Cada paso me condujo a ti Capítulo 11 - Una cena (que no era cita) #3
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Capítulo 11 - Una cena (que no era cita) #3

Mili le dedicó una mirada impregnada de dulzura agradecida y caminó hacia el ventanal.

Contempló las luces de la ciudad recortadas tras el vidrio.

Desde el costado distinguía la silueta de él observándola, los guantes blancos sobre la mesa, la copa a medio llenar.

El compás de la música volvía todo más intenso.

—¿Alguna vez te has enamorado? —preguntó ella, sin apartar la vista del cristal.

La quietud que siguió la obligó a girarse. Francis lucía serio, sumido en sus pensamientos.

—Perdona, es una pregunta demasiado íntima —se retractó ella con rapidez, volviendo los ojos hacia la ventana.

—No te disculpes. Estaba pensando en la respuesta.

—Mmm... Si lo tienes que pensar, es porque no —sentenció ella con certeza—. Ojalá alguna vez te suceda. Es de las cosas más maravillosas de la vida.

—Entiendo, ante esa idea, que tú sí lo has estado.

—Sí, pero al final la vida decidió que teníamos que seguir caminos diferentes —admitió, con una tristeza que tiñó su voz por completo, girándose para mirarlo nuevamente.

—Supongo que hablamos del chico que mencionaste en el banco… y del dueño de aquella ropa que me prestaste. Lo supe porque cuando la viste en mí, tu forma de mirar cambió.

—Eres una persona muy atenta a los detalles, Sr. Brixton —rompió el contacto visual, buscando refugio otra vez en el paisaje exterior—. Sí, el mismo.

Él se levantó y se colocó a su lado, compartiendo el espacio en silencio durante unos minutos.

Francis sintió la necesidad de tenerla más cerca en su vulnerabilidad, mientras ella, en un acto de autoprotección, se envolvía a sí misma con los brazos.

Él se apoyó de costado contra la pared y la observó fijo.

—Y te escribió recién.

—Sí —dijo con un hilo de voz—. Desde que nos separamos no habíamos hablado. Ni un solo mensaje. Hasta hoy. Justo hoy.

Francis la observó, apretando los labios. No formuló ninguna frase hecha. Solo la miró un segundo más, buscando una certeza, mientras ella mantenía la fijeza en el vidrio.

—¿Lo extrañas?

—Sí… —La atmósfera se volvió densa—. Pero no por motivos románticos. O eso creo… Fue demasiadas cosas para mí.

Se instaló otra quietud larga. Francis prefirió no intervenir, y a ella le pareció la mejor de las respuestas.

—Perdón por hacer de este precioso festejo un momento triste.

—Mili, tranquila. No paras de disculparte. No tienes que hacerlo. —suavizó un poco la voz— ¿Realmente crees que fue un lindo festejo de cumpleaños?

Ella giró el rostro con sorpresa y, buscando infundir calidez a sus palabras, respondió con honestidad.

—Sí, absolutamente, Francis. Estoy muy feliz de haber aceptado venir. Realmente hoy quedará guardado en mi corazón.

Las facciones de él reflejaron un alivio inmediato, coronado por una sonrisa sincera. Aunque había algo más latiendo en sus ojos.

—Entonces todo mi objetivo está cumplido. —Hizo una pausa—. Gracias por contarme. Supongo que no debe ser fácil hablar del tema.

Ella levantó apenas los hombros.

—¿Sabes? Contigo todo parece fluir demasiado fácil. —Negó levemente con la cabeza—. Y eso lo complejiza todo.

Él la miró, sorprendido. Antes de que pudiera asimilar el golpe, Mili —agotada por la jornada y el carrusel de emociones— concluyó:

—Como te dije, fue un cumpleaños hermoso, Francis. Por eso creo que es mejor terminar aquí la noche.

Él sostuvo su mirada un instante, intenso, y asintió. Antes de cruzar el umbral, Mili tomó la pequeña caja blanca que había quedado sobre la mesa.

Francis le alcanzó el abrigo y la escoltó hasta la salida.

—Gracias por esta noche. —Levantó la cajita entre los dos y le dedicó una sonrisa suave—. Y por esto… —Se llevó una mano al pecho—. Te prometo que voy a usarlos ese día.

La rigidez de él se disolvió.

—Gracias a ti por aceptar venir.

Ella lo abrazó de forma breve.

—Fue un placer.

La vio cruzar el pasillo hasta su puerta y el clic de la cerradura marcó el punto final del encuentro.

Del lado de dentro, Milagros se quedó de pie un momento y cerró los ojos.

No había sido lo que esperaba. No en el sentido que temía, sino en el opuesto: había sido demasiado fácil.

Natural. Sin fricciones, sin baches incómodos, sin necesidad de medir cada paso.

Todo había encontrado su lugar por peso propio.

Y eso era, exactamente, lo que la inquietaba.

Caminó unos pasos por el salón. La frase de Caroline acudió a su mente sin ser llamada: Fama de insensible. Frunció el ceño. No había visto ni un rastro de eso en toda la noche. No sabía qué hacer con esa disonancia, si creerle a sus propios ojos o al mito que rodeaba al hombre.

Decidió no quedarse con ninguna de las dos versiones. Porque ninguna le convenía; ni la que la acercaba ni la que la alejaba. Francis Brixton era una forma elegante de peligro. Y ella lo sabía con una claridad que prescindía de argumentos.

Sus mundos ya estaban entrelazados —eso no tenía marcha atrás—, pero mantener la distancia dentro de ese círculo era posible. Necesario. Lo había decretado antes de cruzar esa puerta y lo reafirmaba ahora.

Se separó de la madera y avanzó hacia la habitación sin prisa. La distancia, al menos por ahora, dependía de ella.