Cada paso me condujo a ti Capítulo 30 - El vértigo de lo inevitable
60%

Capítulo 30 - El vértigo de lo inevitable

S alieron los tres juntos. En la puerta, el aire de la noche los recibió fresco, con ese olor particular de Londres por la noche: asfalto húmedo, el ruido sordo de la ciudad que nunca termina del todo de callarse.

Francis puso una mano en su espalda, por debajo del saco que ella llevaba sobre los hombros.

La mano abierta, firme, sobre la tela del vestido a la altura de la cintura.

Un gesto que podría haber parecido casual y que no tenía nada de eso.

Ella no dijo nada, pero lo sintió. La presión justa, sin apuro, como quien dice "estoy aquí" sin necesitar palabras para decirlo.

Sophie los miró un segundo y negó con la cabeza.

—Me espera otro coche —dijo, con una brevedad que era un regalo.

Los abrazó a los dos. A él con una palmada breve en el hombro y una mirada seria que valía más que cualquier comentario.

A ella con ese abrazo corto y firme que solo tienen las amigas que saben cuándo sobran las palabras. Y desapareció.

Poul los esperaba apoyado contra el coche, con las manos cruzadas y esa discreción de quien lleva años viendo sin mirar. Cuando levantó la vista y la reconoció, mantuvo el protocolo, pero algo en su expresión cambió apenas.

—Milagros. Un gusto verla nuevamente.

Ella le sonrió abiertamente, sin distancia.

—Poul, me alegra mucho verte también. ¿Cómo estás?

—Muy bien, gracias por preguntar.

Francis la observó en silencio.

Poul abrió la puerta trasera. Francis esperó a que ella entrara para ingresar en silencio. Adentro, el vidrio divisor ya estaba elevado. El mundo quedó del otro lado.

Se sentaron uno al lado del otro. Sin tocarse. La distancia entre sus cuerpos era mínima y al mismo tiempo enorme, cargada de todo lo que todavía no se había dicho y que ninguno de los dos tenía intención de decir todavía.

Porque había cosas pendientes: el silencio de meses, todo lo que él se fue sin resolver y todo lo que ella sostuvo sola.

Pero nombrarlo ahora habría quitado la posibilidad de avanzar.

Los dos lo sabían. Así que eligieron, en un acuerdo tácito, el silencio.

No el incómodo de quien no sabe qué decir.

El otro. El de quien sabe exactamente lo que hay y decide, estratégicamente, dejarlo pasar.

Poul encendió la música con una discreción impecable. Algo suave, moderno, casi cinematográfico. Milagros soltó una risa por lo bajo, nerviosa.

—¿Estás bien? —preguntó él mirándola intensamente.

—Sí, perfectamente. —dijo Mili con una sonrisa tranquila sosteniéndole la misma intensidad en sus ojos.

Y era verdad, estaba bien. Estaba en el lugar y en el momento que quería estar. Quizás estaba lejos de ser lo idóneo, pero esa noche se iba a dar el lujo de disfrutar sabiendo que su mundo no se iba a derrumbar porque lo hiciera.

Ya habría tiempo para enfrentarse a todo lo demás. Él le tendió la mano. Ella aceptó. Francis comenzó a dibujar círculos lentos sobre su palma con el pulgar. La intensidad del momento estaba lejos de ser colmada por ese gesto, pero ahí ambos sintieron que era un cable a tierra.

Cuando llegaron, Poul bajó a abrirles la puerta sin decir nada. Solo hizo una leve inclinación de cabeza. Subieron. Volvieron al departamento donde tantas veces habían sido solo amigos. Donde un año atrás él se había instalado sin imaginar lo que vendría después.

Francis entró primero. Puso música. No era romántica, pero era suave. De esas listas que compartían cuando solo eran una conversación entre copas. Abrió un vino. Ella se había quedado en la ventana, mirando ese paisaje tan conocido.

Se permitió un segundo de quietud. Esperaba que él no abriera la conversación.

Bastaba una sola pregunta equivocada, una respuesta cargada de demasiada ambivalencia, y toda la tensión de esa noche se rompería como un cristal.

Y ella no tenía la menor intención de arruinar el momento convirtiéndolo en una discusión.

Y cuando él se acercó por detrás, lo sintió antes de escucharlo.

Se movía con lentitud, como quien no quiere interrumpir, sino pedir permiso con el cuerpo.

Le entregó una copa y se quedó a su lado, demasiado cerca.

Bebieron en silencio. Ella giró, lo miró, y habló antes de que él pudiera hacerlo. Porque ella solo iba a decir lo justo.

—Quiero que sepas que sé que nos viste. A Santi y a mí.

Francis sostuvo su mirada.

—No quiero que me expliques…

Ella lo interrumpió.

—No. No te debo explicaciones. Y tampoco te las voy a pedir a ti. No ahora. No esta noche.

Silencio.

Mili continuó.

—Solo quiero que quede claro algo. Soy libre. Lo que hago, con quien lo hago y cuando lo hago no le pertenece a nadie más que a mí.

Él no se movió. Ella lo miró fijo.

—Y esta noche decidí estar acá.

Francis la miró un segundo largo. Había algo en sus ojos que ella no supo leer del todo.

Ella le estaba dando permiso. No solo con palabras, sino con la mirada.

Dejó la copa en el estante y tomó la de ella para hacer lo mismo.

Se acercó. Le tomó el rostro con las dos manos.

Ella sintió el calor de sus palmas como una caricia.

Y entonces la besó. Con calma. Como quien finalmente deja de resistirse.

Milagros exhaló contra su boca sin querer.

Él lo percibió y profundizó el beso, buscándola con más decisión.

Ella movió las manos por su espalda, despacio, como quien busca anclaje.

Él la acercó más a su cuerpo: una mano abierta en su espalda, la otra bajó por su costado hasta encontrar sus caderas.

Se separó de sus labios. Buscó su cuello con la boca, despacio.

Ella inclinó la cabeza hacia atrás sin pensarlo.

—Este vestido —murmuró contra su cuello— es un castigo para mi cordura.

Rozó con los labios la piel debajo de su oreja.

Milagros dejó caer los párpados. Movió la cabeza un poco más hacia el costado, dándole más acceso, y un sonido suave escapó de su garganta antes de poder contenerlo.

Francis lo oyó y algo en él terminó de soltarse.

Bajó la cremallera del vestido con cuidado.

Dejó que la tela se deslizara por su cuerpo.

Sus manos acompañaron el movimiento, recorriendo su piel con una caricia tranquila.

Cuando bajó la mirada, se detuvo. La observó con los ojos oscurecidos.

Debajo del vestido aparecieron unas bragas diminutas de encaje negro, casi transparentes contra su piel.

No llevaba sostén. Francis pasó los dedos por el borde del pequeño elástico con calma deliberada.

La acarició despacio. Luego volvió a levantar la vista hacia ella.

Alzó una ceja, con una sonrisa provocativa, humedeciéndose los labios.

Milagros le devolvió la sonrisa. Corta. Cómplice.

Había un diálogo entero moviéndose entre los dos en silencio.

Siempre había sido así. En las miradas. En los gestos.

Y ahora en la forma en que se tocaban. Lo atrajo desde el cuello de la camisa y lo besó lentamente.

Francis soltó la respiración contenida mientras le mordía el labio inferior.

—Exquisita —dijo aún con los labios de ella entre los suyos, mientras seguía acariciando suavemente por encima del encaje.

Milagros buscó el primer botón de su camisa.

Lo desabrochó con lentitud. Después el segundo.

Francis la dejó hacer. Observaba cómo sus dedos avanzaban por la hilera de botones con tranquilidad.

Cuando llegó al tercero, él la detuvo tomándole las manos, se llevó una a su labios.

Se la besó suavemente y luego volvió a adueñarse de su boca.

Mientras bajaba lentamente por los costados de su cuerpo y la levantó.

Las manos firmes bajo sus muslos. Ella rió de la sorpresa y se aferró con las piernas a su espalda.

La llevó al dormitorio. Ella casi desnuda; él con la camisa apenas abierta y la corbata floja, ese desorden elegante que a Milagros le pareció profundamente sensual.

La sentó en el borde de la cama con cuidado. Francis permaneció un segundo de pie frente a ella. Mirándola. Como si aún estuviera asimilando que ese momento era real. Dejó que la mirada descendiera por su cuerpo antes de volver a sus ojos. Luego se arrodilló.

Milagros lo observó, la respiración ya alterada.

Él tomó la braga con cuidado y la deslizó hacia abajo.

Luego tomó uno de sus pies y lo apoyó en el borde, dejando esa mano en su muslo, cerca…

demasiado cerca para no provocar un estremecimiento.

Cada movimiento suyo era deliberado. Le besó el tobillo.

Subió muy poco, lentamente. Con tanta calma y sensualidad, que la tenía totalmente extasiada sin haberla tocado demasiado.

Otro beso en la pantorrilla. Luego en el pliegue de la rodilla.

A Mili se le erizó la piel. Subió más. Lamió suave.

Mordió despacio, contenido, en el interior del muslo.

Ella pasó la mano por su pelo mientras con la otra apretaba el colchón.

Cuando él la besó en el punto exacto, ella cerró los ojos.

Todo era extremadamente íntimo. Mucho mejor de lo que había imaginado.

Se recostó. Dejó de pensar. Solo sintió.

Lo sintió todo. Se separó para mirarla mientras movía dos de sus dedos dentro y con su pulgar apretaba exactamente el punto que la llevó a balancearse.

Mili levantó apenas la mirada y lo vio admirándola.

Apretó y giró el pulgar, y movió con más fuerza los dedos. Se le escapó un gemido más fuerte.

Ella sintió el rubor subirle por el cuello.

Él sonrió apenas, como si eso fuera exactamente lo que buscaba, y volvió a lamer deliberadamente entre sus piernas.

Se tomó su tiempo. Sus manos nunca se detuvieron —recorrían, presionaban, volvían— como si estuviera aprendiéndola de memoria sin ningún apuro.

Mili arqueó la espalda.

Sus manos siguieron moviéndose un poco más lento, sosteniéndola mientras su cuerpo se entregó al placer y comenzó a temblar lentamente.

Cuando finalmente se incorporó, ella lo atrajo hacia sí desde el borde del pantalón. Quería sentirlo. Quería corresponderle a todo lo que acababa de hacerla sentir. Francis entendió de inmediato. Le tomó las muñecas con suavidad y negó con una sonrisa baja.

—No esta noche.

No era rechazo. Si la dejaba seguir, sabía que perdería el control demasiado pronto. Y quería que aquello durara. Que se tratara de ella.

Se apartó un momento. Abrió el cajón de la mesita y sacó un preservativo. Un gesto tranquilo, sin apuro. Y volvió hacia ella.

Se quitó la camisa sin apartar los ojos de ella. Después el cinturón. El pantalón. Sin prisa. Como si disfrutara la forma en que ella lo miraba. Milagros no intentó disimularlo. Su sonrisa tenía algo de juego y excitación.

Cuando volvió hacia ella, se inclinó lentamente.

La besó primero en los labios, luego se tomó unos minutos para saborear cada uno de sus pechos.

Sus manos siguieron recorriendo su cuerpo con una atención que parecía estudiar cada reacción que ella le devolvía.

Milagros deslizó la mano por su espalda y sintió el calor de su piel contra la suya.

Por fin lo tenía completamente desnudo pegado a ella.

Se arqueó instintivamente, buscando más contacto.

Francis suspiró. Y entonces, por fin sucedió: la sintió alrededor de él.

Él entró con una lentitud que ninguno había previsto.

Durante un instante ninguno se movió. La intensidad del momento parecía suficiente por sí sola.

Milagros se sintió increíblemente completa, cerró los ojos.

Francis no. La observaba con una concentración intensa, como si quisiera guardar cada gesto en algún lugar que no fuera solo memoria.

Luego empezaron a moverse. Ella le besó el pectoral y mordió suavemente esos hombros que se movían de manera sensual encima de ella. Encontraron el ritmo sin necesidad de buscarlo.

Sintió la necesidad de moverse más. Se incorporó, buscando más cercanía. Francis la sostuvo por la espalda mientras ella enredaba las piernas alrededor de su cuerpo.

—Vas a acabar conmigo…

Ella rió. Él la tomó por la cadera, se levantó sin salirse de ella. Mili gimió. Giró y la dejó sobre sí, sentada en sus piernas al borde de la cama. Enredó una mano en su pelo mientras a ella se le oscureció la mirada. Él lamió su cuello. Mili subía y bajaba con necesidad.

Francis la miraba. Se deleitaba. Porque ella parecía suspendida en otra parte.

Le tiró suavemente del pelo. Ella volvió a gemir y echó la cabeza hacia atrás.

Él soltó el aire manteniendo el control. No quería terminar pronto. Quería que ella sintiera todo.

Lo que él sentía era enorme y no sabía cómo nombrarlo.

Sus miradas se cruzaron intensamente. El ritmo cambió solo. Más cercano. Más urgente. Ella volvió a gemir, incapaz de contenerse esta vez. El placer le atravesó el cuerpo con una intensidad que no recordaba haber sentido nunca así. O quizás sí. Pero hacía demasiado tiempo.

—Francis…

Su nombre escapó entrecortado contra su boca justo cuando el cuerpo le tembló por completo. Él dejó caer los párpados apenas un segundo. Como si escucharla decirlo hubiera terminado de desarmarlo. Y fue ahí cuando pudo liberarse él.

Luego llegó la quietud. Respiraciones desordenadas. Calor compartido. El peso de dos cuerpos acomodándose lentamente. Aún sentados en el borde de la cama. Francis apoyó la frente en su pecho mientras la abrazaba por la cintura. Escuchó. El corazón de Milagros latía rápido bajo su oído. Sonrió.

—Creo que este es mi nuevo sonido favorito.

Ella sonrió sin abrir los ojos. No contestó. No podía.

Mili se movió, y se recostó. Francis se acomodó a su lado y la atrajo hacia él. Milagros se dejó. Su cuerpo estaba liviano. Su mente, tranquila. Esa clase de calma que aparece cuando algo ha encajado exactamente donde debía. Francis le acarició el brazo con suavidad.

Ella no pensó en nada más, y él no podía dejar de pensar.