Cada paso me condujo a ti Capítulo 16 - El día que siempre se siente igual #2
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Capítulo 16 - El día que siempre se siente igual #2

—La vida no me dio tiempo… yo los necesitaba. Era demasiado hija todavía. No estaba lista para quedarme sin ellos.

Mi voz temblaba. Él me sirvió un vaso de agua, tomé un sorbo. Me puso la manta sobre los hombros y volvió a sentarse a mi lado, más cerca esta vez.

—Desde entonces… no me acostumbro. Lo más difícil es aceptar que es irreversible. Es saber que nunca más voy a escuchar su voz, que nunca más me van a llamar para preguntarme cómo estoy. Nunca nadie más me dirá hija te amo, como solían hacerlo. Nunca más nada.

Él escuchaba en silencio, acompañando como podía todo ese desborde. Me acarició la mano.

—Y lo peor es que una parte de mí sigue creyendo que podría haberlo evitado. —el llanto me hizo frenar unos segundos antes de poder seguir—. Que si hubiera ido antes, que si no hubiera estado tan ocupada… algo habría sido distinto. Sé que no es lógico. Lo sé.

—No es tu culpa, Mili. No deberías cargar con eso en tus hombros —dijo Francis en voz baja, manteniendo su agarre, como si tuviera miedo de soltarme.

—Es difícil de explicar… Por eso cuando alguien me demuestra cariño… me siento en deuda —dije con algo de vergüenza—. Como si, tarde o temprano, todo lo que me hace bien fuera a desaparecer otra vez. Como si no mereciera algo distinto.

Sus ojos se agrandaron. Pero trató de mantener la compostura.

—¿Desde la muerte de tus padres te has sentido así… con todo el mundo?

—Bueno… —me quedé pensando— no siempre. Con Santiago no.

La atmósfera mutó.

—¿Pero conmigo sí te sientes así? —preguntó.

No levantó la voz. Pero algo en su expresión cambió.

Sentí el peso de la pregunta.

—No es contigo —dije rápido—. No eres tú. Es algo que me pasa ahora. Con todos.

Asintió una sola vez.

—Lo entiendo.

Pero no estaba segura de que entendiera. De todas maneras, yo ya no podía dar más espacios a explicar.

—Perdón.

—¿Y ahora por qué te estás disculpando? —dijo sonriendo mientras me acarició brevemente la mejilla.

—Porque al final sí te condené a un día muy triste.

Estábamos muy cerca en el sillón. Él me acomodó el pelo detrás de la oreja y me secó una lágrima.

—Tú no me condenas a nada, Mili —bajó la voz—. No te imaginas lo fácil que fue elegir estar hoy aquí.

Tragué saliva, porque lo que esa frase despertó en mí… no era lo correcto. Lo abracé con fuerza.

—Gracias por venir.

Volví a llorar, hasta que el cansancio me venció y me dormí entre sus brazos.

Cuando desperté, él también estaba dormido. El sofá siempre había tenido esa magia: ancho, mullido, capaz de atrapar a cualquiera. Miré la hora: las dos de la tarde. Nos habíamos quedado ahí, rendidos por casi dos horas.

Me moví despacio, pero sentí el cambio en su respiración. Abrió los ojos y me sonrió. Uff… demasiado íntimo. Sentí la necesidad de tomar distancia. Me levanté intentando que no se notara mi incomodidad.

Me estiré el pijama y comenté, que necesitaba una ducha.

—¿Quieres hacer algo? —me preguntó dudoso—. Podemos salir a caminar… O quedarnos aquí… o puedo irme si quieres estar a solas. Lo que tú necesites.

No había presión en su voz. Solo disponibilidad.

—No quiero estar sola.

Lo dije sin dramatismo. Como una constatación sencilla.

—No me voy a ninguna parte entonces.

Él sintió su móvil vibrar, vio las notificaciones y dijo:

—Voy a llamar a mi padre un segundo.

Me fui al baño. Cuando volví, él seguía con el móvil en la mano, terminando una llamada en voz baja. Alcancé a escuchar un “gracias, hablamos luego” antes de que colgara.

Se le curvaron los labios apenas me vio.

—¿Cómo fue la reunión? —pregunté.

—Bien, por suerte —respondió, apoyando el teléfono sobre la mesa—. Mi padre me puso al tanto de cómo seguirán las cosas.

Hizo una pausa.

—¿Y tú? ¿Qué traes ahí?

Tenía la caja de recuerdos entre mis manos. Hacía más de cinco años que no me animaba a abrirla. Hoy, por alguna razón, sentí que debía hacerlo.

La abrimos juntos. Había fotos de mis padres, de la facultad, de cumpleaños, de mis abuelos.

Algunas con Santiago, que pasé rápido. Nos reímos con otras: mis dos colitas ridículas, mis vestidos floreados, mis sonrisas chuecas.

De mis cumpleaños de niña, actos del colegio. Él siempre terminaba descubriéndome.

Compartir la caja fue un impacto mayor de lo que pensé, pero a diferencia de lo que había imaginado, no lloré. Sentí calor, alivio. Me permití un poco de alegría en medio del desastre.

—Creo que me haría bien salir. Caminar un rato. El parque, quizás.

Asintió.

—Perfecto. Voy a casa a bañarme, cambiarme y regreso.

Cuando la puerta se cerró detrás de él, la casa quedó en silencio otra vez.

Vi las fotos aún desordenadas sobre la mesa.

No todos los aniversarios duelen igual. Y no siempre son las fechas las que golpean. A veces es un día cualquiera. Una canción. Una palabra dicha al pasar. Y entonces vuelve la certeza. El fin.

Ahí estaba lo que nadie te explica: que el “nunca más” no es una fecha en el calendario. Es un exilio permanente. Es indeleble.

Ahí estaba yo, en mi nuevo mundo, dándome cuenta de que había vivido casi una década donde nadie conocía mi versión pequeña. Mis anécdotas. Esa parte perdida de mi historia.

Nadie en mi mundo actual, me conoció antes de que se me rompiera el alma.

Nadie vio la versión de mí que iba por la vida sintiéndose profundamente amada por dos seres únicos.

Y aunque aprendí a seguir, esa ausencia era un hueco de mi existencia.

Abrí la ducha y dejé que el agua cayera sobre mi espalda. En media hora saldríamos a caminar.

Y el mundo, como siempre, seguiría funcionando. Conmigo caminando en él.