Cada paso me condujo a ti Capítulo 9 - Un plan fuera de agenda
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Capítulo 9 - Un plan fuera de agenda

F rancis apoyó una mano sobre la pantalla de la cinta.

—¿Te quedas unos minutos más aquí?

—Bueno… técnicamente todavía ni siquiera inicié la rutina. Llevo algo así como media hora intentando correr.

—Entiendo —levantó las manos—. Culpa mía.

Una sonrisa leve apareció en su boca.

—Pero ya que te he hecho perder unos minutos… te robaré unos más si no te opones.

Ella negó divertida.

—Bueno. Pero al menos deja que intente correr un poco.

Francis se subió a la caminadora contigua y ajustó la velocidad apenas por encima de la de ella. Durante un rato corrieron lado a lado en silencio, hasta que el ritmo fue bajando casi sin que ninguno de los dos lo notara. Él la miró de perfil.

—¿Vienes siempre a este gimnasio?

—La mayoría de las veces a esta sucursal, sí. Lo hago después de la oficina. ¿Y tú?

—Soy socio de la cadena, pero a esta sucursal es la segunda vez que vengo.

Ella hizo un gesto leve de entendimiento y no dijo nada más.

—Todavía sigo procesando que seas amiga de Sophie —dijo, más para sí que para ella—. Luc es prácticamente un hermano para mí. Nos conocemos desde los tres años.

Milagros negó con suavidad, aun asimilando el nuevo mapa de conexiones.

—Yo también estoy asombrada. Sophie… bueno, ya la conoces. Y junto con Caroline son mis pilares aquí en Londres. No sé qué haría sin ellas.

Francis levantó la vista con atención.

—¿Caroline Brown?

Ella hizo una pausa. La sorpresa volvió a asomarse en sus ojos.

—No me digas que también se conocen.

Él negó, divertido por su reacción.

—No, no personalmente. Pero era ella quien figuraba en la reunión del banco. Y entiendo que pertenece a la familia Brown, la constructora.

Milagros exhaló.

—Así es… Era ella quien iba a la reunión. Ese día se sentía mal y no pudo asistir.

Lo sostuvo un instante más.

—Fueron demasiadas casualidades… o, como tú dices, el destino divirtiéndose.

Él sonrió.

—No me digas que no lo parece.

El silencio se instaló entre ambos un momento.

Fue ella quien rompió la quietud.

—Por cierto… ha pasado un tiempo desde aquella reunión. Tienes muy buena memoria.

Francis asintió.

—Soy, por naturaleza, un gran archivador de datos.

Ella alzó una ceja con curiosidad.

—¿De ahí lo de recordar los cumpleaños ajenos?

—Sobre todo cuando me los dicen en contraseñas de móvil.

Milagros abrió los ojos y rió con más libertad de la que había mostrado en toda la tarde.

—Había olvidado que te lo dije… ahora tendré que cambiarla.

—Deberías —respondió él, sin perder la compostura—. Es bastante hackeable.

El tono ligero alivió algo en el aire.

Francis tardó un momento antes de volver a hablar.

—Entonces… si no tienes ningún plan mañana, podríamos cenar.

Lo dijo con naturalidad calculada.

Milagros lo miró de lado.

—Perdón, pero me pareció escuchar hace unos minutos que tú sí tenías un plan.

—Claro —replicó él—. Tu cumpleaños.

Ella soltó una risa breve, incrédula.

—Francis…

—¿Qué?

—Realmente tengo mucho trabajo. Voy a terminar muy tarde.

Hizo una pausa.

—Y estoy segura de que con un solo mensaje podrías reorganizar tus planes. Ella todavía debe estar dispuesta a acompañarte.

El silencio cayó entre los dos. Francis inclinó la cabeza hacia atrás, como si la frase hubiera impactado en algún lugar inesperado.

—Curioso —dijo al final, con calma—. Que tengas la noche libre y aun así prefieras no cenar conmigo… puedo entenderlo.

Una pausa mínima.

—Pero no voy a negar que me resulta extraño que te sea tan sencillo sugerirme que me vaya con otra.

No había reproche. Tampoco dramatismo. Solo una constatación limpia.

Milagros sostuvo la mirada.

—Solo digo que no creo que se haya ofendido tanto.

Él negó con la cabeza, con una risa baja.

—No, yo tampoco lo creo… pero ese no es el punto.

Bajó ligeramente el tono.

—El punto es que me niego a aceptar que pases tu cumpleaños como si fuera un día cualquiera.

Silencio.

—¿Me prometes que vas a organizar algo? Lo que sea. Con quien sea. Si me lo prometes, no insisto más.

Añadió:

—Pero si no… al menos déjame invitarte un café. Algo mínimo para celebrarlo.

Milagros tamborileó los dedos en la caminadora.

—De acuerdo.

—¿De acuerdo qué?

—No he organizado nada. Y probablemente no lo haga.

Se acomodó el pelo que le cayó desordenado.

—Pero lo del café no va a funcionar. No voy a llegar. Si quieres, cenamos. Algo sencillo.

—Hecho.

Él detuvo la máquina y se bajó, poniéndose frente a ella.

—¿Te quedas un rato más?

—Unos treinta minutos de bici.

—Perfecto. Yo también tengo que terminar lo mío.

Chequeó el reloj.

—Te busco en media hora y coordinamos. Piensa dónde te gustaría ir. Si tienes algún restaurante favorito…

Se apartó unos pasos.

—Aunque ya se me ocurrieron algunas ideas. Podemos reservar donde tú desees.

Lo dijo con la certeza tranquila de quien no duda de que conseguirá mesa.

Mientras Milagros pedaleaba, sus pensamientos comenzaron a multiplicarse. El agobio se le instaló en el cuerpo.

Un café era muy distinto a una cena. Y no a cualquier cena: un restaurante, solos los dos, un espacio que ya no era informal. Ella había imaginado algo simple, casi neutro. Pero esto era otra cosa.

¿Para qué había aceptado?

La sensación de vértigo la incomodó. Decidió frenar antes de completar el tiempo previsto y fue a bañarse, con la intención de despejar la cabeza.

Cuando salió del vestuario, se detuvo un segundo.

Francis estaba cerca de la entrada, rodeado de un grupo de cuatro mujeres.

Todas hermosas, todas hablando con ese entusiasmo que no necesita respuesta para continuar.

Él asentía con educación a una que le sonreía de frente con una intención que no dejaba lugar a dudas.

Mili lo observó un instante. Era exactamente lo que ya sabía: que él no tenía que hacer nada. Que simplemente era así.

Pero entonces lo vio girar la cabeza. Despacio. Como quien lleva un momento buscando algo sin encontrarlo.

La encontró.

Sonrió de verdad.

Las mujeres siguieron la dirección de su mirada y se giraron para observarla. Milagros sintió el peso de esas miradas y, contra todo pronóstico, le divirtió.

Francis se apartó sin explicaciones.

—Te estaba buscando. ¿Vas a casa? ¿Te llevo?

—Sí. Gracias.

El coche aguardaba. Poul, el chofer, abrió la puerta y el vidrio divisor se elevó al instante.

Eran poco más de las seis, pero en enero la oscuridad en Londres cae sin transición mucho antes. Las luces se reflejaban en el asfalto húmedo.

—¿Pensaste en algún lugar? —preguntó él.

Ella respiró hondo.

—Francis, escúchame.

Él la miró con atención contenida.

—Pensé que esta parte de la negociación estaba cerrada. ¿Me vas a rechazar otra vez?

Había ironía. Y algo real detrás.

—No. Solo quiero aclarar algo.

Él acomodó el cuerpo, prestando más atención.

—Voy a terminar muy tarde mañana. Ya lo sabes.

Milagros entrelazó las manos en el regazo antes de continuar.

—Pero me quedé pensando… si estás haciendo esto por compromiso, o porque te sientes en deuda, o quizá porque te dio pena que no haya organizado nada… no tienes que hacerlo.

Silencio.

Él se quedó inmóvil un instante, con los ojos entrecerrados.

—¿Pena? —repitió.

La observó como si intentara entender de dónde nacía esa idea.

—Si fuera por compromiso, te habría enviado flores a la oficina.

El ambiente se aquietó lo justo para incomodarla.

—No estaría aquí proponiéndote cenar. Me agrada tu compañía. No tenías un plan… Me pareció una buena idea proponértelo.

Mili bajó la vista, luego la subió con algo más de entereza. Asintió lentamente.

—Está bien. Perdón. Estoy cansada… A veces eso me vuelve más sensible de la cuenta.

Él aceptó la explicación con un leve movimiento de cabeza.

—Entonces… me gustaría que fuera algo sencillo —continuó ella—. Voy a estar agotada. Prefiero no salir.

Lo miró con ojos de quien ruega ser entendida.

—Podemos pedir algo y cenar en casa. Es informal. Sin protocolos. Y sin dobles lecturas.

Francis sonrió ante la última frase y pensó un instante.

—En ese caso, será mejor en la mía. En la tuya no te relajarás. Y es tu día.

Milagros dudó. Otra vez, en su terreno. Suspiró.

—Está bien. Pero no me esperes con vestido de gala.

Él rió.

—Jamás lo haría.

El coche se detuvo.

Subieron en silencio hasta sus respectivas puertas. Ya se habían despedido cuando Milagros se detuvo buscando la llave y se giró.

—Francis.

Él se volvió para mirarla.

—Si no nos hubiéramos cruzado hoy… ¿me habrías invitado igual?

Él sostuvo su mirada.

—Es una muy buena pregunta, señorita Duhan.

Una leve sonrisa.

—Creo que voy a dejarla con la intriga hasta mañana.

Mili asintió sonriendo.

Él entró en su apartamento y cerró.

Dentro del suyo, Milagros apoyó el bolso y permaneció quieta unos segundos.

Había intentado mantener todo en un terreno simple. No estaba segura de haberlo conseguido.

Apagó el teléfono.

Necesitaba concentración para cerrar una última reunión al día siguiente. Se sentó en la cama un instante, dejando que el silencio terminara de instalarse.

No quería pensar en lo que había pasado, ni en los mundos que acababan de unirse sin que ella lo hubiera elegido, ni en la cena de mañana ni en lo que todo eso podía empezar a implicar.

Porque ya no era solo un encuentro aislado: ahora formaba parte de algo más amplio, de un círculo del que, quisiera o no, él también era parte.

Nada de eso estaba en sus planes. Y, aun así, ya estaba dentro.

El cansancio la venció antes de que pudiera decidir qué hacer con eso.