5. DACRE #2
Las oficinas donde se desarrollaba el casting estaban situadas en un edificio de lo que un día debió de ser una misión californiana.
No pasé con él, sino que me quedé en uno de los callejones laterales, donde me acompañarían unos espléndidos cubos de basura.
Si pasaba, los aspirantes me reconocerían, habría cierto revuelo, se inquietarían por mi presencia pensando que estaba interesado en el papel, y aquello mermaría sus oportunidades y no darían todo de sí en la audición influenciados por el miedo.
Quería que a Gascón no le quedase ninguna duda de que lo había logrado por sus propios medios, si es que lo hacía.
Que no le pesase la figura de Dacre Stewart y sus destellos.
—¿Crees que lo voy a conseguir? —me preguntó por última vez antes de dirigirse a la puerta.
Le había dicho un centenar de veces que sí durante el trayecto y no me había creído, así que lo intenté con lo opuesto.
—No.
—¡Serás cabrón!
Se apartó indignado y repuse con toda tranquilidad:
—No te has creído ninguna de mis respuestas positivas y con esta lo haces a la primera. El problema lo tienes tú, amigo .
—¡Porque soy Gascón Parker! —exclamó, y se derrumbó un poco—. Y Gascón Parker nunca consigue un papel protagonista. Es el prescindible en las fotos...
Aterrizaron ciertos traumas del pasado bajo la sombra de inseguridades. Consolar nunca había sido lo mío, pero, aun así, me acerqué, porque llevarle la contraria sí que lo era, y además lo disfrutaba.
—Gascón Parker nunca ha conseguido un papel protagonista, pero lo hará, aunque no sea necesariamente en esta ocasión. ¿Sabes por qué? —Negó con la cabeza—. Porque a testarudo, resiliente y talentoso no le gana nadie.
Me contempló esperanzado.
—¿De verdad lo piensas?
—¿Cuándo te he mentido... —frunció el ceño y maticé— en el último año y medio?
—Cuando salimos a cenar, me dijiste que me podía comer la media hamburguesa que te quedaba y cuando volviste del baño y viste que lo había hecho te enfureciste.
—No, ahí la culpa también fue tuya, porque careces de las habilidades necesarias para pillar el sarcasmo.
—La alarma que se había puesto en el móvil para pasar pitó.
Tenía que irse—. Buena suerte. Te esperaré en este escenario tan glamuroso.
No hagas que me arrepienta y actúa como hemos ensayado —me despedí, y él tragó saliva.
—Si te reconocen no te metas en un cubo, que luego volvemos juntos.
—Gracias por el innecesario consejo. —Sonreí.
—Gracias por estar aquí. Es la primera vez que alguien viene conmigo.
Gascón se marchó y me quedé a solas. No tenía nada más en lo que pensar, así que pensé en ella.
Enfurecido, encolerizado, triste. Había mantenido mi palabra de no tratar de entablar contacto, y que Sadie se hubiese retirado y su presencia en redes sociales fuese nula no me ayudaba a obtener retazos de lo que estaba sucediendo en su vida, de si era feliz.
Menos mal que Freddie actuaba distinto a su melliza.
Su actividad en redes había regresado después de reconciliarse con la vida y con Nate.
Se había creado un perfil profesional de fotógrafo que un día me apareció por casualidad como sugerencia vinculado al anterior.
Me había metido y allí había fotos de sus últimos viajes intercaladas con imágenes del teatro de Claire y algunas sesiones que había realizado para espectáculos y actores.
Fue en una de ellas donde distinguí su sombra, creo que en Perú, y la tomé como la confirmación que necesitaba de que estaba viviendo, disfrutando de los momentos que le ofrecía su periodo de descanso.
Durante mucho tiempo me había preguntado qué era lo que Sadie esperaría de su decisión, de deshacerse de todo, vaciarse y encontrarse en los huesos.
Para mí solo había sufrimiento, frío. Entonces adiviné que no se trataba de grandes cosas, sino de respirar tranquila atendiendo nada más que al movimiento de su pecho al llenar los pulmones.
Me alegré de que con eso le bastase, de que se estuviese construyendo en la calma.
A mí me faltaba una pieza para seguir sus pasos, pero era incapaz de localizarla.
La puerta lateral se abrió en ese instante.
Bajé la cabeza para que no me distinguiesen y me di la vuelta con aire disimulado.
Cuando alguien me reconocía a veces gritaba, y ese chillido se convertía en el efecto llamada de un buen puñado de gente.
Por lo general lo llevaba bien, pero ese día en concreto quería pasar desapercibido.
Aguardé a que quien fuese tirase la basura, se fumase un cigarro, destensase las articulaciones o tomase una bocanada de aire para despejarse y volver al trabajo.
Sin embargo, ninguna de esas cosas sucedió.
En su lugar, escuché una voz que me era ligeramente familiar y que me erizó la piel de una manera desagradable.
—Tú... —siseó alguien en tono autoritario que me puso de mal humor—. Esto de tener buenos propósitos es una vulgar patraña. Ahora, por mi empeño en ser justa en la elección del casting, va a tocarme trabajar contigo.
Dejé de ocultarme y me giré con la cabeza en alto, erguido, la expresión severa.
Delante de mí se encontraba Claire Dawson con la misma mirada inflexible y afilada que le recordaba y su postura rígida.
Me examinó, confundida por mi presencia, y le dediqué una sonrisa arrogante y nada amistosa.
No sé por qué me creía superior a ella cuando los dos habíamos hecho daño a su hija, pero lo hacía.
Quizá porque las consecuencias a mí me habían destrozado mientras que aquella mujer había permanecido indiferente en su casa de Santa Bárbara.
Nos calibramos, a sabiendas de que ninguno de los dos guardaba cariño al otro, y finalmente le dije:
—No tendrás esa suerte. No voy a presentarme a tu obra. Te falta presupuesto. Para trabajar conmigo necesitarías bajarme un meteorito del cielo y que te cayera encima.
Comprendí que era a eso a lo que se refería, lo que había deducido por error.
El halago de que diera por hecho que si me presentaba a la obra obtendría el papel ni siquiera me afectó.
Estaba en tensión. No era una persona que me gustase tener cerca, aunque no me daba miedo.
Conocía a la gente como ella. Dura, gélida, ajena a las emociones externas e indiferente ante lo que provocaba.
La mujer me estudió, calculadora, y mantuve el semblante relajado.
No había mentido. Por mi cabeza nunca habría pasado trabajar con ella, aunque se hubiese tratado de la sugerencia más exigente de Shonda.
No parecía distinta, a pesar de que en el mundillo se rumorease que había regresado, como si eso significase haber dejado atrás la pesada carga que la había acompañado durante años.
En el pasado habíamos coincidido una única vez en persona y ahora, como en aquella ocasión, lucía impoluta, serena, sin atender a las circunstancias.
Me inspeccionó durante unos segundos eternos en los que se pudo cortar el aire, a pesar de que no borré mi sonrisa, y finalmente se colocó un mechón de pelo claro detrás de la oreja antes de apuntar con fingida indiferencia:
—No está aquí. —Y digo «fingida» porque no me pasó desapercibido cómo atendía a mi reacción y mis gestos.
Ambos sabíamos que hablaba de Sadie y que mi respuesta le interesaba.
—No he venido a buscarla.
Contuve un estremecimiento. Sabía que verla no era una posibilidad, pero confirmarlo me azotó.
En el fondo sospechaba que, si la reconciliación entre madre e hija se producía, no sería por arte de magia, algo repentino.
Que no participase en el proceso de la obra era la señal de que la actriz estaba manteniendo las distancias con Claire, los equilibrios, y me pareció correcto.
No se puede evitar sentir dolor, pero sí cómo lo proyectas en otras personas, y aquella mujer había sobrepasado todos los límites con su hija.
El arrepentimiento era insuficiente y los hechos llevaban más tiempo.
—Estás pensando tantas cosas negativas de mí que se te va a sobrecargar el cerebro...