Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 4. NATE
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4. NATE

NATE

Retomé mi trabajo como profesor mientras Freddie descubría la parte del mundo que le quedaba y le enseñaba a Sadie aquella que conocía, la que le había conquistado, América Latina.

Lo hizo acompañado de su vieja cámara y de una nueva.

Volvió a capturar belleza, pero una tarde, cuando le llamé estando en Perú, me confesó que los paisajes ya no le llenaban.

Le gustaba más tomar imágenes del teatro y de los espectáculos para el porfolio de la web inacabada de su madre que él firmaba.

Parecía compungido por el cambio, por no ser el mismo y mantener intactos sus gustos, por los fragmentos que averiguaba y le distanciaban del pasado, y creo que en aquella ocasión estuve acertado.

Le expliqué que en mi opinión avanzar no era malo, aunque fuera hacia un destino que no estaba previsto, como el mío.

Si algo te hace feliz tienes que agarrarlo.

Él sonrió y me respondió que entonces me cogería muy fuerte y nunca me dejaría ir, y que se esforzaría para que yo no quisiera marcharme.

Ejemplo de mis palabras fue que cuando regresé a clase, conocí a mis nuevos alumnos y repetí con algunos con los que ya había trabajado, experimenté una sensación de plenitud más brutal que cuando Dacre y yo desatamos la locura durante los actos de promoción de Ecos de guerra en Asia.

Aquella fue la confirmación de que mi decisión, por el momento, era un acierto.

La posibilidad de cambiar de idea era una carta que no caducaría nunca.

Pero, por entonces, allí estaba mi sitio.

Allí me despertaba con ganas de que comenzase un nuevo día y lo que este me iba a deparar.

En la tranquilidad y las rutinas se hallaba mi hogar.

Al principio, los jóvenes actores me observaban con una fascinación muda, como si fuese un dios o, en mi caso más concretamente, un pecado, el Señor de la Ira que gracias a su giro en la película había tenido la posibilidad de despedirse de la primera línea con una interpretación excelente.

Me nominaron a muchos premios. Me alcé con una estatuilla que la ansiedad me impidió ir a recoger, y en mi lugar subió Gascón como mi portavoz, quien dio un discurso casi como si la hubiese ganado él mismo, mejor que el guion de los propios presentadores.

Aquel tipo de trato con los alumnos era raro.

A pesar de que con mi trayectoria debería haberme acostumbrado, me incomodaba. Situaba sobre mis espaldas unos estándares muy altos. Si eres especial tienes que actuar como tal, deslumbrar y brillar, pero mi piel era color mate y me consideraba muy humano.

Menos mal que el tiempo y el contacto diario fueron situando las cosas en su lugar.

Poco a poco los alumnos dejaron de confundir mi nombre con el de Rhett, de tragar saliva y bajar la vista cuando hablaban conmigo, y comenzaron a respetarme como su profesor, solo como eso. Fue muy liberador.

Mi agente me tenía cariño y en el fondo no perdía la esperanza de que algún día cambiase de opinión y regresase.

Yo tampoco podía ser rotundo con mi negativa, aunque era algo que dudaba bastante.

Sentía que había cerrado una etapa, y que la había cerrado bien, como me apetecía, desde el amor y la alegría por aquel último papel y no desde la nebulosa del dolor.

Manteníamos un contacto regular. Por eso me comentó que iba a haber un casting para un anuncio en la ciudad vecina, y que podría ser interesante porque la directora de casting también encabezaría la elección de actores para otro proyecto de una ficción juvenil televisiva antes de que finalizase el año.

—A lo mejor alguno de tus chicos tiene suerte, pero si es así, después no me hagas la competencia y mándalo conmigo —bromeó.

No tuve ni un poquito de cargo de conciencia por utilizar mis contactos para que mis alumnos se postulasen.

Entre todos los profesores preparamos a los candidatos que se presentaron a la audición y, como se trataba de una escuela muy familiar, alquilamos un minibús con la parte de nuestro presupuesto destinada a visitas a grandes teatros y los acompañamos.

Al final seleccionaron a otro de los actores que se habían presentado, pero ese día, cuando el rechazo llegó como un jarro de agua fría y mi clase se sumió en un absoluto silencio, uno de los chicos se acercó a mí mientras recogía y me pidió con la voz cargada de determinación:

—Sigue ayudándome.

Se graduó ese verano.

Él, junto con otro grupo reducido de alumnos que también querían, me pidieron que continuara dándoles clase durante las vacaciones, y yo me vi obligado a seguir formándome a distancia, a adquirir nuevas técnicas que trasladar, a hurgar dentro de mí, a prepararlos de la mejor manera que podía hacerlo, dejándome la piel y buenas horas de sueño.

Freddie, que pasaba largas temporadas conmigo, me dijo:

—Qué suerte tienen de tenerte.

Lo cierto es que no le creí. Nunca me he considerado muy talismán.

Rechazaron a mi alumno en los ocho castings siguientes, pero en el noveno, como los círculos de Averno , le cogieron.

—Ha sido gracias a ti. —Lo celebró conmigo emocionado respetando mis reticencias al contacto.

—No dejes que la fama te devore. Es efímera. —Era el consejo que, gracias a la experiencia con mis compañeros, sabía que todo actor joven necesitaba—. Lo importante es actuar y no dejar de hacerlo, aunque no todos los papeles sean igual de grandes. Esto es una carrera de fondo.

Ese día también se encontraba allí Freddie. Salí con él a pasear cuando el sol estaba cayendo y nos sentamos en la roca de un camino de tierra para verlo ponerse detrás del horizonte. Descansó la cabeza en mi hombro y le atraje hacia mí, echándole un brazo por encima para abrazarle.

—Es curioso —dije.

—¿El qué?

—Hoy me he alegrado más que cuando conseguí mi primer papel protagonista.

Entrelazó los dedos de la mano conmigo y me explicó una teoría:

—No todo el mundo quiere ser bombilla, Nate, una bomba de calor repleta de electricidad que brilla. Algunas personas prefieren pulsar el interruptor, y son igual de necesarias para que haya luz.

Entendí lo que quería decirme. La actuación, las rutinas me calmaban, pero prefería estar en la sombra, no de un modo insatisfactorio, sino como parte de mi elección vital.

Quizá no sería la decisión de la mayoría de la gente de mi sector, pero era la mía.

No era raro por ser diferente en algunos aspectos, simplemente era yo, y prefería pulsar el interruptor.

Me giré hacia Freddie, él levantó la cara y dije con más firmeza de la que me reconocía:

—Ven a vivir conmigo.

Como respuesta, acercó mi rostro hacia él y me besó.

Luego me dijo que sí, por si no lo había pillado.

Alquilamos un apartamento de dos habitaciones en el que ambos tuvimos que aprender a querernos con las particularidades de nuestra relación.

Y una noche, viendo la entrevista del actor de la que prometía ser la nueva serie del momento, Noel Tokins, mi exalumno, me di cuenta de que prefería estar en mi salón siendo testigo de cómo las personas con las que compartía mi tiempo conseguían su sueño, porque yo ya estaba viviendo el mío.