Cada paso me condujo a ti Capítulo 17 –Una grieta en la costumbre #2
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Capítulo 17 –Una grieta en la costumbre #2

Él era así. Con ella, con todos. Atento, estratégicamente resolutivo, presente. Eso no significaba nada que no hubiera significado siempre. Era la situación —la lluvia, la cercanía, estar en su casa, preparándose para salir juntos, en su espacio— lo que le estaba jugando en contra. Solamente.

Se peinó despacio. Buscó en el bolso del gimnasio algo de maquillaje y perfume. Poco tenía.

Y decidió, antes de abrir la puerta, que iba a salir como si nada hubiera pasado. Porque, claro, nada había pasado.

Cuando entró al living, él estaba de pie cerca del ventanal, impecable, casi de espaldas al pasillo, las llaves del coche en la mano. Las giraba distraídamente, como quien espera sin prestar demasiada atención.

Cuando levantó la vista, se encontró con ella en el reflejo del espejo lateral.

Las llaves dejaron de moverse.

Duró un parpadeo. Algo en su expresión cambió —tan breve— antes de que se girara hacia ella con la calma de siempre, como si nada hubiera pasado.

Pero Mili lo había visto.

O creía haberlo visto, no estaba segura.

—Gracias por aceptar mi sugerencia. Estás… —hizo una pausa deliberada— voy a ser respetuoso y solo diré: bellísima.

Ella sostuvo su mirada, buscando sin querer lo que había visto un segundo antes en el espejo.

Ya no estaba.

—Gracias. Tú también.

Él sonrió y se acercó lentamente.

—¿Vamos?

Ella asintió. Y salieron juntos.

Para cuando llegaron al bar en Soho, ya no había ni rastros de la tormenta de horas atrás, aunque no se veían estrellas. El verano sostenía aún una claridad imposible. En la entrada coincidieron con Luc y Sophie, que también estaban entrando.

Sophie sonrió al verla y la abrazó con naturalidad.

Al ingresar al restaurante, Milagros hizo un breve recorrido con la mirada, buscando a Caroline y Vince, que ya estaban allí. Francis y Luc caminaban solo unos pasos detrás de ellas.

En ese barrido, algo la detuvo. Una mirada cercana. Fija. Se frenó un instante. Entonces lo vio.

Mark levantó la mano, con el saco colgado sobre el brazo. El grupo con el que estaba —mezcla de hombres y mujeres— parecía estar despidiéndose.

Milagros respondió con una sonrisa leve y levantó la mano también, saludando.

Francis, casi por inercia, se acercó un poco más por detrás y apoyó el brazo en la espalda de ella. Se inclinó un poco para decirle, demasiado cerca:

—Creo que Caroline había reservado en los living.

Mili asintió y giró la vista en esa dirección.

Mark vio la interacción justo cuando iba a acercarse. Y se detuvo.

Sophie, que también seguía al lado de ella, intentando disimular —aunque no demasiado—, murmuró:

—¿Quién es?

—Mark —dijo Milagros, con mucha calma y algo de desinterés—. Coincidimos en el viaje de fin de año.

Sophie la miró, sorprendida.

—Ah, ese Mark. Nunca dijiste que era tan guapo.

En ese instante, Francis alzó la mirada. Se encontró con la de Mark. Un gesto mínimo. Apenas un reconocimiento.

Milagros seguía caminando, más despacio, porque había divisado a Caroline, mientras levantaba el brazo para saludarla, feliz como si no se hubieran visto unas horas antes en la oficina.

Francis mantuvo el cruce un segundo más… y luego volvió al grupo.

Luc lo miraba con una sonrisa divertida, como si hubiera entendido todo sin necesidad de palabras.

La noche pasó como siempre que se reúnen los seis. Ligera y divertida. Rieron. Comieron. Hablaron de la familia, trabajo, de vinos, de anécdotas absurdas.

Hasta que salieron a tomar algo para disfrutar la noche en la terraza, Mili levantó la vista al cielo. Llevaba varias copas de más —como todos los demás, salvo Francis, que debía conducir.

—Leí hoy que quizás se vean unas luces… por actividad solar. Como auroras. —dijo Mili mirando el cielo.

—¿Auroras en Londres? ¿Y en esta época del año? —preguntó Vince.

Ella sonrió.

—Sí, me apareció una noticia, probablemente falsa.

Sus amigos se rieron.

—Pero me hizo ilusión la idea… Siempre quise verlas. Era un sueño de mis padres. Íbamos a hacerlo juntos.

El silencio que siguió fue más largo de lo habitual. Caroline le tomó una mano sin decir nada.

Luc asintió despacio.

—Entonces tendrás que hacerlo para honrarlos. A mí me quedaron cosas pendientes con mi padre. Algunas cosas las hice… Te sentirás bien haciéndolo.

Mili sonrió un segundo, con ternura, y asintió. Luego levantó la vista otra vez hacia el cielo, pero seguía cubierto.

Cuando volvió la mirada al grupo, notó a Sophie extrañamente quieta. Tenía una expresión entre intrigada y sorprendida, como si hubiera reparado en algo.

Mili siguió sin pensarlo la dirección de sus ojos y llegó a Francis.

Él estaba serio, mirando a Sophie. Un cruce breve. Como si algo hubiera pasado entre ellos dos en el segundo anterior.

Entonces él giró la vista hacia Mili, casi involuntariamente, como si hubiera sentido que ella lo miraba.

Y le sonrió. Más con los ojos que con la boca.

Ella no supo qué hacer con eso. Sonrió también y bajó la vista un segundo para cortar el contacto.

Luego habló de los viajes de verano.

El grupo lo agradeció sin decirlo, y la conversación se dispersó con la velocidad de quien necesita un respiro. Francis se acercó a la barra donde Mili estaba apoyada, con la excusa de dejar el vaso de agua. Se quedó a su lado hasta que la noche finalizó. Las luces no habían aparecido.

Cuando se despidieron de los demás, Francis condujo en silencio mientras la ciudad, ya más quieta, se deslizaba detrás del parabrisas.

Durante varios minutos ninguno dijo nada. Francis giró apenas la cabeza para mirarla. Tenía la mirada más seria que de costumbre.

—¿Te encuentras bien?

Mili sonrió, casi coqueta.

—Sí… solo un poco mareada por las copas.

Él sonrió.

—Eso lo noté… no preguntaba por eso.

Se quedó mirando las luces de la ciudad pasar del otro lado del vidrio, procesando sus palabras que le resultaban cada vez más difíciles de clasificar.

Asintió, más tranquila de lo que se sentía.

—Sí. Estoy bien.

Fue entonces cuando reparó en que estaban llegando a la oficina. Sintió una pequeña punzada absurda al entenderlo antes de que él dijera nada. Él estacionó, la miró y le preguntó si necesitaba que la acompañara.

—No.

Respondió demasiado rápido, casi como si necesitara recomponerse antes de que él pudiera leerle algo en la cara.

Bajó, buscó las llaves, volvió al coche y el resto del trayecto transcurrió en calma, pero mientras miraba por la ventana fue ordenando en silencio lo que eso significaba: que él no había insistido en invitarla otra vez a quedarse, que aquella opción había sido exactamente eso, una opción, nada más, y que probablemente era ella la que había puesto algo donde no había nada.

Llegaron. Y mientras subían, con las llaves en la mano, ninguno dijo nada más. Él se quedó hasta que ella abrió la puerta.

Se despidieron como siempre.

Y al cerrarla, aún con algunas burbujas en la cabeza, agradeció que hubiera sido una confusión. Que la amistad siguiera intacta.