Capítulo 17 –Una grieta en la costumbre
H abía pasado una semana del aniversario más doloroso de su vida. Era jueves por la tarde, y el inicio de junio ya insinuaba que ese verano sería más frío de lo esperado.
El grupo de los seis —creado hacía unas semanas— llevaba horas activo.
Lo que había empezado como un plan de chicas se había convertido, con la incorporación de Luc, Vince y por último Francis, en algo más elaborado: reserva en un restaurante con terraza en Soho, cata de vinos, la noche entera por delante.
Todos habían confirmado. Todos menos Mili.
No había respondido, ni dado una señal de vida.
Mili estaba en el gimnasio. Cuando terminó la clase, fue a por su bolso. Al buscar el móvil, vio todos los mensajes y comenzó leer. Una llamada perdida.
Se fue para terminar su entrenamiento en la caminadora.
Había visto acercarse a Stephanie antes de que sonara el teléfono.
No demasiado rápido. Con esa calma estudiada de quien sabe exactamente lo que hace.
Se había puesto al lado sin decir nada cuando el móvil vibró en su mano.
Atendió mientras detenía la máquina y se alejó dos pasos, dándole la espalda.
—Nunca te pondría como mi contacto de emergencia.
La voz de Francis sonó entre graciosa y acusatoria. Ella rió.
—Perdón, no tenía el móvil encima.
—¿Dónde estás? —El alivio en su voz fue casi perceptible.
—Entrenando. En el gimnasio. En diez minutos termino.
—Yo ya salí del banco, estoy por la zona… ¿Cómo pensabas volver?
—A pie. Estoy muy cerca de la oficina.
Francis miró el parabrisas, el viento sacudiendo la lluvia contra el vidrio.
—¿Tienes que volver a la oficina? Si la reserva es en dos horas…
—Sí, me dejé las llaves de casa. Por error no las cambié de bolso.
—Mili, hay alerta meteorológica. Caminar con estas ráfagas no es buena idea. No te muevas. Te busco.
Hubo una duda.
—No… voy a buscar las llaves y luego tomaré un taxi.
Silencio.
—Qué testaruda que eres a veces. Es exponerte innecesariamente. Ya me desvié. —Pausa—. Pero es un caos, tardaré al menos quince minutos.
Mili resopló.
—Testaruda yo… mira quién lo dice.
Francis bufó.
A ella se le curvaron los labios. Se lo imaginó concentrado en la carretera, con los ojos medio fruncidos como lo hacía cuando ella no le ponía las cosas fáciles.
—Mili, volver a la oficina ahora en coche no es buena idea… y ahora que lo recuerdo, tienes ropa en casa. Emily recogió la tintorería de los dos hoy. Está en mi apartamento.
Mili lo interrumpió.
—Espera, ahora que lo dices te lo tenía que preguntar… ¿Sabes que me estás pagando la tintorería?
Ella había bajado la voz.
—Lora me lo confirmó la semana pasada. Ella llamó a la tintorería para preguntar por la deuda, que resultó ser inexistente.
Francis demoró en decir algo.
—Tú sabes cómo es Emily. Eficiente… e impaciente. Supongo que pedirte datos de facturación habría llevado más tiempo del que tenía.
—¿Lo sabías o fue decisión de ella?
—Ella me lo consultó hace un mes atrás cuando se ofreció a retirarte lo tuyo. Le dije que sí y después me olvidé.
—Ajá, te olvidaste. Justo.
—Sí, me olvidé. Mi mente memoriosa elimina información innecesaria.
Mili soltó una risa.
—No me gusta estar en deuda con los Brixton.
—En ese caso… ya veremos cómo me lo cobro.
Mili sintió el calor subirle al rostro, se sorprendió de su propia reacción. Se alegró de estar lejos de él en ese momento.
—Bueno, estoy acercándome. Si tienes algo que ponerte de esa ropa limpia, evitamos volver al centro. Vamos ahora a casa y pasamos por la oficina por la noche.
Ella no respondió de inmediato.
—Milagros… ¿estás dudando? —dijo inquisitivo y algo retador.
—No sé…
—Vamos… sino llegaremos tarde. Y sabes que me pone de mal humor hacerlo y a ti te pone de mal humor que yo lo esté. En definitiva… son todas ganancias.
Ella soltó el aire y rió un poco, aún no muy convencida.
—Eso sonó estratégicamente convincente. Espero no arrepentirme, no sé qué tendré para ponerme.
—Mili, todo es accesorio en ti.
Ella se quedó un segundo quieta con el móvil en la mano.
—Estoy a cinco minutos. Te aviso cuando esté en la puerta. Resguárdate, que comenzó a llover muy fuerte.
Cuando colgó, Stephanie ya no estaba en la misma caminadora. Pero seguía cerca.
Mientras el tráfico volvía a detenerse, Francis hizo otra llamada discreta al personal de su departamento para que organizaran la habitación de invitados.
Mili recogió sus cosas. Mientras salía, notó que Stephanie la miraba. Esperó en la entrada techada.
Cuando él estacionó frente al gimnasio, el cielo ya se había abierto en un diluvio. Por eso, cuando se acercó bajo la lluvia con el saco en la mano, ella salió rápido. Como si quisiera evitar algo.
Francis llegó rápido a ella. Milagros dio un paso. Resbaló con las suelas finas de sus zapatillas, él la sostuvo por la cintura.
Fue un segundo. Pero quedaron demasiado cerca, con la lluvia todavía cayendo a su alrededor y el viento empujándolos el uno contra el otro como si tuviera intención propia.
Ella sintió el calor de él a través de la ropa mojada, su mano firme en la cintura, su risa baja muy cerca del oído.
Y luego le rozó la mejilla al intentar cubrirla con el saco.
Se le disparó el pulso. Se separó primero y se secó las manos nerviosa en sus leggins.
—Perdona. Casi terminamos los dos en el suelo.
Él sonrió. Y demoró un instante más de lo razonable en retirar la mano. Pero lo hizo.
—Sí. Pusiste a prueba mi equilibrio… por suerte para ambos todavía conservo buenos reflejos.
Ella volvió a reír. Se giró un segundo hacia el vidrio, creyó ver a Stephanie en la ventana.
Subieron al coche.
Ya dentro, mientras él esquivaba el tráfico, ella dijo mirando por la ventana:
—Estaba Steph en el gimnasio. Se me puso al lado en la caminadora.
Él la miró de reojo.
—¿Sí? Menos mal que no me vio llegar —dijo, volviendo la vista al frente—. Está enfadada porque no le contesto.
Mili sonrió. No respondió. Muy probablemente semanas atrás, le hubiera preguntado por qué no le contestaba o hacía cuánto no la veía.
Pero en ese momento no quiso. Y no solo eso, sino que sintió alivio.
Algo que ella sabía que debía no sentir y que, sin embargo, estaba ahí, mientras observaba por la ventanilla empañada por la lluvia la ciudad.
Hubo un silencio cómodo. El tráfico avanzaba despacio.
—¿Pensaste lo del viaje a Miami? —preguntó él, sin apartar los ojos de la carretera. El tono era casual. Como quien retoma una conversación sin darle demasiado peso.
Mili lo miró de costado.
—Lo sigo pensando… pero creo que no puedo. La empresa no me da ese margen ahora.
Él asintió despacio. Sin insistir. Pero sin cerrar el tema del todo.
—Es solo una semana.
—Lo sé.
—No te preocupes, me avisas si lo logras congeniar —dijo él, con esa naturalidad suya que no dejaba ver si le importaba o no.
Mili no respondió. Llegaron al apartamento conversando con naturalidad. Pero algo en ella no se sentía del todo igual.
La hizo pasar a la habitación de invitados.
Mili lo miró sorprendida, porque estaba todo ordenado como si fuera su casa.
Él le explicó que les había avisado que vendría.
Recorrió lo que había colgado: trajes de chaqueta, camisas, dos faldas de oficina.
Y al fondo, dos vestidos. Uno largo, negro, claramente para otra ocasión. Y el otro rojo.
Lo miró un segundo.
Era un vestido midi, con los hombros descubiertos y escote corazón que lo hacía elegante sin esfuerzo. Lo había enviado a la tintorería semanas atrás y se había olvidado por completo de él.
Lo tomó de la percha dudando.
Desde el marco de la puerta, Francis sonrió.
—Bueno, tienes bastantes opciones… ese vestido me gusta. Nunca te vi de rojo.
—Bueno, dentro de lo que hay… esta sería la única opción —resopló.
—Entonces es mi día de suerte —añadió, antes de señalar el pasillo.
Lo dijo con una calma que era peor que cualquier comentario elaborado. Mili no se dio vuelta. Se estaba incomodando por cada cosa que él decía.
—Ven. Te enseño dónde está todo.
Se movió hasta el baño. Ella lo siguió manteniendo la distancia. Él abrió la puerta. Se hizo a un lado para dejarla entrar. Pero el gesto lo dejó demasiado cerca. Estaban mojados ambos aún. Y ella sentía que él no estaba tomando demasiada distancia entre ellos.
—Aquí tienes toallas, secador… lo de siempre.
Entonces él, mirando de reojo la ropa que estaba colgada, dijo con naturalidad:
—Podrías quedarte esta noche aquí… tienes ropa para ir mañana a la oficina.
Ella levantó una ceja.
—¿Perdón?
Él sonrió como si hubiera hablado del clima.
—Solo digo que, si prefieres… tienes esa opción.
Ella le sostuvo la mirada un segundo. Quiso liberarse de la tensión que sintió en el cuerpo.
—Claro, y no tendríamos que buscar las llaves. Son todo ganancias.
—No veo fallas en tu lógica.
Dio un paso. Se acercó apenas.
—Cualquier cosa que necesites, me llamas.
Otra sonrisa coqueta. Mili lo miró atenta. ¿Siempre se las había dado y ella no las había notado, o era algo nuevo?
—Bueno, salvo que quieras llegar tarde, sugiero que te vayas.
Él asintió serio y rompió no solo el contacto visual sino la cercanía que para Mili se había vuelto innecesariamente incómoda.
Cuando la puerta se cerró, Mili volvió un segundo a mirar el vestido.
Tomó el teléfono y escribió al grupo de las tres:
"No tengo otra opción. Solo tengo esto, con los stilettos negros que llevé a la oficina. No se vayan humildes, hoy no."
Dejó el teléfono y se metió a la ducha.
Cuando cerró el agua, se quedó un momento quieta, con la toalla en la mano y el vapor envolviéndolo todo.
Podrías quedarte esta noche.
Lo había dicho con tanta naturalidad. Como si fuera una opción más, como el sushi o la película del viernes. Y, sin embargo, ella lo había registrado de una manera que no tenía nada de natural.
Se miró al espejo. Necesitaba parar.