Capítulo 32 - La otra perspectiva
M ili estaba sentada en la cama con la toalla aún atada, el cuerpo relajado, el cabello húmedo. No tenía frío ni apuro. Ahora sí, su cabeza estaba en blanco. No recordaba la última vez que se había sentido así. Tal vez nunca.
No hablaba de emociones, porque eso seguía blindado. No iba a darle espacio, no ahora. Solo quería sostener un poco más esa sensación de liviandad.
Francis salió del baño con una toalla en la cintura, el torso perfectamente trabajado. Se secaba el pelo con otra mientras caminaba hacia su móvil.
La miró con ternura.
—Hola, ma —dijo, respondiendo la llamada mientras se alejaba hacia el vestidor, que era una habitación contigua.
Mili lo observó, él de espaldas frente a las camisas perfectamente colocadas una al lado de otra.
El espacio respiraba orden y sobriedad. Las paredes y estantes en blanco y madera clara creaban una armonía serena, como si el lugar fuera una extensión natural de él.
Todo estaba meticulosamente dispuesto, sin una prenda fuera de lugar.
El aire olía a roble y a su perfume tan distintivo.
Una mezcla suave, envolvente, inconfundible.
Milagros ya había estado allí alguna vez, pero en ese momento le pareció uno de los rincones más sensuales del mundo.
Desde donde estaba sentada, podía verlo reflejado en el espejo. La luz que entraba por la ventana le daba a la mañana una sensación de calidez especial, como si ese día el sol hubiera querido reflejar todo lo que ella estaba sintiendo.
Él no hablaba mucho, solo soltaba monosílabos y alguna risa discreta. Se estaba vistiendo: había elegido un pantalón de traje beige y una camisa azul, mientras sostenía el teléfono entre el hombro y la cabeza con una destreza física que la hipnotizaba.
Mili lo miraba mientras elegía un reloj, sosteniendo la conversación con esa serenidad que siempre lograba desarmarla.
Y fue ahí, sin buscarlo, cuando otro pensamiento se coló — uno que en otro momento la hubiera incomodado, pero que ahora llegó simplemente como una constatación: ella había llegado a ese mundo.
Él había nacido ahí. Y en ese momento, con la mirada puesta en sus manos ajustando los gemelos dorados, solo era un hecho.
Porque no importaba que todo lo que tuviera fuera de valor incalculable, en él era intrínseco, simplemente la única vida que conocía. En Francis, todo era elegancia sin esfuerzo. Se mordió los labios, la tenía embelesada.
Como si su mirada intensa le hubiera avisado, la descubrió en el reflejo y sus miradas chocaron. Ella se sonrojó y sonrió con picardía, la había atrapado absolutamente cautivada, él sostuvo el cruce con un destello nuevo en los ojos y le guiñó un ojo, tranquilo.
Un golpe en la puerta los sobresaltó.
Francis levantó una ceja, mirándola por el reflejo. Mili se quedó inmóvil, seria, con la respiración suspendida.
—Señor Francis —se oyó la voz cálida de Emily desde el otro lado—. Sé que está acompañado por la señorita Duhan. No quiero interrumpir. Solo pasaba a dejarle la ropa que ella había olvidado hace un tiempo. Está limpia y doblada. La dejé sobre la silla del pasillo. Los espero en la cocina.
Francis cerró los ojos, conteniendo la risa al ver la cara de pánico de Mili. Él simplemente se encogió de hombros. Ella seguía mirándolo con desconcierto, paralizada. Entonces él salió del vestidor y se acercó a ella. Dejó un segundo el teléfono más alejado y, al oído, le susurró:
—Tranquila.
Y le dio un beso en la mejilla. Ella asintió. Volvió a tomar el teléfono. De fondo, la voz de su madre se mantenía en la línea, más insistente.
—¿Qué significa esa pregunta? —dijo él de repente, serio, mientras abría la puerta y salía un instante de la habitación.
Mili lo miró, intrigada. No entendía de qué hablaban, pero la expresión de él era una mezcla de sorpresa y resignación.
—Ok. No voy a responder eso —dijo, algo ofuscado—. Te veo en una hora.
Cortó la llamada sin esperar más. Cuando volvió, le llevó la ropa: las zapatillas… incluso medias y ropa interior.
No recordaba que había quedado todo eso allí, pero su mente le trajo el día que se había cambiado en esa misma casa — el día de lluvia, cuando él le ofreció quedarse y ella había decidido, muy convencida, que eso era todo menos una buena idea.
Se rió de sí misma en silencio. Emily nunca le había devuelto la ropa, pensó.
Y conociéndola, no parecía un descuido. Era como si hubiera intuido que, tarde o temprano, ese momento llegaría.
Mientras se vestía, vio la mirada de él puesta en su cuerpo y se ruborizó un poco. Pero no se detuvo.
—¿Le habías avisado que estaba aquí? —preguntó para cambiar de tema.
—¿A quién? —respondió él, distraído, mientras volvía al vestidor a buscar el saco.
—¿Quién va a ser Francis? –Rio–. A Emily.
—No —dijo, moviendo la cabeza sonriendo.
—¿Y cómo sabía que estaba aquí?
—Puede que tu ropa en el living le haya dado una pista —contestó con picardía mientras se acomodaba el reloj.
—Qué gracioso —dijo ella con ironía, riéndose mientras terminaba de atarse los cordones—. Me refería a cómo sabía que era yo la que estaba aquí. Esa ropa podría haber sido de cualquiera.
Él no respondió. Cuando ella se levantó, lo vio ausente, como si se hubiera desconectado por un instante. Se acercó a ella despacio, le acarició la mejilla y miró a sus pies.
—Nunca te sujetas bien los cordones… —dijo cariñosamente agachándose para atarlos.
—Solo lo hago para ver si estás atento a los detalles —bromeó ella.
—Interesante. Yo creo que te encanta tenerme a tus pies.
Lo dijo con ligereza, pero sus ojos decían algo más. Y ella no supo muy bien qué hacer en ese momento, así que solo sonrió. Él se levantó acariciando su pierna, y cuando estuvo de pie apoyó la frente en la suya.
—Me hace feliz que estés aquí. Pensé muchas veces que no íbamos a recuperar esto.
Mili, sin saber qué decir, lo besó. Con ternura primero. Y luego con un poco de pasión. Fue él quien frenó.
—No juegues con fuego. Me tengo que ir. Y no te imaginas todas las cosas que se me cruzan cada vez que me besas.
Ella rió.
—De todas maneras, Emily nos habría vuelto a interrumpir.
Y esta vez fue él quien rió a carcajadas.
—Mi madre me va a matar. Tengo que irme ya. Pero si no tienes planes, puedes quedarte aquí…
Sonó mucho más inseguro de lo que solía hacerlo y a Mili le dio ternura.
—Me tengo que ir, Francis. Pero podríamos vernos esta noche, si quieres.
—A todo lo que me incluye te digo que sí. Ahora al menos desayuna. Emily te ha echado muchísimo de menos.
Le dio un último beso… y se fue.
Cuando Mili bajó a la cocina, el aroma del café recién hecho y del pan tostado le dio una bienvenida silenciosa y cálida. Emily ya la esperaba. La saludó con un abrazo que, para su sorpresa, fue más maternal que formal.
—Qué bueno verla, señorita Milagros.
Mili sonrió. Le gustaba cómo lo decía. Sin excesos, pero con calor. Vio el desayuno dispuesto sobre la mesa con una delicadeza casi ceremonial: su jugo de manzana, panecillos calientes, frutas frescas, todo impecable.
—Gracias Emily, siempre tan atenta —dijo, admirando los detalles.
—Por supuesto, para ti encantada —respondió Emily con una sonrisa cómplice.
—No te hubiera molestado. Entendí que también le habías preparado el desayuno a Francis…
—No quería interrumpir —respondió con tono amable—. Pero sabía que tenía un compromiso con su madre. Y Diana ama la puntualidad.
—Sí… sí lo llamó —dijo Mili, con una sonrisa entre tímida y divertida.
—Va a estar en problemas —añadió Emily conteniendo la risa—. Probablemente le espera un interrogatorio.
—Creo que ya le hizo uno —confirmó Mili.
Ambas rieron juntas. Durante un rato compartieron ese desayuno en calma. Pero Mili sentía que había algo más en el aire. Algo que Emily parecía estar midiendo antes de decir. Hasta que finalmente preguntó:
—¿Te puedo hacer una pregunta?
Emily dejó la taza sobre el plato y asintió.
—¿Cómo sabías que era yo la que estaba aquí?
Emily tardó unos segundos en responder. No era incomodidad. Era cuidado.
—No sé hasta qué punto debería comentar algo… —dijo finalmente—. No quiero decir más de lo que me corresponde.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Pero sí puedo decirte algo con total certeza. Eres una persona importante para él.
Mili desvió los ojos hacia la taza.
—Sabes que lo cuido desde que era un bebé. Cuando se independizó, comencé a ocuparme de su hogar. Y en todos estos años… Nunca vi a una mujer cruzar esa puerta. Ni en ningún apartamento que considerara su hogar.
La miró con calma.
—Siempre mantuvo esa parte de su vida… fuera de su casa.
—Nunca conociste a nadie —susurró Mili.
—A nadie —confirmó Emily con una leve sonrisa—. Y créeme… tengo la certeza de que tú también lo sabes: no fueron pocas.
Mili soltó el aire con discreción. No quería que le dijera nada más. Pero algo dentro de ella empezaba a desordenarse.
Emily giró la taza entre sus manos antes de continuar.
—Quizás me estoy aventurando a decir más de lo que debería… pero ninguno de los que lo queremos estaba de acuerdo con que él desapareciera de tu vida.
Milagros alzó los ojos, sorprendida.
Emily habló entonces con un tono más suave.
—Lo vi hoy feliz por primera vez en meses. Durante mucho tiempo parecía más bien una sombra de sí mismo.
Hizo una pausa.
—Incluso me mudé a Nueva York por dos meses. Él me necesitaba.
Mili no dijo nada.
—Estaba preocupado por ti. Eso era evidente.
Cada vez que aparecía alguna noticia atacándola por su pasado…
su humor cambiaba. Algunas veces lo escuchaba hablando con abogados, moviendo contactos para que, cuando se hablara de usted, también se mencionara su trabajo con las ONG, las causas que apoya.
Emily levantó la vista.
—Siempre cuidando que nadie supiera que esa información venía de él.
Mili permanecía en silencio, con el corazón desacompasado.
Emily continuó con cuidado.
—También recuerdo que alguna vez me dijo que sabía que usted estaba bien. Cuando le pregunté cómo lo sabía, me respondió que había hablado con su padre.
—Con el tiempo empecé a sospechar que muchas de esas llamadas ocurrían porque Francis necesitaba saber cómo estaba.
Hizo una pausa breve.
—Creo que su padre terminaba llamándola… más por él que por casualidad.
No añadió nada más.
Milagros se quedó en silencio. No supo qué decir. Sintió unas ganas repentinas de salir de ahí, que intentó contener. Porque no estaba segura de lo que sentía.
Era algo más incómodo. Como si, de repente, toda su historia con Francis se hubiera movido de lugar.
Solo sabía una cosa.
En ese momento, todo lo que había pensado hasta ese día… acababa de cambiar de perspectiva.