Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 7. DACRE #2
94%

7. DACRE #2

—Lo que le... Lo que le... Lo que le funcionaba a tu madre era no leer nada de lo que había escrito.

—Le observé. La mirada de Logan bajó y se aferró a la tira de la bufanda que llevaba puesta y le caía por uno de los lados de la misma tonalidad verde esmeralda que su gorro.

La estiró en un par de ocasiones con nerviosismo y, como si se tratase de una coreografía no ensayada pero conocida de memoria por las veces en las que había tenido que repetirla, la reacción de Cameron fue la de pegarse más a su hermano con actitud protectora.

Al principio vacilé. No entendía nada. No obstante, cuando Logan logró alzar la vista y sus ojos se encontraron con los míos me preparé para precipitarme al abismo.

«Mierda, no. Tú, no», fue lo último que pensé antes de que me lo confirmara—.

Cuando estábamos juntos preparaba los discursos porque eso la ayudaba a quedarse con lo importante, pero luego improvisaba.

«Cuando estábamos juntos...».

Me invadió el frío, la furia. Los contemplé alternativamente anonadado.

Aquella era una posibilidad que nunca me había planteado.

Logan Sullivan, mi padre. Me había equivocado.

La última de las incógnitas se desveló y me abofeteó la cara.

El viento trajo consigo la impotencia que sentía dentro.

Cómo no me había dado cuenta antes. Su empeño por ser mi amigo.

La actitud extraña y opuesta de sus padres.

Ruth era mi abuela. Brock, mi abuelo. Siendo él todo cobraba más sentido.

Los intentos de la mujer por mostrarse amable dentro de la distancia, la manera en la que el hombre siempre me había rehuido, enfurruñado y arisco con el universo.

No se trataba de que su hijo mayor no quisiera hacerse cargo de lo que había engendrado y tuviesen que convivir con ello en la casa de al lado; era el pequeño, el del accidente, y lo más probable era que a él no pudiesen negárselo si había sido su elección.

Experimenté muchas emociones en los segundos que estuve en silencio, ninguna buena, y cuando me vi preparado al fin lancé la pregunta que me había asediado durante los últimos meses, cuando mi padre había pasado de ser un ente etéreo que no me interesaba a querer encontrarlo:

—¿Por qué?

Mi voz sonó más cortante e inexpresiva de lo que pretendía.

Los ojos de Logan se humedecieron y brillaron como los de un cervatillo asustado, y los de Cameron refulgieron de puro fuego.

Había una tristeza intrínseca en su interior, agotamiento y cansancio, pero también me dedicaba una amenaza velada.

La promesa de que no me permitiría por nada del mundo que hiriera a Logan, con independencia del parentesco que nos uniera.

Pero aquello no era necesario. Por más que desease lanzar dentadas al aire, zarandearlo, encararlo y recriminarle muchas cosas, con Logan no me nacía ser cruel.

Era impensable. Habría sido capaz de gritar a Cameron, de despreciarlo, pero a Logan simplemente no, y no fue solo por su respuesta:

—No quería que tuvieses un padre tonto. Lo siento. —La sinceridad y lo mucho que confiaba en sus palabras me destruyó.

Nunca había considerado tonto a Logan Sullivan.

En todo caso, y esa era la razón por la que no podía dañarle, le había creído la persona más similar a mí de todas cuantas había conocido.

A ambos la humanidad nos había decepcionado.

Le tenía cariño incluso antes de saber cómo identificar dicha emoción.

Por eso apreté la mandíbula y las manos se me cerraron.

Porque lo peor de que fuese Logan Sullivan el que me había fallado era que no podía odiarlo, y mi situación, hasta entonces sencilla, se tornaba delicada.

Le añadía matices con los que más tarde tendría que lidiar, porque si algo sabía en aquellos instantes era que ese no era el momento de hablar.

Estaba demasiado encendido. Con la sangre palpitándome en las sienes.

Le diría cosas de las que más tarde me arrepentiría.

Practiqué un brutal ejercicio de contención y, todavía con el impacto de la información abriéndose paso por las costillas en mi pecho, fui capaz de decirle sin poder ocultar la seriedad de mi voz:

—Ahora mismo... yo... —Carraspeé para aclararme la garganta—. Tengo que asimilarlo, ¿vale? Me llevará tiempo.

Logan asintió todavía entristecido, imité el gesto y me metí en la fiesta cerrando detrás de mí. Se había confesado para exculpar a Cameron, y maldita la hora en la que había decidido hacerlo.

Dentro me estaban buscando. Steven quería que me dirigiera a nuestros invitados y me estaba esperando.

Caminé como un autómata dejándome guiar por su asistente y me coloqué a su lado.

No sé qué dijo Steven, solo sé que dio unos teatrales golpes a su copa con un cubierto plateado y todo el mundo pareció prestarle atención en el acto.

Debió de estar ocurrente, gracioso, porque la gente se reía.

También debió de mostrarse como un profundo, contundente y fiel creyente de la idea, porque el público esbozó gestos de reflexión, comprensión y apoyo. Llegó mi turno.

—Dacre Stewart se ha animado a decir algo, y nadie le quita el micrófono al que promete ser el actor mejor pagado del año —concluyó con una broma para cambiar de ponente, y su ayudante me tendió el micro.

Mi mano se hundió con parsimonia en el bolsillo del traje que contenía el discurso.

Lo había basado en mi experiencia, con mensajes sentimentales, certeros y efectivos con los que con total probabilidad manipularía a las personas que tenía concentradas delante.

También había ensayado mis gestos y la cadencia exacta que debía emplear en mi voz para cada frase.

Era mi gran oportunidad de influir. Como actor.

De demostrar hasta dónde podía llegar con mi capacidad de mover los hilos y tirar de la gente desde la distancia.

Tan solo tenía que sacarlo y leer.

Me sorprendí cuando mi mano abandonó el bolsillo vacía, paseó por mi traje con lentitud, como si lo estuviese alisando, y la mueca que dibujé fue de puro resentimiento.

La historia que iba a contar no era bonita, porque quedarte solo, desamparado y que el sistema te diese la espalda tampoco lo era.

Entonces, con la crudeza de la verdad de lo que pretendía contribuir a erradicar pesándome sobre los hombros, comencé a hablar con la severidad que algo tan importante merecía.

No estábamos allí para jugar a ser buenas personas y limpiar nuestra conciencia, estábamos allí porque había gente que realmente lo pasaba mal y lo necesitaba.

Aquello no era un show , un entretenimiento, y me negaba a tratarlo como si lo fuera para dar espectáculo.

—Cuando alguien te llama «tonto» un día, no le das importancia.

El segundo, te entra cierta duda. El tercero, empiezas a interiorizarlo.

Y eso que es un mensaje externo. —Tomé aire, con las palabras de Logan reproduciéndose en mi interior, «No quería que tuvieses un padre tonto», y seguí—.

Cuando todos los días te dices a ti mismo que vas a acabar mal porque no ves ni una sola oportunidad, comienzas a actuar de manera que parezca que elegiste tu destino y no te fue impuesto.

El abandono a veces te inclina a la desesperación.

Otras, a ser mala persona. Pero lo que no te deja nunca es ser tú mismo.

Hecha la introducción, rescaté las ideas más importantes de mi argumento, ayudar era salvar una vida del derrumbe, y las expuse relatando ciertos episodios de mi propia experiencia para que sintiesen el miedo.

Al terminar, la gente aplaudió suavemente, con gesto reflexivo.

No sabía si donarían dinero y propiedades o si sumarían contactos, pero, al menos, el mensaje había calado.

No parecían divertidos. Ni siquiera daba la sensación de que estuviesen de fiesta.

Se irían a dormir con el estómago revuelto.

Durante unos minutos su conciencia sobre otra realidad menos privilegiada los machacaría.

Cuando acabé, Steven Smith vino a hablar conmigo en privado. Me dijo que el discurso no había sido lo esperado, pero que le había encantado. Que había sido un éxito.

—Pocas veces soy testigo de un ejercicio de honestidad tan cruda y salvaje. Enhorabuena, muchacho.

Los invitados se fueron marchando con el paso de las horas.

Yo me quedé solo viendo a los de la empresa de limpieza trabajar.

Daba la sensación de que los estaba vigilando.

De hecho, por las miradas incipientes que algunos de ellos me dedicaron creo que es lo que pensaron, y la supuesta desconfianza no les gustó.

La realidad era distinta.

Simple.

No me podía dormir.

No paraba de darle vueltas al hecho de que Logan Sullivan fuera mi padre, a las implicaciones que el descubrimiento tenía y al razonamiento que me había dado de por qué no había ejercido:

«No quería que tuvieses un padre tonto».

Las palabras clavaron sus garras en mi cerebro como si estuviesen hechas de hierro forjado.

Se me hizo de día estando allí. Amaneció.

Los trabajadores hacía rato que se habían ido y yo no los había imitado marchándome al hotel en el que me hospedaba, como debería haber hecho.

Salí de la casa con los primeros rayos de sol colándose entre las tupidas nubes, con la sensación de que se me había abierto el pecho, de que lo tenía en carne viva, con los viscosos órganos bombeando, pero incluso con su perturbadora visión había algo que se me escapaba.

No había hallado lo que pretendía encontrar dentro porque no sabía lo que buscaba.

Caminé en círculos por el barrio hasta que el coche de Cameron pasó por mi lado.

Al principio, continuó su camino. Le perdí de vista.

Pero cuando torcí la curva para dar un último rodeo me topé con que se encontraba allí aguardando. Bajó la ventanilla.