Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 2. SADIE #2
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2. SADIE #2

«El amor es salmón. Esta noche, antes de que llamaras a la puerta con este pijama ridículamente corto que te arrancaría con los dientes, he estado repasando muchos de estos párrafos.

Buscando lo que me está pasando contigo.

Pero ninguno lo describe, así que mi respuesta a tu pregunta es que no sé lo que siento, lobita, pero lo hago y es por ti.

Tú me haces sentir. Lamento no poder ofrecerte nada más concreto».

Aparté su declaración de mi mente con una sacudida y me concentré en él.

—No he salido corriendo detrás.

—Ah, ¿no? —Contempló mi pecho, que subía y bajaba con violencia.

—No. —Me crucé de brazos.

— Para nada —dijo destilando fanfarronería.

Sus pupilas descendieron durante un parpadeo a otra parte de mi cara y al subirlas de nuevo y encararme me fulminó con la mirada.

Un cosquilleo me atravesó desde la punta de los pies hasta la cabeza, pero no me dejé vencer por él.

Tampoco traté de descifrarlo. Simplemente silencié las ganas de estrangularlo, me relajé y le pregunté:

—¿Por qué?

—¿Por qué qué ?

—Por qué querías alejarte de mí.

Necesitaba entender.

Dacre me contempló un segundo, como si no diera crédito a mis palabras, y chasqueó la lengua.

—Hay que ver lo poco perspicaz que eres, Sadie.

Acto seguido se dispuso a largarse solo él sabía a dónde y le retuve agarrándole por el brazo.

Lo que sentí en aquel instante fue tanto y en tan poco tiempo que me traspasó.

—Exijo una respuesta —dije algo acongojada.

No le solté y Dacre tampoco intentó zafarse.

—Tú a mí no me exiges una mierda —contratacó dedicándome una sonrisa tensa, pero bajó el volumen de la voz.

Transcurrieron un par de segundos en los que tan solo nos miramos y entonces me dijo con tono autoritario y de alguna forma también cansado—: Deja de diseccionarme como si fuera un maldito insecto y cuéntame de una vez qué te pasa.

Parpadeé confundida.

«¿A mí?».

—Nada —respondí, y él ironizó:

—Dijo con una expresión tan falsa que le valió un despido procedente de la producción en la que estaba trabajando.

Estaba en lo cierto. Le mentía, pero ¿por qué? ¿Qué me pasaba? Que Dacre me sacaba de mis casillas y... Lo que averigüé me dio miedo. Pavor. Así que lo rechacé y me puse a la defensiva.

Yo también lo hice, tranquilizarme, y aquello fue aún más peligroso. La ausencia de tensión dejó las emociones al descubierto.

—No te he perseguido —dije con la boca pequeña porque era falso.

—Pero no niegas que me mientes —respondió, y mis dedos, que todavía no le habían abandonado, resbalaron hasta su pulso. Lo tenía más o menos igual de agitado que mis propias palpitaciones. Abrí los ojos y de mis labios salió despedido:

—Eres profundamente irritante.

Le robé la primera sonrisa torcida derrotada.

—Eso ya lo sabías cuando has subido al taxi.

—Ladeó el rostro y con una renovada actitud comprensiva me preguntó—: ¿Qué pasa, Sadie?

A mí me puedes contar cualquier cosa. —Tragué saliva.

Ahí estaba la razón. No era que supiese que podía hacerlo, era que quería hablar, y muchas otras cosas.

Aunque me lo negué un instante más. El último.

—No has cambiado.

—Sí, los dos lo hemos hecho. Era el punto, ¿no?

Distanciarnos, evolucionar. Pero continúa sin gustarme que te calles las cosas.

Conmigo es innecesario. Nunca voy a juzgarte.

Yo no. —Suspiró exhausto—. ¿Quieres saber por qué me he bajado del taxi?

Porque he confirmado que cada versión mía que te encuentre quiere conocerte, descubrir tus nuevos detalles, y es una situación que se agrava cada segundo que paso a tu lado.

Es algo que no puedo permitirme. No ahora que tú tienes ese otro escenario con el que fantaseabas en el que, no siendo imprescindible ampliar nuestra relación por el rodaje, puedes excluirme de tu vida y tener todo lo que quieres.

—Aludió a nuestra última conversación en la nave que asaltamos, y entonces me percaté de que Dacre la había entendido mal o yo no me había explicado correctamente por miedo.

No fantaseaba con versiones nuestras que terminaban separadas, fantaseaba con versiones nuestras que de distintas formas coincidían y se tendían un puente para estar juntos.

Entonces lo recordé y comprendí por qué no le había soltado el pulso, por qué me había subido con él a ese taxi y la sensación desoladora que me había acompañado desde que le había perdido de vista en la fiesta después de la función.

Ya había hecho todo lo que necesitaba para estar bien y, con esa libertad, podía hacer lo que quería.

Lo que seguía queriendo. Suspiré y por fin le confesé:

—Siempre quise tu final, Dacre. —El actor dudó y se lo recordé cambiándolo un poco—. En cualquier realidad alternativa en la que pueda existir quiero enamorarme de ti y que tú te enamores de mí. ¿Crees que en esta será posible?

Primero vaciló como si no pudiera creérselo. Luego los ojos se le iluminaron. Ascendió con la mano hasta acariciarme la cara, y con más amor del que sabía que Dacre Stewart tenía dentro me dijo:

—Es una pregunta trampa, lobita . Nunca podría contestar otra cosa que no fuese «sí» a la posibilidad de volver a enamorarme de ti y hacer lo necesario para que te pase lo mismo.

Una sonrisa nació en sus labios y entonces lo supe.

Al elegirme a mí de algún modo le había elegido a él.

No era incompatible. Nos habíamos separado y sanado para reencontrarnos y darnos cuenta de la importancia que la otra persona, estando bien, tenía en nuestra vida.

Era consciente de que algo como nosotros sería complicado, pero también lo fui en aquel instante de que arrasaríamos el mundo de lo mucho que íbamos a amarnos.