Cada paso me condujo a ti Capítulo 27 – Lo que no se vio
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Capítulo 27 – Lo que no se vio

M ilagros seguía sentada, con los dedos apoyados sobre la mesa.

No se había movido desde que Francis se marchó.

Tenía la mirada perdida, como si el aire aún conservara su silueta, como si el rastro de su perfume persistiera en las paredes.

Sentía las manos tibias, pero el estómago encogido.

Esa mezcla cruel de deseo no dicho y palabras suspendidas que nunca llegaron a pronunciarse.

Cuando escuchó pasos en el pasillo, apenas reaccionó.

Santi entró un segundo después, guardando el teléfono de golpe al ver su expresión. No cerró la puerta.

—¿Todo bien? ¿Qué pasó? Estás muy seria.

Ella no respondió. Seguía sentada, con la mirada perdida.

Él acortó rápidamente la distancia entre los dos y apoyó una mano sobre el escritorio, quedando a su lado. Lo suficiente como para que, si ella necesitaba un abrazo, pudiera dárselo sin que hiciera falta pedirlo.

Ese tipo de cercanía formaba parte del lenguaje que habían construido juntos durante años.

—Voy a buscarte un vaso de agua —murmuró.

Pero antes de que pudiera alejarse, Milagros le tomó suavemente del brazo.

—No. Quédate un segundo.

Santi se detuvo cuando ella le sostuvo el brazo. Se inclinó, en un gesto de contención. Iba a besarle la frente, con ese gesto cariñoso que había repetido tantas veces, pero Milagros levantó la vista buscando sus ojos.

Quedaron muy cerca.

Demasiado.

Ella necesitaba saber qué quedaba entre ellos. Qué quedaba de verdad.

Santi lo entendió.

Con una mano le sostuvo la mejilla con suavidad, como un gesto de cuidado más que de deseo, y la besó. Fue un roce lento, dulce. Una despedida.

Milagros lo sintió así, aunque aún no lo supiera.

El gesto la tranquilizó, pero no la encendió. No como antes. No como lo había hecho Francis con una sola mirada minutos atrás.

Santi se separó despacio, acariciándole la mejilla un instante antes de incorporarse. Lo que ellos no sabían era que, desde el pasillo, alguien los había visto.

La puerta del despacho había quedado entreabierta. Lo suficiente para verlo todo.

Una mano sobre su rostro. El beso.

Los ojos de quien observaba se abrieron con sorpresa. Y tal vez con algo más.

Pero lo visto ya no podía deshacerse.

Adentro, Milagros y Santi seguían aislados en su pequeño universo. No supieron que hubo testigos.

Santi había dado espacio al momento, no solo por Mili, sino también por él.

Ordenar las palabras.

Había aprendido con el tiempo que Milagros era demasiado analítica y que necesitaba entender.

Y él, ahora, también necesitaba explicarse.

—Sabes que te quiero, ¿no?

Milagros hizo un gesto leve con la cabeza. El nudo en la garganta no le permitía decir mucho más.

—Y aunque no estaba tan seguro de decir algo, creo que tenemos que hablar, Mimi.

Ella cerró los ojos brevemente al oír ese apodo, tan cargado de historia.

—No sé si estoy lista, Santi.

—Vamos a ver la casa, así nos despejamos.

—No sé si ir a un lugar con tantos recuerdos sea la mejor forma de despejarse.

—Dale, no va a ser tan terrible —dijo, restándole dramatismo al asunto—. Vamos. No tenemos tanto tiempo y necesitamos empezar la obra.

Ella suspiró. Su cuerpo seguía tenso.

—Está bien. Vamos.

Salieron del edificio juntos. Al salir, notaron algunos fotógrafos en la vereda. Solo atinaron a bajar la vista y subieron al coche sin detenerse.

Santi conducía el coche que le había reservado la empresa. Como por un acto inconsciente, le tomó la mano con suavidad y la observó un instante antes de hablar.

—Mimi, ¿recuerdas que te dije que quería contarte algo?

—Sí, lo recuerdo.

—Creo que, después de haberte besado… necesito ser claro. No vine a Londres a confundirte. Vine porque lo necesitaba.

Hizo una pausa. Buscaba las palabras con honestidad.

—Habla tranquilo, Santi. Soy yo.

Soltó el aire despacio antes de continuar.

—No quiero que nada de esto nos enrede. Los dos sabemos que lo que fuimos… ya no está.

Hizo una pausa breve.

—El cariño que siento por ti no va a desaparecer. Pero, ya no estoy enamorado de ti. Gracias a dios. Después de lo de hoy, me hubiera sentido muy patético, sino.

El rió despacio.

Milagros bajó la mirada..

—Y aunque me pareció divertido poner celoso a tu supuesto amigo —añadió él con una sonrisa leve—, no quiero que nos quedemos atrapados en una historia que ya no nos representa.

Ella asintió.

—Con todo esto… lo que realmente quería contarte —continuó— es que conocí a alguien.

Milagros levantó la vista.

—Había interpretado que no estabas con nadie.

—No lo estoy. No he estado con nadie desde que nos separamos. Pero conocí a una chica. Es amiga de un compañero. Coincidimos en varios eventos. Se llama Emma.

Hizo una pausa.

—Nunca la invité a salir. Me di cuenta de que uno de los motivos era porque sentía que te estaba traicionando.

La miró un momento antes de añadir:

—Supongo que por eso sentí la necesidad de volver a verte. Sentía que algo no estaba cerrado para mí. Quizás fue un proceso lento y doloroso dejar de amarte, y tenerte enfrente ahora y decirlo me permite liberarme de alguna manera de ese peso.

Ella hizo un gesto leve con la cabeza, en silencio.

—Gracias por decírmelo. Creo que lo necesitábamos los dos.

Llegaron a la casa.

Antes de abrir la puerta, Milagros le tendió la mano y él se la apretó con una firmeza extraña, como quien necesita reunir fuerzas antes de enfrentarse a un pasado que había quedado suspendido allí dentro.

La casa seguía prácticamente intacta, como si el tiempo se hubiera congelado.

Muebles cubiertos con sábanas, cortinas cerradas, el polvo acumulado en los estantes.

Era blanca, de fachada clásica, con entrada de ladrillo antiguo y puertas altas de madera noble.

Estaba ubicada en una calle tranquila de Notting Hill, con un pequeño jardín trasero donde la hiedra comenzaba a trepar por la reja.

Milagros recorrió los ambientes con una mezcla de nostalgia y desconcierto. La cocina, que tantas veces había sido su refugio, ahora parecía ajena. El eco de sus pasos rebotaba contra los azulejos blancos y los gabinetes de madera clara.

—No me acordaba lo grande que era esta casa —murmuró ella.

—Yo recuerdo cuánto te gustaba cocinar aquí —agregó él, sonriendo.

Abrieron los planos sobre la mesa. Había marcas, ideas, notas de reformas. Santi le explicó cómo pensaban integrar el comedor con el salón, abrir el patio trasero, modernizar los baños, conservar la bañera antigua y levantar un pequeño estudio con vista al jardín.

—No quiero que esta casa siga siendo solo un recuerdo triste —le dijo él—. Me gustaría que, algún día, pudieras verla también como algo bonito que nos pasó. Porque así la sentíamos cuando la compramos.

Milagros asintió. Ya no sentía tristeza en ese lugar, sino una calma nueva.

Como si, finalmente, una etapa se hubiera cerrado.

Y en ese cierre… algo se abría también.