Cada paso me condujo a ti Capítulo 34 - Donde terminan las historias
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Capítulo 34 - Donde terminan las historias

E l mensaje de Santi llegó poco antes del mediodía.

Mili lo leyó. Tenía que ir a ver cómo avanzaba todo y conocer a quién llevaría la obra, pero aún no había hablado con Francis.

Pensó un momento y le contestó:

Voy. Y de paso, si me lo permites, te pediré un consejo.

La respuesta llegó rápido.

Fantástico, vas a ver muchos avances. En cuanto al consejo… depende. Dime primero si es algo sobre lo que realmente deseo opinar o no .

Mili sonrió sola.

Qué emoción.

Mmm… quizás que no.

Santi no tardó en contestar:

Me imagino que es por Francis. Mientras no traspasemos límites de información —sabes a lo que me refiero—, cuando vengas te escucho.

Ella sonrió de nuevo. Antes de llegar a la casa, Mili hizo una parada en un pequeño restaurante de pasta que a Santi siempre le había gustado.

Pidió dos raciones de su plato preferido, pensando que podrían comer en la cocina.

Era un gesto de cariño, de agradecimiento también.

Se había esforzado mucho con el proyecto y no le había aceptado absolutamente nada a cambio.

Y aunque más adelante le haría llegar un regalo, aquello era lo menos que podía hacer.

También quería despedirse. Sabía que se venían días intensos en la empresa y no estaba segura de que fueran a tener ganas —o tiempo— de darse otro adiós.

Solo pensarlo le provocó un nudo en el estómago.

Esta vez no había dudas. Era el fin de un ciclo.

Sintió un deseo inesperado de llorar. No por tristeza del cierre, sino por todo lo que quedaba en ese pasado.

Al llegar, Santi la vio y le sonrió con dulzura. Le dio mucha ternura verla aparecer con la comida y no dudó en abrazarla. Él también sabía que, probablemente, era un adiós. Tal vez por eso le había dicho de ir hoy.

Hicieron un recorrido por la casa. Mili fue viendo los cambios: algunos sutiles, otros enormes, como la transformación de la cocina o la biblioteca donde a ella le gustaba tanto leer y escuchar música.

Estaba totalmente movilizada. Ese cambio no era solo edilicio.

Hablaba de ella, hablaba de que ya no era la misma, hablaba de avanzar, hablaba de futuro.

Se apoyó en la pared del pasillo mirando la cocina durante un segundo, y se le escapó una lágrima. La secó con la mano. Santi lo observó. No dijo nada. Quizás porque él tampoco tenía mucho más que decir.

La presentación del nuevo encargado fue breve, y cuando se marchó quedaron en la casa algunos pintores y carpinteros trabajando.

Entraron a la cocina para almorzar. Había dos butacas ubicadas junto a la isla de mármol beige.

Fue entonces cuando Santi se dio cuenta de que Mili no solo había traído comida, sino que además era del restaurante italiano, lasaña. Le sonrió con nostalgia en los ojos.

Charlaron un rato sobre la empresa y el trabajo. Él le contó algunas cosas del proyecto, hasta que la miró con una media sonrisa.

—Bueno… suelta —dijo Santi, apoyándose en la silla—. Sé que estás esperando mi permiso.

Mili dudó un segundo.

—Creo que me arrepentí de habértelo pedido.

—¿Ah, sí?

—Sí… es raro pedirte un consejo sobre esto.

Santi dejó escapar una risa y se recostó en la silla.

—Mili… si me lo pediste es porque no quieres hablarlo con nadie más.

Hizo un gesto despreocupado con la mano.

—Tranquila. Puedo con ello. Solo… sin detalles innecesarios.

Ella bajó la mirada, pero agradeció el gesto.

—Es una ventaja enorme que me conozcas tanto.

—Y una desventaja —añadió él.

—Sí. También.

Levantó apenas los hombros y le sonrió con los labios apretados.

—Las chicas ya saben demasiado. Además, lo conocen… y no sé si serían muy imparciales.

Santi hizo un gesto leve con la cabeza.

—Entiendo. —La miró con curiosidad tranquila—. Bueno. Vamos, dime. ¿Qué pasó?

Mili apoyó los codos en la mesa y pensó cómo decirlo.

—Anoche cruzamos un límite por primera vez.

Santi levantó las cejas.

—¿Por primera vez?

—Sí.

—Wow... Eso no me lo esperaba. —Se recostó en la silla—. Pensé que eso ya había ocurrido hace rato.

Mili negó con la cabeza.

—No. Hasta ahora solo habíamos sido amigos y después pasó lo del caos mediático.

Santi la observó con más atención.

—¿Cuánto tiempo hace que lo conoces?

—Casi un año.

—¿Un año… y recién ahora?

Ella sonrió con un poco de vergüenza.

—Éramos amigos, Santi. Solo amigos.

Santi soltó una risa y se inclinó hacia adelante dándole espacio para continuar.

—Pasamos la noche y hace unas horas me fui de su casa. Él tenía que ir a un evento de una ONG.

Santi asintió con una seriedad exagerada.

—Por supuesto. Muy Francis.

Mili rió y rodó los ojos.

—Sí… —Hizo una pequeña pausa antes de continuar—. El tema es que no nos hemos escrito aún.

Santi frunció el ceño.

—Entonces lo que me estás diciendo —dijo inclinándose un poco hacia adelante— es que él no sabe que estás aquí conmigo.

—Así es.

—Pero sí sabe que nos besamos.

—Es correcto.

Mili sintió una pequeña satisfacción al ver cómo él armaba la trama con tanta facilidad. Santi se recostó en la silla.

—Ok… entonces dime. ¿Cuál es el consejo que necesitabas?

Mili suspiró.

—Creo que antes del consejo necesito saber otra cosa. Básicamente no sé si debería decírselo.

Santi ladeó la cabeza.

—¿Decirle qué?

—Que estoy aquí contigo.

Una pausa breve.

—Si fuera al revés —añadió ella—, ¿se lo dirías a Emma?

Santi se rascó el cuello y se pasó la mano por el cabello.

—No puedo responderte desde Emma. Estoy muy lejos de esa situación con ella. —Hizo una pequeña pausa—. Muy a mi pesar.

La miró con calma.

—Creo que la pregunta que deberías hacerte es otra.

Mili levantó la vista.

—¿Cuál?

Santi apoyó los codos sobre la mesa.

—Si Francis estuviera ahora mismo aquí con su ex… remodelando su casa…

Hizo una pequeña pausa.

—¿Te gustaría saberlo?

Mili abrió la boca para responder… pero se quedó en silencio. Santi la observó.

—O déjame preguntarlo de otra manera. ¿Crees que él esperaría que se lo dijeras? ¿O que desea saberlo?

Mili lo miró completamente desconcertada. Y entonces empezó a reír.

—Es que… no sé. —Se pasó la mano por la frente—. No tengo la menor idea… y eso me desespera un poco.

Santi la miró unos segundos en silencio.

—De todas maneras, Mili. Entiendo tus dudas de decírselo…

La miró fijo.

—Él me verá y dirá: "ese chico guapo e inteligente sí que es una competencia".

Mili rió y resopló.

—Ey, no te rías —continuó él con cara de orgullo de quien tiene un punto—. Tú piensa que no… pero él sabe que, por muchos años, me llamaste "amor".

Ella sonrió, pero en el fondo sabía que tenía razón.

—Si no te conociera, diría que estás celoso. Pero si lo estuvieras, no bromearías con esto.

Santi se rió a carcajadas. Era verdad. No lo haría.

—Pero perdona… no debería estar hablando contigo de esto.

Él le acarició el hombro.

—Está bien… puedo sobrellevarlo. Aunque sí, es extraño.

Milagros giró su cabeza como haciendo una vista panorámica por la cocina.

—En esta misma cocina hablamos de tantos proyectos juntos. Y ahora, esto.

Un silencio tranquilo flotó entre los dos.

—¿Sabes? Creo que podríamos ser buenos amigos.

—Podríamos —asintió él—, pero en muchos, muchos años. Quizás.

La miró fijo.

—Pero, volviendo al tema… quiero ayudarte. ¿Se le diría o no?

Se encogió de hombros.

—Repito, no estoy en tu situación. El hecho de que nos haya visto besándonos añade un grado extra de incomodidad para ti… aunque él solo vio un pequeño roce de labios muy inocente, viniendo de mí.

Mili volvió a reír.

—No puedes evitarlo, ¿no?

—Es divertido. Ahora sí. Me pongo serio. No han hablado de qué son o qué sienten, ¿correcto?

Mili hizo un gesto leve con la cabeza.

—¿Sabes lo que quieres, Mili? ¿Lo tienes claro?

—Creo que sí… aunque en lo emocional es mucho más complicado.

Santi frunció el ceño.

—¿Cómo en lo emocional? Claro está, que físicamente se atraen —dijo Santi con una media sonrisa—. Y puedo comprenderlo perfectamente.

Mili suspiró.

—No voy a profundizar en esto ahora Santi, no contigo. Solo decirte que para mí Francis es todo menos sencillo.

Santiago entendió enseguida a qué se refería. La conocía.

—Le temes a lo que representa, ¿no?

Levantó ambas manos con un gesto irónico.

—A que un día llegue y te diga que su primo hermano es hijo de la reina de Inglaterra.

Mili lo miró un segundo… y soltó una carcajada. Santi sonrió, y la risa de ella terminó contagiándolo también. Durante unos segundos rieron los dos, porque inevitablemente toda la situación rozaba lo absurdo.

Santi tomó un poco de agua antes de continuar.

—Sabes que te entiendo —continuó—. Porque durante un tiempo yo me sentí así contigo.

Giró el vaso entre los dedos.

—Fue cuando sin darme cuenta te empecé a mirar desde abajo, mientras tú subías cada vez más sin mirar si yo subía contigo.

—No es un reproche —añadió—. Aunque sí me dolió en ese momento.

Mili lo miraba en silencio. Santi siguió:

—Muchas veces, en el último año de nuestra relación, te fallé. No siempre pude alegrarme sinceramente por tus logros, porque cada vez te ponían en un mundo al que yo no quería pertenecer.

El aire entre los dos cambió.

—Pero luego comprendí que, cuando yo me fui, tú hacía rato que ya estabas ahí.

Soltó el aire despacio. Miró un momento hacia la ventana.

—Por suerte, cuando las noticias de ustedes aparecieron, yo ya había dado vuelta de página. Porque en otro momento me habría sentido celoso de que él pudiera mostrarte un mundo que yo nunca hubiera podido darte.

La buscó con la mirada.

—Y aunque él pueda o no agradarme, lo que no deberías dudar es que estás a la altura —los ojos se le achicaron un poco mientras la miraba profundamente—. Porque lo estás, Milagros.

Mili le apretó la mano.

—Sabes que nunca pensé en todo esto… no de esta manera.

Respiró.

—Tú nunca deseaste esta vida… y yo no lo supe ver. Te pido perdón.

Santi negó con suavidad.

—No me pidas perdón por seguir tus sueños. Por como veo las cosas hoy, teníamos fecha de caducidad.

Mili suspiró.

—Bueno… fuiste tú el que se fue. Nunca voy a poder borrar esa imagen de mi cabeza.

Levantó la vista hacia él.

—Estabas ahí… —Señalo con el dedo el lugar exacto– apoyado en la mesada, con los dos brazos sobre el mármol. Tenías la cabeza baja.

Su voz tembló un poco.

—Me dijiste entre lágrimas que me amabas… que me amabas mucho. —Hizo una pausa. —Pero que yo ya no.

El silencio se volvió pesado.

— También me dijiste que no era justo para mí que te quedaras —continuó Mili—. porque sabías que yo no iba a poder soltarte.

Bajó la mirada.

—Que estaba aferrada a ti por la historia, por la costumbre… por miedo a quedarme sola. Y tenías razón.

Santiago soltó el aire despacio.

—Pero también te dije que no era justo para mí —añadió con suavidad—. Porque podría haberme quedado amándote Mimi, aunque tú ya no me amaras. Lo hubiera podido soportar un tiempo más… pero al final me hubiera destrozado.

Santi se tomó un momento antes de continuar.

—Por eso tenía que irme yo.

—Lo sé. Hace ya un tiempo lo entendí. —Mili sonrió con cansancio—. Qué día más intenso el de hoy…

—Si… Lo único que se me ocurre decirte ahora es: Escúchate, Mimi. Haz lo que necesites hacer. Siempre fuiste buena leyendo a las personas. Confiando en lo que sientes.

Le sostuvo la mirada.

—Si sientes ganas de estar con él y confías en que es una buena persona… no dudes de ti.

Mili se levantó y lo abrazó. Llevaban más de dos horas allí y se había olvidado por completo de su teléfono. Lo buscó. Un mensaje de Francis. Y una llamada perdida. Giró el teléfono para mostrárselo.

Santi sonrió.

—Llámalo. Y si quieres, dile que venga.

Mili asintió. Lo llamó.