6. SADIE
SADIE
Cuando mi madre le contó a Freddie la verdad sobre Maggie Banks, nuestro padre y ella misma, no fue bonito. Hubo gritos y reproches. Mi mellizo estuvo tres meses largos sin dirigirle la palabra a ninguno de los dos.
Yo coincidía periódicamente con ella. De vez en cuando acudía a su terapia y otras veces Claire venía a la mía.
No había habido perdón. Reconciliación. No podía.
Borrar sus actos era demasiado. Pero trazaba nuevas rutinas con ella.
Después de las sesiones en las que en ocasiones salíamos más enfadadas o confundidas con nuestras emociones de como habíamos entrado, tomábamos un café juntas, asentando el pozo de lo descubierto y aprendido, porque lo que sí que nos permitíamos siempre era sentir, experimentar lo que fuera que tuviésemos dentro. Al menos, yo lo hacía.
En aquellas quedadas, a veces pasábamos todo el tiempo mirando hacia otro lado o a nuestra taza, otras hablábamos. Fue en una de las segundas circunstancias cuando Claire tuvo el valor de decirme con la seriedad habitual que mostraba:
—¿Cómo está Freddie? Lo he intentado todo para recuperar nuestra relación, pero no da su brazo a torcer.
Digo «valor» porque Claire jamás revelaba sus cartas, sus preocupaciones, y allí me mostró la frustración que le nacía de dentro de la serenidad que aparentaba.
En cualquier persona, no habría sido nada.
En ella, un mundo.
Nos encontrábamos en una selecta cafetería de Los Ángeles donde yo podía pasar más o menos desapercibida.
Había transcurrido un mes desde que se confirmasen los nombres de su casting y yo leyese ilusionada el de Gascón como protagonista en un medio de comunicación en el que insinuaban con pluma afilada que el hecho de que yo fuese la hija de la dueña del teatro podría haber influido, aunque no era verdad.
Estaba acostumbrada a que la prensa mintiese para vender.
Sabía que mi madre había convivido con mi hermano durante los años que yo había pasado fuera, que estaban más apegados y que debía alegrarme por sus esfuerzos por recuperarle, pero lo que experimenté en el momento en el que la escuché fueron celos.
Ahondando en mis profundidades me había dado cuenta de que siempre había tenido la sensación de que le quería más que a mí, porque con Freddie no se había comportado con tanta crueldad como conmigo, ya fuera porque yo le recordaba a Maggie, porque había tratado de seguir sus pasos o porque la había traicionado con la exclusiva que dio a conocer su alcoholismo y la obligó a ponerle remedio.
El caso es que me molestaba, no pude disimularlo y torcí el gesto.
—No puedes pretender que la mentira de toda una vida se solucione con unas pastitas y una oferta de trabajo —repliqué más tirante de lo que pretendía.
Freddie me había contado que, a diferencia de lo que me hizo a mí, una encerrona con el guion de la obra de teatro, a él le había enviado galletas y le había ofrecido un puesto que superaba con creces el salario tipo establecido para su profesión.
En su momento, la comparativa me resultó odiosa.
Tan dulce para uno y tan retorcida para la otra.
Como siempre había sido. No me planteé que nos había entregado lo que creía que podría acercarnos a cada uno como las personas distintas que éramos, y que Claire estaba bastante perdida en eso de ser sensible.
Me observó con su habitual rictus serio, como si estuviese tallada en piedra, y me preguntó:
—¿Qué querrías tú para sentirte mejor después de todos estos años de mentiras?
Ese día habíamos estado abordando los deseos insatisfechos, cómo reconocerlos y validarlos, de qué modo nos había afectado lo que habíamos descubierto.
Por eso sabía que lo que me había contado sobre Maggie Banks me resultaba insuficiente.
No quería sentirme atraída por la actriz, pero en lo más profundo lo hacía.
A fin de cuentas, su óvulo me había dado la vida.
En las sesiones y fuera de ellas Claire me había hablado con cuentagotas de Maggie como persona y artista.
Me había contado que su talento era innato, que no seguía las enseñanzas de ninguna escuela y que era divertida, risueña y bastante caprichosa.
También me había dicho que su herencia fueron las deudas que la propia Claire tuvo que pagar para recuperar ciertas pertenencias como los vestidos, aunque a esto último no atendí demasiado porque desde mi posición claramente privilegiada no necesitaba el dinero. Sin embargo...
Me incliné hacia delante y articulé:
—Danos algo que nos pertenezca.
Claire parpadeó dubitativa.
—Se quedó en la ruina. Te lo conté.
Negué con la cabeza para sacarla de su error.
—Siempre que hablas de ella es con excusas vagas de su comportamiento e historias genéricas. Danos algo concreto suyo. Un momento que sea nuestro, aunque te cueste o no la deje en buen lugar.
No podía pretender que con contarnos que nos traía regalos innecesarios y que tenía fascinación por nuestros pies y por las cosquillas nos bastase.
Que nos saciase . Y digo «saciarnos» porque yo le trasladaba a Freddie cada fragmento de información que recibía, aunque mi hermano dijese que no quería saberlo.
Maggie Banks también era nuestra madre y la única imagen que teníamos de ella era la de las películas.
—No sé si Freddie te perdonará o te cogerá el móvil —añadí mientras me encogía de hombros algo más relajada—, pero apuesto a que vendría. Con eso debería bastarte.
Claire se quedó pensativa.
Durante un rato no dijo nada.
Deduje que sería el tipo de exigencia que no nos concedería y, desanimada, lo dejé estar.
A fin de cuentas, nuestro hogar estaba construido con material del malo, el de las mentiras, por eso se había derrumbado y nadie parecía dispuesto a levantar la mano para colocar los ladrillos y reconstruirlo.
Nuestro padre, que era igual de responsable que ella, también nos había engañado, había centrado su actitud en la tristeza y el lamento, pero sin aportar soluciones sólidas.
Se arrepentía, era evidente, pero si Claire nunca hubiese abierto la boca, él jamás lo habría hecho.
Menos mal que Freddie y yo nos teníamos el uno al otro, de nuevo.
Al final, ese día la conversación continuó y derivó en muchos silencios y un par de preguntas protocolarias.
Como mi etapa de explorar el mundo había terminado, llegaba el momento de decidir el siguiente paso.
Regresar a la actuación todavía estaba descartado.
Siempre había creído que quería ser actriz, que era mi sueño y debía cumplirlo pese a los impedimentos.
Ninguna otra opción tenía sentido, así que ni siquiera las había contemplado.
Era hora de planteármelas. De valorarlas.
Me inscribí en clases de literatura en la ciudad de Santa Bárbara, aunque seguiría viviendo en Pacific Palisades, y dos tardes por semana iría a robótica, por probar.
Claire y yo nos despedimos antes de salir de la cafetería, quedamos en vernos al cabo de tres semanas y estuve convencida de que conforme entrase en su coche habría olvidado mi comentario.
Todavía era reticente a charlar de Maggie, pero Maggie era necesaria para rellenar nuestros huecos, porque las heridas que nos había hecho ya habían sanado y las cicatrices que quedaban no las podría eliminar de nuestra piel, siempre serían un recordatorio de lo ocurrido, a pesar de que desde hacía tiempo no doliesen.
Comencé las clases, varios medios de comunicación se hicieron eco del «giro de Sadie Sanders» e iba adaptándome a los horarios, la rutina y cierta cotidianidad con unos compañeros que al principio me observaban como si fuese una marciana, cuando nuestra madre nos escribió a Freddie y a mí para decirnos que quería enseñarnos algo de Maggie.
Le contesté: «Vale». Mi hermano no lo hizo, pero se presentó allí, porque yo, que intuía su reacción, se lo había pedido.
—Que sea rápido. Esta no es una visita de cortesía —anunció a Claire cuando nos abrió la puerta sin tan siquiera mirarla, dejando claras sus intenciones desde el principio.
Por mi parte la saludé con un sencillo hola.
Nos encaminamos hacia el salón y sentía un cosquilleo recorriendo mi piel cuando descubrí que allí estaba nuestro padre—: ¿Qué hace aquí este sin sangre ? —escupió entonces Freddie.
Le había otorgado un rol pasivo en lo sucedido.
El de marioneta. El de alguien demasiado débil que se había dedicado a dejarse manipular en silencio y a seguir órdenes.
Yo no estaba de acuerdo. Nuestro padre era un hombre adulto con su propio criterio que poseía la capacidad de discernir lo que estaba bien de lo que estaba mal.
Otorgarle todo el poder y responsabilidad de la situación a Claire por ser la que tenía el carácter más férreo de ambos me resultaba injusto.
Se lo intenté decir en su momento, pero Freddie no atendía a razones.
Quizá porque al quererla más el nivel al que le había defraudado era superior.
Mi mellizo fue a darse la vuelta al sentirse aprisionado y se topó conmigo a su espalda.
No quería que se marchase, porque no quería enfrentarme a esa situación sin él.
Le miré suplicante y le susurré para que solo él me oyese:
—Por favor.
Habíamos llegado demasiado lejos para irnos. Aun así, lo haría si ese era su deseo. La única persona con la que quería compartir lo que fuese que iba a suceder era él. Freddie me contempló encendido. Poco a poco su furia se aplacó.
—Está bien. Pero no quiero que ninguno de los dos me dirija la palabra —dijo antes de tomar asiento de malas maneras en el sofá libre.
Me coloqué a su lado. Papá evitó mirarnos y Claire tomó la palabra. Encendió el portátil que tenía conectado al televisor y nos dijo: