Capítulo 26 - Lo que arde y lo que dejó de arder
E l lunes amaneció con ese cielo bajo y plomizo que Londres reserva para el inicio del otoño. Había pasado una semana desde Camden, y octubre se había asomado casi sin pedir permiso.
Y Milagros tuvo la extraña sensación de que el año se le había escapado entre las manos.
Lo que quedaba de allí en adelante siempre parecía ocurrir demasiado rápido: un abrir y cerrar de ojos entre reuniones, luces de Navidad y balances apresurados.
Hacía no tanto todavía estaba intentando sobrevivir al primer aniversario de la separación con Santiago. Y ahora, de pronto, el año parecía inclinarse otra vez hacia su final. Y con Santiago orbitando nuevamente alrededor de su vida.
Solo se habían escrito una vez desde Camden, para acordar verse ese día al mediodía con la excusa de conversar nuevamente sobre la reforma de la casa.
Los primeros días después de aquello habían sido algo incómodos.
Las fotografías habían circulado lo suficiente como para alimentar comentarios y especulaciones, pero esta vez Milagros no había reaccionado con improvisación.
Después del escándalo anterior con Francis había aprendido la lección.
El pequeño equipo dentro del área de Marketing creado precisamente para eso: se estaba encargando de enfriar los incendios antes de que crecieran demasiado, tanto para ella como para la empresa.
Un par de aclaraciones protocolarias, algunas respuestas medidas y, sobre todo, el silencio correcto habían sido suficientes. Como ocurría casi siempre, la atención de los medios había empezado a desplazarse hacia otras historias. La semana, poco a poco, se fue tranquilizando.
Pero lo que Milagros no había logrado sacar de su cabeza no era Santi.
Era aquel mensaje.
Te he extrañado cada día.
La frase volvía de vez en cuando, sin permiso, y siempre conseguía irritarla.
Milagros tomó el teléfono casi por reflejo y buscó una foto. La encontró rápido: los dos sentados en el sofá una noche cualquiera, demasiado cerca, hablando y riéndose como si aquello no tuviera consecuencias.
La miró unos segundos y soltó una pequeña risa.
—Qué patética… —murmuró.
Tanto tiempo midiendo cada gesto, cada distancia, como si cruzar esa línea fuera a desordenarlo todo.
En aquel momento tenía sentido. Estaba intentando no volver a meterse en algo que pudiera romper el equilibrio que apenas estaba recuperando.
Pero ahora, con la distancia, lo veía distinto.
Cuando Francis apareció en su vida, en el fondo ella ya estaba lista para conocer a alguien. Alguien con quien todo pudiera ser más sencillo.
Definitivamente, alguien que no fuera él.
¿Por qué entonces nunca abrió realmente la puerta a otra persona? No lo entendía del todo. Tal vez no había habido tiempo. Tal vez Francis había tenido razón aquel día, cuando se alejó.
Le había dicho algo así como que no habían dejado espacio para eso. Y quizá era cierto.
El día habría necesitado tener más horas. La relación entre ellos había terminado ocupándolo todo sin que se diera cuenta.
Ahora, mirándolo con calma, podía admitir algo que antes no había querido ver.
Quizás, en medio de todo aquello, se había negado a sí misma la posibilidad de tener lo mejor de los dos mundos. Quizás ya estaba lo suficientemente fuerte como para que algo físico hubiera pasado entre ellos sin que eso la destruyera.
Tal vez podrían haber sido simplemente eso: amigos que de vez en cuando cruzaban la línea. No necesariamente habría sido un desastre.
Movió la cabeza, divertida consigo misma. Ya no tenía sentido replanteárselo.
Evidentemente necesitaba canalizar todo eso con urgencia.
En ese instante, Caroline golpeó la puerta de su oficina y entró con una sonrisa curiosa.
Milagros levantó la vista demasiado rápido y bloqueó la pantalla del teléfono con un gesto casi culpable.
Caroline la observó unos segundos más.
—Si tienes unos minutos, quería hablar contigo.
—Claro. Dime. ¿Qué pasó?
—Solo quería retomar mi rol de amiga. Sé que desde que fui madre no siempre puedo estar tan presente como antes. Y tú también has estado a mil con la empresa, los viajes… y bueno, Francis, Santiago… —dijo con una pausa significativa.
Milagros la miró con ternura. Le conmovía su forma de estar ahí, aún con todo.
—No tienes que sentirte culpable por estar más enfocada en tu preciosa niña.
—Lo sé, pero quiero saber de ti y acompañarte como siempre en todo lo que estás pasando —respondió Caroline con una sonrisa leve.
Mili resopló, pensando un poco por dónde empezar.
—Santi está por venir, vamos a ir a la que era nuestra casa.
Él quiere remodelarla. Pero no pasa nada entre nosotros.
Es extraño, sí, pero estoy bien. Creo que ambos estamos intentando pasar de página.
Y si hay algo que tengo claro, es que ninguno de los dos quiere volver atrás. Es bastante evidente.
Hizo una pausa. Caroline la miraba en silencio, permitiendo que continuara.
—Francis… es mucho más complicado. Estoy enojada con él.
Mili hizo una pausa como no sabiendo qué más decir.
—¿Pero?
Milagros suspiró.
—Pero la presencia de Santi también es un recordatorio de lo sola que me he sentido desde que Francis se fue…
Hizo una pequeña mueca incómoda.
—Y me hizo preguntarme si con la amistad de él no terminé dejando de lado otras… necesidades.
Caroline arqueó una ceja de inmediato.
Milagros se encogió de hombros, riéndose un poco de sí misma.
—Quizás debería haber experimentado o haberme divertido un poco más.
Durante un segundo se miraron en silencio, sonriendo.
Y entonces las dos estallaron en carcajadas.
—¡Por fin! —dijo Caroline, animada—. Tengo un par de amigos de Vince que preguntan por ti. Buenos chicos, con carrera, con vida armada…
—¿Tanto crees que "necesito" a alguien? —preguntó Milagros, riendo con ironía.
—Creo que te mereces diversión… y también estar con alguien que te haga reír y que esté presente —dijo, mirándola fijamente con ternura—. Y sé que en el fondo quieres formar una familia.
En ese momento, Lora golpeó la puerta.
—Mili, el señor Garteri está aquí.
—Que pase. Muchas gracias.
A los pocos minutos, Santi golpeó suavemente la puerta y entró. Llevaba puesto un jean clásico y una camisa a rayas celeste y blanca que dejaba ver su figura atlética. Traía en una mano un casco de obra y en la otra unos papeles enrollados.
Milagros le sonrió con calidez.
—Caroline, qué bueno verte. Felicitaciones por la niña, es hermosa —dijo él.
—Santi, gracias. Sí, qué lindo verte. Estás muy guapo.
Se rieron y se abrazaron con familiaridad.
—Hola, Mimi —le dijo él, acercándose a darle un beso en la mejilla.
—Hola. ¿Viniste directo del trabajo?
—Sí, no quería demorarme. ¿Quieres que charlemos un rato aquí sobre las ideas o pensabas ir directamente a la casa?
—Bueno, yo no quiero interrumpir —dijo Caroline, levantándose—. Espero que dejes esa casa hermosa, Santi.
—No tengas dudas de eso.
Caroline salió de la oficina. Al pasar, le lanzó una mirada pícara a Milagros, quien le respondió con una sonrisa rápida antes de desviar la mirada. No quería dejar espacio para ese tipo de pensamientos. Pero era cierto: Santi estaba especialmente apuesto ese día.
—Quizás podríamos ver los planos aquí unos minutos. ¿Los trajiste?
—Sí, están aquí.
Santi los extendió sobre el escritorio.
En ese momento, sonó el teléfono de Milagros. Era su secretaria, que le avisaba que saldría un instante a buscar unos documentos que le habían traído. Milagros le dijo que fuera tranquila.
Santi se colocó detrás de ella, explicándole con detalle qué espacios pensaba modificar. Se inclinó levemente sobre su hombro; estaban muy cerca. Parecía que la abrazaba, pero ninguno de los dos parecía notar esa proximidad. Ambos estaban concentrados en el proyecto.
La puerta se abrió. Milagros y Santiago seguían inclinados sobre los planos extendidos en el escritorio.
—No, esta pared no —decía Santi, señalando el dibujo con el dedo—. Si la movemos aquí, la luz entra mejor por la mañana.
Milagros se inclinó un poco más sobre el plano.
—Pero entonces la cocina queda demasiado cerrada.
Santi movió la cabeza y deslizó una fotografía sobre el papel.
—Esta era nuestra cocina.
La palabra quedó suspendida en el aire.
En ese momento alguien carraspeó suavemente.
Los dos levantaron la vista. Milagros se quedó pálida.
Francis parado en el umbral.
Su sola presencia hizo que el aire de la oficina se volviera denso.
Francis llevaba un traje negro de tres piezas con camisa blanca. Elegante como siempre, aunque claramente incómodo.
Santiago no se incorporó de inmediato. Permaneció un segundo más en la misma posición, mirándolo con calma, antes de enderezarse despacio.
Colocó una mano detrás de la silla de Milagros y la otra en el bolsillo del pantalón, quedando cerca de ella.
No era un gesto agresivo. Pero tampoco neutral. Era simplemente una forma tranquila de decir que estaba allí.
Francis se tensó al ver a Santiago detrás de ella. No estaba en sus planes encontrarlos juntos.
—Perdón, no quería interrumpir —dijo finalmente—. Tu secretaria no estaba y yo… no importa. Puedo pasar en otro momento, si quieres.
Santi parecía disfrutar el momento. Seguía al lado de Milagros, mirada calma, sin quitarle la vista de encima a Francis.
—Francis, no tenía idea de que ibas a venir —dijo Milagros, intentando mantener el tono tranquilo—. Estoy… —hizo una pausa y miró a Santiago un segundo, como acomodando lo que iba a decir— en una reunión.
Estaba algo desconcertada. Se acomodó en la silla y eso hizo que Santiago, que la conocía tanto, interviniera con cordialidad.
—Buenas tardes —dijo, retirando la mano del bolsillo y caminando hacia Francis.
Ambos se observaron con intensidad. Eran casi de la misma estatura. Ojos claros pero firmes, midiendo cada gesto del otro.
Santi extendió la mano.
—Santiago.
—Francis —respondió él, estrechando su mano.
Fue un gesto correcto. Pero ninguno de los dos sonrió.
Santi se giró hacia Milagros.
—Mimi, tengo que hacer una llamada. Si te parece bien, salgo unos minutos y organizo para ir a ver la casa. Avísame si me necesitas.
Le guiñó un ojo.
Ella hizo un gesto de confirmación.