Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Cuatro años después

En el mundo del espectáculo audiovisual siempre habrá alguien que te sustituya.

Nadie es el número uno eternamente, el más importante.

Surgirán nuevas series, películas que lo peten y actores populares que ocupen el lugar y las portadas que hasta hace poco tú protagonizabas.

Y eso está bien. En serio. Está bien cuando tú lo estás.

Ya no quiero ser el mejor. Quiero ser , y eso, con mi carácter, a veces ya es todo un reto.

He aprendido que la felicidad reside en situarte a ti en el centro y rodearte de la gente que contribuye a que lo seas. Y hablando de eso...

Sadie y yo seguimos juntos. Pero no es fruto del destino.

Es fruto de nuestros sentimientos y de las acciones con las que día a día los enardecemos.

Así, nos hemos convertido en la persona a la que el otro quiere llamar cuando está enfermo o se siente mal para que le cuide, esa con quien compartimos los logros, y da igual en qué parte del mundo coincidamos debido a nuestro particular trabajo, para mí es verla y automáticamente ese sitio pasa a llamarse «hogar», y ella se lanza a mis brazos para besarme como si se estuviese acercando un meteorito y ese contacto fuera todo nuestro legado.

Pero ya no estamos de moda.

Al menos, no tanto.

Somos una pareja afianzada, llevamos tiempo sin dar un escándalo e interesamos cada vez menos.

De tanto en tanto nos sacan en una premier suya, mía o de algún amigo.

Sin embargo, lo suelen hacer como ejemplo de pareja duradera después del escepticismo generalizado inicial, y siempre me roban una sonrisa cuando en el texto localizo las palabras elegantes y sexys , mientras que Sadie pone los ojos en blanco y me acusa de ser un creído.

Va a protagonizar la primera serie en la que hace de policía.

Algunos consideran que se trata de la maldición de la edad, ya que ha superado el cuarto de siglo y algunos papeles se le escapan, pero Sadie se alegra de crecer en la vida y como actriz, y yo pienso que como lo siga bordando en cada uno de los registros a los que se enfrenta voy a tener que comprarle una puta corona porque no le va a quedar ninguno en el cual no haya reinado, aunque no sepa mantener la puñetera boca cerrada y me haya desvelado quién es el asesino.

En cuanto a mí, mi lugar es el cine. La semana que viene viajo a Florencia.

Pero lo mejor de irme, además de conocer lugares nuevos y de interpretar, es saber que dentro de tres meses exactos regresaré a mi hogar, a ella, sea ese el punto que sea del globo terráqueo.

En esta ocasión, Minnesota. Por eso quizá, por la inminente partida, estamos de nuevo desnudos en el laboratorio de Averno .

O porque nunca nos cansaremos de follarnos.

En resumen, hubo mucho que extraer de nuestras cagadas de Averno .

Por ejemplo, que no debíamos volver a dejar atrás a nuestros amigos.

Ese es el motivo de que Candice, Laura, Nate, Freddie (al que le encanta demasiado llamarme «cuñadito gilipollas»), Gascón, Sadie y yo bloqueemos una semana al año en nuestras exigentes agendas para hacer un viaje juntos.

Al principio, nos pareció una farsa idealizada.

Pronto comprendimos que para que se hiciese realidad tan solo teníamos que cumplirlo.

Llevamos cuatro años sin saltárnoslo. El destino lo elige la persona a la que le toca por azar, este año el nombre en la aplicación ha sido Gascón y ha decidido que vengamos a Brookings para resarcirse y terminar con un asunto pendiente en el almacén de los decorados.

Sadie y yo acabamos de replicar nuestra escena en este espacio, algo más guarra si cabe, cuando, como si hubiésemos vuelto otra vez al pasado, oímos la alarma.

—No me lo puedo creer —se queja Sadie—. Prometió que esta vez se mantendría alejado de las vitrinas.

Que Gascón iba a intentar robar otra vez lo mismo a pesar de nuestras advertencias entraba dentro de mi fatal pronóstico. Sonrío de lado.

—Voy a cortarle las pelotas.

—Y yo seré tu cómplice. —Ni se imagina lo mucho que me hace sentir cuando dice esa palabra, cómplice , porque significa que somos un equipo.

Es tal su magnitud que casi no reparo en su cuerpo desnudo mientras se viste a toda pastilla.

Casi. Me resulta increíble haberla cartografiado, haber lamido cada centímetro de su piel, y, aun así, no poder apartar los ojos de ella cuando la tengo delante, como si me maravillase—.

¿Planeas que la policía te encuentre así?

—pregunta, y me cruzo de brazos sin ponerme ni una sola prenda.

—A lo mejor los agentes se solidarizan con nosotros por tener un amigo idiota y nos dejan echar otro.

—Vete a la mierda —me dice mientras me tira el pantalón y la camiseta, pero se ríe y, Dios, no sé cuántas veces la he oído, pero quiero que el día que me muera pongan un altavoz con el sonido de su risa en mi tumba para que me persiga toda la eternidad.

Me visto y la veo rebuscar por todas partes el sujetador, pero no lo encuentra. Al final se encoge de hombros y se pone la camiseta. Localizo la prenda interior detrás de la cabeza reducida que me quise llevar y con toda la calma del mundo lo cojo.

—Toma —le digo cuando se dispone a desbloquear la puerta, y Sadie se gira con nuestros cuerpos y sus labios muy cerca.

Ronroneo. Podría acostarme con ella hasta que el cuerpo se me cayese a pedazos y jamás tendría suficiente.

Nunca tendré. Porque con Sadie es cada día querer lo que conoces como si fuera nuevo y lo que descubres como si fuera un milagro.

Chasqueo la lengua, porque muy a su pesar distingo la misma dosis de deseo y amor en sus ojos—. Qué harías sin mí...

—Visitar comisaría sin oler a recién follada.

Se ríe, me río y le envuelvo la cintura.

—Dime una mentira, Sadie.

Ella deja de atender el pitido, los gritos de nuestros amigos, y enlaza sus manos en mi nuca.

—No te quiero.

Mi sonrisa se ensancha y me paso la lengua por el labio inferior.

—Una más comprometida.

Fija los ojos en los míos y pronuncia:

—No mejoras mi existencia.

Luego, cuando parecía imposible, pega su cuerpo más al mío, se pone de puntillas y, asegurándose de que sus pechos me rozan durante todo el trayecto, susurra a mi oído:

—Dime una verdad, Dacre.

Desciende y yo ya no sé si quiero volver a acostarme con ella, construirle un templo o tatuármela en el corazón, pero por dentro del órgano.

Solo hay tres cosas que tengo claras en estos momentos: vamos a visitar la comisaría con olor a recién follados, mañana daremos el escándalo que no hemos dado en años y mi respuesta:

—Si esto fuera una serie, una película o un puto libro, en todos los formatos tú serías mi final feliz.

Antes he mentido. Sí que hay algo en lo que quiero ser el mejor. En nuestros besos. Así que en cuanto veo la oportunidad la atraigo, la beso y me recreo en el proceso. Tantas veces como respiro. Cada maldito y glorioso segundo.