Cada paso me condujo a ti Capítulo 26 - Lo que arde y lo que dejó de arder #2
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Capítulo 26 - Lo que arde y lo que dejó de arder #2

Santi le dedicó una última mirada tranquila a Francis antes de salir de la oficina. La puerta se cerró detrás de él.

Quedaron solos. La distancia cayó entre ellos de golpe.

Durante un instante ninguno de los dos se movió.

Algo en el rostro de Francis cambió casi imperceptiblemente, como si al cerrarse la puerta hubiera bajado un poco los escudos. Sus ojos se detuvieron en ella con una mezcla extraña de nostalgia y atención.

Dio un paso hacia adelante, pero se detuvo junto a la estantería, como si todavía estuviera decidiendo cuál era su lugar en ese espacio. Desde allí la observó.

Milagros seguía sentada detrás del escritorio. El aire se espesó un poco más.

Sentía su mirada sobre ella.

Francis la recorrió con una mezcla difícil de descifrar. Había algo contenido en su postura.

—¿Mimi? —dijo finalmente, en voz baja—. No sabía que tenías apodo.

Ella lo miró con fastidio.

Sentada frente a él, con el escritorio entre los dos, de pronto se sintió demasiado pequeña.

Se levantó.

Rodeó el escritorio sin prisa y se sentó en el borde, apoyando una mano detrás para sostenerse.

Ahora estaban más cerca. Y a la misma altura. Y eso, por mínimo que parecía, le recompuso seguridad.

Francis siguió cada uno de esos movimientos con la mirada, sin moverse de su sitio.

Sus ojos la recorrieron lentamente.

—¿En serio? —dijo ella—. ¿Eso es lo primero que se te ocurre decirme después de meses sin vernos?

—No —respondió él, avanzando un paso—. Lo primero que iba a hacer era invitarte a almorzar. Pero parece que llegué tarde. Ya tienes planes.

Milagros bufó, incrédula, atrapada entre el enojo y el desconcierto.

—¿De verdad, Francis?

Él no respondió enseguida.

La observó un instante más antes de acercarse otro paso. No demasiado. Lo justo para que el espacio entre ellos se volviera incómodamente pequeño.

Había algo distinto en su expresión. Una mezcla de control y de algo que parecía costarle decir.

—Mili… —dijo finalmente—. Irme no fue una decisión fácil. Ni fue fácil sostenerla. Pero fue la única solución que encontré.

Hizo una pausa breve.

—Quizás no la correcta.

Sus ojos no se apartaron de los de ella.

—Pero no voy a explicarte así, aquí, ahora. Todos los motivos…

Las palabras quedaron suspendidas entre los dos.

Milagros lo miró fijamente. Entrecerró los ojos. Sentía que cada frase abría algo que todavía no estaba segura de querer tocar.

Apretó los labios y soltó el aire por la nariz antes de responder.

—¿Y qué se supone que haga con eso, Francis? ¿Qué esperas que te diga ahora?

Él sostuvo la mirada, tranquilo. Había algo más firme en su postura.

—¿Qué hay entre tú y él? —preguntó de pronto.

Fue una pregunta suave. No fue agresiva. No sonó como un reproche. Tampoco como una súplica. Fue una pregunta directa. Milagros alzó ligeramente la barbilla y negó con la cabeza.

—No tengo que darte explicaciones.

Francis cruzó los brazos.

—No te voy a mentir. Me puso nervioso la idea de que estén juntos. Pero algo me dice que, aunque en las revistas parecían la pareja perfecta… eso no es tan así. Él acaba de dejarte sola conmigo.

La miró fijamente a los ojos.

—Eso dice mucho para mí.

—¿A sí? ¿Y qué entiendes con eso? —replicó ella.

—No lo conozco —dijo Francis—. Pero juzgando intuyo que es alguien listo —si no, no lo hubieras elegido— y, en vez de quedarse, eligió darnos espacio.

Dijo esto último más lento, como para enfatizarlo.

Milagros entrecerró los ojos. Se cruzó los brazos ella también y respondió con firmeza:

—Porque confía en mí.

Francis esbozó una sonrisa leve.

—Yo también confío en ti.

Se inclinó hacia ella.

—Pero él… no debería confiar en mí. Y estoy seguro de que no lo hace. Pero aun así se fue.

Ninguno habló por un momento.

Milagros lo sostuvo con la mirada.

—¿Ahora eres un detector de emociones? Hace no tanto, no podías leer ni las tuyas.

Francis se mordió los labios. Le encantaba cuando le replicaba de manera perspicaz. Dejó escapar una pequeña risa.

Había un brillo nuevo en sus ojos.

—Estás molesta.

La miró con atención.

—Pero al menos no indiferente. No como con ese ghost que me hiciste después de mi mensaje.

Ella alzó una ceja y le contestó enfadada, pero sin levantar la voz.

—Ay, Francis… ¿Qué pensaste que iba a pasar exactamente? ¿Qué te contestaría "Aquí estoy, esperándote, vuelve", ¿Cómo si fuera una damisela en apuros?

Francis sonrió de lado y dio un paso más.

Ahora estaba lo suficientemente cerca como para que la distancia entre ellos desapareciera casi por completo.

Se inclinó hacia ella, apoyando las manos a cada lado sobre el borde del escritorio.

Sus brazos quedaron a ambos lados de Milagros, que seguía sentada en el borde, con las manos apoyadas detrás para sostenerse.

Ella retrocedió con la espalda unos centímetros.

Sus piernas quedaron entre las de él. El gesto no fue brusco. Pero ocupó todo el espacio. La miró muy de cerca antes de responder.

—No.

Inclinó levemente la cabeza, como si fuera a susurrarle al oído.

—Tú no eres la que espera. Eres la que pelea. La que cuenta la historia, Mili.

Hizo una pausa. La miró primero a los labios y luego a los ojos, serio, contenido.

—Eso ya lo sé.

Milagros sintió el corazón acelerarse. Permaneció inmóvil, sosteniendo su postura.

Francis se inclinó y le dio un beso suave en la mejilla. Cálido. Inesperadamente íntimo.

—No vine a discutir ni a jugar —dijo despacio mientras se separaba de ella lentamente—. Solo quería verte a los ojos… y saber cómo me mirabas.

Ella no se movió.

—Pues discutir y jugar es lo único que estás haciendo.

Francis sonrió. Una sonrisa distinta. La observó durante unos segundos más.

—Tal vez —dijo finalmente—. Pero tus ojos me dieron una certeza.

Milagros lo miró con ironía.

—¿Y qué certeza te dieron mis ojos?

Él la sostuvo un instante más.

—Que no soy yo el pasado que estás intentando olvidar.

Luego se apartó del todo. El cambio de distancia fue inmediato. Milagros sintió la ausencia de su cercanía como un golpe frío.

Francis ya estaba junto a la puerta cuando volvió la cabeza.

—Nos vemos pronto.

Curvó los labios y salió.