Cada paso me condujo a ti Capítulo 19 - La chica misteriosa
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Capítulo 19 - La chica misteriosa

L os flashes estallaron como relámpagos. Voces, manos y micrófonos se alzaban en todas direcciones.

—¿Es cierto lo del artículo de Lora Bosch? ¿Se comprometió con Stephanie?

—¿Está enamorado, Francis?

—¿Es usted la tercera en discordia, señorita?

—¿Es la señorita Stephanie con quien lo vieron el viernes en la gala?

—¿Sabe que él ve a otras mujeres? ¿Es una relación abierta?

—¿Apresura el compromiso porque está embarazada?

Preguntas filosas, disparadas como cuchillos.

Mili sintió que el aire se quebraba alrededor, como si alguien hubiera reducido el oxígeno de golpe. La capucha de su sudadera fue su único refugio. Francis le tomó la mano con firmeza y, sin soltarla, la obligó a moverse.

—¡Por favor, déjenos pasar! —repitió él, abriéndose camino con el hombro.

La impulsó para que comenzaran a trotar hacia Hyde Park; volver al edificio era imposible.

El ruido era un mar ensordecedor detrás de ellos.

Cruzaron el sendero principal y se internaron corriendo a buena velocidad, entre una arboleda espesa que, por un instante, los ocultó del asedio.

Las ramas bajas y el follaje denso les dieron unos segundos de respiro, aunque los gritos todavía vibraban a la distancia.

Mili apoyó una mano en el tronco más cercano. La falta de aire la obligó a inclinarse hacia adelante. Sentía el pecho rígido, la garganta cerrada, las manos heladas.

Francis la miró y notó la palidez abrupta que le había borrado el color del rostro. Caminaba a pocos pasos, brazos en jarra, mandíbula apretada, la mirada fija en el cielo gris. Era la furia contenida.

Se acercó al fin, inclinándose hacia ella. Con la mano le acarició la mejilla, obligándola a alzar la vista.

—Respira… por favor. Te prometo que lo voy a solucionar.

Sacó el móvil y marcó a su chófer.

—Poul, necesito que nos busques ya. Estoy con Milagros, tengo periodistas persiguiéndonos por todos lados. Entrada lateral norte del parque. Sí, supongo que algunos estarán esperando, pero ven lo antes posible. Colgó y volvió hacia ella.

—¿Cómo estás?

—En shock —respondió en voz baja—. ¿Te vas a comprometer?

Francis cerró los ojos un instante, como si se reprochara a sí mismo.

—No… No sé de dónde salió todo esto. Si viene de Lora, es una nota de puro despecho.

Un silencio espeso los rodeó. Francis se mantenía en alerta, observando cada movimiento alrededor, mientras ella luchaba por ordenar su respiración. Él se acercó otra vez, acariciándole el brazo, atento al móvil.

Unos minutos después, las luces de un coche se asomaron al otro lado de la calle. Poul había llegado, pero también un grupo de reporteros. El asedio se reanudó al instante.

—¿Cuánto hace que están juntos?

—¿Es un acuerdo para mejorar su imagen?

—¡Francis! ¿Es Steph o esta mujer la que nombró el viernes?

Francis cubrió a Mili, la guió casi a empujones hasta la puerta y la ayudó a entrar en el asiento trasero. Subió detrás de ella. Poul arrancó esquivando cámaras y micrófonos.

Dentro del Aston Martin blindado, solo se escuchaba la respiración agitada de Mili. La mirada clavada en el suelo.

Francis la observó en silencio. Finalmente, se inclinó y la rodeó con un brazo.

—Tranquila… Por favor.

Ella asintió, aunque la mente le hervía de pensamientos.

—¿A dónde vamos, señor Brixton? —preguntó Poul desde el asiento delantero.

—A la casa de mis padres —respondió Francis.

—¡No, Francis, no! —Mili se incorporó, con la voz rota—. Si están los medios ahí, esto va a explotar aún más.

Él giró hacia ella, con expresión firme.

—Mili, yo ya pasé por cosas similares. Prefiero manejarlo ahí. En esa casa puedo llamar a los abogados y tener control. Volver a nuestros apartamentos no mejoraría las cosas.

Ella desvió la mirada, con lágrimas contenidas.

—Bueno… lo que te parezca conveniente.

Él le tomó la mano con un agarre protector.

—Sé que esto es inesperado para ti. Pero te aseguro que voy a hacer todo lo que esté a mi alcance para que todo salga bien.

El teléfono de Mili vibró. Mensajes del grupo de amigas.

Sophie:

¿Estás bien? ¡Hay noticias y fotos en las redes!

Caroline:

¿Dónde estás? Hay fotos de afuera de tu casa, parecen de hoy.

Yo estoy fuera con Elizabeth, pero Vince ya volvió a Londres. Puede acercarse si lo necesitas.

—Las chicas me acaban de escribir. Ya hay fotos en redes. Quizá lo mejor sea que llame a Vince.

—Sí, para citarlo con mis abogados. ¿Quieres que lo haga yo? —preguntó Francis.

—No, yo me encargo —respondió ella, tipeando rápido un mensaje.

El móvil de Francis sonó. Contestó de inmediato.

—Hola, papá. Sí, estamos yendo. Si puedes, llama a los abogados. ¿Ya están los medios afuera? ¿Todavía no saben quién es ella? Bueno… siguen hablando de la chica misteriosa.

Francis dejó escapar una sonrisa involuntaria al repetir esas palabras, pero Mili lo miró indignada.

—No tiene gracia, Francis. ¿Cuánto van a tardar en saber quién soy? Ya inventan que somos pareja, que dormimos juntos. Esto es terrible.

Él frunció el ceño, la voz más seca.

—¿De verdad eso es lo que te preocupa? ¿Que piensen que estamos juntos? —hizo una pausa, y el dardo salió—. ¿O es porque ya estás con Mark y esto te perjudica?

Mili lo miró, herida.

—¿Qué dices? ¡Por supuesto que no estoy con Mark! Y lo sabes muy bien.

La voz se le quebró. Se mordió el labio.

—Bueno… después de varios meses, acabo de conocer ese costado bastardo tuyo.

Francis cerró los ojos, como si esas palabras lo atravesaran.

—Te recuerdo que, por lo visto, el que dijo en los medios que estaba con alguien fuiste tú —continuó ella, con lágrimas asomando—. No sé si es verdad o no. Pero mi cabeza va a mil. ¿Qué van a decir de mí? ¿La otra? ¿La nueva? ¿Una oportunista? Y si existe otra, ya me debe odiar.

Francis guardó silencio. La veía nerviosa, y sabía que presionar solo empeoraría todo.

Mili lo miró fijo, la voz quebrada:

—Y nosotros… somos amigos. Yo te quiero. Te quiero, Francis. Pero esto puede arruinarlo todo.

Él la miró en shock, como si solo hubiera escuchado esas dos palabras.

—¿Me quieres?

Un segundo de silencio contuvo el aire entero del coche.

—¿De verdad me lo preguntas? ¿No te parece obvio? —dijo ella, con lágrimas entre enojo y tristeza.

Él sostuvo su mirada, grave.

—No. Nada me parece obvio entre nosotros.

El coche se detuvo.

Afuera, los flashes volvieron a explotar como metralla.

La tensión era insostenible. Él buscó sus ojos.

—Señor Brixton —interrumpió Poul—. Llegamos. Los periodistas cubrieron la puerta principal. ¿Qué quiere hacer?

—Intenta entrar por el acceso lateral.

Afuera, el caos era aún mayor. Estaban en Kensington, frente a una mansión imponente. Los flashes eran como disparos.

Bajaron del coche. Francis trató de cubrirla con la capucha. Lograron entrar a la casa. Mili estaba temblando. Francis la tomó de la mano.

Una certeza se instaló dentro de ella, como un susurro que no podía acallar: todo había cambiado.