.

Encendí la radio, así acallaba un poco los pensamientos. Y, como nunca antes le habría prestado atención, escuché lo que sonaba.

No, I won't be afraid Just as long as you stand Stand by me So darlin', darlin' Stand by me

Me reí fuerte. ¿Qué me estaba pasando? Estaba hecho un idiota. Porque pensé en su cuerpo, en sus sonidos, en sus besos.

Desde el coche, rumbo a la reunión, llamé a Luc. Atendió en el segundo tono. Le conté parte de lo ocurrido —sin entrar en detalles—, pero lo suficiente para que entendiera que estaba en un terreno nuevo para mí.

—¿Qué hago? —pregunté, y me odié un poco por sonar tan vulnerable—. Es la primera vez que siento miedo de arruinarlo…

Luc no bromeó. Lo haría después, lo conozco, pero en ese momento solo dijo:

—Dale unas horas. Si en un tiempo no te dice nada, escríbele para quedar. Ella ha soportado tu silencio por 3 meses; quizá sigue queriendo ir despacio. Y creo que tú estás dispuesto a esperarla, ¿no?

Respondí que sí. Lo que no dije fue la verdad completa: estaba dispuesto a ser lo que necesitara, con tal de seguir teniendo algo de ella.

El acto de la ONG con mi madre fue largo y mi mente estaba en otro lugar. Ella lo notó. Me interrogó un par de veces, pero solo le dije que cuando tuviera algo más claro se lo contaría. Entendió que presionar no serviría.

Al salir, saqué el teléfono y escribí:

Si aún no tienes planes, se me ocurrió uno.

Pasó una hora. Dos. Nada.

El silencio empezó a pesar. Me repetía que no pasaba nada, pero un nudo incómodo me apretaba el estómago.

El móvil vibró. Su nombre en la pantalla. Contesté al instante.

—Hola.

—No había visto el mensaje —dijo rápido, como si quisiera dejarlo claro.

—Pensé que habías decidido castigarme por haberme ido —solté con ironía.

—Claro que no —su voz sonó coqueta, y eso me devolvió un poco el suelo bajo los pies.

Escuché ruidos y otra voz de fondo muy cerca. Un hombre.

—¿Qué haces? —pregunté queriendo sonar casual.

—Vine a ver la obra. Santi se va en unos días y quería presentarme al jefe del proyecto.

No era lo que quería escuchar. Definitivamente, lo último que esperaba. Solté el aire despacio.

—¿Te gusta cómo está quedando? —pregunté, esforzándome por sonar natural.

—Sí. Está preciosa. Moderna, pero conserva lo que amaba de este lugar.

¡Pum! La frase cayó como un puñetazo seco. Cerré los ojos un instante. Esa había sido su casa. La de ambos. Me alegraba que estuviera feliz… pero ¿tenía que estar él también? Lógico, sí. Dirigía la obra.

Ella notó mi silencio.

—Te iba a proponer vernos esta noche… pero si quieres, puedes venir ahora y te muestro cómo está quedando. Así me das tu opinión.

Dudé. No estaba seguro de querer verlos juntos otra vez. Un segundo de duda. Resolución.

—Estoy en casa —dije, con un tono más seco de lo que pretendía.

—No te preocupes, podemos vernos después… —respondió ella, algo apresurada.

—No, no —la interrumpí—. Si te quedas media hora más, es lo que tardo en llegar. ¿Qué dices?

—Que te espero. Me hace ilusión que la veas.

Colgué y me quedé con el teléfono en la mano. No podía quedarme quieto. Me puse el saco, tomé las llaves y salí.

Conducía con el acelerador hundido, buscando adrenalina y, sobre todo, acortar el tiempo en que podían estar solos.

El hecho de encontrarme con ella, pero no en privado, me puso nervioso.

No era mi plan. Había fantaseado con el encuentro, nuestro, lento, sin testigos.

Y aunque ella me había dicho que era libre, dándome a entender que no estaban juntos, la imagen de ambos hablando con complicidad me generaba una molestia que no lograba ignorar.

Al llegar, vi la fachada cubierta de andamios. La puerta estaba abierta; varios obreros trabajando. Pregunté por ella y me indicaron la cocina. Me detuve un instante en el umbral, observándolos.

Reían. No había intimidad física. Solo comodidad. Esa clase de comodidad que se construye con tiempo y con historia. Y eso, de alguna manera, era peor.

Ella fue la primera en verme. Su sonrisa fue inmediata, luminosa, y empezó a caminar hacia mí con ese brillo en los ojos que yo ya reconocía, aunque no supiera bien qué hacer con él todavía.

Por un segundo me pregunté cómo saludarla.

Tenía un impulso casi irracional de acortar la distancia.

De dejar claro que estaba ahí por ella. De tomarle la cara y besarla como si eso resolviera algo.

Sabía que no era lo correcto. Que no era lo que ella quería.

Decidí darle espacio. Dejar que ella marcara el primer gesto.

Se acercó y me besó en la mejilla, cerca de la comisura. Sentí su calor. Sonreí levemente, ocultando la decepción de que hubiera sido cautelosa. Pero lo entendí. Tomándome del brazo se giró.

—Francis, Santiago. Sé que ya se presentaron, pero la otra vez no fue por mí.

Él se acercó y me estrechó la mano con firmeza. Tenía la calma de quien parece tener más certezas que preguntas.

Y eso me fastidió. Mucho.

Porque yo, que nunca había dudado de nada, que había manejado negociaciones de millones sin que me temblara la voz, que había salido de cada situación complicada con el mismo control intacto… Yo no tenía ninguna certeza.

Solo tenía a Mili a mi lado, presentándome al hombre con quien había compartido diez años de su vida con una naturalidad que me dejaba desconcertado… mientras intentaba fingir que aquello no me afectaba.

—Esto está quedando muy bien —comenté, mirando alrededor.

Mi voz sonó exactamente como quería que sonara. Tranquila. Segura. Sin fisuras. Nadie habría notado nada.

Pero mientras recorría la habitación con la mirada, fingiendo interés en los techos y las paredes, entendí algo que llevaba semanas evitando admitir.

Nunca había tenido miedo de perder a alguien. Nunca había sabido lo que era eso.

Hasta este momento exacto.