Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 2. SADIE
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2. SADIE

SADIE

Estaba contrariada. Ver la obra (y menuda obra) desde bambalinas había sido una gozada, la fiesta de después llevaba el sello de calidad de la antigua Claire Dawson (con quien mi relación se afianzaba) y con Dacre todo había ido mejor de lo esperado.

Nos habíamos mostrado amigables, agradables con el otro, y la cordialidad entre nosotros había fluido en el par de ocasiones en las que después habíamos intercambiado alguna palabra al acabar la función y durante la celebración.

Así, se nos veía diferentes, sanados y reconstruidos, y esa situación era todo lo que yo podía desear, pero desde hacía un rato notaba una especie de sensación de vacío en la boca del estómago que no fue sino incrementándose conforme me dirigía a la parada de taxis del complejo donde se había celebrado la fiesta.

El lugar estaba algo apartado de la ciudad de Santa Bárbara y desembocaba en la playa.

Al final me había decidido a regresar a mi casa de Pacific Palisades en Los Ángeles.

La distancia era corta y allí descansaría mejor.

La suave brisa de la zona me rozó los brazos y me deshice de los tacones.

El asfalto que conducía a la parada estaba cuidado, y a mí los pies me dolían un horror a esas horas de la noche.

Había reído, bailado y disfrutado, y aun así...

Otra vez sufrí aquel incómodo pinchazo en la tripa del que comenzaba a hartarme.

Llevaba puesto el vestido de Maggie Banks que en el pasado me había causado una de tantas discusiones con mi madre y la tela se me pegaba al cuerpo.

En los últimos meses había leído mucho sobre la actriz.

Artículos y biografías principalmente y, aunque nunca entendería qué fue lo que le sucedió con nosotros, podía comprender a la niña que se crio sola, sin una base de cariño en la que poder apoyarse, y a la que Hollywood se tragó con sus luces y sus sombras.

Torcí el imponente jardín delantero y me encontré con una sola persona en la parada.

Dacre .

—Vaya, el actor más demandado de la noche, qué suerte la mía. —Sonreí.

Estaba sentado allí, pero no había ni rastro de los coches.

Me acerqué a la par que el actor alzaba la mirada y al instante su aroma me invadió.

El agujero en mi vientre pasó a ser un torbellino.

Estaba completamente irresistible con el conjunto de pantalón y camisa semitransparente negros, y por lo que vi se había deshecho de la fina corbata una tonalidad por encima.

También se había desabrochado los primeros botones de la camisa y los puños.

Y tenía el cabello oscuro desordenado y los ojos más verdes que nunca. Me devolvió el gesto y aclaró:

—Pensaba despedirme de ti, pero hacía rato que habías desaparecido de mi radar y creía que te habías ido.

Ignoré la sensación efervescente que me acarició la piel al descubrir que me había estado observando durante la fiesta y puntualicé:

—No me habría marchado sin decirte adiós.

Asintió.

Tomé asiento a su lado y le pregunté:

—¿Llevas mucho tiempo esperando?

—Hasta he visto caer un par de estrellas fugaces.

—¿Y has pedido el deseo pertinente? —Sonreí por lo absurda que era mi pregunta, aunque me dio la sensación de que él se ponía algo rígido.

«¿Qué deseará ahora Dacre Stewart?», pensé, y al instante deseché ese pensamiento—.

Deja que averigüe qué está pasando. —Escribí a la organizadora del evento y ella me confirmó lo que había comenzado a sospechar—.

Nos hemos confundido —le expliqué—. Han trasladado la parada a la puerta trasera, la que da a la carretera, para que los invitados tuviesen que andar menos.

Me contempló un instante con intensidad, como si no hubiese estado atendiendo mucho a lo que decía, y al siguiente apartó la vista demostrándome que estaba equivocada y sí que lo había hecho.

—Deberíamos ir. —Mi mirada también se desvió a la playa que teníamos delante, tan cerca, tan a mano, pero finalmente asentí sin desentrañar el mensaje que mi interior había pretendido darme.

Caminamos juntos hasta allí. Cruzamos el salón, el vestíbulo y llegamos.

A diferencia de la otra parada, en esta había más gente, personas que abandonaban el evento, y multitud de vehículos.

No había que esperar casi nada. Dacre se giró para, entonces sí, despedirse mientras me tenía en su radar, y en el último instante solté:

—Podríamos compartir uno.

No sé por qué lo dije. Por su mueca pareció que le acabase de dar una bofetada con la oferta.

—¿Vas a Los Ángeles? —Intentó mantener el rictus.

—A Pacific Palisades, sí.

Apretó los labios y por último claudicó.

—Vale.

—Hay que proteger el medio ambiente. —Sonreí, dándome una excusa más que razonable para lo que acababa de hacer.

—Hay que protegerlo, sí. —Casi escuché cómo sus dientes rechinaban.

Nos subimos juntos a un taxi cuando nuestro turno llegó. En primer lugar, el coche dejaría a Dacre en Venice Beach y después a mí. Las personas cuchichearon cuando nos vieron.

—Si mañana un medio sensacionalista publica cualquier cosa de nosotros, no será mi culpa —dijo.

Yo respondí:

—Lo sé. He sido yo la que ha hablado de compartir. —Pero ¿por qué? Nuestra película había acabado. Estábamos en los créditos. Ya no había más escenas.

Se tarda entre una hora y media y dos en llegar de Santa Bárbara a Venice Beach con poco tráfico.

Nosotros estuvimos en aquel taxi una hora y cuarto más o menos.

Durante ese tiempo no hablamos. Dacre ni siquiera fingió que se quedaba dormido o embelesado con el móvil.

Simplemente permaneció con el cuello torcido mirando por la ventanilla de su lado; de vez en cuando la respiración se le aceleraba, se erguía, daba la sensación de que abría la boca como si fuera a decir algo, pero después se callaba y fruncía los labios.

Mi actuación no distó mucho de la suya. Le miré más veces, eso sí, y de forma menos disimulada, también, con las manos retorcidas en el regazo, tratando de desentrañar qué diablos hacía yo allí y la razón por la que su humor se había agriado.

Llegado un cierto punto el taxista encendió la radio, aunque ni eso mejoró el aura enrarecida en la que nos encontrábamos.

Y hubo un momento en que para él fue demasiado y se vio superado por la situación.

—Para aquí —le dijo al conductor de forma brusca.

—Señor, estamos...

—Lo sé —le interrumpió antes de que dijera «En mitad de la nada»—. ¿Cuánto es?

—La productora paga los desplazamientos de los invitados vip.

—Perfecto. —Enganchó la manilla de la puerta y antes de tirar se despidió de mí sin mirarme—. Adiós, Sadie.

Observé lo que había delante de él. Se trataba de la prolongación inhabitada del paseo marítimo de una zona que de primeras no identificaba. Había arena, mar. Lo que no había eran personas o cualquier otro rastro de vida. ¿Qué narices quería hacer Dacre allí? Y peor, ¿por qué diablos me importaba?

—¿A dónde vas? —le pregunté cuando salió, con la puerta todavía abierta.

—A dar una vuelta. Me pongo de peor humor si duermo poco y mañana cojo un vuelo temprano. Ya descansaré en el avión y antes de la premier.

La puerta se cerró y se marchó. Sabía que lo que me había dicho era cierto.

Shonda cogía el mismo avión para ir al estreno.

Lo que no entendía era por qué la sangre me hervía en las venas.

Lo que Dacre hiciera no debía afectarme, mucho menos crisparme, pero lo estaba consiguiendo.

Marcharse así después de lo bien que lo habíamos llevado hasta ese momento...

Chasqueé la lengua. Le había costado menos de una hora y media encenderme, porque llevábamos en el taxi más o menos hora y cuarto.

No habíamos llegado a nuestro destino. Contemplé cómo el manto oscuro de la noche se lo tragaba cuando se metía en la arena y el conductor me consultó:

—Tendrá batería, ¿verdad?

En aquel lugar, sin móvil, estaba vendido.

«Es su problema —pensé—. Maldito imbécil arrogante».

—Supongo —respondí con el ceño fruncido y una sensación que no recordaba ascendiendo por mi cuerpo: la de desear estrangular a alguien.

Si había algo innegable era que Dacre Stewart despertaba en mí emociones dormidas. Si se quedaba sin batería no tendría forma humana de llegar a su casa, y menos al aeropuerto, aunque se trataba de Dacre; hasta un águila planearía para llevarlo en su lomo si se lo pedía, ¿no? Refunfuñé.

—Entonces, ¿seguimos? —preguntó el conductor.

Quise decir que sí.

Lo tenía en la punta de la lengua.

Pero lo que hice fue gruñir.

—Me bajo.

Mi batería estaba al cien por cien. La había cargado en la fiesta.

Una vez, al final de una escena de mitad de temporada, a mi personaje le dijeron que había que saber cuándo dejar ir a una persona, un pecado, y cuándo perseguirla como alma que lleva el diablo porque porta una parte tuya consigo.

En el caso de Libe era su corazón. Y, como a ella, la forma en que había interiorizado esas palabrejas biensonantes me iba a pasar factura.

Dacre no se merecía que fuese detrás de él después del modo en el que se había marchado, pero mira tú por dónde, era justo lo que estaba haciendo.

En lugar de caminar lánguidamente con mi precioso vestido por la playa disfrutando de su tacto y las temperaturas agradables, lo hice a trompicones y quejándome de que la arena me frenara.

Y en lugar de mostrarse confundido y meditabundo cuando le alcancé en la orilla e interrumpí su glorioso grito frustrado, lo que hizo Dacre fue observarme exasperado.

Otra vez él. Sin los formalismos. Y no sabía por qué esa imagen suya pasional que tanto me desquiciaba tenía la capacidad de llenar el hueco hasta entonces vacío en mi vientre.

—Tú dirás qué hacemos aquí —solté.

—Yo, arrepentirme de no ser más concreto. La próxima vez, cuando me preguntes a dónde voy, te contestaré que a alejarme de ti, a ver si así lo pillas y no sales corriendo detrás —escupió con una sonrisa sarcástica, y en mi mente se reprodujeron las palabras que una vez me había dicho: