Capítulo 10- eL regalo y las preguntas
S e despertó con el teléfono vibrando más de lo habitual. La pantalla mostraba una saturación de notificaciones: mensajes, llamadas perdidas, saludos de colegas, clientes y amigos.
Pero lo que realmente la detuvo fue el grupo de sus amigas.
Sophie:
Feliz cumpleaños, amiga querida ❤️
Solo voy a decir que me siento ligeramente ofendida por no saber que conocías a cierto personaje… y que ese personaje te regaló un bolso.
Lo cual me da a entender que no es un simple conocido.
Caroline, ¿sabías algo de esto?
Caroline:
Feliz cumpleaños, jefa hermosa 💐
No tengo idea de qué estamos hablando. Y me gustaría saberlo.
Tragó saliva.
Mili:
Hola, amigas mías. Muchas gracias.
Sophie, tienes información adelantada… pero no la suficiente.
No es lo que están pensando. Prometo contarles todo a las dos.
Sophie:
Eso era todo lo que necesitaba saber.
Solo quería asegurarme de que estabas bien.
De todas maneras… me interesan los detalles. Luc es una tumba. No me dijo nada, así que espero la historia completa. Te quiero.
Sonrió. Protección primero. Curiosidad después. Así eran.
Dejó el teléfono a un lado cuando llamaron a la puerta. El señor Thompson le entregó un paquete grande, perfectamente envuelto.
—Me pidieron que se lo entregara personalmente, señorita Duhan.
No necesitó preguntar de quién era. Lo llevó al interior con una mezcla de sorpresa y un sentimiento más leve, más silencioso.
Sobre la caja, una tarjeta:
Pensé en la pregunta que me habías hecho anoche. La respuesta prefiero no responderla por aquí. Pero quizá este regalo le dé una pista. En Nueva York la tuve presente. Nos vemos esta noche. F.
No fue la frase lo que la movió, sino lo implícito. No le había sido indiferente.
Dentro había un estuche de una firma deportiva reconocida por su exclusividad discreta.
Que contenía un conjunto de yoga verde agua, impecable, suave al tacto, perfectamente doblado.
No era un lujo. Pertenecía a su mundo, a su nivel, pero no estaba comprado al azar.
La diferencia no radicaba en el precio, sino en que él había pensado en lo que ella disfrutaba. Y eso no pasó le desapercibido.
Cerró el estuche con cuidado y se quedó sentada al borde de la cama. El día recién empezaba… y ya mostraba movimiento. Decidió comenzar a prepararse con calma.
◆◆◆
La oficina bullía desde temprano: teléfonos sonando, puertas de salas de reuniones abriéndose y cerrándose, pasos rápidos en el pasillo, pantallas iluminadas con proyecciones abiertas.
La apertura de la sucursal en Nueva York se concretaría en pocos días, y su viaje del viernes no hacía más que multiplicar los pendientes.
Había flores en su escritorio, un pastel comprado para la ocasión y varios obsequios. Ya en la sala de reuniones, todo se volvió más especial. Entre aplausos breves y risas, alguien comenzó a cantar. Se sonrojó.
Caroline levantó una copa.
—La embarazada hormonal quiere decir unas palabras —anunció, arrancando risas—.
Estamos por vivir algo que soñamos durante años.
Y si estamos aquí es porque tú supiste tener visión…
pero también porque nos dejaste trabajar con libertad y respaldo.
Eso no es habitual. Y no es menor. Por eso hoy brindo por ti. Feliz cumpleaños, querida amiga.
La emocionó más de lo que esperaba. La abrazó fuerte. Caroline lucía los ojos brillantes.
Después volvieron las cifras, las presentaciones, los contratos, las proyecciones y las listas que parecían no acortarse nunca.
El día avanzó sin espacios muertos. Y lo agradeció.
No hubo margen para recuerdos que pudieran doler, ni para magnificar las ausencias.
No hubo tiempo para ponerle peso extra a esa fecha.
Solo trabajo. Intensidad. Movimiento.
Cuando el despacho quedó despejado, Caroline apareció en el marco de la puerta.
—Ahora sí. Habla.
—No tengo tanto tiempo —admitió Mili—. Porque al personaje que mencionó Sophie… le dije que sí a cenar. En teoría debería estar allí a las ocho.
Caroline se quedó de piedra.
—¿Qué? —Miró el reloj—. Son las seis, Milagros. Tienes que irte a preparar.
—Lo sé. Pero no me vas a dejar irme sin contarte algo. ¿O sí?
—Evidentemente no. Habla.
—No voy a explayarme demasiado.
—Cuéntame todo lo que puedas.
Y lo hizo. La mudanza. El banco. La mañana sin llaves. El padre. El cambio del contrato. El bolso. El gimnasio. Sophie. La cena.
Caroline parpadeó.
—No puedo creer que no tengamos una tarde entera para destripar esto: tú con un vino y yo con un café.
Milagros rió. Su amiga se inclinó hacia adelante.
—Lo que más me impacta es esto. El día que lo viste como vecino… ¿No lo reconociste?
—No.
—Milagros. Es Francis Brixton —exclamó con exasperación.
—El día del banco lo descubrí. Y ahora lo sé… —suspiró—. Ahora definitivamente lo sé.
Caroline negó con la cabeza, incrédula.
—Eres increíble. Él es la representación de lo exclusivo… algo casi utópico. Es el tipo que aparece en todas las listas absurdas de hombres más codiciados del continente.
—No consumo ese tipo de listas.
—Vives fuera del sistema —la señaló con un dedo acusador.
—Vivo ocupada. —
Mili se cruzó de brazos
—¿Y realmente crees que esto no es una cita?
—No quiero pensarlo así. Puede ser por compromiso. Curiosidad. No lo sé.
—Creo que lo estás reduciendo para protegerte.
Mili mantuvo la seriedad y negó.
—Puede que así sea. Si lo pienso demasiado, no voy.
—Solo voy a decir que, aunque tenga fama de insensible, no significa que no pueda sentir —añadió Caroline con suavidad.
Milagros apretó los labios y ladeó la cabeza.
—Lo de “fama de insensible” no me ayuda, Caroline… hoy no puedo pensar en eso.
—Tienes razón. Lo siento. Pero escúchame bien. También te mereces que te pasen cosas bonitas. Y aunque no sepamos sus intenciones, quiso celebrar tu cumpleaños. Disfrútalo. Deja que fluya. Y mañana no te salvas de contármelo todo.
En ese momento el teléfono de Milagros vibró.
Francis:
Imagino que ha sido una jornada exigente.
Solo quería confirmar que la espero a las ocho…
Y asegurarme de que no cambie de opinión a último momento.
Caroline, que se había quedado cerca para husmear, emitió un sonido ahogado.
—Ay, me muero.
Mili:
No he cambiado de opinión.
Le advierto que la invitada llegará más cansada de lo previsto.
El día ha sido más ajetreado de lo que imaginaba.
La réplica llegó casi de inmediato.
Francis:
Supuse que así sería.
Me basta con que llegue.
Caroline la contempló con una sonrisa pícara y expresión brillante.
—Te está esperando.
Milagros guardó el teléfono.
—Es solo una cena.
—Sí, claro.
Mili sonrió, guardándose la respuesta mientras tomaba el abrigo.
—Carol, necesito que me prometas que no hablarás con Sophie aún. Con ella tendré que charlar con calma. No solo porque ya lo conoce, sino porque Francis y Luc son como hermanos. No necesito conflictos alrededor de la empresa.
—Por favor, date un respiro. La empresa no puede ser hoy tu foco. Y quédate tranquila, no hablaré con Sophie.
Milagros la abrazó un instante.
—Gracias.
Salió con el pulso firme. No iba a abrir cálculos ni a formular hipótesis. Solo era una cena.
Y, aun así, algo en el pecho le advertía que no sería una noche cualquiera.