Capítulo 11 - Una cena (que no era cita) #2
—No. Pero vamos a ir igual. En este tipo de aperturas nunca está absolutamente todo listo.
Él mostró una leve sonrisa.
—Eso no suena muy tranquilizador.
—No lo es —admitió divertida—. Pero supongo que es parte del proceso. Siempre aparece algo a último momento. Igual… — se encogió de hombros— amo lo que hago. Así que incluso el caos me compensa un poco.
Francis asintió, observándola con atención.
—Se nota.
Ella sostuvo su mirada un instante antes de hablar otra vez.
—Sé que puede sonar absurdo, pero para mí sigue siendo un privilegio dedicarme a algo que realmente me apasiona.
—No suena absurdo.
La respuesta llegó inmediata. Mili giró la copa entre los dedos.
—¿A ti te gusta lo que haces?
Francis levantó la vista hacia ella. No respondió enseguida. Y esa breve pausa le llamó la atención. Él esbozó una sonrisa leve, casi incrédula.
—Creo que nunca nadie me había hecho esa pregunta.
Mili parpadeó, sorprendida.
—¿Nunca?
Francis negó despacio.
—Supongo que, en mi caso, siempre se dio por hecho. —Hizo una pausa—. No fue exactamente una elección. Era un legado. Y simplemente… lo tomé.
Ella lo observó en silencio, procesándolo.
—Pues pareces llevarlo muy bien.
Una sombra divertida cruzó la expresión de él.
—¿Eso es un cumplido?
Mili se encogió de hombros con una sonrisa.
—Te queda bien el traje.
Él bajó la cabeza con una risa baja antes de volver a concentrarse en ella.
—Gracias. Supongo. Algunos no estarían tan seguros de eso.
Ella inclinó la cabeza.
—¿Por qué lo dices?
Francis giró lentamente la copa entre los dedos.
—Porque me tomé ciertas licencias. —Miró de lado un segundo, hacia el techo—. Digamos que mi cabeza no funciona exactamente como la de la mayoría. Y eso tiene sus ventajas… y sus costos.
Mili frunció el ceño, interesada.
—¿A qué te refieres?
Él sostuvo la pregunta un momento antes de responder, como si eligiera con cuidado hasta dónde llegar.
—Proceso la información de una forma un poco distinta. Veo conexiones donde otros ven datos sueltos. —Hizo una pausa breve—. La mayoría de las veces eso funciona a mi favor. Pero no siempre es fácil de sostener…
Milagros permaneció callada unos segundos.
—De ahí lo de la memoria, ¿no?
Francis hizo un gesto de aprobación, casi agradecido de no tener que explicar más.
—Sí. Otra de las cosas curiosas de mí.
La conversación continuó: hablaron de Luc y Sophie, de la boda que se avecinaba, compartieron anécdotas de trabajo.
Hubo risas cortas y silencios cómodos. Cada tanto, los cuerpos se inclinaban más de lo necesario para escucharse; luego volvían a marcar distancia, como si ambos vigilaran un límite invisible.
Disfrutaron de la comida y de los dos pasteles pequeños que Emily preparó: uno de chocolate y otro de vainilla y limón. Él le insistió para que pidiera un deseo.
Emily se retiró despidiéndose con una bendición laica: «Que tengan una buena noche». Francis la acompañó al pasillo con una expresión llena de gratitud. Emily aprovechó ese instante para comentarle:
—Me agrada mucho.
—Lo noté… A mí también.
Cuando Emily se retiró, el silencio que quedó era de otro tipo. Más cálido. Más propio.
Francis recogió las copas de la mesa.
—¿Pasamos al salón?
—Sí, vamos.
Caminaron hacia allí. Francis iba unos pasos delante cuando Mili habló casi sin pensarlo.
—Debe ser difícil apagar esa mente.
Él se detuvo. Por alguna razón, ese comentario —tan simple — lo golpeó más de lo que habría querido admitir.
—A veces sí —admitió al final, con honestidad tranquila.
La música chill suave envolvía el ambiente. Francis eligió el sillón individual; Mili, el sofá. Él le cedió todo el espacio. Conversaron con la soltura de quienes se conocen hace mucho tiempo.
Sin percibirlo, las distancias se redujeron: una broma, un gesto, una copa alcanzada de mano a mano que se prolongaba un segundo de más.
Casi al cierre de la noche, el móvil de Mili vibró. Sintió la insistencia de una llamada que la sorprendió a esas horas. Al tomar el aparato, vio un número argentino. Supo de quién se trataba antes de mirar. En ese mismo instante entró un mensaje.
Santi:
Hola, Mimi. Feliz cumpleaños. Quería llamarte y escuchar tu voz. Sé que es tarde allí… y que hace tiempo no hablamos. Quizás no deba enviarte este mensaje. Pero hoy el tiempo y la distancia se hicieron pesados. Te quiero. Deseo que estés siendo feliz.
El estómago se le contrajo. Los ojos se le humedecieron de nuevo, pero esta vez la carga era distinta: tristeza, melancolía, recuerdos que le oprimían la garganta. Tragó con dificultad, apretando el móvil en su mano como si ese gesto pudiera contener el temblor que la amenazaba.
Francis la observaba en silencio. Su mirada era lo bastante aguda como para leer que algo se había roto en ella. Fue entonces cuando Mili, por puro impulso, se puso en pie. No lo razonó; su cuerpo reaccionó pidiendo movimiento, escapar del peso de ese instante, buscar aire.
Él interpretó lo que no se decía. Se inclinó hacia adelante y, con voz baja, señaló hacia la derecha:
—El baño está por allí.
Ella asintió, agradecida por esa vía de escape.
Cuando regresó al salón, Francis seguía en el sillón individual, esperándola con una paciencia intacta. Le dio unos segundos de tregua antes de hablar.
—¿Te encuentras bien?
—Sí. Perdona que me haya ido así.
—Para nada. ¿Puedo ayudarte con algo… o prefieres no hablar de eso?