Cada paso me condujo a ti Capítulo 33 - Ajustar las velas
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Capítulo 33 - Ajustar las velas

S e despidió de Emily en la puerta, con la promesa de verse la semana próxima. La mujer insistió en que Poul la llevara de regreso, pero Mili negó con una sonrisa.

—Quiero aprovechar el día —dijo, y no mentía.

El aire de Londres la recibió fresco, limpio, con esa calidez suave de las mañanas en las que el sol acompaña sin imponerse. Cerró la puerta detrás de sí con un gesto tranquilo, como si no quisiera romper el hilo de calma que todavía sentía en la piel.

Caminó sin apuro. El centro bullía con su ruido habitual de un sábado por la mañana: autobuses rojos, taxis negros, voces en mil idiomas. Una sinfonía que conocía de memoria y que hoy, por alguna razón, le resultaba más amable que de costumbre.

Se detuvo en la cafetería de la esquina. El aroma a café recién molido la envolvió incluso antes de entrar. Pidió un latte, lo tomó entre las manos y salió de nuevo a la calle, avanzando despacio. El calor de la taza la reconfortó.

Notó algunas miradas seguirla mientras pasaba. No se sorprendió. Sabía que, cuando el cuerpo despierta, todo lo sensorial se potencia. Y hoy se sentía muy viva.

Cuando dobló por su calle, el bullicio quedó atrás. Silencio. El canto de un pájaro. Una puerta cerrándose a lo lejos.

Al entrar, no encendió ninguna luz. El departamento olía a limpio y a lavanda. El sol se colaba oblicuo por la ventana del salón, proyectando sombras largas sobre la alfombra. Se descalzó sin apuro, dejó el abrigo sobre el respaldo de una silla y fue directo al dormitorio.

Abrió el armario sin pensarlo demasiado.

Sus dedos recorrieron las perchas con una lentitud instintiva, como si buscara algo que aún no sabía qué era.

Hasta que lo vio: un vestido liviano, con flores pequeñas y un escote en V que dejaba ver apenas el nacimiento del pecho.

Corte al cuerpo, suave al tacto. Casi no lo usaba.

No porque no le gustara, sino porque siempre había creído que era demasiado para un día cualquiera.

Hoy no era un día cualquiera. Y no era por él. Era por ella.

Se lo puso sin prisa. Sintió el roce de la tela sobre la piel aún tibia de lo vivido. Se soltó el cabello, se miró en el espejo y, por primera vez en semanas, no ajustó nada.

Sonrió.

El móvil vibró sobre la cómoda. Había dejado el teléfono en silencio, como casi siempre. No lo había mirado desde que salió de lo de Francis.

La pantalla se iluminó.

Sophie.

Mili dudó un segundo antes de atender.

—¿Estás viva? —fue lo primero que escuchó, con voz de regaño—. Es la tercera vez que te llamo. Y por favor no vayas a poner excusas… ya sé que no estás con Francis.

Mili dejó escapar una risa. Luego frunció el ceño, sorprendida. Se sentó sobre la cómoda, apoyando un pie en la silla.

—¿Y eso cómo lo sabes? —preguntó divertida—. Porque siempre parecen estar un paso adelante de mi propia vida.

Del otro lado, Sophie rió.

—Aunque me encanta cómo suena eso, sabes que no es verdad. De hecho te llamo para recriminar exactamente lo contrario. Necesito que me expliques urgentemente por qué mi casi esposo sabe algo antes que yo. Mi clase de yoga empieza en diez minutos. Necesito un resumen.

Mili abrió la boca, incrédula.

—¿Francis le contó algo a Luc?

—No nos desviemos del tema, por favor. ¿Qué pasó anoche? ¿Hablaron?

Mili apoyó el teléfono sobre la cómoda. Activó el altavoz y empezó a pasarse el cepillo por el cabello.

—Espera… Primero dime qué sabes. Después te cuento yo.

Sophie resopló.

—Sabes que cuando Luc me cuenta algo lo hace con esa lealtad absurda hacia su hermano adoptivo. Me exaspera. Solo me llamó desde Alemania... Me preguntó de manera casual cómo había ido la noche.

Mili dejó de cepillarse un segundo, escuchando con más atención.

—Yo todavía no le había contado que habíamos salido —continuó Sophie—. Así que le dije que habíamos ido al bar, que lo vimos… y que te fuiste con Francis. Pero que eso, seguro que ya lo sabía.

—¿Y?

—Se rió. Confirmando mis sospechas.

Mili levantó la vista hacia el espejo.

—Me dijo que Francis lo había llamado hace un rato. Que estaba camino a una reunión. Nada más.

Sophie suspiró exageradamente.

—Pero él sabe más que yo. ¿Cómo es posible eso? Y tú, pequeña sabandija, no te has dignado a mandarme ni un mensaje todavía.

Mili rió por lo bajo.

—Sophie…

—No te rías, Milagros. No es gracioso para mí. Ellos nunca hablan de estas cosas. Sobre todo Francis y Luc, que siempre hablan de números. Pero nosotras hablamos de ellos todo el tiempo, y cuando por fin pasa algo interesante tú desapareces.

Mili se miró en el espejo. La sonrisa le duró unos segundos más. Luego dejó el cepillo sobre la cómoda y soltó el aire antes de responder.

—Es que no quiero mentirte…

Habló más despacio.

—Me da bastante pudor confesarte que me quedé hasta esta mañana.

Sophie guardó silencio un instante.

—Y no sé exactamente en dónde estamos —continuó Mili—. Porque lo único que no hicimos fue hablar.

—¡Bueno bueno! —susurró Sophie—. ¡Por fin!

Mili volvió a reír.

—Tu cuerpo se lo merecía, no sé cómo has aguantado tanto celibato—continuó Sophie—. Y además con Francis… que tiene fama de saber lo que hace.

Mili se miró otra vez en el espejo y se mordió el labio con recuerdos en su cabeza.

—Sí… puedo confirmar que lo sabe.

Sophie rió bastante más fuerte esta vez.

—Y agradezco todos esos años de práctica, aunque no me agrade mucho pensar en eso —dijo con una mueca—. Pero bueno… nos queda una parte pendiente por resolver.

—Claro, ¿cuándo van a hablar?

Mili tardó un segundo en contestar.

—Quedamos de vernos esta noche.

—¿Esta noche otra vez? Nunca perdiendo el tiempo ustedes. —Rió Sophie.

Cambió el tono a uno más suave, más cariñoso.

—Al menos descargaron toda esa tensión existente por fin, se les veía las ganas a cien metros de distancia… Entiendo que no hubo confesiones amorosas… todavía.

Mili se quedó mirando su reflejo. Recordó cómo la había mirado anoche y esa mañana. Y lo que había dicho Emily. Y sintió una molestia en el estómago, algo que prefería no pensar aún.

—No va a haber confesiones de amor Sophie.. es Francis. Yo sé que él me respeta… que me aprecia… te diría que me estima. Y yo a él. Pero…

—Ay, Mili —dijo Sophie con suavidad, interrumpiéndola—. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Pero lo entiendo. Es correcto es Francis, y es más fácil protegerse.

Mili tragó un segundo saliva. Sophie continuó.

—Anoche, en la forma en que se miraban, ya se habían contado dos novelas de amor. Al menos una de ellas con bastantes páginas de alta tensión.

Mili agradeció esa llamada.

—No lo sé, Sophie —admitió finalmente—. Puede parecer una obviedad, pero no lo es. Todavía no tengo claro qué espera de todo esto.

Bajó la mirada.

—Y yo…

—¿Y tú tampoco lo sabes? —preguntó Sophie, más tranquila.

Mili pensó un momento antes de responder.

—Solo sé que, si él quiere… yo seguiría viéndolo. Pero claro falta una conversación sincera… No me gustaría que desapareciera de nuevo. Pero no puedo decidir por él.

Sophie guardó silencio un instante.

—Claro, te debe una buena explicación. Pero por lo que estuve viendo—dijo finalmente—, creo que quien tiene la decisión eres tú.

Hizo una pequeña pausa antes de añadir:

—Y creo que, aunque te niegues a verlo… ya lo sabes. Entró a la clase amiga. Llámame si me necesitas.

Colgó el teléfono y se quedó unos segundos mirando a la nada.

Le vino a la cabeza la voz de su padre. Una frase que le repetía cada vez que la veía demasiado empeñada en tener todo bajo control.

—No puedes cambiar la dirección del viento. Pero sí puedes ajustar las velas, pequeña.

Mili sonrió.

Por ahora, eso era suficiente.

Ajustaría las velas.