Capítulo 16 - El día que siempre se siente igual
(Milagros)
E ra un jueves de fines de mayo. El día antes del aniversario de la mañana que me había cambiado la vida para siempre. La que me había dejado huérfana.
Como cada año, me había pedido esos dos días libres. Había algo en seguir adelante con normalidad en esa fecha que todavía me parecía incorrecto.
Los primeros ocho años no los había atravesado sola.
El día que mis padres murieron, Santiago estaba conmigo cuando recibí aquella llamada. Y después me acompañó en cada aniversario.
Este sería el segundo sin él.
Por alguna razón, estaba resultándome más difícil que el anterior.
Quizá porque el año pasado apenas conseguía mantener la cabeza fuera del agua. Estaba demasiado ocupada sobreviviendo como para detenerme a pensar.
Ahora era distinto.
Mi vida había vuelto a encontrar cierta calma. Incluso felicidad.
Y era justamente ahí donde aparecía el golpe.
Porque cuando las cosas empiezan a estar bien, también golpea la crudeza del contraste. De lo que falta. De las personas que ya no están para verlo, para alegrarse contigo.
El móvil sonó cuando ya estaba en la cama.
El reloj marcaba casi las diez de la noche en Londres y no esperaba ninguna llamada más.
Al ver su nombre, sentí un salto extraño en el pecho.
Ya nos habíamos escrito temprano. No esperaba que decidiera llamarme, sabiendo lo ocupado que estaba.
Había viajado a Nueva York por un acuerdo de una posible fusión-compra con otro banco más pequeño.
—Hola —dije en voz baja.
—Hola —contestó Francis. Su voz sonaba cansada, pero firme—. Sé que es tarde allí. Aquí son las cinco de la tarde, estoy en la oficina. Ha sido un día largo… y mañana también lo será.
Hizo una pausa, como si buscara las palabras correctas.
—Pero no quería que terminara el día sin escucharte. Tu mensaje de esta mañana me dejó atascado. No pude dejar de pensar en ti. Perdón por no haberte llamado antes.
Me mordí el labio mientras mis ojos comenzaban a cargarse de lágrimas otra vez.
Pensé en lo que le había escrito:
“Me siento un rompecabezas con piezas que se perdieron, siento la certeza de que siempre estaré incompleta, que siempre habrá un vacío grande en mí.”
—Gracias por llamar —respondí, un susurro casi imperceptible—. Es que no mejora con los años. No fue un día fácil, tampoco lo será mañana.
Se hizo un vacío en la línea. Sentí su respiración al otro lado, el sonido de pasos, como cuando camina de un lado al otro en medio de una reunión.
—Lo siento, Mili. No sé cómo no lo dimensioné antes —dijo al fin—. Debí haber movido la reunión cuando supe que coincidía con estas fechas. Debería estar ahí… me siento culpable.
Cerré los ojos, apretando la almohada contra el pecho.
—No digas eso —susurré—. No deberías sentirte culpable en absoluto. Está bien que no hayas cambiado esa reunión. Es importante. Y yo lo pasaré como cada año. Seguro Caroline viene un rato mañana.
—Mili, yo…
—Francis —tragué saliva y traté de frenar el llanto—.
Agradezco tu presencia. Hoy más que nunca.
Valoro mucho lo que haces por mí. Y quizá por eso, me estoy permitiendo ser más vulnerable contigo.
Lo siento… —tomé aire profundamente— Estás conociendo esta parte mía, más rota.
Pero no por eso espero más de ti. Ya haces demasiado. Gracias… de verdad.
No respondió de inmediato. Pude imaginarlo llevándose una mano al cabello.
—Uff, Mili… es que escucharte así, con tanta tristeza en la voz… Perdón. Siento que no estoy allí y ahora tampoco aquí.
—No —dije con firmeza, aunque me temblaba la voz—. De alguna manera estás aquí. Y tienes que estar allí. Aprecio lo que estás haciendo, incluso esta llamada. Es más, de lo que muchos habrían hecho.
Exhaló con fuerza.
—Tenemos solo cinco horas de diferencia. Si me necesitas, me llamas. A cualquier hora. ¿Me lo prometes?
—No voy a llamarte, Francis —le dije como reproche—. No voy a molestarte. Mañana es importante, tienes que descansar. Yo tendría que dormir, lo intentaré.
Suspiró. Se escuchó una voz de fondo. Respondió en voz baja y volvió conmigo.
—Mañana, cuando termine la reunión, te llamaré. Y pasado mañana por la noche ya estaré en Londres.
—Francis… Gracias. —Me soné la nariz—. Por un lado, me alegra que no estés, te habría condenado a un día muy triste.
Por un momento no escuché nada, pensé que se había cortado la línea, hasta que él carraspeó. Quise suavizarlo. Odiaba sentir que hacía un drama de la vida. Le dije en tono ligero:
—¡Ey! De verdad… Tienes suerte. Probablemente mañana me pase entre pañuelos, fotos viejas y llanto. Nada divertido. Si tienes un momento para llamarme, será agradable. Si no, lo entenderé.
No contestó enseguida.
—Sé lo que intentas… Pero no me pidas que sea indiferente a tu dolor —dijo al final—. Porque no me es posible.
Exhaló profundamente.
—Me duele que te duela. Y no poder cambiarlo. Si hay algo que esté a mi alcance para hacerte sentir mejor, lo haré.
No pude evitar que eso me atravesara profundamente. Imposible frenar las lágrimas.
—Mucha suerte mañana. Gracias por llamar.
Después de colgar, me quedé un largo rato pensando en su voz. Hasta que el agotamiento me venció, y los ojos se me cerraron.
A la mañana siguiente, cuando escuché el timbre, me acerqué sin demasiadas ganas, supuse que sería Thompson, el conserje, con algún regalo de parte de él. Me anudé el salto de cama a la cintura, sin mirarme al espejo. Pero cuando llegué al visor, el aire se me escapó de los pulmones.
No podía ser.
Francis estaba allí. Ojeras profundas, la camisa arrugada, el saco colgado de un brazo. Y en la mano, un café.
Me miré al espejo de la entrada, pasé las manos por mi cabello hecho un caos y me froté los ojos hinchados de tanto llorar. Abrí la puerta.
Él no habló de inmediato. Me miró. Despacio, como si necesitara asegurarse de que estaba entera. Recorrió mi cara con una atención que me resultó difícil de sostener.
Después dejó el café sobre la mesa de entrada sin mirarla, y me abrazó.
—¿Cóm… cómo es que estás aquí? —dije con la cabeza apoyada en su pecho.
—No podía permitirme no estar. —Su voz se suavizó—. Cuando corté contigo llamé a mi padre. Él salió anoche para Nueva York, yo organicé todo y volé unas horas después para llegar cuanto antes.
No supe qué decir. Nos quedamos así un momento en la puerta. Era yo la que no lograba deshacer ese abrazo. El cuerpo se me aflojó entero.
Cuando entramos al living vi el estado del apartamento y sentí vergüenza.
—Perdón —murmuré—. No esperaba a nadie.
Me arrodillé para recoger los pañuelos que habían quedado esparcidos por el suelo. Y cuando levanté la vista y lo vi a él juntando los de la mesa ratona, sin decir nada, como si fuera lo más natural del mundo, un escalofrío me recorrió la espalda entera.
Mi cuerpo se tensó y cerré los puños con fuerza. Porque ahí, con ese gesto, revivió un recuerdo. Y tuve la certeza de que lo que más duele de las ausencias es aquello que se cuela sin permiso.
Las lágrimas empezaron a rodar solas. Desvié la mirada hacia algún punto indefinido frente a mí.
Sentí una presión en el pecho y en el estómago.
Porque aquella vez el que juntaba esos pañuelos había sido mi padre, en mi apartamento de estudiante, mientras mi madre me acarreaba hasta a mí cama.
Me había enfermado. Una gripe fuerte en plena época de exámenes.
Ellos habían aparecido de sorpresa, con una preocupación imposible de disimular. Para cuidarme.
Esa vez habían llegado.
La realidad me golpeó con una fuerza insoportable.
Porque ya no podían hacerlo.
Y una parte de mí seguía rebelándose contra esa idea.
Negué de manera inconsciente con la cabeza.
Aunque el tiempo siguiera avanzando, había días en los que me resultaba imposible aceptar que aquella injusticia hubiera sido posible.
Cuando abrí los ojos, Francis estaba agachado frente a mí.
Me impactó otra vez tenerlo enfrente. Tenía el ceño levemente fruncido, los ojos fijos en mí.
Me tomó las manos con cuidado. Mis dedos seguían cerrados con tanta fuerza que los nudillos se habían vuelto blancos.
Uno a uno fue retirando los pañuelos arrugados que tenía atrapados entre los puños. Los dejó a un lado.
—Mili…
No pude responder. Me encogí sobre mí misma mientras el llanto terminaba de romper algo dentro de mí. Entonces él se acercó. Y cuando ya no pude sostenerme sola, me atrajo hacia su pecho.
Pasó un rato en el que sólo se escuchó mi llanto.
—No puedo creer que estés aquí —murmuré, con la cara todavía hundida entre las rodillas.
—Aquí estoy.
—No sé cómo te lo agradeceré. No merezco tu amistad.
Me tomó la mano.
—Claro que lo mereces. Y mucho más.
Me ayudó a levantarme y nos sentamos en el sillón.
Me limpié las mejillas mojadas. Las palabras brotaron sin filtro.
—Lo siento —dije, y mi voz ya no era firme—. El hecho de que me sienta culpable de la muerte de mis padres… aunque entienda… que no lo fue.
La cara de él se tensó completamente. Dejé salir el aire que tenía atascado, pero no me alcanzaba.
—Se suponía que tenía que ir a verlos. Hacía más de un mes que no los veía. Siempre encontraba una excusa: los estudios y la tesis. Ellos querían verme. Querían darme una sorpresa. Salieron temprano esa mañana. Llovía. Yo todavía estaba dormida.
Cerré los ojos un momento.
—Y apareció un conductor ebrio. Y todo terminó en segundos. La ambulancia no llegó a tiempo para salvar a mi papá. Lo de mi mamá fue… inmediato.
Sentí que el pecho se me cerraba. Me apreté las manos.
—La llamada de la policía fue brutal… Una voz metálica diciendo palabras que yo no entendía. ¿Cómo podía ser posible?
Me quedé tildada en un punto de la pared.
—Tuve que ir a reconocerlos. ¿Sabes lo que es entrar a una sala fría y saber que vas a ver a tus padres por última vez? El grito que me salió todavía lo escucho. Como si no fuera mío.
Me encogí sobre mí misma. Me abracé las rodillas.
—Después todo fue anestesia. Trámites, abrazos que no registraba. Yo tenía veintidós años. Veintidós.
Cerré los ojos con fuerza.