Capítulo 18 - Lo que se filtra por la grieta
M ili estaba en la cocina preparando el desayuno mientras esperaba que Francis bajara de su departamento.
Julio recién comenzaba y, aunque la mañana estaba soleada y bastante cálida, ella casi no lo había registrado. Como casi todos los domingos que ambos estaban en Londres desde hacía meses, desayunarían juntos y luego saldrían a correr.
La rutina se había vuelto parte de ellos con una naturalidad que ninguno había necesitado explicar. Había semanas enteras en las que se veían más que con cualquier otra persona.
No era una costumbre liviana.
Para ella, aquello había sido muy sencillo de clasificar: una amistad. Una sólida, cercana y extrañamente fácil. El tipo de vínculo que se instala sin pedir permiso y que, cuando uno quiere darse cuenta, ya ocupa demasiado espacio en la vida cotidiana.
Y, sin embargo, desde hacía algunas semanas algo se filtraba por una grieta que hasta entonces había creído inexistente.
Batía los huevos con una precisión casi excesiva, como si el movimiento pudiera ordenar también lo que tenía adentro.
Dejó escapar el aire atascado en su pecho y echó un poco la cabeza hacia atrás, buscando calmarse.
Ella sabía exactamente cuándo había comenzado.
El aniversario de la muerte de sus padres.
Francis había regresado sin avisar solo para acompañarla. Y aquel gesto —mucho más que haberse quedado dormida entre sus brazos— había alterado algo en ella de una manera que todavía no terminaba de comprender. No porque esperara más de él. Sino porque jamás imaginó que él haría algo así por ella.
Y después había estado aquella tarde de lluvia.
El gimnasio. Su insistencia en buscarla, como queriendo protegerla.
La cercanía incómoda de sus cuerpos mojados, cuando ella tropezó.
Pero sobre todo la invitación a quedarse a dormir que ella había interpretado de una forma que, con algo más de distancia, decidió que probablemente nunca había existido.
Se lo había repetido durante semanas con una disciplina casi irritante.
Había confundido vulnerabilidad con tensión. Había leído algo más donde quizá solo había comodidad.
Todo eso había modificado su percepción, y eso era precisamente lo que la inquietaba. Porque la grieta parecía existir únicamente en ella.
Porque, si era completamente honesta consigo misma, Francis solo había sido un buen amigo.
Estaba ahí.
Con una constancia y una cercanía que, probablemente, formaban parte de la manera intensa en la que Francis construía sus vínculos. Luc lo había dicho más de una vez: que él era un amigo leal. Y si, lo era… Francis había estado para ella incondicionalmente durante meses.
No deseaba ser ella la que pusiera en peligro la hermosa relación que habían construido.
Los días que siguieron a la salida grupal, había logrado archivar esa tensión en algún lugar de su cuerpo, y no hubo distancia alguna entre ellos. Durante tres semanas siguieron exactamente igual que siempre. Y en la última —la previa al viaje a Miami— se habían visto todos los días.
Siempre por iniciativa de él.
Con esa naturalidad suya que no pedía explicaciones ni las daba.
Ella había rechazado la invitación, aunque Francis se la repitió más de una vez. Le había dicho que era por la empresa, los tiempos, la agenda. Y todo eso era cierto.
Pero también existía algo más que no dijo en voz alta: acompañarlo implicaba una cercanía distinta, fuera de las rutinas seguras que habían construido, y no confiaba del todo en saber sostenerla sin perder el equilibrio.
Había pensado que la distancia le daría perspectiva.
Que una semana bastaría para bajar la intensidad de todo aquello.
Lo que ocurrió fue exactamente lo contrario.
Aquella semana sin verlo la había descolocado. No era simplemente la ausencia física. Era cuánto lo había extrañado.
Se sorprendió pensando en él en momentos triviales, buscando sus mensajes, esperando escucharlo para que el día pareciera completo.
Aquello la puso en alerta.
No debía significar nada, se dijo mientras cortaba fruta en un plato.
Tal vez necesitaba salir con alguien más. Recordarse que su mundo no orbitaba alrededor de esa cercanía.
Tal vez incluso sería sano que él viera a alguien. O, mejor dicho, que se lo contara. Porque seguramente ya existía ese alguien. Otras posibilidades. Una vida fuera de lo que compartían.
Y esas conversaciones, que por algún motivo nunca llegaban, probablemente ayudarían a enfriar lo que su propio cuerpo había empezado a registrar de una manera que no le resultaba ni cómoda ni conveniente.
Lo pensó un segundo más. La idea le provocó una incomodidad que le atravesó el estómago, pero decidió sostenerla. Si ella había pedido límites, debía actuar en consecuencia. No podía permitir que una grieta momentánea la hiciera contradecirse.
Porque, por sobre todas las cosas, seguía creyendo que era lo seguro para ella.
Semanas atrás, Mili le había ofrecido una copia de la llave a Emily para que pudiera dejarle la ropa de la lavandería cuando ella no estuviera.
Francis se había apropiado de una casi de inmediato, bajo el argumento de que ella siempre lo hacía esperar demasiado en el pasillo.
Escuchó la puerta de la cocina abrirse y se quitó los auriculares antes de girarse.
Francis entró vestido con ropa deportiva negra y una camiseta celeste que intensificaba el brillo de sus ojos. El bronceado reciente marcaba sus facciones y en la mano llevaba una botella de jugo de manzana.
—Buen día —dijo él con naturalidad—. Emily insiste en que traiga este jugo, me dijo que es tu preferido. Llenó una alacena completa en casa; en cualquier momento hace un pedido para ti, para asegurarse de que no te falte.
Hizo una pausa mientras dejaba las llaves en el estante donde siempre las apoyaba.
—Creo que va a pedirte que la contrates. No puedes aceptarla… no sobreviviría sin ella.
Ella rió, agradecida por el tono ligero.
—No te haría algo así. Sé perfectamente que tu vida depende de esa mujer.
Francis dejó la botella en la mesa, se acercó y, como tantas otras veces, apoyó las manos en su cintura para darle un beso en la mejilla.
El gesto era habitual.
Y, sin embargo, ella lo sintió con una conciencia nueva, como si el cuerpo registrara ahora algo que antes no pesaba.
Se obligó a relajarse. A volver al ritmo.
—Estás de buen humor —comentó, intentando sonar despreocupada.
—Estoy feliz —respondió él con una sonrisa abierta.
Ella sonrió ante la respuesta, pero no pudo permitirse contagiarse de esa alegría. Ya estaba demasiado dentro de su propia cabeza.
Él sacó dos vasos, sirvió jugo y se sentó junto a la isla.
—Estás bronceado. Te queda bien —dijo ella, evitando mirarlo demasiado.
—Gracias, señorita Duhan. Usted también está muy bonita. Como siempre.
Ella sintió el calor subirle al rostro.
Desayunaron entre comentarios ligeros y silencios cómodos. Mili procuraba no sostener su mirada demasiado tiempo; temía que el cuerpo la traicionara antes que la razón.
—¿Cómo estaba la temperatura en Miami? Aquí estuvo horrible… ¿Pudiste descansar además de las mil reuniones?
—Poco. Fui a nadar y surfear solo dos días. Hubo jornadas en las que ni tiempo tuve de ir al gimnasio. —Hizo una pausa breve —. Te extrañé. Hubiera sido genial que aceptaras la invitación. Me habría obligado a tener más tiempo libre contigo.
Ella se levantó para servirse un vaso de agua, más por necesidad de ordenar su reacción que por verdadera sed.
—No podía ir. Dirijo una empresa, por si lo olvidabas —soltó con ironía, intentando sonar graciosa.
—Lo sé. Y por eso te admiro.
Mili carraspeó. La conversación empezaba a resultarle demasiado difícil.
—Lo dice el de tres doctorados, cuatro idiomas y la dirección de un banco.
Él rió suavemente.
—No estás receptiva a los halagos hoy.
Ella decidió mover la conversación antes de que el terreno se volviera demasiado inestable.
—¿Finalmente hiciste la entrevista que me comentaste?
—¿Cuál?
—Con la periodista… creo que se llamaba Lora.
—Bueno… algo así. En el evento del viernes la vi. Charlamos un rato. Supongo que solo quería una excusa. Es una mujer decidida, con objetivos bastante claros. Sobre todo, respecto al lugar al que quiere pertenecer.
El tono ligeramente despectivo no le pasó desapercibido a Mili. Pero aprovechó la ocasión.
—Bueno… eso no es del todo malo. Ella sabe moverse en ciertos ambientes.
Recordó haber leído algo sobre ellos. Se acomodó los hombros.
Si quería una amistad más abierta, tenía que empezar por ella.
—¿No habías tenido algo con ella? Ese tipo de mujeres justamente tienen los objetivos claros. Por eso pueden estar en esos ambientes sin problemas.
El silencio fue breve, pero no inocente.
Francis frunció apenas el ceño. No estaba entendiendo del todo hacia dónde iba aquello.
—No. Salimos ocasionalmente. Pero no he tenido una relación como tal con ninguna de ellas.
Lejos de tranquilizarla, la respuesta le hizo más ruido todavía.
Así que dio el paso que llevaba días ensayando mentalmente.
—¿Te acuerdas de Mark? El analista financiero que vimos hace un mes cuando salimos a cenar los seis.
—Sí —respondió Francis, levantando las cejas.
—Me escribió para vernos. Estaba pensando en decirle que sí.
Lo dijo casi casualmente, sin mirarlo directamente mientras levantaba uno de los platos de la mesa.
Francis tardó un instante en responder. Tamborileó los dedos sobre la encimera.
—Nunca me habías pedido opinión sobre estas cosas.
No fue una acusación. Tampoco una broma.
Ella levantó la vista.
—No te estoy pidiendo opinión —respondió con suavidad—. Solo te lo estaba contando. Porque es verdad que nunca hablamos de esto. Quizás deberíamos.
El silencio se instaló, nítido.
Francis se echó hacia atrás en la silla, marcando cierta distancia.
—Ok. Hazlo si quieres.
No hubo reproche. Tampoco entusiasmo. Solo una contención cuidadosamente medida.
Eso era coherente. Eso era lo que habían definido.
Mili sintió que el equilibrio que tanto intentaba sostener se volvía frágil por un segundo.
Él se levantó para ayudar a recoger la mesa. Mili estaba cerrando la botella de jugo cuando él se acercó y se detuvo a su lado.
La miró con la cabeza ladeada.
— ¡Ey! te noto rara. ¿He hecho algo que te molestó?
Ella negó enseguida.
—No. Fue una semana engorrosa.
Él le tomó la mano y la miró con preocupación.
Mili sostuvo el gesto un instante, sintiendo demasiado calor en el contacto que mantenían.
—Lo siento, Francis. Me dijiste que estabas feliz. Te cambié el humor.
Él sonrió con ternura.
—No, sigo feliz por estar aquí. Además, nada que no mejore después de ganarte una carrera.
No hubo dramatismo. Minutos después salieron hacia el parque, intentando recuperar la familiaridad del movimiento compartido. El aire fresco les despejó la cabeza apenas cruzaron la calle.
Y entonces, sin previo aviso, los flashes estallaron a su alrededor.
Voces. Cámaras. Pasos apresurados.
Y Milagros, de pronto, sintió que todos los conflictos que había estado intentando ordenar dentro de sí misma quedaron reducidos a algo mínimo.
Porque lo que acababa de desatarse era infinitamente peor.