1. DACRE
DACRE
El estreno de la obra de teatro llegó y no quería eclipsar a Gascón.
Ese fue el único motivo de que accediera a pasar por las tripas del teatro en las que me había perdido.
Faltaban cuarenta y cinco minutos para que empezara la representación.
Mi amigo decía que no le importaba que me convirtiese en el reclamo de las cámaras en el photocall , pero era evidente que mentía.
Todo el mundo quiere y necesita su momento de notoriedad, y aquel era el suyo.
Le daría toda la publicidad gratuita que estuviese en mi mano para que la obra funcionase, pero no a cambio de robarle ese instante.
La casualidad había hecho que aquel acto coincidiese con el de la premier de una de mis dos películas, la del ratón gigante, en Nueva York.
Semanas antes había avisado de que no podía ir y desde la producción se habían ofrecido incluso a cambiar el enclave a Los Ángeles, para que estuviese más cerca y pudiese llegar desde Santa Bárbara.
También me había negado. Quería estar allí al cien por cien para Gascón, de manera que finalmente, y tras muchas reuniones acaloradas que se había tragado Shonda, lo habían pospuesto para el día siguiente.
En mis contratos yo siempre me aseguraba de no atarme demasiado a las promociones.
Mi representante decía que era peor que un dolor de muelas, pero en el fondo estaba orgullosa de que antepusiese un amigo al trabajo, de que hubiese aprendido a priorizar lo importante.
Tenía por tanto una tarde y una noche en California, y después cogería un vuelo a primera hora de la mañana para marcharme a Manhattan. Mi vida se podía definir en frenesí y estrés, pero adoraba ese frenesí y ese estrés con cada partícula de mi ser.
Revisé el pasillo en el que me encontraba y me dije que la construcción no podía ser tan grande ni yo tan inepto para no ser capaz de seguir las indicaciones básicas que me habían dado con las que poder llegar a mi butaca antes de que el público entrase, evitándome de esa manera coincidir con la prensa y que mis fotografías acabasen en primera plana.
«Tal vez si Candice te hubiese acompañado, como se ha ofrecido...», resonó en mi cabeza como un irritado reproche, y al instante rechacé la idea, a pesar de que era acertada. Lo lograría por mis propios medios, aunque de los dos ella fuese la que mejor se orientaba.
Habíamos ido todos: Shonda, Candice, Laura, Agnes, Juliette, Ian, Cody (que se llevaba de vicio con la pequeña), Cameron, Logan, Ruth y Brock, que yo conociera.
También me había parecido distinguir a Nate cuando pasaba a toda pastilla para ocultarme.
Y la mayoría de los círculos y los demás actores de Averno habían confirmado su asistencia.
Gascón era una persona muy querida en el set y tenía la falsa sensación de que nos necesitaba para llenar una sala en la que las pocas entradas ofertadas se habían agotado segundos después de colapsar las webs en las que se vendían.
Sería un éxito, todos lo sabíamos, tanto que el actor se pasaría sus buenos años interpretando con gusto ese papel en el que se había dejado la piel.
Sonreí por él y una de las puertas de aquel laberinto infernal se abrió.
Aguardé a que la persona que fuera saliera con la intención de pedirle que me ayudase a ubicarme, pero del interior quien surgió fue Freddie.
No habíamos vuelto a hablar desde el día que se plantó en mi casa de Chippewa Falls para presionarme con una amenaza falsa, y no le había vuelto a ver desde que depusiéramos las armas la noche que terminó el rodaje de Ecos de guerra .
Pero aquella vez solo nos habíamos dedicado un leve gesto con la cabeza, y me parecía insuficiente para considerar que ahora me bendeciría con su amabilidad.
De modo que, sin dirigirle más que una mirada discreta, iba a pasar de largo cuando él me detuvo.
Me rozó el brazo con la mano con la que no sostenía una cámara, y cuando frené la dejó caer.
Gascón me había contado que había retomado la fotografía.
Ahora era fotógrafo de espectáculos. De hecho, las imágenes de la web y de los actores eran suyas, y aunque yo no era un experto podía apreciar que eran muy buenas.
Le estudié. A pesar de ser diametralmente opuesto a Sadie, siempre les había encontrado ciertas semejanzas que desaparecieron cuando se presentó en Wisconsin, pero aquella tarde en la que ya anochecía, conforme vaciló, resopló, bajó la vista y la volvió a subir con determinación de nuevo, aprecié otra vez el carácter fuerte y a la par bondadoso de su hermana.
—Fui un gilipollas —reconoció pasados unos segundos incómodos—, y lo siento.
No debería haberte acusado de lo que me sucedió por mucho que el domicilio de mi madre se hubiese hecho público por tus acciones estúpidas, pero en aquel momento me dabas tanta rabia que te convertiste en el blanco más fácil. Lo lamento.
Ladeé el rostro, pensando en sus palabras.
Si bien Freddie Sanders había sido injusto conmigo, podía comprenderlo.
Y agradecía el gesto que acababa de tener de tragarse su orgullo a pesar de que yo no me encontrase entre sus personas favoritas.
Había dicho que mis acciones habían sido estúpidas, sí, pero llevaba razón.
Y... No quería hurgar más en ningún conflicto superado del pasado, así que le perdoné a mi manera, asintiendo y demostrándole que lo ocurrido había quedado atrás.
—Creo que me he perdido —dije para pedirle ayuda—. Se suponía que por aquí se llegaba a un acceso lateral de la sala y de ahí al patio de butacas, para evitarme a la prensa y los primeros invitados, pero no tengo ni idea de dónde estoy.
Las facciones de Freddie se suavizaron al entender lo que yo acababa de hacer y lo que significaba, que estábamos bien, y acto seguido se rio en mi cara con las cejas arqueadas.
— ¿Crees? Alguien debería regalarte una brújula, Stewart. Estás en la otra punta, pero todavía puedes pasar por el escenario. De lo contrario tendrás que dejarte ver en el hall.
El hall era el sitio, junto con la alfombra roja, que más quería evitar. El escenario y sus inmediaciones tampoco estarían despejados, pero los operarios y demás técnicos no repararían demasiado en mi presencia.
—¿Puedes decirme cómo llegar?
—¿No preferirías que te lo dibuje? Así a lo mejor te orientas medio bien...
—se burló de mí, y le fulminé con la mirada.
El ambiente era extrañamente distendido.
Pacífico. Ante mi actitud, Freddie rio. Todavía le quedaba un tanto impostado, pero de haber dispuesto de más tiempo estaba convencido de que habríamos naturalizado lo mucho que sacábamos de quicio al otro—.
Vale, vale, pero si terminas en algún almacén y te haces daño con alguna de sus cajas recuerda que la oferta estuvo sobre la mesa y la rechazaste.
Me dio las indicaciones básicas, las memoricé y me disponía a irme, es más, ya le había adelantado, cuando paré y al girarme le dije:
—Freddie...
Él bromeó orgulloso de sí mismo:
—¿Al final quieres mi croquis?
Negué con la cabeza antes de admitirle:
—He sido gilipollas muchas veces. Te supero. Y sé que es un papel atrayente, y en cierta manera reconfortante, pero no conviene estancarse en él. Me alegra que lo hayas superado.
Fue mi manera de devolverle lo que había hecho y decirle que me alegraba de verle bien, de que hubiese pasado página, de que al final nos hubiésemos perdonado, aunque no sirviese de nada porque si yo no estaba con Sadie nuestros encuentros iban a ser mínimos.
Aun así, necesitaba solucionarlo, y debo decir que lo conseguí, porque en aquel momento el asentimiento vino de su parte y sin nada más que añadir los dos seguimos nuestro camino, distanciándonos.
El último cabo suelto se había arreglado.
Como intuía, los alrededores del escenario no eran un remanso de paz, pero las personas estaban tan ocupadas debido a la inmediatez de la función que ni me miraron, y cuando lo hacían, en lugar de detenerse y tratar de llamar mi atención, me dejaban seguir a mi rollo mientras ellos continuaban al suyo.
Quedaba, pues, el último tramo del trayecto.
Freddie me había dicho que en el lateral izquierdo había unas escaleras que conducían al patio de butacas.
Tan solo tenía que bajar y ocupar mi posición central en primera fila.
Sabía que un cartel señalaría cuál era mi asiento, de idéntica forma que estaba informado de que, en pocos minutos, quince como mucho, se abriría la puerta principal para que los asistentes fueran ocupando su sitio y no se agolpasen a última hora.
Iba con margen de tiempo suficiente. No contaba, como sucedió, con el obstáculo que me encontré cuando casi había logrado mi meta y eliminó todo rastro de oxígeno de mis pulmones, impidiéndome pensar.
Reconocí a Sadie Sanders nada más distinguir su silueta en la lejanía y mi sangre se coaguló en las venas.
Estaba ahí, en el lugar por el que debía bajar yo, observando lo que sucedía a través de la abertura lateral del telón, que en esos instantes permanecía corrido.
Avancé sigiloso, conteniendo el aliento, pensando si cambiar de idea y dar media vuelta, y conforme me acercaba deslicé la mirada por ella.
Llevaba un vestido ceñido con el que parecía que el mar de la Polinesia le caía por encima, casi como si tuviese bioluminiscencia, un fenómeno natural fascinante por el que algunos organismos vivos emiten luz.
Sus curvas eran como agua que brillaba bajo los pies, igual que si se tratase de magia.
Un espectáculo hipnótico. Tragué saliva y, mientras decidía qué iba a hacer cuando la tuviese de frente, ella se me adelantó y se dio la vuelta.
—Dacre.
Había fantaseado con el gesto que se le dibujaría en la cara el día que nos viéramos, no hacerlo era del todo imposible, y lo que le nació en el rostro fue una sonrisa que enseguida se trasladó al mío.
—Me he perdido deambulando por el teatro. Pensaba que tu hermano había ejercido de buen samaritano al guiarme, pero ahora me doy cuenta de que tiene un sentido del humor bastante poco divertido .
No creía en las casualidades, y menos en que Freddie Sanders no conociera la ubicación exacta de su melliza. La actriz negó con la cabeza sin borrar el gesto y me aclaró:
—Me ha avisado de que venías y he sido yo la que no he querido irme.
—Ah. —Me dejó sin palabras.
Nos quedamos en silencio, mirándonos, y al final ella dijo:
—Coincidirás conmigo en que cuando no los tenemos preparados, nuestros saludos dejan mucho que desear.
—Actuar sin guion desde luego no es nuestra especialidad.
—Pero lo podemos intentar.
Nos desplazamos y protagonizamos un abrazo torpe que le arrancó una carcajada.
—Lo dicho, pésimo —reafirmó al separarnos.
—Eres demasiado benevolente en tus apreciaciones —coincidí, y, con la mirada anclada a la suya, le pregunté—: ¿Qué tal estás, Sadie?
Le había seguido la pista. No de un modo enfermizo, como cuando estaba profundamente enamorado de ella y lo dejamos, sino como a una vieja amiga de la que deseas saber que está bien.
Sadie Sanders había regresado a la interpretación y se rumoreaba que iba a protagonizar una slash movie.
También parecía más relajada cuando la prensa la fotografiaba.
Y, contemplándola con detenimiento, su piel lucía más tostada, bronceada, como una prueba de que no solo cuidaba sus papeles, también cuidaba de ella.
Siempre había vivido cerca del mar, pero ahora se permitía descansar en el agua y en la arena, pequeños lujos que antes no se habría concedido.
—Voy a protagonizar una slash movie y al final soy la asesina. —Confirmó los rumores, y alcé las cejas.
—Espera, ¿acabas de hacerme un spoiler?
Rio por lo bajo y los aros dorados de sus orejas centellearon casi igual que sus ojos.
—Confío en que no me lo tengas demasiado en cuenta y vayas al cine para contribuir a la taquilla.
—Sabiendo el final.
—Le restará encanto, lo admito, pero hay una decapitación por la que los diez dólares de la entrada y las palomitas valdrán la pena. —Nos volvimos a quedar callados y con la voz algo tomada me preguntó—: ¿Cómo estás tú?
Como ella me había hablado del plano laboral, hice lo mismo.
—Dos estrenos a la vista y un indignante papel sobre la mesa que trae a Shonda por el camino de la amargura.
—¿Indignante?
—Es la adaptación de un clásico, y Shonda cree que cuando lo aceptemos voy a romantizar a un monstruo y darle el atractivo que no merece.
—Por supuesto que lo harás —dijo sin dudar, y la situación se tornó extraña.
Nos habíamos prometido no tratar de saber nada del otro directamente y lo habíamos cumplido, pero la energía que surgía cuando estábamos juntos, aquella chispa de electricidad capaz de iluminar a toda una ciudad, era del todo incontrolable.
Aplacarla no estaba en nuestras manos. Sí poner distancia y seguir manteniéndonos firmes.
—Tengo que bajar —le dije entonces, al ser consciente de que ni el paso del tiempo había borrado que su presencia me provocase un hormigueo en el pecho.
Era verla y activarse. Nada había cambiado a pesar de que en ese momento me sentía completo, distinto.
¿Me fastidiaba? Un poco. ¿Podía evitarlo?
No. Pero le sonreí con sinceridad porque de verdad me hacía feliz encontrarla en un punto diferente al mío.
Bien. Sin embargo, yo no podía arriesgar más de lo que ya lo estaba haciendo en esa fiesta al saludarla, no me convenía profundizar.
—Podrías ver la obra desde aquí conmigo, si quieres —dijo, y vacilé.
—¿Vas a quedarte?
—Ofrece otra perspectiva. Como actores de ficción audiovisual rara vez podemos ver la reacción del público a nuestro trabajo. —Me lo planteé y me pareció una idea fatídica.
— Debo bajar. —Empleé otro verbo, y para que no sospechara que estaba a dos sonrisas de suplicarle que me besara añadí—: Gascón me necesita en primera fila.
Era mentira. Gascón no me buscaría porque ya sabía que estaba.
Como mucho podía aspirar a que precisase de mí cuando terminase la fiesta que sucedería a continuación del estreno y estuviese hecho un rastrojo humano después de soportar tantas emociones seguidas.
No obstante, me servía como coartada razonable para escapar de Sadie.
—Cierto. —Me sonrió, aunque tuve la sensación de que las comisuras de sus labios titubeaban—. Imagino que en la fiesta no tendremos mucho tiempo para hablar con tranquilidad.
—Supongo que no.
—Me gusta que hayamos tenido este instante.
«Ha sido del todo insuficiente».
—Y a mí. Te veré en el cine.
—Prometo no enamorarme de tu monstruoso personaje.
Nos dedicamos una última sonrisa comprometida y me fui con una idea clara. Nunca, jamás en mi vida, por mucho que lo odiara, sería el impedimento en la trama para que Sadie Sanders avanzase.