Capítulo 29 - La jugada.
(Francis)
N o me encontraba de humor para estar en ese maldito bar.
Aunque, pensándolo bien, el mal humor había dejado de ser una excepción para convertirse en algo parecido a mi estado natural. Una constante que ya no me sorprendía, pero que tampoco había aprendido a gestionar.
Cuando llegué a la dirección que me había enviado mi secretaria, confirmé que era exactamente el tipo de lugar que imaginaba: exclusivo, discreto por encima de todo.
Creo que me lo había mencionado, pero no le había prestado demasiada atención.
La verdad era que tampoco me importaba dónde fuera la cena.
Habría preferido estar en mi casa.
Pero eran clientes importantes. Catherine Lyone la hija de un empresario multimillonario, incorporada hacía unos años a la empresa familiar, y Alan O'Donnell, el director de finanzas.
Había sido una semana agotadora, llena de roces y discusiones innecesarias con mi padre y con cualquiera que complicara aún más mis días.
Aceptar la reunión era la forma más sencilla de evitar otra disputa.
Así que aquí estaba.
Al entrar, lo primero que se veía era un arreglo de flores que ocupaba el centro del vestíbulo como una pequeña escenografía, separando discretamente la entrada del salón principal. Más allá se abría el bar.
La recepcionista nos condujo por un pasillo abierto hacia el salón, donde el espacio se organizaba en distintos niveles de privacidad.
Mesas abiertas hacia el salón encajadas en estructuras semicirculares en forma de c con respaldos altos que formaban pequeñas islas.
Desde fuera resultaban elegantes. Desde dentro ofrecían exactamente el tipo de discreción que la gente que frecuentaba ese lugar buscaba.
Nos acomodaron en una de esas.
Había llevado a uno de los asesores más capaces del equipo.
La idea era simple: si la conversación se volvía demasiado larga, él podría sostenerla sin que yo tuviera que seguir cada detalle.
O si mi creciente necesidad de escapar terminaba ganando la partida.
Ambas posibilidades eran igualmente probables.
Alan, el director de finanzas, se acomodó frente a mí. Un irlandés de casi dos metros que, básicamente, me bloqueó la vista del resto del salón. Mi asesor tomó asiento a su derecha, visiblemente más interesado en la conversación que yo. Yo asentía cuando percibía que buscaban mi aprobación.
Catherine, por supuesto, se había acomodado a mi lado.
Como si aquello hubiera sido casual.
Claramente no lo era.
Tiempo atrás quizá lo habría agradecido.
Pero esa noche no.
La frustración que llevaba arrastrando desde hacía semanas no me permitía concentrarme en absolutamente nada. Y, aunque tenía muy claro de dónde venía, no tenía ninguna intención de detenerme a pensarlo.
En otro momento lo habría resuelto de la forma más sencilla.
Habría venido a un lugar como ese, habría bebido un par de copas de más y me habría ido con alguien agradable a la vista y capaz de sostener una conversación poco interesante.
Alguien como Catherine.
Pero ahora esa idea resultaba cualquier cosa menos tentadora.
Varios vasos de whisky después, el irlandés decidió levantarse para ir al baño.
El espacio frente a mí quedó despejado por primera vez desde que habíamos llegado.
Dudé si aprovechar el momento para irme.
Pero en cambio dejé que mi vista recorriera la sala, con ese gesto automático de quien observa sin esperar encontrar nada.
Y entonces la vi.
A ella.
Todo se detuvo.
Por un instante me quedé inmóvil, con el vaso suspendido a medio camino entre la mesa y mis labios.
Estaba preciosa.
Sentada frente a Sophie, en una de las butacas cerca de la barra, ligeramente de lado, con las piernas cruzadas y el cuerpo relajado contra el respaldo.
Tenía el panorama completo. La línea de sus piernas largas se dibujaba con claridad, la cintura marcada por el vestido negro.
Los hombros descubiertos. Un collar de plata descansando sobre la clavícula. El cabello suelto.
Mi pulso se disparó.
Tres segundos. Tal vez cuatro. El tiempo que tardé en recordar cómo respirar.
Me irritó de inmediato mi total falta de control.
No sabía si me sentía frustrado porque estuviera allí. Enfadado.
O, muy a mi pesar, aliviado.
Definitivamente lo último.
Me recliné en la silla, me acaricié la barbilla y alcé la mirada un instante, dejando escapar el aire con una media sonrisa inevitable.
Benditas coincidencias, pensé.
La observé unos segundos más. La conocía lo suficiente para saber que esa manera de tocarse el pelo no era casual.
Y entonces lo entendí. Estaba incómoda.
Ya me había visto. Y otra vez había decidido, con toda deliberación, ignorarme.
Negué con la cabeza despacio.
Dejé escapar el aire.
Me desabroché el primer botón del cuello casi sin darme cuenta, un gesto mecánico, como si el traje de repente me apretara más de lo normal.
Catherine se inclinó más sobre mí, apoyando la mano en mi pecho con una insinuación cada vez menos disimulada. Bajé la mirada hacia su mano.
Por un instante se me cruzó un pensamiento incómodo. Podría seguirle el juego. Hacerla sentir exactamente lo que yo había sentido al verla con él.
Podría. Pero la idea se disipó casi tan rápido como había aparecido.
No. No con ella. Siempre había sido mejor con ella. Tomé la mano de Catherine con suavidad, apartándola de mi pecho con una cortesía que claramente confundió con otra cosa. Por un momento pareció convencida de que, por fin, respondía a su cercanía.
Me dio pena.
Cuando entendió que solo intentaba apartarla sin ser descortés, su expresión cambió. Creí, por un segundo, que había captado el mensaje.
Pero no. Su pierna volvió a rozar la mía bajo la mesa.
Resoplé.
Volví a mirar hacia su mesa.
Sophie giró la cabeza en mi dirección, como si estuviera comprobando algo que ya sospechaba. No hizo ningún gesto evidente; ese pequeño revoleo de ojos con el que uno reconoce una situación antes de fingir que no la ha visto.
Luego se inclinó hacia Mili para decirle algo. Supuse que era lo obvio: confirmarle que las había visto.
Mili se removió en la silla.
Ahora ya lo sabía.
Y en ese instante entendí que la decisión estaba en mis manos. Podría quedarme donde estaba. Podría dejar que la noche pasara. Pero la idea me resultó insoportable.
Ahora no éramos nada. Ni siquiera amigos. Pero, a diferencia de la última vez, eso también me daba una salida. Porque ahora ya no tenía nada que perder.
Si iba a moverme, tendría que hacerlo en mi terreno. Ese terreno donde siempre me he movido con ventaja.
Lo que quería de ella no admitía medias tintas.
Tomé el móvil.
Escribí:
Sé que la última vez te dije que no estaba para juegos.
Pero ese vestido negro es una invitación que no pienso rechazar.
He recreado miles de escenarios desde que te vi. Ninguno de ellos en calidad de amigo.
Tendré que esperar unos minutos antes de poder acercarme a saludarte.
Así quizás pueda calmar un poco todo lo que ese vestido despertó.
Presioné enviar.
El brillo de la pantalla iluminó su cara y provocó un respingo inmediato en su postura.
Se separó del respaldo, tensando los hombros.
Apenas levantó la vista; no me miró, ni tampoco respondió.
Pero su cuerpo sí lo hizo: el rubor le subió por el cuello, empezó a tamborilear los dedos sobre la copa y apareció esa sonrisa que intentó contener y no pudo del todo.
Una sonrisa pequeña. Pero suficiente.
Justo entonces dos hombres jóvenes se acercaron a su mesa. Uno habló; ella sonrió, pero era cortesía.
Lo supe.
No hice ningún movimiento. La dejé en su conversación, no desde la autoridad ni la posesión, sino desde el autocontrol de quien sabe esperar.
Para mi fortuna, cuando el director comercial volvió del baño intercambió lugares con mi asesor, dejando despejada mi línea de visión.
Ellos retomaron la conversación.
Yo ya no escuchaba nada.
Incliné el móvil sobre la mesa y escribí el segundo mensaje:
Me acercaría en este momento y le ahorraría la charla diciéndole que no es tu tipo. Pero quizás me equivoco, y hoy viniste con ganas de explorar.
¿Me tendrías en cuenta entre tus opciones?
Catherine notó el movimiento. Se inclinó hacia mí, su perfume demasiado dulce me empalago. Me susurró al oído:
—¿A quién le escribes con esa sonrisa?
Antes de que pudiera responder, llegó la notificación.
Era Mili.
Para estar tan bien acompañado, pareces estar muy aburrido.
Yo diría que la rubia que tienes casi encima tuyo sí es tu tipo.
Y no creo que le guste averiguar que estás enviando mensajes seductores a otra.
Sonreí.
No con burla. Con alivio.
Al menos no me estaba rechazando.
Me levanté con calma. Simón me miró y le hice una seña para que me reemplazara. Él ocupó mi lugar con una palmada breve en el hombro, murmurando algo a Catherine, seguramente alguna excusa diplomática.
Yo me despedí de pie, sin demasiado protocolo.
Ella lo entendió. El orgullo herido se le marcó en la expresión. Por lo que decidió retirarse enojada. No me importó.
Caminé hacia una barra lateral, manteniendo cierta distancia tanto de la mesa donde había estado antes como de la de ellas.
Desde allí podía verla con claridad. Milagros, en cambio, tendría que buscarme para encontrarme.
Escribí el último mensaje, pero no presioné enviar enseguida. Sabía exactamente lo que había puesto. En mi cabeza resonó la voz de Luc: Salta .
Golpeé suavemente la barra con los nudillos.
“No sé si estoy hecho para las caídas…
pero siempre me gustaron los deportes de riesgo”.
Apreté enviar.
Sí, tienes razón. En otro momento ella hubiera sido mi tipo.
Algo fácil, sencillo, de una noche.
Pero Mili…
Te juro que no miento cuando digo: que es verte y mi cuerpo solo responda a ti.
Ella leyó.
Sus ojos se agrandaron.
Se removió en el asiento: primero sorpresa, luego risa nerviosa, y finalmente esa sonrisa que no pudo disimular.
Esa sonrisa fue una victoria.
Ya no había marcha atrás.
Caminé hacia su mesa.
Uno de los hombres se inclinó hacia Mili justo cuando llegué.
—Al menos déjame intentarlo. ¿Me dejarías invitarte una copa?
Hablé antes de que ella pudiera responder.
—Creo que esa copa ya la tiene reservada.
Los cuatro se giraron.
Me quedé de pie, con las manos en los bolsillos. Los dos me reconocieron casi de inmediato. El más rápido reaccionó extendiendo la mano.
—Señor Brixton. Buenas noches.
Le estreché la mano con naturalidad.
—Daniel Copper. Director financiero de Weber Bank.
—Sí, te recuerdo —dije, y era verdad.
Hubo un breve silencio.
Mi mirada, especialmente fría hacia ellos, dejó bastante claro que su presencia ya no era necesaria.
Los dos hombres intercambiaron una mirada rápida y, con una cortesía impecable, dieron un paso atrás.
—No queremos interrumpir.
Se despidieron y se retiraron.
Mili los observó alejarse con una expresión de desconcierto evidente, como si aún estuviera procesando lo que acababa de pasar.
La miré sabiendo exactamente lo que acababa de hacer. Ella revoleó los ojos y negó con la cabeza.
Sophie se llevó la copa a los labios para ocultar una risa.
Me incliné hacia Sophie y susurré:
—Si me dejas interrumpir esta salida y llevarme a tu amiga ahora, prometo dejar que Luc me gane tres partidos de tenis. Lo tendrás feliz por semanas.
Ella soltó una carcajada, lo que despertó la curiosidad de Mili.
—Aunque me gustaría oponerme. No es mi decisión, es toda suya. Te recuerdo que ella es libre de irse con quien quiera. Y aun así me deberás esos partidos.
Le hice un gesto de reconocimiento. Sophie siendo Sophie.
Me giré hacia Mili.
Su sonrisa real me golpeó más que cualquier palabra.
Y le dije, arriesgándolo todo:
—Cuando estés lista. Si quieres, te llevo a casa.
Se mordió ligeramente el labio y asintió.
Y en ese instante tuve la certeza de que las reglas habían cambiado.