Cada paso me condujo a ti Capítulo 11 - Una cena (que no era cita)
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Capítulo 11 - Una cena (que no era cita)

L legó a casa agotada. Fue directo a la ducha, dejando que el agua caliente le aflojara la tensión del cuello y los hombros.

Eligió un jean azul oscuro de tiro alto y pierna ancha, una camisa de seda champagne de caída suave y unos pendientes pequeños para iluminar su rostro cansado.

Dejó el pelo suelto, con esas ondas naturales que la humedad del día le regalaba.

Completó el vestuario con zapatos negros de tacón bajo —modernos, sin exagerar—, un bolso pequeño donde guardó las llaves y el móvil, y una botella de vino en la mano.

Una nube mínima de perfume, maquillaje básico y sutil.

Se contempló en el espejo y murmuró, en voz baja:

—No es una cita.

Sonrió con nerviosismo.

Caminó unos pasos y subió los escalones que separaban su puerta de la de él. Bastó que llamara una sola vez para que la puerta se abriera de inmediato.

—Buenas noches, señorita Duhan —la recibió una mujer de unos sesenta y cinco años, impecable en su vestido neutro y delantal—. Soy Emily. El señor Brixton está en el despacho, en una llamada con su padre. Me pidió que la recibiera.

Milagros agradeció, conteniendo el ritmo de su respiración, y le tendió la botella.

—Un gusto, Emily. Muchas gracias. Le traje esto.

Emily la aceptó con una sonrisa sutil, evaluándola con esa fijeza escrutadora de quien busca descifrar más de lo que se ve. Intentó ayudarla con la chaqueta, pero Mili, por puro reflejo, se aferró a la prenda.

—No, no hace falta, estoy bien… —Se corrigió de inmediato con una sonrisa y se la entregó—. Perdón, la costumbre.

—Por aquí, por favor —indicó Emily, manteniendo una cortesía perfecta.

Caminaron por el largo pasillo del penthouse.

Milagros no pudo evitar admirar los detalles: los ventanales, la amplitud de los espacios y un cuadro imponente que dominaba el lugar.

El salón parecía sobredimensionado para una sola persona.

De pronto, se detuvo en seco. En la pared colgaba un Van Gogh auténtico.

Se quedó sin aliento por un instante, incapaz de apartar la vista de los colores vibrantes y del movimiento casi vivo de la pincelada.

—Es un Van Gogh… —susurró, incrédula. Se tomó unos segundos frente al lienzo que la conmovía profundamente; su madre había sido una ferviente admiradora de su obra.

—Lo es —confirmó Emily, observándola con atención.

Milagros la admiró, todavía impresionada.

Ya en la antesala del comedor, el aire llegó impregnado de un olor delicioso. Mili llevó una mano a su estómago, recordando que, con el ritmo frenético del día, prácticamente no había probado bocado.

—Qué bien huele —se le escapó—. ¿Necesita ayuda con algo mientras espero?

Emily mantuvo la formalidad, aunque sus facciones se ablandaron.

—No es necesario que se preocupe. Por favor, tome asiento y póngase cómoda. ¿Qué desea beber? El señor Brixton no tardará.

Milagros dudó un instante y, venciendo la timidez, se adelantó con suavidad:

—Perdón si la incomodo, probablemente esté fuera de protocolo. —Juntó las manos—. Pero… prefiero no esperarlo sola aquí. ¿Puedo acompañarla a la cocina?

La consulta descolocó a Emily. Tras una breve pausa, asintió con elegancia.

—Como desee.

Mili la siguió. La cocina era majestuosa, con una isla central y una iluminación cálida. Sobre la encimera reposaba masa recién trabajada, una olla grande y una salsa reduciendo a fuego bajo. Milagros soltó un suspiro de admiración.

—Es preciosa. Siempre quise tener una cocina así de grande. Me encanta cocinar.

—Qué sorpresa que le guste —admitió la mujer, genuinamente extrañada—.

El señor quería pedir comida fuera; me explicó que había sido una petición de usted.

Pero me pareció demasiado informal para un cumpleaños.

—La voz de Emily mostró algo más de orgullo—.

Tengo raíces italianas por parte de mi madre, así que para mí nunca es un esfuerzo amasar.

Hice varias opciones, para asegurarme de que alguna fuera de su agrado. Espero que así sea.

—Emily… qué detalle tan bonito. Huele delicioso yo también tengo raíces italianas —dijo Mili con total sinceridad—.

¿Sabe? Las pastas rellenas tipo raviolis son mis favoritas.

Mi abuela, nació en Roma, y me hacía unas muy parecidas a estas.

Qué emoción… —concluyó, llevándose una mano al pecho por puro reflejo.

Emily se detuvo un instante y dio un paso hacia ella, dejando de lado los utensilios.

—¿En serio? ¿Cómo se apellidaba su abuela?

—Ruposli —respondió Mili, con una sonrisa nostálgica.

—Mi familia materna también es de la zona —asintió Emily, con la expresión iluminada—. Emigraron después de la guerra. Yo ya nací aquí, en Londres, pero el secreto de las pastas es una herencia que se lleva en la sangre.

—Gracias, de verdad. De verdad me siento mal aquí quieta observando —insistió Mili—. ¿No la puedo ayudar en nada? Lo que sea.

—Gracias, pero está todo listo. Francis fue muy claro: quería que usted se relajara. Siéntase como en su casa.

Mili se apoyó en la isla, observando con una complicidad renovada cómo Emily terminaba de marcar los bordes.

—¿Esto lleva ricota, espinaca y nuez moscada? —preguntó, divertida—. Si no es un secreto de familia, le voy a pedir la receta.

—Ningún secreto. Se la escribiré. —Suavizó la voz—. Le confieso algo: estaba intrigada por conocerla. Es muy poco habitual tener invitadas en casa. Al señor lo conozco y lo cuido desde que era un bebé.

Mili sonrió con dulzura.

—¿Desde bebé? Imagino que será como un hijo para usted.

La naturalidad con la que Mili leyó ese vínculo tomó a Emily por sorpresa, pero lo admitió con orgullo.

—Pues sí. Así lo siento. Y aunque me preocupaba qué clase de mujer vendría hoy, me agrada que sea alguien amable.

—Gracias, pero somos… —Mili contuvo las palabras un segundo— amigos, nada más —concluyó, cambiando el tono.

—Algo así me dijo él —asintió Emily con calidez—. De igual modo, me alegra que sea usted.

En ese instante, la voz de Francis irrumpió desde el umbral con un matiz de sorpresa, al encontrarse con esa imagen.

—Las estaba buscando.

Ambas levantaron la vista al mismo tiempo. Lo que sucedió en el pecho de Mili la tomó completamente desprevenida. Eso. Francis tenía esa forma tan suya de estar en el mundo: entraba en un espacio y se adueñaba de él sin el menor esfuerzo.

Se acercó, impecable en jeans oscuros y una camisa celeste sin cuello que acentuaba el tono de sus ojos. El pelo rubio oscuro lucía ligeramente despeinado respecto al Francis que ella conocía de día. Elegante sin artificios. Sonreía, aunque sus ojos se detuvieron en Milagros con un brillo distinto.

Ella logró articular un "hola". Francis se inclinó para dejarle un beso en la mejilla. El roce fue pausado. Milagros sintió cómo él percibía su perfume; por el destello en su semblante, supo que lo había notado. El calor en sus propias mejillas la delató.

—Estás muy bonita —dijo él, en voz baja.

Ella le sonrió y devolvió un «gracias» casi imperceptible.

Emily los condujo al comedor. La mesa lucía una sobriedad impecable: mantelería blanca, copas de cristal, un centro floral pequeño y velas encendidas que aportaban calidez sin adornos innecesarios.

—En unos minutos estará todo servido —anunció Emily—. Les daré privacidad.

Mili le agradeció una vez más con esa espontaneidad que ya la había conquistado. Francis la observó en silencio.

Cuando quedaron solos, Francis tomó una pequeña caja blanca que descansaba sobre la mesa, adornada con un lazo. Se la extendió.

—Esto es para ti.

Ella arqueó las cejas, incrédula.

—¿Otro regalo más? Esto empieza a ser peligroso. Voy a tener que averiguar cuándo es tu cumpleaños para equilibrar la balanza.

Él sonrió, ladeando la cabeza.

—No digas eso. No hago estos gestos esperando algo a cambio. —Se encogió de hombros—. Supongo que lo heredé de mi madre. Siempre tuvo debilidad por los detalles… —Fijó la vista en un punto vago—. Por lo visto, yo también.

Mili dudó un segundo antes de tomar la caja. El corazón le latía con fuerza mientras tiraba del lazo. Dentro descubrió unos guantes de cuero blanco, suaves, finísimos, con un pequeño broche dorado en cada muñeca en forma de flor. Los acarició con delicadeza, maravillada.

En la tapa, una tarjeta breve mostraba esa caligrafía firme que ya reconocía:

En Nueva York está helando ahora. Para que no tengas las manos frías cuando cortes la cinta.

A Mili le costó tragar. La vista se le empañó de inmediato, pero luchó por contenerlo. Las emociones acumuladas del día, el cansancio y ese gesto tan íntimo y específico la dejaron completamente expuesta. ¿Cómo podía haber pensado en algo así?

El contraste la golpeó como una dosis de realidad. Durante los últimos años, cada paso que la empujaba profesionalmente hacia arriba parecía exigirle un costo emocional. Había olvidado lo bonito que se sentía que alguien celebrara sus logros con ella.

Él mudó la expresión, como si temiera haber ido demasiado lejos.

Milagros tardó un instante en alzar la vista. Cuando finalmente lo miró, había en sus ojos una honestidad tan pura y agradecida que lo desarmó por completo. Francis sostuvo el encuentro visual, desafiando lo prudente, y tuvo que tomar aire, como si algo lo hubiera atravesado.

—Son preciosos… —dijo ella en voz baja—. Gracias, de verdad. No hacía falta nada de esto… —Respiró profundo—. Significa mucho para mí. Perdón por la emoción.

Sintió el impulso urgente de acortar la distancia para demostrarle lo conmovida que estaba, pero se contuvo.

—Me alegra —respondió él, aligerando el tono—. Y ahora, antes de que Emily regrese con la cena, ¿me permites inaugurar oficialmente tu cumpleaños?

Sirvió las copas de vino y alzó la suya.

—Por ti, Mili. Porque se cumplan tus deseos.

Hicieron chocar los cristales. El tintineo resonó con una intimidad inesperada, mucho más elocuente que cualquier palabra.

Emily sirvió las pastas y la conversación fluyó con naturalidad.

—¿Está todo listo para el viaje? —preguntó Francis, apoyando la copa sobre la mesa.

Mili soltó un suspiro.