6. SADIE #2
—Cuando me puse de parto Maggie me pidió tomar prestada una de las cámaras de la productora.
Le prohibí terminantemente que me grabase, pero nunca se llevó demasiado bien con las imposiciones y conseguía cualquier cosa que se propusiera, así que se la dieron —explicó con aparente calma, y continuó—: Respetó el momento más privado, pero una vez en la habitación filmó.
Creo que es su única película, por eso el plano se mueve tanto y carece de calidad.
A Maggie le gustaba estar delante de la cámara, gracias a Dios, habría sido una directora de cine pésima.
—Seleccionó uno de los vídeos y pulsó encima.
Lo dejó parado—. Espero que sea lo que estabais buscando.
Dicho eso con un tono desprovisto de emoción, nuestro padre y ella se pusieron de pie para irse. Como el cuerpo de Freddie era pura tensión y tenía los labios apretados en una rígida línea recta, hablé yo.
—¿No os quedáis?
—Es algo vuestro —dijo papá. Claire siguió con su mueca inaccesible.
Sabía que papá estaba en lo cierto, y que no los necesitábamos allí, pero por alguna extraña razón en ese instante me apeteció que nos acompañasen, verlo los cuatro juntos como la familia que no éramos, aun con la insalvable distancia entre medias.
—Podríais quedaros ahí —apunté al percatarme de que se habían parado en el umbral de la puerta—. Al fin y al cabo, también salís. —Traté de justificar mi irracionalidad.
Freddie resopló, le apreté la mano como disculpa, y cuando nuestro padre le miró pidiéndole permiso (nuestra madre se había quedado petrificada en el sitio, no se lo esperaba) dijo con indiferencia:
—Me importa una mierda dónde os metáis.
Papá asintió resignado.
Ella se puso pálida, lánguida, como si le acabasen de dar una fatal noticia, pero no se movió.
Cogí el ordenador, volví a mi sitio, agarré de nuevo la mano de Freddie para sostenernos y juntos pulsamos el botón de play .
La escena que surgió fue tan de la primera década de dos mil que no pude evitar que mis labios se curvasen y los ojos comenzaron a escocerme.
Mis pulsaciones se dispararon con el inicio.
Aparecía Claire tumbada en la cama de un hospital.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde el parto, pero lucía perfecta.
Si no fuera por el flequillo abullonado y el pelo encrespado que enmarcaba su cara y su expresión claramente más joven, podría haber sido la mujer que se encontraba en aquel salón.
Nuestro padre estaba sentado en una silla al lado.
Llevaba bigote. Yo no sabía que un día lo había tenido.
Ambos miraban a cámara y la mujer que la portaba hablaba.
—¿Dónde están mis dos preciosas criaturas?
Había escuchado la voz de Maggie en numerosas películas, pero ahí me pareció que el tono que empleaba era diferente, más cálido y familiar, menos modulado para ser la estrella que Hollywood dictaminó que era.
Quizá fue algo que simplemente quise creer.
Era la primera vez que la oía hablar de nosotros.
De Freddie y de mí. Nuestro padre sonrió en la pantalla y mi madre señaló las cunas de hospital que había a su lado.
—Ahí están, dormiditos, tan tranquilos después de perforarme siete capas de piel.
—No seas dura con ellos... —la regañó Maggie—. Sadie y Freddie no tienen la culpa de haber tenido que nacer por cesárea.
Se puso al lado de Claire y le acarició la cara.
Fue un gesto cariñoso que duró un segundo.
Puede que dos. Su mano con las uñas cortas pintadas en tonalidad pastel surgió en el plano, así como la mejilla y la expresión de nuestra madre.
Aquel nimio roce bastó para suavizarle las facciones y mostrarnos a una Claire desconocida a la que nunca habíamos tenido acceso, la Claire enamorada.
Mi mirada se desvió a la mujer que se encontraba allí, en el salón de Santa Bárbara: su semblante era el de siempre, firme, imperioso, pero su pecho subía y bajaba con menos control de lo que acostumbraba. En la pantalla se oía un gorgojeo.
—Anda, venga, ve con ellos —instaba Claire a Maggie en la televisión—. Se están despertando y son bastante intransigentes cuando les entra hambre.
—A quién habrán salido... —bromeaba la actriz.
—Sadie tiene unos pulmones magníficos y Freddie es el bebé que mejor se engancha al pecho de la planta —dijo papá con orgullo.
La cámara se movía entonces y enfocaba el suelo.
—¿Habéis visto sus pies? Son perfectos... —Maggie se daba cuenta de lo que estaba haciendo y recolocaba la cámara para enfocarse la cara—. Sois perfectos —nos decía.
Después nos grababa como las dos bolitas arrugadas de ojos grisáceos con el color todavía sin determinar que éramos, y al acariciarnos los pies yo bostezaba de un modo adorable.
La actriz se deleitaba tanto en el proceso y en recogerlo con mimo que casi pude sentir sus dedos recorriendo mi piel.
Pero, en lugar de recrearme con las dulces imágenes, que era lo que se suponía que quería, volví a mirar a Claire.