Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 7. DACRE #3
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7. DACRE #3

—¿Quieres que te acerque a algún lado? —ofreció con la tensión de lo que entonces yo ya sabía, y negué con la cabeza.

Le había detestado durante meses, pero ahora las circunstancias habían cambiado.

Ya no era mi padre, era mi tío, un parentesco distinto, como diferente era su poder de decisión en lo sucedido.

Disimuló el efecto que mi respuesta le causó, estaba acostumbrado a interpretar cuando se encontraba delante de mí, e iba a retomar la marcha acompañándola de un gesto de asentimiento cuando le lancé la pregunta:

—¿Por qué se lo permitisteis?

Logan tenía una razón, pero yo desconocía la de Cameron.

Este abrió la boca y la cerró. Apretó los labios y se aferró al volante.

Mientras pensaba qué decirme y qué no, dijo muchas cosas a través de sus silencios intermitentes y sus gestos.

Hubo enfado, desesperación, frustración, irritación, agotamiento de nuevo y finalmente la resignación dominó su expresión.

Cuando habló, con las pupilas fijas en las mías regalándome su mirada esquiva, daba la sensación de haberse echado un puñado de años encima, los mismos que había pasado guardando el secreto por petición expresa de su hermano pequeño.

—A él le bastaba con quererte desde la distancia y a los demás no nos quedó más remedio que asumirlo —confesó—.

Tampoco es que tuviéramos entonces los recursos para darte una vida digna.

Mi padre estaba muy enfermo, mi madre cuidaba de Logan veinticuatro horas al día porque los primeros años tras el accidente estuvo muy mal, y yo tuve que irme a trabajar fuera para poder pagar las facturas médicas.

La madre de Haley, tu abuela Molly, sí podía mantenerte.

Era una mujer muy resuelta e inteligente, que no solo tenía los medios, sino también el carácter para sacarte adelante...

Era una mujer tan independiente, tan fuerte... ¿Cómo íbamos a imaginar que...?

Se apretó los ojos, como si tratara de aliviar un dolor de cabeza, antes de continuar.

—Nunca nos perdonaremos no habernos dado cuenta de la situación que pasabas con tu abuela.

Maldita sea, coincidió con el tiempo que estuvimos fuera para el tratamiento que tanto ayudó a papá.

Cuando lo supimos no pude permitir que tu tutela pasara al Estado y acabaras quién sabe dónde, por eso regresamos a Chippewa Falls, pedí prestado dinero y me hice cargo de ti hasta que apareciera la familia adecuada. Los Stanley lo eran.

A pesar de resultarme complicado intenté ponerme en su piel. El accidente de su hermano, su nueva condición y la decisión que tomó. A lo mejor yo no la habría respetado, pero entendía que otras personas lo hubiesen hecho. De repente recordé algo. Una chispa de memoria brotó en mi interior.

—La noche que me escapé, cuando me encontraron debajo del puente con hipotermia, al despertar escuché a alguien hablando contigo en la habitación.

Siempre he dado por sentado que se trataba de Juliette e Ian, ella me dijo que estaban allí, pero —balbuceé con la sospecha bailándome en la lengua— ¿lo eran?

Cameron suspiró y como respuesta reveló:

—Logan no ha pasado un día de su vida sin preocuparse por ti. —Me confirmó la intuición.

Reagrupé recuerdos. Mi abuela siempre me había animado a jugar con el vecino de al lado.

Había dado por hecho que se debía a que le caía bien.

Logan era pura dulzura, una buena influencia, y le tenía cariño.

Entonces comprendí que había algo más, igual que algo más sucedía siempre que los niños y los adolescentes se metían con él y la mirada que me dedicaba era de profunda tristeza.

Pensaba que se debía a que las palabras le habían afectado, pero en ese momento entendí que estaba avergonzado, aquel era el significado del gesto.

Aquellos comentarios no hacían sino que se ratificase en que su decisión había sido la más adecuada para mí.

Una llamarada de ira que Cameron interpretó mal me abrió en canal. Era de una potencia insoportable.

—Puedo permitirte casi cualquier cosa, Dacre, pero no que le hagas daño —me indicó incómodo por tener que advertirme de ese modo.

Cameron se había confundido. Mis enrevesados sentimientos no tenían que ver con Logan, sino con todas las personas que en el pasado le habían lastimado y lo habían alejado de mí.

Descubrí en ese momento que me habría gustado tenerle como padre, Logan era buena persona, y descubrí también que no descartaba del todo aceptarlo en un futuro.

Durante mi búsqueda, primero me había planteado que mi padre era un monstruo, de ahí que me ocultaran su identidad, luego un mentiroso que me había engañado toda mi vida, y en cambio había resultado ser alguien en cuya presencia siempre me sentía bien.

Logan era tan buena opción que ni siquiera lo había barajado.

Me ofrecía lo que siempre había deseado: alguien que me quisiese incondicionalmente por lo que yo era, y resulta que había estado rodeado de lo que anhelaba desde el principio, por eso no había encontrado lo que buscaba al observar mi pecho abierto en canal, porque el amor formaba parte de mí.

Lo recibía y lo daba. Siempre había sido de ese modo. No hay que buscar lo que ya tienes.

Suspiré.

—Dile que esta tarde jugaré unas canastas con él, pero que no prometo estar muy comunicativo.

—Lo haré. Gracias, Dacre.

Esa tarde, cuando fui, no hablamos. Tampoco a las dos semanas, cuando me escapé para hacerle una nueva visita.

Solo botamos y encestamos. En la tercera ocasión le pregunté cómo había sido después del accidente.

Logan me explicó que lo sintió como despertarse en un cuerpo extraño al que se estaba habituando y que de repente le surgieron recuerdos de su vida anterior que parecía como si fuesen de otra persona.

Que a veces sentía aquella otra mente tan enraizada en su interior que quería arrancársela, y otras la perseguía para que no se fuese, desesperado.

En nuestro quinto encuentro pasé a su casa.

Ruth me sirvió café y me dedicó una sonrisa.

Brock me contempló callado y tenso. Pero la vez siguiente su cuerpo se había relajado algo, y después de las tres visitas que le sucedieron me habló de la madera.

Nuestra reconciliación fue un proceso gradual, paulatino, en el que no me forcé ni me presioné para perdonarle, pero hubo un día en el que me di cuenta de que ya no estaba enfadado, que entre nosotros todo se hallaba en su nuevo sitio.

Les presenté a Juliette, Ian y Cody. Más tarde vinieron Candice, Laura y Agnes.

Luego Gascón. Shonda. Los introduje en mi mundo dejándolos fluir y pasaron a formar parte de mi entorno.

Me sentí completo.

Acepté que sabía querer y que siempre había sido digno de que me quisieran.

Alcancé la paz conmigo mismo y dejé de necesitar a alguien más para lograrla.

Obtuve todas las piezas.

Para mí y por mí.

Coincidió con mi cumpleaños. Ese año lo celebramos en la casa de Juliette, en Nueva Orleans, y vinieron todos.

A pesar de la multitudinaria fiesta, me pasé el día entero esperando lo que sucedió cuando acabamos de cenar y estábamos con el postre: el mensaje de Sadie.

Dudaba de si me felicitaría. Si se acordaría del día que era y, de ser así, si tomaría la decisión de escribirme.

Cuando su nombre apareció en la pantalla de mi móvil, mi garganta se quedó seca.

Me disculpé y salí fuera. Todos adivinaron de quién se trataba.

Sentía la boca pastosa y las manos entumecidas cuando las primeras notas del jazz callejero que alguien estaba tocando me llegaron, desbloqueé el teléfono y pulsé sobre la notificación.

Feliz cumpleaños, Dacre. Sé que desear felicidad suena al típico mensaje cuando no sabes qué poner, pero es que en mi caso es verdad. Sé feliz. Sé tú.

Expulsé el aire que había contenido y me quedé allí plantado.

Normalmente, cuando Sadie me escribía, cuando daba señales de vida, trataba de tirar de ella de la manera que fuese para que viniese a mi lado.

Aproximarla se convertía en una necesidad física.

Y con total seguridad la seguía queriendo, pero ya no la necesitaba.

Por eso, por fin, fui capaz de dejarla ir.

Lo soy, Sadie. Gracias.

No esperé una respuesta que nunca llegó.

Guardé el móvil y miré al cielo. El firmamento estrellado era bonito.

La temperatura, agradable. Las risas que me llegaron desde el interior de la casa, gratificantes.

Aprendí a valorar lo que tenía y dejé de consumirme por lo que no.

El regalo de ese cumpleaños fui yo. Comprender que después de tantos años me había reconciliado conmigo mismo.