Capítulo 43 - Nochebuena
(Francis)
M e desperté antes del amanecer. La idea de que Mili iba a pasar Navidad con mi familia pesaba en la garganta con una gravedad que yo no había querido admitir durante toda la semana. No era solo una cena. No era una formalidad. Era un paso más, pero quizás era solo mío.
Fui directo a la cocina y preparé café. El vapor subía en espirales visibles ante mi concentración. Intenté revisar correos, ordenar la agenda, pero solo me llevó a ir hacia atrás a las últimas semanas.
Todo empezaba a tomar forma.
Sin darme cuenta, nos habíamos acostumbrado a vernos casi día por medio.
Mi vida —que siempre había estado ordenada, casi hermética— se había transformado en algo que no había previsto.
Todo empezaba a sentirse natural, pero no monótono.
Había días de una intensidad feroz. No siempre buscados por mí.
Y ella también parecía sentirlo. Y eso me enloquecía.
Pero también había días de cansancio, de rutinas del día a día.
Más silenciosos. Hechos de abrazos, de copas de vino, de charlas…
y de no tener que hacer nada más que estar.
No lo había visto venir. Ni siquiera en mis mejores escenarios.
Habíamos encontrado, sin decirlo, un lugar propio. El apartamento de The City —que durante años había sido apenas un espacio funcional, ligado a una versión de mí que ya no reconocía del todo— terminó transformándose con nosotros.
Después de aquella conversación con Mili, hice algunos cambios: Algunos muebles, ajusté espacios, eliminé cosas que ya no encajaban.
Y, sin darme cuenta, el lugar dejó de sentirse como un escape.
Se convirtió en otra cosa. Un espacio nuestro.
Un lugar donde podíamos estar sin pensar demasiado en el afuera.
Solo nos habían visto juntos un par de veces.
Lo suficiente para que salieran algunas noticias, en algún portal, pero no para que la historia se instalara.
No al menos en carácter de escándalo. Los asesores habían actuado rápido.
Stephanie no había hecho ningún movimiento.
Todo venía demasiado bien. Y eso… me inquietaba.
Dormir con ella tan seguido me tenía completamente fuera de eje.
No por lo físico. Sino por lo que venía después.
Por lo que se quedaba en el cuerpo, en la mente.
Ella me había dicho, casi sin dramatismo, que cuando terminara la renovación de su casa la vendería.
No porque no le gustara, sino porque entendía que la exposición todavía podía alcanzarla y la casa no estaba pensada para ese nivel de privacidad.
Y en ese momento, un pensamiento cruzó mi cabeza.
Podríamos vivir juntos. No lo dije. Era descabellado, había tanto por decir, por avanzar antes de considerar algo así, que ella lo tomaría como una locura. Pero la idea estuvo ahí.
A las dos de la tarde encendí el coche. Respiré hondo. No por la cena, sino por lo que implicaba este paso para los dos. El teléfono sonó. Luc.
—¿Nervioso? —dijo.
—Un poco —admití sonriendo—. Voy a buscarla.
—Tranquilo, ya la conoces demasiado —respondió—. Eso debería hacerlo más fácil.
Me contestó con la naturalidad de quien conoce los términos del juego.
—Gracias, eres un gran amigo.
—Dios, lo que ha hecho esa mujer. Te has vuelto un sentimental.
Sonreí. Tenía razón. Pero no por eso cambiaba mi parecer. Él había estado siempre. Y cuando digo siempre es en todas mis versiones, incluso en las peores. Colgué. Y manejé.
Cuando llegué y la vi me estaba esperando fuera.
Me pregunté si alguna vez dejaría de sorprenderme lo hermosa que era.
Estaba nerviosa y lo supe por cómo cambiaba de pie constantemente para sostenerse.
Lo entendía. Ella sabía a dónde íbamos. Y yo, más que nadie, sabía lo que eso significaba.
Era una noche distinta. La estaba integrando en mi mundo.
Y aunque la felicidad era la de siempre…
también había algo más. En mi caso, preocupación.
¿Y si no se sentía a gusto? ¿Y si estas fechas le pesaban más de lo que había querido decirme?
Cuando me acerqué, noté más sus ánimos. Me besó suavemente. Y siempre sabía a poco ese primer beso.
En el coche, la miré de reojo. Ella me miró.
—¿Qué te preocupa? —preguntó.
—¿Estoy siendo demasiado obvio?
Bajó la mirada, sonriendo.
—Un poco. Pero eso no es malo para mí.
La miré. Suspiré.
—No lo es… —le tendí la mano—. Solo es nuevo… ser tan predecible para alguien.
Ella rió.
—Vamos, cuéntame.
Dudé un segundo.
—Bueno, principalmente que mis primos no se comporten —dije—. Eres la primera…
Me detuve. Recapitulé, no quería más pesos sobre sus hombros.
—Bueno. Sabes que vas a ser una novedad. Y es una noche importante para mi familia. Pero… probablemente lo sea más para ti, por lo que te representa una noche como esta. No quiero que te abrumen.
Ella sonrió.
—Tranquilo. Estoy bien. Y no es la primera Navidad que paso con gente que no es mi familia.
La miré.
—Además, ¿qué tan malos pueden ser? Si puedo contigo, Brixton Jr… —añadió— creo que voy a poder con ellos.
Reí. Y algo en el pecho se me aflojó.
La casa de campo apareció al final del camino como siempre: cálida, decorada, con luces navideñas en todas las ventanas. Algunos árboles tenían detalles. Mi madre amaba la Navidad y su decoración.
Mili estaba sorprendida por lo diferente que se veía la casa desde la última vez que habíamos estado allí, y me lo dijo. También parecía disfrutar mucho de esos arreglos y eso me regocijó.
Cuando el auto se detuvo en la entrada la vi tomar aire. Le apoyé la mano en la rodilla. Ella la cubrió con la suya. Duró un segundo esa paz porque la puerta de enfrente se abrió.
—¡Por fin! —gritó Oliver, mi primo mayor desde la puerta—. Llevamos años esperando este momento.
—Cállate —murmuré sonriendo, bajando del auto.
Abrí la puerta de Mili. Oliver se adelantó luego de darme un abrazo.
—Milagros, un gusto —dijo, acercándose—. Te felicito.
Ella rió sin entender demasiado.
—¿Por qué?
—Porque eres la única que ha logrado domesticarlo.
—No es que fuera nuestro problema —añadió James, que salía por detrás—. Pero ya comenzábamos a preocuparnos.
Rieron.
—Soy James. El primo presentable.
—No le creas nada a ninguno —intervine.
—Mmm… creo que aprovecharé la visita para obtener información —respondió ella.
—Chica lista —dijo Oliver.
Clara se acercó con una mano sobre el vientre.
—Encantada. Soy Clara, la esposa del niño mayor —dijo en broma, señalando a Oliver.
—Hola, encantada. —La miró con ternura—. ¡Felicitaciones! ¿De cuánto estás?
—Seis meses.
—¿Y cómo te sientes?
—Depende del día.
Mi madre llegó y la tomó de ambas manos con ternura. Estaba movilizado y tenía que forzarme a mantener la compostura.
—Qué alegría tenerte aquí.
Mi padre asintió.
—Bienvenida.
Mi madre la guió adentro hasta la sala. Yo los seguí por detrás.
Amelia, mi prima menor, la recibió amablemente, y luego mi abuela Margaret la miró con atención de arriba a abajo, como quien inspecciona algo que va a comprar.
Lo primero que le dijo fue lo bella que le parecía y halagó su elegancia.
Mi abuelo Edward, mucho más pragmático, le hizo una especie de interrogatorio sobre la empresa.
No interrumpí. Sabía que quedaría impresionado, y que si no le hacía esas preguntas, en ese momento, lo haría después.
La había dejado avanzar hacia ellos mirándola con algo de distancia.
Ella me buscó con la mirada y sus ojos me dijeron que entendía lo que le había querido advertir. Parecía divertida.
Oliver se me acercó. Había observado toda la secuencia.
—Esto es más grave de lo que pensé —dijo en voz baja, con una sonrisa que no auguraba nada bueno—. Si me dijeras que trajiste el anillo y te arrodillas esta noche, te creería. Estás rendido.
Y se fue dejándome una palmada en la espalda.
Solo lo miré con resignación.
Era inquietante descubrir que resultaba tan evidente. Aunque no estaba seguro de que lo fuera también para ella.
La cena transcurrió con naturalidad, pero yo no lo estaba. Había buscado su mano por debajo de la mesa más de una vez y ella siempre la encontraba. Le pregunté si necesitaba algo demasiadas veces, más de lo necesario, y lo sabía, pero no había podido evitarlo.
Las miradas en la mesa tampoco me pasaron desapercibidas y, aun así, no hice nada por disimularlo.
A ella no parecía incomodarle en absoluto, y eso me bastaba.
—Perdón, pero no puedo dejarlo pasar. ¿Alguien va a decir algo de esto? —dijo Oliver, señalándome.
—Oliver… —empecé, con más desgano esta vez.
—Oliver, eres un adulto. Podrías comportarte como tal —dijo mi padre de manera sencilla y leve, sin ánimos de generar incomodidad, pero intentando finalizar la charla.
—Solo digo que la estás ahogando. Si lograste que venga hasta aquí… —añadió Oliver— puedes relajarte.
—No seas infantil —dijo James—. La vas a asustar. Y no sé si vamos a conseguir otra.
Mili me miró divertida, entendiendo que mis primos parecían determinados en arruinarme.
—No te asustes, Mili. Solo necesitamos vengarnos un poco. Y no creemos que vaya a conseguir otra que esté a la altura de los estándares de esta familia —añadió Oliver.
Mili rió.
—Estás aceptada —dijo James.
Risas.
—Basta, chicos —dijo Clara—. Nos alegra mucho que estés aquí.
—Gracias a todos por su amabilidad. Estoy pasando una bonita noche. —Mirando a Oliver y a James—. Y no se preocupen, soy difícil de espantar.
Todos rieron. La mirada que Oliver le devolvió fue de reconocimiento y asintió. Luego me miró a mí. Fue una aprobación absoluta.
La noche ya estaba terminando. Mili se quedó un instante más con Margaret, mi abuela le hablaba en voz baja, tomándole la mano con esa delicadeza suya. Yo me aparté apenas. Mi madre se acercó y siguió un segundo la escena de Mili. Después volvió a mí.
—Fue una hermosa noche —dijo, con una leve sonrisa.
Se la devolví.
Hizo una pausa breve.
—Tenía miedo de que el día que eligieras a alguien lo hicieras desde la estrategia… y no te dieras la oportunidad de vivir algo así.
Le señalo con el dedo el corazón.
—Y de que, además, no fuera alguien capaz de verte de verdad.
Hizo una pausa leve.
—Hoy estoy tranquila.
Seguí su mirada. Mili estaba sonriendo. Tranquila.
Mi madre se inclinó y me besó la mejilla.
—Buenas noches, cariño.
Mi madre se alejó. Y yo me quedé observando a Mili desde la distancia.
La acompañé hasta una de las habitaciones de invitados. Mi madre había preferido mantener cierta formalidad; después de todo, Mili y yo todavía no habíamos puesto nombre a lo nuestro.
Y, aunque una parte de mí deseaba hacerlo, también entendía por qué ella necesitaba tiempo.
Ya me había besado para despedirse cuando hablé.
—Mili…
Se detuvo. Me sostuvo la mirada.
—Yo…
Suspiré. Vi cómo entrecerró los ojos. Retrocedí, pero solo un poco. Porque ya nada alcanzaba para contener lo que sentía.
—Espero que sepas lo importante que eres para mí.
Silencio.
Ella dio un paso. Después otro. Pasó los brazos alrededor de mi cuello. Me sostuvo la mirada. Asintió. Y me besó. Despacio.
Cuando se separó, murmuró apenas:
—Feliz Nochebuena, Francis. Fue una noche hermosa, estoy muy feliz.
Pero fue su sonrisa lo que me dejó inmóvil. Había algo distinto en ella. Algo suave. Y quizás nunca la había visto mirarme así.
Después se dio vuelta. La puerta se cerró.
Me quedé ahí, con la certeza de que no podía imaginar un regalo mayor que verla junto a mi familia, intacta y sin miedo.
Pero ella tenía otros planes esa noche.
No lo supe hasta la mañana siguiente.