8. SADIE
SADIE
A veces hace falta alejarte del lugar donde estabas para darte cuenta de que era el sitio en el que querías estar.
Aguanté tres meses en robótica y la literatura me gustaba, pero podía continuar estudiándola online si así lo decidía.
La pasión que me despertaba no era como para dedicarle varios años en exclusiva de mi vida.
De esta forma un día fui al cine sola. Hacía mucho tiempo que no iba.
Las plataformas le habían ido comiendo terreno a ese formato.
Entré a ver una película de la que no tenía referencias en una sesión en la que apenas había gente por el simple hecho de que me llamó la atención mientras caminaba por la calle.
Resultó ser todo un éxito. Al menos, para mí.
Después me enteré de que su taquilla había sido bastante pobre y que la habían nominado a un par de Golden Raspberry, más conocidos como los Razzies, los considerados anti-Oscar, pero a mí me inspiró.
Yo la disfruté. Los galardones no lo son todo.
Me reí y pasé una hora y media agradable.
De esta manera, al salir tenía un runrún en la cabeza, como si se me hubiese metido una mosca en el cerebro.
Caminé por el paseo marítimo de Santa Mónica y de repente lo supe.
A lo largo de mi vida me había visto a través de los ojos de mi madre, de los directores de casting, de la audiencia e incluso de Dacre.
Había estado condicionada, pero lo había superado.
Ahora podía verme por mí misma y supe exactamente lo que necesitaba.
Un cosquilleo nervioso me traspasó la piel al sacar el móvil y llamar a Shonda.
Mi representante, que nunca había dejado de serlo, me descolgó casi al momento.
No le di tiempo a saludarme cuando le solté a trompicones:
—Quiero volver, aunque me gustaría cambiar de registro. Una comedia, cine de terror slasher , algo así, puro entretenimiento.
Aguardé su respuesta conteniendo el aliento y una sonrisa se formó en mi rostro cuando intuí el mismo gesto al otro lado del teléfono en el momento en que, tras un breve suspiro, escuché que decía:
—Bienvenida de nuevo, Sadie.
Mi expresión de alegría se acentuó. El círculo no se había cerrado, no estaba atrapada, tan solo había cogido la línea que me conducía a mis propios deseos, a veces recta, otras curva, pero siempre conmigo al mando.
La primera vez que decidí que me dedicaría a la actuación fue por todas las razones equivocadas: venganza, rencor, dolor. La segunda, por algo más valioso: por mí.