Cada paso me condujo a ti Capítulo 28 - Coincidencias
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Capítulo 28 - Coincidencias

E l viernes llegó como un suspiro. Era otra tarde gris y húmeda de otoño en la ciudad de Londres.

El salón de reuniones olía a café recién hecho.

Mili estaba sentada escuchando a su directora de marketing, que estaba frente a la pantalla táctil repasando las proyecciones del nuevo trimestre con calma firme.

Caroline, con el móvil al alcance de la mano, asentía de vez en cuando, mientras el resto del equipo tomaba nota.

—Queremos lanzar tres nuevos productos antes de diciembre —dijo Milagros, señalando el gráfico—. Pero no se trata solo de lanzar, sino de posicionar. Nos enfocaremos en puntos de venta selectos, fortalecer la presencia en prensa especializada y pensar en una acción de impacto antes de fin de año.

Los ejecutivos intercambiaron miradas aprobatorias.

Al salir de la reunión, Mili dudó un instante en su despacho. Había llevado el bolso del gimnasio, como casi todos los días, pero no le apetecía encerrarse entre espejos y música alta.

Se cambió allí mismo y decidió salir a correr por la ciudad.

Necesitaba sentir el aire frío de Londres despejándole la cabeza. Como si ese otoño húmedo pudiera anestesiar algo que todavía no sabía cómo apagar de otra manera.

El sol apenas se filtraba entre las nubes grises mientras corría junto al Támesis. A su alrededor, las calles vibraban de historias ajenas: gente apurada, conversaciones en miles de idiomas que no podía entender, risas sueltas, parejas con café en mano, niños con bufandas de colores.

Le gustaba esa ciudad, aunque a veces se sintiera una extranjera más intentando adueñarse de ese espacio.

Pensó en Santiago. En las fotos que le había enviado esa semana desde la obra de la casa: paredes abiertas, planos sobre la mesa, pequeños avances que él parecía disfrutar documentar como si fueran un ritual compartido.

Le sorprendía, a veces, las vueltas que había dado la vida.

Que él hubiera vuelto. Que hubiera sido él quien la impulsara a mirar aquella casa otra vez.

Y que ahora pudiera reencontrarse con esa parte de su pasado desde un lugar tan distinto.

Verlo bien, tranquilo, sin cuentas pendientes entre los dos, le generaba una paz inusitada. Como si la vida le hubiera dado la oportunidad de cerrar algo que, de otro modo, quizá habría seguido haciendo ruido durante años.

Pero había algo que no lograba apaciguarse del todo.

Francis.

Había algo sibilino en él. En la forma de acercarse y retroceder. De insinuar más de lo que explicaba.

Desde aquel encuentro en su oficina todo había vuelto a quedar en silencio.

Está bien, ella no había sido precisamente amable. No lo había recibido con entusiasmo ni le había hecho fácil la conversación. Pero ¿realmente había sido para tanto? ¿Qué había ido a buscar ese día, entonces?

Después de todo lo que habían compartido, después de que ella misma había dado un paso adelante y lo había besado antes de que todo se desordenara… ¿Era tan absurdo esperar que él insistiera un poco?

No le gustaba sentirse así. Tan desconcertada. Nada tenía demasiado sentido.

Después de que se había ido, todo lo referido a él se había sentido ambiguo. Difícil de interpretar.

No podía evitar preguntarse cuáles habían sido realmente sus intenciones.

El móvil vibró justo cuando frenaba en una esquina.

Sophie.

—¿Sales esta noche? —preguntó su voz, cálida como siempre—. Luc se fue de viaje y yo necesito desconectar. Caroline no puede porque se quedó sin niñera, pero tú no tienes excusa.

—¿Estás bien?

—No, y sí. Es decir… Tengo la boda, la agenda colapsada y muchas ganas de hablar de otra cosa. Te extraño. Nos tomamos algo, charlamos, escuchamos música y, si se da, nos reímos un rato de la vida. ¿Qué dices?

—Digo que sí.

—Perfecto. Te paso la dirección del lugar. Es nuevo, cerca de Mayfair. Mesa alta, buena música y gente interesante.

Ambas llegaron puntuales.

Milagros llevaba un vestido corto negro, elegante pero sugerente. El escote era sutil, pero dejaba los hombros al descubierto. Llevaba el cabello rubio suelto, con ondas suaves, y muy poco maquillaje.

Sophie la observó con aprobación mientras le tendía una copa.

—Wow. Definitivamente vienes decidida a romper la racha. Estás tan guapa que esta noche sería casi injusto que nadie te hiciera perder un poco la compostura.

—Tú tampoco te quedas atrás.

—Porque aún no he dicho "sí, acepto". Hasta entonces podría decirse que estoy "soltera" —bromeó Sophie, sonriendo.

Sophie había elegido una mesa cerca de la barra, estratégica. A simple vista daba cierta privacidad, pero también estaba lo suficientemente expuesta como para no pasar desapercibidas.

Charlaron de banalidades. Una obra de teatro a la que Milagros quería ir, un viaje pendiente que Sophie tenía con Luc —a St. Barth, claro, porque la vida no podía ser menos que una postal—.

La música sonaba suave, lo justo para dar lugar a las palabras sin perder ambiente. A su alrededor, grupos de hombres de porte inequívoco conversaban en la barra. La ubicación no era casual.

—Mili, realmente estás preciosa —le dijo Sophie—. Esta noche no acepto que te escapes a medianoche con excusas de mails pendientes. Prometiste dejarte llevar.

—Estoy dispuesta —respondió Mili mientras colgaba su abrigo—. A dejarme llevar sin miedos.

Pidieron dos cócteles.

—Extraño un poco la vida de soltera —confesó Sophie—. Pero me gusta esto. Poder elegir con quién compartir el caos.

Mili la escuchaba con una sonrisa suave. Había algo en ese relato que le devolvía una nostalgia que no se atrevía a nombrar.

—¿Y tú? —preguntó Sophie—. ¿Cómo sigues con la casa?

—Avanza rápidamente. Santi no se quedará mucho, tenemos unos días para cerrar detalles, pero ya está todo en marcha. Y con él las cosas claras. Lo nuestro está cerrado hace mucho. Ya no nos cabe duda de eso a ninguno de los dos.

Sophie tomó un sorbo de su copa. La observó en silencio. Luego, con voz más baja, dijo:

—No quería sacar este tema, pero… ¿no se te está pasando contarme unos detalles?

Mili se tensó.

—¿A qué te referís?

—Al beso. Hubo un beso que me estás ocultando.

Mili parpadeó, sorprendida.

—¿Cómo sabes eso? No se lo conté a nadie.

—Luc me va a matar —soltó de golpe, demasiado rápido.

Movía apenas un pie debajo de la mesa, inquieta.

—Pero Francis lo vio.

Mili parpadeó, confundida.

Sophie hizo una mueca con una sonrisa torpe antes de continuar:

—Salía de tu despacho y se cruzó con Vince. No sé… se ve que alcanzó a verlos desde afuera o algo así. Pero los vio besándose.

Desvió los ojos hacia la copa.

—No te dije nada antes porque Luc me pidió que no lo hiciera.

Hizo una pausa y luego siguió hablando un poco más rápido:

—Hace unos días lo escuché discutir con Francis por teléfono. Bastante fuerte. Después le pregunté qué pasaba y ahí me contó lo del beso.

Sophie levantó levemente los hombros.

—Y también que desde entonces estaba insoportable. Peleado con todo el mundo.

Mili sintió un frío recorriéndole la espalda.

Todo cobraba sentido.

No es que Francis la hubiera evitado. Después de aquella semana intensa, de ese "nos vemos" que había quedado flotando entre los dos, simplemente desapareció. Como si el tiempo hubiera quedado suspendido en esa frase… y luego, nada. Había pensado que era un nuevo patrón en él.

Pero ahora entendía por qué.

Los había visto.

Su corazón se aceleró. La incomodidad, el desconcierto de esa despedida tan poco clara.

Tal vez ahora sí tenía que hablarle. Decir algo al menos. Porque entre ese beso malinterpretado y los medios planificando su casamiento con Santiago, no tenía idea de lo que él podía estar pensando.

Sophie rompió el silencio.

—Perdón, Mili. Te lo tendría que haber dicho antes. Pero Luc me hizo prometer que no lo haría. Pensé que cuando me contaras el beso iba a poder decirte "ya lo sabía", como si lo intuyera… Pero no supe cómo hacerlo —dijo, con agobio sincero.

Mili la miró con ternura.

—No tienes que pedirme disculpas. Estoy hecha un lío.

Hizo una pausa antes de continuar.

—Yo busqué ese beso con Santi porque necesitaba confirmar que ya no sentía nada. Quizá me daba vergüenza admitirlo… porque no tiene demasiado sentido.

Bajó la vista un instante.

—Pero ese día se sintió como un adiós real.

Suspiró.

—Aunque ahora, sabiendo que él lo vio… supongo que todo cobra otro peso.

Y justo en ese momento, la puerta del bar se abrió.

Ella lo vio primero.

Por la ubicación de su mesa, en altura y con cierta vista lateral al ingreso, pudo distinguirlo entre la gente.

—Ay, no… —susurró—. ¿Sabías que vendría?

—¿Quién? —preguntó Sophie, girando el cuerpo.

Tenía la visión bloqueada por un gran jarrón de flores, pero cuando se asomó hacia un costado, lo vio.

Era Francis.

Sophie abrió los ojos con sorpresa.

—No… —dijo enseguida, mirando a Mili con una mezcla de nervios y desconcierto—. Te juro que no. Te juro por lo que más quiero que no tenía ni idea de que podía venir.

Se inclinó un poco hacia la mesa, casi en confidencia.

—Luc aún está volando. Ni siquiera sabe dónde estoy. No se lo dije.

Hizo una pausa breve y añadió, medio en broma, medio en serio:

—Quizás… es el destino.

Mili arqueó una ceja.

—Ay, no me vengas con eso.

Sophie dejó escapar una risa breve, pero Mili, todavía algo tensa, refutó:

—Más que destino, es que tu círculo siempre se mueve por los mismos lugares.

—También puede ser —respondió Sophie asintiendo y se llevó el vaso de vino a los labios, como si necesitara ese gesto para romper la tensión que acababa de instalarse en la mesa.

Ambas lo miraron en silencio mientras Francis se ubicaba en unos sillones justo en diagonal a su mesa, lo que le daba una vista directa.

Estaba acompañado. Se notaba que era por negocios, pero la rubia que tenía al lado no paraba de tocarle el brazo ni de reír con un entusiasmo algo forzado.

En ese momento, Mili habría querido desaparecer.

Pero sabía que cualquier movimiento —incluso levantarse para irse— la pondría en evidencia.

Así que se quedó quieta.

Con ese dilema atravesándole el pecho, apartó la mirada de Francis y la fijó por unos segundos en Sophie, como buscando en ella un punto de apoyo antes de decidir qué hacer.