Cada paso me condujo a ti Capítulo 31 - El día después
62%

Capítulo 31 - El día después

E l amanecer empezaba a filtrarse por las ventanas cuando Milagros abrió los ojos. Giró la cabeza hacia el reloj de la mesita: siete de la mañana. Ni los sábados lograba interrumpir su reloj biológico. Francis seguía dormido detrás de ella.

Entonces se vio en el espejo de la cómoda.

El pelo algo revuelto, un poco de rímel corrido.

No estaba impecable y, sin embargo… se veía bien.

Bien de verdad. Había algo en su piel, una luz distinta, como si el cuerpo aún conservara el eco del deseo, de los besos, del modo en que él la había mirado.

Brillaba. No por las horas de descanso, sino porque había tenido una buena noche.

Se quedó mirando unos segundos más y sonrió.

Su cuerpo lo recordaba antes que su cabeza.

La luz entraba tenue, suavizada por los árboles del parque.

Las hojas —verdes y marrones, cansadas del otoño reciente— parecían balancearse igual que sus pensamientos.

Ese paisaje… también lo había tenido ella.

Unos meses atrás, desde su antiguo departamento, podía ver la misma vista.

Ese parque había sido su rutina silenciosa; lo observaba cada mañana, cada noche.

Pensó, por un instante, si esto hubiera sucedido igual sin el caos mediático, sin los paparazzis, sin la distancia impostada.

¿O seguirían siendo solo amigos, sin haber cruzado nunca esa línea?

Probablemente no. La grieta ya había aparecido antes.

El límite que ella misma marcó para protegerse empezaba a desaparecer tiempo antes de que él se marchara, y en los últimos encuentros había sentido que su propio control se volvía menos firme.

Aun así, la claridad de la mañana traía algo distinto. Anoche hubo copas, impulso, tensión. Ahora no. Y aunque creía conocer a Francis, sabía que todavía no tenía todas las piezas. Por eso necesitaba unos minutos más de quietud antes de que él despertara.

Él dormía pegado a ella, envolviéndola, y Milagros se sentía cómoda, como si aquel contacto no fuera nuevo.

Una de sus piernas descansaba sobre las suyas; el brazo le rodeaba la cintura con firmeza.

Su rostro, apoyado entre su cuello y su hombro, respiraba lento.

Como si incluso dormido buscara sentirla.

Ella apoyó la mano suavemente sobre el brazo que la sujetaba, queriendo acariciarlo sin despertarlo.

Su mente se había llenado de ideas mientras su cuerpo permanecía quieto, respirando con calma.

Todavía no sabía cómo reaccionar cuando él abriera los ojos. No sabía si esto era el principio de algo o una despedida disfrazada de noche compartida.

Y entonces, él se movió. La acarició unos segundos en la cintura, besó su cuello despacio con un aliento cálido, y su voz, ronca y baja, rompió el silencio:

—Buenos días, preciosa.

A ella se le erizó la piel. Él lo notó y sonrió contra su nuca.

Mili giró la cabeza despacio. Al hacer contacto con sus ojos, Francis vio inmediatamente que ella estaba pensando.

Actuó con instinto. La giró con suavidad, sin fuerza, pero con esa seguridad con la que siempre la descolocaba.

La colocó frente a él, rostro con rostro, para comprobar si con eso bastaba para acallar esa cabeza suya.

Le quitó un mechón de pelo de la frente, le acarició la mejilla y le sonrió. Ella le devolvió una sonrisa que no terminaba de llegar a los ojos. Francis sostuvo la mirada; no quería que la incertidumbre ganara. No esta vez. Ya hablarían. Ahora la quería con él.

Se incorporó un poco y, con un movimiento hábil, la situó encima suyo.

La desnudez se volvió real, total, pegados así, con la piel aún tibia.

La miró fijo, con una picardía velada, y bajó las manos.

La sostuvo por la parte de atrás de las rodillas y la sentó en su regazo.

Él, semiapoyado contra el respaldo de la cama.

Ella, sobre él. El aire se volvió más espeso.

Mili abrió los ojos y soltó un pequeño grito de sorpresa antes de reír. Esta vez sí, con los ojos.

—¿Así despiertas a todas tus conquistas, señor Brixton? —bromeó en tono casual, con esa mueca entre inocente y desafiante.

Francis notó ese algo más detrás de la pregunta, esa risa suave que ocultaba una duda. Él no iba a jugar con palabras. Sin perder la calma, respondió con una verdad simple, firme:

—Tú no eres una conquista, Mili. Nada de esto es común en mí.

Ella no contestó. Bajó la mirada, moviendo su mano por el abdomen definido de él, y al levantarla ya no había vacilación.

Se inclinó y decidió fluir. Lo besó. Este beso se sintió distinto al de la noche anterior.

No había apuro. Aunque todo seguía ardiendo, ya no era por lo postergado. Lo de hoy era elección pura.

Las caricias comenzaron suaves, las respiraciones cambiando de ritmo solas hasta que tocarse dejó de ser suficiente. Otra vez eran dos cuerpos enlazados, embriagados el uno del otro.

El móvil de Francis comenzó a sonar. Y siguió insistiendo. Mili se movió más lentamente, aún encima de él. Giró la cabeza y vio la pantalla.

—Es tu mamá —susurró con la voz tomada por el deseo.

Francis cerró los ojos y suspiró largo. Consultó la hora.

—Dios… no. Me había pedido un favor: un acto de presencia de la ONG —largó el aire contenido, porque Mili aún se mecía sobre él—. Le dije que sí.

Mili soltó un quejido de berrinche. Él se rió contra sus labios.

—No te enfades. Hasta ayer… no tenía un mejor plan —dijo con la voz oscurecida de placer mientras le besaba el cuello.

Mili sonrió mientras comenzaba a moverse más rápido. Él apretó la mandíbula. Ella bajó la mirada, le pasó la lengua por el lóbulo de la oreja y le susurró entrecortada:

—¿Cuánto tiempo tenemos…?

Tenerla así, buscándolo sin reservas, lo desarmó por completo.

—No mucho. Pero te prometo que haré que disfrutes cada minuto.

La levantó sin aviso. Ella soltó una carcajada, aferrada a su cuello.

—¿A dónde vamos?

Él no contestó. Sonrió y la llevó directo al baño.

El agua cayó sobre los dos antes de que terminaran de acomodarse.

Caliente, abundante. El vapor llenó el espacio rápido.

Francis la apoyó contra el mármol frío. Ella se estremeció.

Él no se movió, dejando que el contraste entre la pared y el calor de su cuerpo hiciera su trabajo.

Bajó despacio: besos en el cuello, en los pechos, en la barriga.

Con esa misma paciencia de la noche anterior, como si el tiempo no existiera.

Le pasó una pierna sobre el hombro. Ella apoyó la cabeza contra el mármol y cerró los ojos.

El agua seguía cayendo, el vapor los envolvía, y ella se soltó por completo. Sin pensar. Sin calcular.

Cuando llegaron fue con todo lo que les quedaba. Exhaustos. Empapados. Conectados en un lugar que todavía no tenía nombre. Él se incorporó despacio, mirándola con el agua corriéndole por la cara y una sonrisa que no intentó disimular. Había cumplido lo prometido.

Después se ducharon, entre risas y jabón, enjabonándose con esa ternura nueva que ninguno nombraba, pero ambos reconocían. Al salir, él se acercó con una toalla en silencio y la envolvió mirándola con cierta devoción. Mili no pudo evitar bajar la mirada.

No había claridad todavía ni palabras para lo que esto era. Pero por suerte, en ese momento, no las necesitaban.