Capítulo 8 - El gimnasio y las coincidencias
T ransitaba la primera semana de enero. Milagros había vuelto del viaje despejada, aunque la sensación le duró poco. Estaba completamente absorbida por la empresa.
La apertura de la nueva sucursal en Nueva York avanzaba, pero, como en todo proyecto importante, siempre aparecía algo que se demoraba: una firma, un contrato que exigía revisión, una negociación que parecía cerrada y volvía a abrirse.
Empezaba los días demasiado temprano y los terminaba cuando Londres ya estaba en silencio.
La vorágine comenzaba a notarse en su cuerpo.
Ese día logró salir antes. No por ocio, sino por necesidad. Necesitaba mover el cuerpo, despejar la mente y volver temprano a casa.
Entró al gimnasio al que solía ir, a unos minutos a pie de la oficina. Se subió a la cinta junto a la entrada, ajustó la velocidad y comenzó a trotar con ritmo sostenido. No llevaba mucho más de unos pocos minutos cuando lo vio.
Francis avanzaba entre las máquinas con paso seguro, imponiendo la presencia de alguien simplemente imposible de ignorar.
Al verlo acercarse, sintió que la respiración se le desacomodaba.
No fue solo el ritmo: algo en el pecho se le tensó sin previo aviso.
Dudó si mirar hacia otro lado o sostenerle la mirada.
La bajó un instante para ordenar las ideas, o intentarlo.
Cuando volvió a levantar la vista, él ya estaba frente a ella.
Soltó el aire despacio.
—Señorita Duhan —saludó con una media sonrisa—. Empiezo a sospechar que me sigue, aunque usted podría pensar perfectamente que el que la sigue soy yo.
Ambos sonrieron ante la naturalidad con la que parecían encontrarse siempre fuera de contexto. Ella aminoró la marcha.
—En una ciudad de nueve millones de habitantes, cruzarme contigo tantas veces empieza a ser estadísticamente improbable.
Francis bajó la mirada, negando con la cabeza como si la frase lo hubiera tomado desprevenido.
—Eso ha sido inesperadamente específico —dijo divertido—. Yo diría más… que el destino está entretenido.
Mili frunció el ceño. Él la miró con calma.
—¿Cuál es el plan para mañana? —preguntó él.
Mili abrió los ojos con las cejas levantadas.
—¿Tenemos algo agendado?
—Mañana es siete de enero —respondió con naturalidad—. Tu cumpleaños, si no recuerdo mal.
Ella parpadeó.
—¿Mañana es siete ya? Sí… efectivamente es mi cumpleaños. Se me ha pasado por completo.
Fue él ahora, quien dejó ver en todo su rostro, la sorpresa.
—No te imaginas la locura que han sido estas semanas. Estamos a unos días de una gran apertura en Nueva York. Estoy demasiado enfocada. Es cansancio acumulado.
No era del todo cierto. Sí lo recordaba, aunque no lo tenía presente en ese momento. Hacía años que aquel día era solo un día más que pasar.
Él la miró intrigado. Antes de que pudiera añadir algo más, una voz interrumpió desde la entrada.
—¡Francis!
Ambos giraron.
Luc se acercaba con un abrigo sobre los hombros, impecable como siempre. Francis dio dos pasos hacia adelante, ocupando el ángulo de visión de Mili.
—Mira qué bien. No todos podemos gozar del privilegio de entrenar en horario laboral —dijo Luc con ironía elegante.
—Lamento que no puedas hacerlo —replicó Francis con tranquilidad—. No todos somos lo suficientemente eficientes para gozar de esos beneficios.
Ambos rieron. Había complicidad.
—Estaba reunido con tu padre —hizo un gesto caricaturesco—. Me sigue regañando como cuando teníamos diez años.
—No lo creo. Siempre fuiste el preferido. El hijo que hubiese querido tener.
—Lo sé —respondió Luc con falsa modestia—. Cargo con esa presión desde la infancia.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó Francis.
—Vine a buscar a Sophie. Está en clase de yoga. En unas horas nos vamos a St. Moritz; vamos a esquiar unos días.
Mientras ese intercambio fluía con naturalidad, el corazón de Mili latió con un pulso desordenado.
No era solo la situación. Era la certeza de perder el control del mapa: Francis era, evidentemente, amigo íntimo de Luc.
Las piezas que había intentado mantener separadas acababan de unirse frente a ella.
Bajó la vista para intentar pasar desapercibida, pero la levantó enseguida al sentir que Luc la miraba. Y entonces supo que la había reconocido. No le quedó elección.
—Hola, Luc.
Francis giró la cabeza hacia ella con rapidez, desconcertado. Luc parpadeó, registrando la incomodidad de ambos.
—Perdona, Mili. No te había reconocido. Pensé que eras otra de las modelos rotativas con las que habla este señor —añadió, señalando a Francis con la cabeza.
Francis entrecerró los ojos.
—¿Dijiste Mili?
Luc sostuvo la mirada.
—Sí.
Fue entonces cuando la información encajó en la mente de Luc. Mili. Milagros. Una chispa de revelación y diversión cruzó su expresión.
—Es amiga de Sophie.
No fue un comentario casual. Fue una advertencia.
La fijeza entre los dos hombres se sostuvo. Ya no había desconcierto en Francis, sino atención plena. Algo en sus facciones se tensó. Luc lo entendió.
Y entonces apareció Sophie.
Entró luminosa, vio primero a Luc, luego a Mili y fue directa a saludarla.
—¡Mili! No sabía que estabas aquí, nunca vienes a esta hora —dijo acercándose.
Al ver que Mili iba a bajarse de la caminadora, la detuvo.
—No te bajes, ya nos vamos. — se inclinó para darle un beso—. Pero qué suerte que te cruzo, al menos ahora pude darte un beso previo a tu cumple. Cuando vuelvas de Nueva York festejamos a lo grande; ya lo hablé con Caroline.
Recién entonces reparó en Francis.
—Ay, Francis, no te había visto —lo miró a Luc con gesto de reproche—. De todos tus amigos solteros, tenía que ser el último que le presentaras.
Francis alzó los ojos con exasperación, buscó la mirada de Mili y volvió a Sophie.
—Estoy aquí, ¿eh? Ven y salúdame, maléfica.
Sophie rió y lo saludó con cariño genuino.
—Sabes que es verdad que eres un peligro para las mujeres.
Luc intervino con naturalidad impecable.
—No me regañes a mí. Yo no los presenté. ¿No sabías que se conocían?
Sophie se giró hacia Mili con sorpresa auténtica.
—No…
Luc, claramente divertido, observó el intercambio y lanzó la ficha final.
—Qué interesante todo… Mili, ¿te gustó el bolso?
El rubor subió inmediato al rostro de ella. Sintió el calor antes de poder contenerlo.
—Sí.
—Luc —advirtió Francis en voz baja.
Sophie alzó las cejas.
—¿Qué bolso?
Luc tomó la mano de Sophie.
—Amor, si no nos vamos ahora, perderemos el vuelo.
Sophie entendió la señal. Se acercó a Mili y, al darle un beso, le susurró:
—Me debes una historia.
Mili sonrió y asintió.
Se despidieron con sonrisas medidas.
Cuando se alejaron, el impacto de lo que acababa de suceder los dejó a ambos dentro de sus propias cabezas. Se instaló una pausa larga, densa, que ninguno se atrevió a romper de inmediato.
Hasta que él se adelantó.
—Te iba a preguntar algo.
Fue ahí cuando una mujer rubia, alta, de pasos decididos y elegantes, tomó a Francis del brazo.
—Hola, cielo. No sabía que ya habías vuelto de Nueva York.
Francis resopló y retiró el brazo con suavidad firme.
—Steph. Ya lo hablamos. Te dije que no me llamaras así.
Ella suspiró e intentó otra caricia, pero él marcó distancia de inmediato. Mili bajó la vista. No eran celos; era una incomodidad más aguda, más difícil de ubicar.
—Pensé que volverías la semana que viene —insistió Steph.
—Tengo un evento mañana.
—No me avisaste. Me habría preparado.
—No es necesario, Steph.
Ella se inclinó hacia su oído, murmurando algo bajo antes de mirarla de reojo con evidente desagrado.
—No me has devuelto las llamadas —reclamó.
—Steph, ya lo hablamos. No siempre puedo contestarte. Estoy en medio de una conversación privada. Cuando pueda, me pondré en contacto contigo.
No fue brusco. Fue un límite absoluto.
Steph se despidió con una sonrisa tensa que no llegó a sus ojos y le dejó un beso frío en la mejilla antes de alejarse.
Francis exhaló profundamente.
—Perdona. Todo esto estuvo fuera de lugar.
—No me pidas disculpas —respondió Mili—. Tampoco tenía muchas opciones para irme sin interrumpir.
—No tenías por qué irte.
La quietud volvió a quedar entre ellos.
—¿Estabas en Nueva York? —preguntó ella, buscando desviar el eje de la atención.
—Sí.
Ella le notó el cansancio en las facciones.
—Te iba a hacer una broma, pero creo que ya fue demasiada información por hoy.
Él esbozó una sonrisa.
—¿Qué broma?
—Que, si hubiéramos coincidido en Nueva York, habría pensado en pedir una orden de restricción.
Francis rió con sinceridad, relajando la tensión de los hombros.
—Después de todos estos encuentros, no me habría sorprendido encontrarte allí. —La sostuvo con la mirada—. Te lo dije. El destino se está divirtiendo a nuestra costa.