Cada paso me condujo a ti Capítulo 25 - El salto
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Capítulo 25 - El salto

(Francis)

E ra domingo, la una de la madrugada en Nueva York y las ocho de la mañana en Londres cuando volví a mirar el teléfono.

No sabía exactamente cuánto tiempo llevaba frente a la ventana del penthouse.

Ya había visto caer el atardecer desde ese mismo lugar, sentado con la botella de whisky al lado, observando cómo la ciudad cambiaba de color mientras la luz desaparecía sobre Manhattan.

Desde entonces apenas me había movido. Caminaba unos pasos cada vez que mi cabeza empezaba a llenarse de pensamientos y volvía a detenerme frente al vidrio.

Durante los últimos tres meses había hecho exactamente lo contrario. Había trabajado.

Había trabajado como nunca antes, sin parar, absorbiendo reuniones, informes, negociaciones, cualquier cosa que mantuviera mi cabeza ocupada.

También había tomado el control de cada problema que el escándalo había abierto, enfrentando abogados, a Steph, los acuerdos y cláusulas que no terminaban nunca.

Incluso las conversaciones sobre Milagros —cuando inevitablemente aparecían— las había tratado como cualquier otro asunto corporativo: con distancia, con cálculo, con la misma frialdad que siempre había sido mi mejor herramienta.

Mi autocontrol.

No había respuesta de ella. Tenía la certeza de que lo había visto; lo que no sabía era si había decidido ignorarlo por enojo, por desinterés o si aún estaba con él. Si habían dormido juntos. Y esa última opción me oscurecía la mente y el cuerpo.

Tomé el celular entre las manos.

Las imágenes seguían ahí. Y mi maldita memoria gráfica tampoco ayudaba. Esa sonrisa. Esa complicidad a la vista. La captura que Luc me había mandado con un simple signo de interrogación debajo.

Sabía perfectamente lo que quería preguntarme.

¿Qué vas a hacer?

Y por primera vez en mi vida… no tenía una respuesta.

Luc estaba en línea.

Lo imaginé tranquilo, como siempre en sus rutinas repetidas de domingo por la mañana. Leyendo el periódico, tomando café en la terraza de su casa. Sophie probablemente aún dormía.

Debió verme conectado.

Llamó.

No pensaba atenderle. Pero Luc no suele desistir fácilmente.

Llamó otra vez.

Atendí.

—¿Qué quieres, Luc?

Mi voz salió más dura de lo que pretendía.

Del otro lado hubo una pausa.

—Quería saber cómo estabas —dijo finalmente—. Aunque con esa respuesta creo que ya tengo una pista.

No contesté.

Luc esperó un momento, luego habló.

—Francis, somos amigos. Puedes decirme lo que sea. No voy a juzgarte.

Exhalé por la nariz y me dejé caer en el sofá frente al ventanal. Apoyé el teléfono sobre la mesa y activé el altavoz.

La ciudad seguía extendiéndose frente a mí, inmensa, indiferente.

Mi pierna empezó a moverse sola, rápida, nerviosa, golpeando el suelo en un ritmo que ni siquiera estaba intentando controlar. Me incliné hacia adelante y apoyé los codos en las rodillas.

Golpeé una vez la palma de la mano contra el muslo para frenar ese movimiento.

No funcionó.

Me froté la frente.

—No sé cómo estoy, Luc.

Silencio.

—Nunca me había pasado algo así.

Volví a inclinarme hacia adelante, con los dedos presionando la frente.

—Estoy completamente fuera de control.

La frase quedó suspendida en el aire.

—Estoy enojado… —continué—. Estoy… no sé.

Moví la cabeza.

—Estoy furioso. Desorientado.

Solté una risa breve que no tenía nada de humor.

—Podría prender fuego este maldito departamento ahora mismo si no supiera que después tendría que explicarlo.

Luc no dijo nada.

Y ese silencio me hizo seguir hablando.

—La vi en esas fotos.

Incliné la cabeza hacia atrás y miré el techo.

—La vi sonriendo —dije finalmente—. La vi feliz.

Silencio.

—Sí. Los vi felices, Luc. Había complicidad…

Apoyé los codos en las rodillas y me quedé mirando el suelo.

Solté el aire despacio.

—Y ni siquiera sé si tengo derecho a sentirme así. Si tiene sentido algo de lo que estoy diciendo.

Luc no respondió.

—Porque fui yo el que se fue. El que dejó de escribirle. Aunque no hubiera habido demasiadas alternativas. Pero dejé el espacio libre.

Me pasé una mano por el cabello.

—Es que lo que pensé cuando me fui, no tiene sentido hoy… Nunca te lo conté.

Tragué saliva.

—Pero ella me besó, dio el paso y yo le respondí.

Del otro lado de la línea Luc suspiró.

—Lo sé.

Fruncí el ceño.

—¿Lo sabes?

—Sí. Sophie me lo contó.

Silencio.

—Debí suponerlo. Pero es que ella siempre fue reservada con lo nuestro. Pensé que no diría nada.

Escuché a Luc moverse del otro lado de la línea, como si estuviera pensando cuidadosamente qué decirme.

—En fin… lo que quería decir es que con el beso, no sé por qué —continué— pensé que eso era… un pacto silencioso entre los dos.

Luc tardó en responder.

—No creo que haya sido un pacto. —Hizo una pausa.—Pero tampoco creo que lo haya hecho porque sí.

Me quedé callado.

—Y aunque yo también vi las fotos —añadió—, tú sabes mejor que nadie cómo funcionan esas imágenes. Son fragmentos, capturados con una intención. No son realidades.

Exhalé lentamente.

—Y también puedo decirte algo más.

Se me tensaron los hombros.

—La escuché llorar algunas veces que vino a casa a hablar con Sophie después de que te fuiste.

Me levanté del sofá casi sin darme cuenta y empecé a caminar de un lado al otro frente al ventanal.

Esa información me golpeó en el pecho de una forma extraña. Me hacía sentir peor… pero al mismo tiempo, de algún modo, también me aliviaba. Saber que no había sido indiferente. Que no había sido simplemente alguien más en su vida. Un paréntesis en su historia con él.

—No debería decirlo —continuó—. Se lo prometí a Sophie.

Silencio.

—Pero no es que la haya pasado estupendamente.

No dije nada.

—Y no sé qué siente ahora —añadió Luc— ni qué quiere… pero creo que las explicaciones igual se las debes Francis. Porque desapareciste.

Seguí caminando un momento más antes de volver a sentarme. Me quedé mirando el suelo un momento, intentando ordenar las ideas.

—Lo sé. Pero es que se complicó.

Suspiré, como buscando liberarme de esa información.

—Explícame.

Negué con la cabeza.

—Le di demasiado poder a alguien que no debía tenerlo.

No dijo nada.

Me avergonzaba demasiado pensar en ello. Mi falta de criterio me estaba costando carísimo.

—Steph empezó creyéndose el cuento de hadas que los medios habían construido. Que éramos una historia perfecta, una pareja inevitable.

—Y cuando empezó a sentir que eso no iba a pasar… se volvió impredecible.

Luc no habló.

—Tu ya lo sabes, viví demasiados años en el mismo mundo que ella —continué—. Demasiadas fiestas, demasiadas personas, demasiadas cosas que nunca deberían haber pasado.

Miré otra vez la ciudad.

—Tiene suficiente información para destruir mi imagen.

El peso de eso quedó en la línea.

—Y con eso podría arrastrarla a ella conmigo.

Luc bufó.

Ninguno habló por unos segundos. Necesitaba recomponerme.

—Entiendo, Francis. Pero hay algo que no me cierra. ¿De verdad te está ganando la partida? Eres la persona más lista que conozco… Esto no puede detener tu vida. Ella no debería poder detener tu vida.

Recibí el impacto de esas palabras.

Después Luc habló otra vez, con un tono distinto.

—¿Sabes de qué me estaba acordando?

Levanté la mirada.

—¿De qué?

—De cuando murió mi padre.

Me quedé quieto.

—Estabas empeñado en sacarme de casa —continuó—. Decías que necesitaba hacer algo distinto, cualquier cosa que me sacara de esa rutina gris en la que me había metido.

Solté una pequeña exhalación.

—Reservaste esos malditos tickets para saltar en paracaídas.

Se me escapó algo parecido a una sonrisa.

—Tú ya lo habías hecho varias veces. Para ti era otra de tus locuras habituales. Pero yo estaba aterrorizado.

Hizo una pausa breve.

—Cuando estábamos arriba del avión te dije que no quería hacerlo.

Asentí en silencio.

—Y tú me miraste y me dijiste: "Luc, salta. Confía en mí y salta".

La imagen volvió a mi cabeza con una claridad incómoda.

—Salté pensando: este maldito loco.

Luc dejó escapar una pequeña risa. Y eso me hizo sonreír.

—Y cuando aterrizamos, ¿te acuerdas? La adrenalina me salía por todos lados. Te abracé, gritando, y te di las gracias.

Su voz se volvió más seria.

—Porque en ese momento entendí algo.

Lo escuche respirar profundo.

—Que, aunque no tenía idea de lo que venía después… seguía habiendo vida por delante. Valió la pena vencer el miedo, asumir el riesgo. Porque me sentí más vivo que nunca.

Me quedé mirando el suelo.

—Así que lo único que voy a decirte ahora es lo mismo que tú me dijiste ese día.

Dudé, no sabía a qué se refería.

—Salta, Francis.

Levanté la mirada. No esperaba esas palabras.

—Sea lo que sea lo que pase después…

Luc exhaló despacio.

—Siempre será mejor que quedarte con la duda de lo que pudo haber sido.

Cuando me despedí de Luc, entendí que llevaba horas fingiendo que todavía había algo que analizar. Pero la decisión ya estaba tomada.