Capítulo 24 - La casa vacía
M ilagros llegó a su departamento de Hampstead ya entrada la noche.
Dejó el bolso sobre la mesa del recibidor y se quitó los zapatos despacio.
Caminó lento, arrastrando un poco los pies, como si el peso del día recién entonces se le instalara en los hombros.
Francis apareciendo, en los medios, pero apareciendo al fin después de tres meses.
Santiago de vuelta después de dos años. Demasiado para un solo día.
El silencio de la casa era reconfortante. Encendió una lámpara tenue y, casi por reflejo, tomó el móvil. Se dejó caer en el sofá.
Las notificaciones se habían acumulado.
Un par de portales digitales, hacía no más de unas horas, habían comenzado a levantar la noticia. Nada demasiado estridente todavía, pero suficiente para que los rumores empezaran a moverse.
Un par de fotografías mostraban a Milagros caminando junto a Santiago. En su momento, cuando el caos se había desatado, habían encontrado fotos de ella y él. Se habían hecho especulaciones, pero por suerte nunca lo había involucrado. Hasta ese momento. Los titulares insinuaban lo evidente:
¿Vuelve la pareja? ¿Santiago, el verdadero amor de Milagros? ¿Francis fue solo un capítulo pasajero?
Milagros suspiró.
No era un escándalo. Aún no. Pero había aprendido cómo funcionaban esas cosas: primero aparecía una imagen, luego otra, y de pronto todo se transformaba en una historia que nadie había elegido contar. Y la verdad, muchas veces, era lo que menos importaba.
Mientras recorría los artículos vio un mensaje que había llegado hacía unos minutos.
Santi.
No lo abrió. Durante un segundo dudó.
Antes de que pudiera abrir la conversación, el nombre de Caroline apareció en su pantalla. No habían podido hablar. Caroline había salido antes de la oficina, ya que Elizabeth se encontraba con algo de fiebre. La atendió.
—Hola. Necesitaba saber que estabas bien. Vince me avisó de las fotos —habló rápido mientras se escuchaba el llanto fuerte de la bebé.
Milagros sonrió.
—Incluso cuando se te derrumba la vida encuentras tiempo para sostenerme. Ve con Elizabeth. Yo estoy bien.
—¿Segura?
Milagros apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá.
—Segura. Fue raro verlo. Pero ya no soy la misma del año pasado. Estoy tranquila. Te lo prometo.
El llanto aumentó.
—Ve.
—Mañana hablamos —dijo Caroline, y cortó.
Se quedó unos segundos más procesando. Iba a abrir el mensaje de Santi, pero sin leerlo presionó el botón de llamada.
Santiago atendió casi de inmediato.
—Hola, Mimi.
El apodo con el que él solía llamarla le generó un impacto extraño en el cuerpo.
—Hola… —dijo ella—. Hace unos minutos vi las fotos y las noticias. ¿Estás bien?
Él dejó escapar una risa tranquila.
—Estoy bien. No te preocupes.
—¿Te siguieron?
—Creo que sí, saben dónde estoy hospedado, pero no pasó nada grave.
—Lo siento mucho, Santi. No imaginé que todavía me estuvieran siguiendo todos los días. Debí haberlo previsto.
—Era posible —respondió él con calma—. Pero no pasa nada. Ya hablé con el jefe del proyecto.
—¿Qué vas a hacer?
—Cambiaré de hotel mañana. Con mi otro apellido. Lo están gestionando.
Milagros se apoyó contra el respaldo del sofá, mirando el techo. La serenidad de Santi tenía algo reconfortante.
—Siento haberte metido en esto —dijo ella.
—No exageres. No me metiste en nada.
Otra pausa breve. Entonces él habló con un tono distinto, más suave.
—Sé que nos vimos hace apenas unas horas… pero voy a estar poco tiempo en Londres. Y me preguntaba si mañana por la noche tendrías planes.
Milagros se tomó unos segundos. No esperaba que la situación se moviera tan rápido. Pero era él. Y ya no dolía.
—No… creo que no.
Sabía que venía alguna propuesta.
—¿Te gustaría cenar?
Ladeó apenas la cabeza mientras miraba el techo. Lo conocía muy bien. No era una invitación casual. Tendría su porqué. Él esperó en silencio. Como siempre.
—Bueno. Pero deberíamos ser cautelosos.
—¿Alguna idea?
—Mmm, podría ser Camden.
—¿Camden?
—Sí. ¿Te acuerdas de ese lugar donde íbamos a comer hamburguesas hace años? Siempre estaba lleno de turistas.
Santiago dejó escapar una risa.
—Claro que me acuerdo.
—Quizá siga existiendo. No lo sé. Pero es ideal, con tanta gente es más fácil pasar desapercibidos.
—Me gusta la idea. Vamos a averiguarlo.
—Perfecto.
—Nos vemos mañana.
—Hasta mañana.
Colgó.
No tenía hambre, por lo que se daría una ducha breve y se iría a la cama.
La mañana del sábado siguiente llegó con una calma extraña.
Desayunó despacio, hizo algo de yoga e intentó ordenar sus pensamientos.
El encuentro con Santi del día anterior seguía dándole vueltas en la cabeza. Había algo familiar en su presencia, pero también algo inevitablemente distinto.
Cuando cayó la noche se vistió con sencillez.
Un vestido de media estación beige con botones que caía suave hasta los tobillos y una chaqueta de cuero negra. El clima era agradable para ser Londres en el inicio del otoño y el aire no estaba tan frío e invitaba a caminar.
Cuando llegó a Camden lo vio enseguida.
Santiago estaba apoyado contra una baranda cerca del canal. Llevaba jeans negros y una camisa blanca con las mangas arremangadas. El cabello, ligeramente despeinado, parecía más claro bajo las luces de la calle.
La miró y sonrió.
—Sigues llegando quince minutos tarde.
—Quince minutos no es tarde.
Él la recorrió con la mirada.
—Qué guapa estás.
—Sigues siendo el mismo adulador.
—No. Contigo nunca tuve que fingir.
Ella sonrió.
Se abrazaron con naturalidad.
—No puedo creer que este lugar siga igual —dijo él mientras caminaban.
Las luces de los puestos iluminaban el mercado y el murmullo de turistas llenaba el aire. Música, voces en distintos idiomas, olor a comida. Era imposible no mezclarse entre la gente.
Encontraron el pequeño local argentino de hamburguesas en el mismo lugar donde lo recordaban.
Pidieron y se sentaron junto a una ventana.
—Vine por un trabajo para una ONG —explicó él—. Están remodelando una institución médica para niños.
Milagros levantó la vista.
—Eso suena precioso.
—Lo es. Y lo curioso es que terminé volviendo a trabajar con la empresa de la familia Brown. Los padres de Caroline fueron quienes dieron mi nombre en la fundación.
—¿En serio?
—Sí. Ellos forman parte del proyecto.
—No sabía nada.
—Creo que ni siquiera Caroline lo sabe todavía.
Milagros apoyó los codos sobre la mesa.
—No puedo creer las coincidencias. Esa fue la primera empresa en la que trabajaste cuando nos mudamos.
Santiago hizo un gesto leve con la cabeza.
—Y el motivo de que Caroline esté en mi vida. Gracias por eso —continuó ella—. El éxito no hubiera llegado sin ella.
—No digas eso. Lo habrías logrado igual.
—Quizá. Pero seguro que no tan rápido. Y no solo me ayudó con eso… fue y es un sostén. Una gran amiga.
—Siempre me cayó bien Caroline.
Milagros sonrió.
—Hubo un tiempo en que pensé que quizá te arrepentías.
Santiago se quedó callado unos segundos.
—¿De qué cosa?
Levantó la vista hacia él.
—De haberme presentado a Caroline. De haber sido, de alguna manera, la conexión entre nosotros dos.
Él dejó escapar una respiración suave, casi una risa sin humor.
—No sé si arrepentimiento es la palabra.
Hizo una pausa breve antes de continuar.
—Pero no te voy a negar que hubo momentos en que me incomodó sentir que yo había sido el puente hacia una vida de la que después terminé quedando completamente afuera.
Milagros lo observó en silencio.
No había resentimiento en su tono. Solo una honestidad cruda que, quizá, con los años se volvió más fácil de pronunciar.
—No te juzgo por eso —dijo ella al fin—. Creo que si hubiera sido al revés… probablemente me habría dolido mucho más de lo que me gustaría admitir.
Santi la observó. Después habló.
—Voy a ser honesto contigo. Dudé mucho en decidir si era buena idea venir a verte o no.
—¿Por qué?
—Porque vi todo lo que se decía de ti en los últimos meses.
Milagros frunció el ceño.
—Ese mundo tan… cinco estrellas. Las fotos, las noticias… No sabía qué versión de ti iba a encontrar.
Ella levantó la mirada con algo de dolor.
—No era la vida que estaba buscando. Aunque no me incomode vivirla. Mi esencia es la misma. Aquí estamos… comiendo hamburguesas en Camden.
Santi sonrió.
—Sí. Aquí estamos.
Terminaron de comer sin apuro. Había algo cómodo en el silencio entre ellos, en no tener que llenar cada pausa.
Cuando salieron, el mercado seguía vivo pero ellos caminaron hacia el canal, donde el ruido se amortiguaba y las luces del agua hacían más fácil hablar de las cosas que pesaban.
Santiago hizo una mueca de gracia, como si un recuerdo acabara de cruzársele.
—¿Te acuerdas de aquella noche en el apartamento? Yo había llegado tardísimo de la construcción y ustedes seguían trabajando en el tema de las oficinas.
Milagros levantó la vista, intentando ubicar el recuerdo.
—Estaban armando la agenda, el presupuesto para contratar no sé cuántos empleados… seis, creo.
Ella dejó escapar una risa baja.
—Sí. Estábamos agotadas.
—Y Caroline tenía una cita con Vince en uno de esos restaurantes imposibles de conseguir reserva.
Milagros curvó los labios al recordarlo.
—Nos insistieron para que fuéramos los cuatro.
Santiago hizo un gesto leve con la cabeza lentamente.
—Y yo te miré buscando en tu cara alguna señal de que tampoco querías ir.
Mili lo miró sorprendida, como atando cabos.
—Pero tú pensaste que yo estaba cansado. O agobiado.
Bajó la mirada antes de continuar.
—Y yo entendí, por primera vez, que quizás iba a ser difícil que siguiéramos siendo exactamente los mismos.
Ella bajó la mirada un momento. Por un momento no supo bien qué decir, porque había tantos recuerdos que habían comenzado a cobrar sentido.
—¿En qué estás pensando? —preguntó él.
Milagros dejó escapar una risa baja.
—¿Sigue siendo tan evidente?
—Para mí sí.
Exhaló con lentitud.
—En algo que dijiste el día que te fuiste.
Santi se quedó quieto.
—Dijiste que te ibas… aunque seguías enamorado de mí.
Frenó el paso y se apoyó en la baranda que daba al río.
—No sé si eso fue verdad —continuó ella— o si después, con la distancia, descubriste que ya no lo estabas.
Santiago tardó unos segundos en responder.
—Era verdad.
La miró con serenidad.
—Cuando me fui, estaba enamorado de ti. Y lo estuve durante mucho tiempo.
Milagros tragó saliva.
—Lo siento.
—¿Por qué?
—Porque si fue así… debió de doler más de lo que imaginé.
Santi apoyó los antebrazos sobre la baranda.
—Sí, dolió. Y hasta a veces me arrepentía de haber tomado la decisión de haberte apartado cuando yo quería tenerte cerca. Pero luego recordaba que quedarme me habría dolido más. Verte todos los días y ver cómo tu brillo se apagaba a mi lado.
El ruido del mercado parecía haberse alejado.
—Irme no fue dejar de sentir —dijo—. Fue aceptar que sentir unilateralmente no era suficiente.
Milagros bajó la mirada. Un pensamiento trajo a Francis a su cabeza. Quizá esas ideas no eran las que quería pensar en ese momento. Pero sí, era posible sentir… y aun así mantener distancia.
—¿Vendiste la casa? —preguntó él.
—No. Está cerrada bajo llave con casi todo como solía estar.
Santiago la miró sorprendido, no se esperaba esa respuesta.
—Cuando te fuiste se me hizo insoportable vivir ahí.
Guardó silencio un segundo.
—Vince y Caroline me hospedaron unas semanas. Luego Vince, por sus contactos, me encontró el departamento del Hyde Park, que casualmente pertenecía a los Brixton.
Santi caminó unos pasos junto a ella, asintió despacio mirando el agua oscura del canal.
—Me quedaré tres semanas más en Londres —dijo finalmente—. Fue parte del acuerdo cuando acepté la propuesta.
Milagros lo miró.
—Vine a sentar las bases del proyecto. La remodelación del hospital va a durar bastante más, claro. Cuando yo me vaya la continuará el equipo de la constructora.
Pateó distraídamente una pequeña piedra que cayó al agua.
—Y estaba pensando… que quizá también podría ayudarte con la casa.
Ella lo observó con atención.
—Fue un proyecto nuestro, sí —continuó él—, pero siempre fue tu sueño. Era el lugar donde querías construir tu vida.
Volvió a mirarla.
—Podría ayudarte a planificar una remodelación. Y luego venderla… o si quisieras, volver a vivir ahí. Dejar al menos la idea sentada para que alguien más continúe con esa obra.
Hizo un pequeño gesto con los hombros.
—Quizá así deje de sentirse como algo triste.
Milagros guardó silencio unos segundos.
—Debería pensarlo —dijo finalmente—. Pero… la idea no me parece mala. Probablemente te diga que sí.
Él la acompañó a buscar un taxi. Antes de que ella se fuera, agregó:
—Si decides avanzar con lo de la casa, escríbeme. Me gustaría aprovechar un próximo encuentro para contarte algo.
Milagros sonrió y asintió con la cabeza antes de subir al coche.
Cuando el taxi arrancó, lo saludó una última vez por la ventanilla. Santi se quedó allí, observándola alejarse.
Esa noche, al volver a casa, descubrió que Camden no había sido tan anónimo como esperaban. Fotos tomadas desde móviles. Las redes, grandes creadoras de escenarios, parecían encantadas con la idea de volver a verlos juntos. Miró las fotos. Sí que se veían bien juntos, de hecho.
Rió con ironía.
Cerca de las once, ya lista para irse a la cama, el teléfono vibró.
Un mensaje.
Número desconocido. Característica de Estados Unidos. No necesitó preguntarse de quién era. Lo supo.
No debería escribir… pero no puedo frenar el impulso.
Quizá torpemente pensé que entenderías. Que mi silencio era por deber, no por deseo.
Y verte con él… no puedo explicar lo que estoy sintiendo.
Te he extrañado cada día.
Milagros se detuvo con un temblor en la mano, se sentó y se volvió a parar. Sintió cómo la rabia le subía lentamente por el pecho.
Comenzó a escribir una respuesta. Varias frases duras. Después se quedó mirando la pantalla. Respiró. Y borró todo.
Apagó el teléfono. No iba a darle el gusto de responder a un mensaje nacido de un arrebato de celos después de tanto silencio.
Se metió en la cama. Pero el sueño tardó mucho en llegar.