Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 7. DACRE
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7. DACRE

DACRE

Encontré un uso para la casa de mi abuela.

Después de mucho tiempo devanándome los sesos me di cuenta de que siempre lo había sabido.

De que la respuesta residía en mí. En lo que había podido ser.

En lo que había temido. En mis miedos. Le daría un hogar a la gente que pasase por una situación similar a la que estuve a punto de sufrir yo, cuando el temor a crecer, a que te abandone el sistema y a quedarte solo te carcome los huesos hasta dejarte hecho un esqueleto.

Una vez que tomé la decisión tocaba hacerla realidad.

Descubrí de esa manera tan corriente que las ideas son bonitas, lo complicado es asentarlas, ponerlas en marcha.

No basta con querer algo y estar dispuesto a ceder alguna cosa, hay que darles forma, materializarlas.

Me faltaban los conocimientos y los medios para encajarlo en lo establecido, en lo legal.

Todo tenía su cauce y debía conocerlo. Así, me tocó engatusar a alguien que dispusiera de los recursos, las habilidades, los contactos y el conocimiento para llevarlo a cabo, que tuviese estructura y estuviese encantado de liderar mi idea y ya de paso no le importase llevarse los méritos.

Gracias a Shonda y Juliette lo encontré.

El altruismo era una corriente que siempre había latido en el pulso de algunos millonarios.

Steven Smith fue un niño huérfano que se había criado en los suburbios de Chicago, gracias al desarrollo informático se había forrado, y en la vejez había vendido su empresa y dedicaba su vida y su fortuna a hacer del mundo un lugar mejor, para disgusto de sus herederos, que veían cómo el dinero se les escapaba de las manos y les tocaría trabajar.

Enseguida conectó con mi propuesta y se puso a pensar en qué hacer con ella.

Tenía varias asociaciones, numerosos amigos en la política y un entusiasmo desmedido por aquello que le había explicado.

—Hay que atar muchos cabos, pero lo lograremos —me dijo, incluyéndome en el desenlace de algo que supe que se haría realidad desde que cayó en su regazo.

Yo estaba confundido. Creí que mi participación acabaría ahí.

Cedía la casa, no esperaba ningún rédito del proyecto, y el hogar en el que me crie serviría para algo más que para acumular polvo.

Por aquel entonces gozaba de un estatus privilegiado, me encontraba en el pico de la pirámide de la fama, y Steven, como buen halcón que era, vio el provecho que podría sacarme.

—Organizaremos una fiesta privada e íntima para conseguir benefactores, personas que se sumen a nuestra causa. Tu visibilidad e influencia es algo que deberíamos aprovechar —me explicó.

Accedí con la única condición de que en todo momento quedase como que había sido idea suya y a mí tan solo me había parecido una buena acción de la que quería formar parte. Estuvo conforme.

En aquel instante, cuando me informó de que mi labor no había acabado, no descifré correctamente a lo que se refería con «Tu visibilidad e influencia es algo que deberíamos aprovechar».

Pensé que hablaba de convocar a la prensa, atraer a famosos, gente que lo acercaría a un público inaccesible de otra forma; no de que el evento tuviera lugar en la casa de Chippewa Falls, por ejemplo, y de que me tocaría hablar de mi propia experiencia.

Me mostré reticente en lo que respectaba al discurso, pero él trató de convencerme.

—Oímos tantas desgracias diarias que nos estamos desensibilizando, al final suenan como un hilo musical mientras hacemos nuestras tareas cotidianas. Lo que se necesita ahora son testimonios en primera persona de gente a la que interesa escuchar. Y a ti todo el mundo te quiere oír, chico.

Nunca sentí la casa de Chippewa Falls tan pequeña como cuando se llenó de extraños.

Millonarios, personalidades destacadas y previamente seleccionadas de la industria audiovisual y de la prensa.

A pesar de haberla adecentado y de haber contratado un catering, se paseaban por su interior como si se tratase de las instalaciones de un museo, analizando cada estancia, cada rincón, el bajo techo, y cuando me encontraban me devolvían miradas compasivas.

«¿Cómo pudo vivir aquí?», era evidente que resonaba en sus mentes.

El objetivo nunca fue que me juzgasen, pero lo estaban haciendo.

La mayoría no entendía que ese era un tamaño normal para la gente corriente, y los que lo hacían, porque habían vivido en lugares similares, fingían no recordarlo.

Aunque no debería haberme importado, me jodía que la menospreciasen.

Allí había existido más amor del que podrían asimilar mientras mi abuela vivió, claro que, entre mis tareas, no estaba justificarme, solo recitar el discurso que me pesaba en el bolsillo de la chaqueta del traje.

Mientras sonreía, aparentemente calmado, pensé en Sadie, en cómo su presencia me habría tranquilizado.

Había pasado más de medio año sin tener una sola noticia suya y uno desde la última vez que la vi al final del rodaje de Ecos de guerra.

Gascón, que se encontraba en pleno ensayo de la obra de su madre, me había contado que estudiaba en California, que se lo había sonsacado a Freddie después de preguntarle directamente por ella.

Me gustó saberlo, pero le pedí que no lo volviese a hacer, que dejase de alimentar la parte de mí que se resistía a soltarla, y es que cuando casi lo había logrado, alguien (incluido yo mismo) la reanimaba.

Negué con la cabeza y observé el entorno.

Personas trajeadas que me eran ajenas bebían y charlaban.

Otras que sí conocía me saludaban a mi paso, aunque yo no me detenía.

Steven me había comentado que interrumpiría la apacible velada hacia la mitad para que hablásemos a nuestro público.

La estructura era así para crear la falsa aura de que se trataba de algo más informal, menos programado, casual.

Las personas tendían a colaborar más y a sentirse menos violentadas si no parecía que se lo estabas exigiendo a través de una estrategia.

Por mi parte, estaba deseando que sucediese, irme y regresar a grabar.

El rodaje me daría el oxígeno que la presión por lo que iba a hacer me estaba robando.

Alguien llamó a la puerta.

Deduje que se trataba de un invitado que llegaba tarde.

Teníamos una persona encargada de recibirlos, sin embargo, a mitad de camino la intercepté para decirle que yo lo haría en esa ocasión.

Abrir me serviría para dar la espalda a los demás, y aprovecharía para dejar pasar a quien fuese y escaparme unos segundos fuera con la intención de que el aire gélido de la ciudad desentumeciese mis agarrotados músculos.

Dentro me sentía tan encorsetado e impostado como el lago Wissota, que se formó artificialmente cinco años después del hundimiento del Titanic y al que hacía referencia Jack Dawson, en lo que era un error de rácord de James Cameron.

Eso era exactamente para mí abrirme delante de tantos extraños.

Un error, aunque en mi caso necesario.

No les ofrecería toda mi historia, pero sí retazos de verdad.

Agarré el pomo, lo giré y tuve que parpadear un par de veces y tragarme varios insultos antes de avanzar un paso y dejar la puerta medio cerrada detrás de mí.

—Cameron... —mascullé. Intenté forzar una sonrisa, pero mis labios se tensaron estrangulados.

Parte del discurso hablaba del abandono al que muchos de los futuros habitantes de esos hogares se habían tenido que enfrentar y cómo este había hecho mella en ellos.

Si quien debe quererte se desprende de ti con tanta facilidad es que no importas, ese era un mensaje que en ocasiones calaba.

A mí me había llevado a tambalearme, y tenía delante al culpable.

Recuperé el control sobre mis facciones y le dediqué una artificial sonrisa gélida—.

Nunca eres bienvenido, pero particularmente hoy menos.

Tengo asuntos que atender. —Iba a darme la vuelta cuando oí una voz a su espalda.

—Ha sido idea mía, lo siento.

Ni siquiera supe cómo no había sido capaz de ver a Logan, su hermano, que se encontraba detrás, a pesar de su tamaño.

Le sacaba una cabeza. Quizá fue porque al descubrirle me di cuenta de que estaba encorvado y que su rostro dibujaba una expresión pálida muy triste.

Traté de relajar las pulsaciones y, con un esfuerzo sobrehumano para sonar menos tenso, hablé.

—Voy a tomarme la molestia de explicaros lo que sucede dentro por él, no por ti —escupí a Cameron sin mirarle.

Luego, suavicé la voz, aunque continuó sonando algo pastosa y rígida—.

Estamos celebrando una fiesta para tratar de captar contribuyentes a nuestra causa, que no es otra que ofrecer un hogar y posibilidades reales a los chicos y las chicas que el sistema abandona cuando alcanzan cierta edad.

Tengo que dar un discurso hablando de mi experiencia, y no es algo que me agrade, así que ahora mismo no puedo permitirme discutir con el hombre por culpa del cual estaré diciendo esas palabras.

Pero, si quieres, mañana tú y yo podemos echar unas canastas —le dije a Logan—.

Tengo el billete sacado para pasado mañana.

—Le dediqué una mirada de disculpa al hermano pequeño, ignoré conscientemente al mayor, e iba a girarme cuando Logan Sullivan pronunció a trompicones: