Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 3. SADIE
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3. SADIE

SADIE

Mi hoja de ruta estaba en blanco, así que lo primero fue realizar el viaje que tenía pendiente con mi hermano a Nueva Zelanda.

Después le llegó el turno a América Latina.

Visitamos Brasil, Argentina, México, Chile y Costa Rica, y cuando llegamos a las cataratas de Ahuashiyacu, en Perú, Nate le llamó y Freddie me dejó a solas para ir a contestarle.

No sé cuánto tiempo estuve allí, contemplándolas, solo que los minutos dejaron de tener sentido y los turistas que pasaban me observaban como si fuera un bicho raro.

Pero no me importó.

Cerré los ojos, tomé una bocanada profunda de aire y cuando los abrí estaba llorando.

No acababa de sentir que el universo se derramaba sobre mí, como muchas personas que iban allí aseguraban que les había sucedido. Acababa de tomar conciencia de mis palpitaciones, de mi cuerpo, de cómo era y lo bien que me lo estaba pasando conmigo misma.

Fue toda una revelación.

No necesitar a nadie salvo a la persona que ya era.

Freddie se separó de mí después de aquella escapada y sin pensarlo me fui sola a Europa.

Allí, en vez de esperar largas colas y visitar los lugares más emblemáticos, comí helados sentada en terrazas de plazas con el suelo pavimentado de piedra, tomé cafés que me calentaban las manos leyendo un libro y me quedé hasta tarde viendo una serie o una película con palomitas para acabar durmiendo con las sábanas pegadas al cuerpo hasta que el sol o la claridad del firmamento me despertasen.

Fueron los meses en los que más silencio exterior tuve mientras por dentro no cesaba de hablar. Y cuando volví con la piel bronceada y palabras aprendidas en varios idiomas, le dije a mi madre que estaba lista para acompañarla a una sesión de su terapia.